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Se muestran los artículos pertenecientes al tema palabras, dichos.

ESTAR HECHO FOSFATINA, HECHO CISCO.

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Las realidades materiales pasan, las expresiones coloquiales perduran. Es así, y no cabe discutirlo.

Muchas de las frases hechas y expresiones que utilizamos tienen su origen en realidades físicas ya periclitadas y nosotros repetimos las palabras con su sentido metafórico sin comprender su origen literal. Hoy vamos a ocuparnos de dos de esas locuciones con orígenes materiales concretos que los cambios sociales, comerciales y tecnológicos han ido vaciando de significado concreto perdurando tan solo el supuesto.

Ambas expresiones vienen a significar los mismo: estar agotado y pueden intercambiarse, no por casualidad, con otra de similar significado: estar hecho polvo.

El cisco es, porque todavía se utiliza aunque haya desaparecido de la vida cotidiana de la mayor parte de nosotros, un género de carbón vegetal elaborado principalmente a base de roble y utilizado tradicionalmente para alimentar los braseros. Su presentación era oscura y deslabazada lo que permitía una eficaz analogía con el agotamiento para el hablante. 

La fosfatina, por su parte, era una mezcla de fosfato de cal, azúcar, féculas y otros ingredientes que durante la primera mitad del siglo XX se utilizó como alimento complementario para niños, ancianos y enfermos. El producto se presentaba en polvo que se mezclaba con agua o leche con el fin de elaborar una papilla, de ahí la analogía que todavía perdura. 

Es probable que alguno de nuestros lectores más viejos recuerden todavía la Fosfatina Falieres, que era sin duda la más extendida y comercializada. 

 

NOTA.- La fotografia es de Nomadic Lass.

04/12/2013 16:05 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

BIZARRO (GUÍA DE USO PARA MODERNILLOS INCULTOS)

Bizarro es una preciosa palabra castellana que ahora solo utilizan los modernillos incultos que se creen guais...y la utilizan mal demostrando su incultura, su excesiva dependencia de modelos e influencias anglosajonas (lo que les convierte en seres artística y culturalmente indeseables) y lo necesaria que es una asequible guía de uso.

Veamos: el verdadero significado de bizarro en español es apuesto, hermoso, agradablemente vistoso.

Nuestros gloriosos tercios (ya sé que los modernillos sienten aprensión por los tercios por muy gloriosos que fueran, pero tal circunstancia tan solo viene a redundar en la opinión expresada más arriba sobre ellos) no vestían uniforme. En la época no se usaba. Por lo tanto entraban en combate con sus ropas personales y, como todos los guerreros dispuestos a morir desde que el mundo es mundo (tal los espartanos o los samuráis) procuraban vestirse para la ocasión. Los soldados españoles usaban sus mejores, más caras y más vistosas ropas para la batalla. Luchaban con bizarría, tanto en sus actos como en su aspecto.

Los siempre, hasta Rocroi, derrotados y rencorosos enemigos, fiaban a la lengua lo que eran incapaces de ganar y sostener en el campo. Y fue así como en diversos idiomas centroeuropeos con epicentro en Flandes empezó a torcerse el verdadero significado de la palabra bizarro para convertir bizarre en sinónimo de estrafalario.

Y así quedaron las cosas por espacio de varios siglos. Hasta bien entrado el siglo XX en España bizarro seguía significando lo de siempre y más allá de los Pirineos, en los países enemigos, bizarre prosperaba con su sentido peyorativo.

Con el tiempo bizarre alcanzó el campo de la pornografía desde donde los modernillos de los años setenta lo reintroducirían en España con su sentido extranjero.

Concretamente en los años sesenta, antes de que en 1969 Dinamarca legalizara la pornografía, la compañía Color Clímax (que todavía editaba en blanco y negro) sacó al mercado negro una colección titulada Sex Bizarre especializada en sadomasoquismo y fetichismo que en los años setenta, ya en color y legalizada, se extendió por medio mundo llevando a todas partes el significado sesgado de bizarre que,  inmediatamente, los modernillos hispanohablantes más guarretes tradujeron (mal, como queda demostrado) al castellano bizarro.

Los años setenta fueron generosos en cine y manifestaciones más o menos artísticas "bizarres" y fue así como los modernillos, extralimitando el vocablo de su inicial marco pornográfico, elevaron la palabra bizarro al significado importado olvidando el verdadero en castellano. Y así seguimos.

De modo que, amiguitos:bizarro significa apuesto, bello, hermoso. No estrafalario, raro, perverso o cutre. A ver si vamos aprendiendo a hablar en español.

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30/10/2012 19:34 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

AÑOS CON NOMBRE: MARICASTAÑA, LA TANA.

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Aunque ahora nos parezca extraño los años se distinguieron antes por tener nombres que numerales ordinales. Sin ir más lejos, en la antigua Atenas, recibían el del arconte epónimo y en Roma los de los cónsules. Antes aún se contaban los años desde un hecho destacado o cíclico (por ejemplo las olimpiadas) o los de reinado de determinado monarca.

Todavía, en determinadas culturas, existen años paradigmáticos que se datan con un nombre derivado de un hecho relevante. Por ejemplo, en el mundo islámico, se asegura que Mahoma nació el llamado Año del Elefante cuya ubicación, en torno al  570 de la era cristiana, no es del todo segura. El nombre procede de un hecho singular: Abrahah, gobernador abisinio del Yemen, atacó ese año La Meca presentándose al asedio con un elefante de guerra. Los habitantes de la Meca nunca habían visto un animal así ante sus muros y tardarían muchísimo tiempo en volver a verlo si es que lo vieron, de ahí que el Año del Elefante se convirtiera en un hito con nombre propio.

En nuestra cultura, al menos desde que Dionisio el Exiguo hiciera su desbaratado cálculo base de la era cristiana que todavía usamos, los años no tienen nombre sino número aunque en el habla coloquial, y siempre con un sentido figurado que significa antigüedad remota, hay referencias onomásticas a años que ni son ni quieren ser concretos.

De hecho, y como metáfora de antigüedad remota, decimos y escuchamos a menudo locuciones como "año de la polca" o "año del rigodón", incluso "año de la pera" todas ellas dificilmente fechables si bien el rigodón es una danza francesa que se popularizó en el siglo XVII y la polca apareció en Centroeuropa en la década de 1830 llegando a España muy poco después.

Pero existen otras locuciones que sí, y contra todo pronóstico, podemos fechar y que fecharemos aquí por curiosidad.

Una de ellas, la más antigua, es el Año de Maricastaña.

Resulta que María Castaña es un personaje histórico, una gallega de posibles que dirigió una revuelta de la ciudad de Lugo contra su obispo en el año 1386. Durante dicha revuelta fue asesinado el mayordomo del obispo y los tribunales eclesiásticos castigaron, una vez pacificada la ciudad, a María Castaña y sus familiares a pagar una tremenda multa pecunaria y perder en favor del obispo varios campos y posesiones rurales.

De modo que podemos afirmar que el Año de Maricastaña es el de 1386. Y, sí, ha llovido mucho desde entonces a pesar de las sucesivas y pertinaces sequías.

Más moderna, y también históricamente más vidriosa, es la locución referida al Año de la Tana.

La Tana es la por ahora última evolución de un tema que puede rastrearse en textos escritos en castellano al menos hasta el siglo XVIII y que va variando según nos remontamos en el tiempo. La Tana es previamente la Nana y en un principio la Nanita.

Así que el Año de la Tana es originariamente el año de la Nanita. Y no tendríamos ninguna noción de a qué nos referimos si no fuera por algunos registros parroquiales manchegos que nos informan de que, precisamente en 1634, anduvo por aquellos parajes, ganándose la vida de pueblo en pueblo, una juglaresa enana que causó gran impresión y no poco regocijo a lo largo y ancho de La Mancha y que era conocida como La Nanita, aféresis, sin duda, de enanita.

El Año de la Nanita fue muy recordado no solo en La Mancha, también en Aragón y otras zonas adyacentes, no por las famosas actuaciones de aquella cómica de la legua por lo demás desconocida para la gran historia, si no por tratarse de un año de hambre. Hubo sequía, malas cosechas, escasez y carestía. Fue, en resumen, un malísimo año en el que quizá la única alegría de aquellos pueblos manchegos fue la visita de la Nanita a quien se recordaba con cariño para olvidar el hambre y la necesidad aunque estas fueron tan señaladas que todavía recordamos el Año de la Nanita o de la Tana como un momento destacado y singular.

NOTA.- la fotografía es de John Spooner.

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30/10/2012 18:05 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

JAPÓN.

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Pocos problemas hay tan interesantes, y a veces difíciles de resolver, en la etimología como el origen y significado del nombre de los países y sus diferentes formulaciones dentro de un mismo idioma dependiendo a menudo de la época.

Es comunmente sabido que cuando Cristóbal Colón salió de Palos buscaba una vía oceánica para llegar a Zipango, es decir: Japón.

El Zipango del siglo XV y nuestro actual Japón, así como el Nippon japonés no solo se refieren a la misma realidad geográfica sino que, además, son la misma palabra. El análisis de la historia de esas diferentes interpretaciones del mismo vocablo no deja de ser interesante, de modo que será bueno perder algunos minutos en él.

Hasta finales del siglo VI el Japón no existía en realidad como estado. Por mucho que la mitología imperial quiera transmitir la idea de un Japón unido bajo el emperador desde épocas remotas lo cierto es que la historia antigua de las islas niponas es la de una pluralidad superabundante de reinos más o menos poderosos que solo con el paso del tiempo fueron estableciendo una jerarquía semifeudal bajo el reino de Yamato cuya casa real acabaría encumbrándose como dinastía imperial.

Dicho proceso de ascenso hacia la cumbre del poder del reino de Yamato se inició a finales del siglo V y alcanzó su culminación, como se ha dicho, a finales del VI cuando la emperatriz Suiko y su corregente, sobrino y yerno, el príncipe Shotoku, lograron hacer reconocer su dominio a todos los demás estados del Japón y establecer un sistema de gobierno centralizado siguiendo modelos coreanos y chinos.

El modelo establecido por el reino de Yamato era básicamente feudal, con los reyes de los otros estados convertidos en señores territoriales que reconocían la superioridad del recién ascendido linaje imperial sin perder por ello su autonomía y dominio local. Las aspiraciones de la emperatriz Suiko y del príncipe Shotoku eran, sin embargo, mucho más ambiciosas. Pretendían establecer un modelo centralizado de monarquía al modo chino o coreano.

 Para conseguirlo iniciaron estrechas relaciones con China y adoptaron mucho de los modos chinos. Copiaron  el budismo y el confucianismo, la fabricación de seda y hasta la escritura...y aquí comenzó el problema.

Resulta que durante siglos las diferentes cancillerías chinas se habían referido a Japón como el País de Wa, esto es: el país de los enanos. Lógicamente la denominación no hizo demasiada gracia en Yamato y menos aún en un momento en el que el poder central luchaba por generar una realidad nueva y poderosa que aspiraba a ser considerada como un igual de los reinos coreanos y chinos. Desde el principio, a pesar de las constantes embajadas para aprender los métodos chinos, los dirigentes de Yamato pugnaron por ser respetados y ello implicaba conseguir que el nombre de su país dejara de ser despectivo en la cancillería china. Fue así como, en 607, la emperatriz Suiko le propuso al gobierno chino una fórmula estrictamente geográfica para zanjar el problema. Japón sería el País Oriental (del Sol Naciente) y China el País Occidental (del Sol Poniente). Los chinos tardaron algo en aceptar esta propuesta pero acabaron haciéndolo.

Fue así como Japón pasó a ser denominado con los ideogramas chinos que expresaban el concepto de País del Sol Naciente que en japonés se leían Nihhon o Nippon (y fue precisamente el príncipe Shotoku el primero en referirse a la unidad conseguida bajo el reino de Yamato como Nippon) y en chino Jihpen.

 En el siglo XIII Marco Polo estuvo en China y, al escribir sobre Japón, tradujo el vocablo chino por Zipango, de ahí el nombre que se le daba a Japón en Europa durante los siglos XIV y XV. Ya en el XVI los portugueses primero y los españoles después llegaron a las mismísimas costas de Japón y comenzaron las relaciones directas. ¿Entonces por qué no se extendió a Europa la pronunciación japonesa de los ideogramas que representaban el país?¿Por qué decimos Japón y no Nihhon o Nippon?...

...La respuesta es sencilla. Antes que con Japón, los portugueses entraron en contacto con los chinos y aprendieron a leer sus ideogramas conforme a su pronunciación de modo que mucho antes de llegar a las costas japonesas ya pronuciaban País del Sol Naciente al modo chino: Jhipen, es decir: Japón.

NOTA.-la fotografía es de Izuen Godelekua.

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16/02/2011 14:31 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA

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Es curioso como las expresiones se perpetuan a lo largo de la historia llegando a olvidarse su origen y verdadero significado. Tal sucede con la castiza frase que da título a este pequeño artículo. Todos sabemos que se trata del grito de guerra de la caballería castellana cuando andaba en guerra contra la morisma pero he comprobado que muy pocos conocen el correcto modo de pronunciarla y por qué es así.

Generalmente suele pronunciarse sin interrupciones, de una sola vez, ayuna de comas y con el sentido de invocación al apostol de Compostela para que cierre España defendiéndola de peligros exteriores. Pero en realidad se pronunciaba con una prolongada pausa entre los vocablos "cierra" y "España" y en el transcurso de una serie bien determinada de maniobras militares que a día de hoy han caido por completo en el olvido.

La caballería pesada, copiada de modelos militares y sociales del otro lado de los Pirineos, era una poderosa fuerza de choque capacitada para obtener grandes victorias en batallas campales debido a que el arrollador impacto de la masa de jinetes acorazados, aun siendo estos una minoría con respecto al enemigo, servía para abrir grandes brechas en las líneas contrarias desorganizándolas y permitiendo a la siempre olvidada y denostada infantería cortar las líneas tomando de flanco al enemigo y precipitando su desbandada lo que permitía a la caballería, ya reorganizada después del primer asalto, lanzarse a la persecución y matanza de una caterva desorganizada incapaz de defenderse.

En España dicha táctica fallaba a veces al enfrentarse la caballería pesada de modelo franco con la ligera de procedencia norteafricana que ganaba fácilmente los flancos de la masa atacante llegando a atacar simultáneamente su retaguardia y su campamento al tiempo que tomaba de flanco y desbandaba a la infantería. Sin embargo, por cuestiones políticas y sociales, dicha táctica se mantenía y se estimulaba desde el poder. Aunque todavía queda mucho que escribir sobre la utilidad militar y la verdadera naturaleza de la infantería hispana de la edad media y es posible que un profundo estudio al respecto nos rebele aspectos hasta ahora desconocidos de la misma. Pero este es otro asunto que no hace al caso. 

La cosa es que en las batallas campales de la reconquista solía utilizarse como elemento dominante y determinante la caballería pesada en cargas masivas. Para que estas resultaran eficaces era de la mayor importancia que los jinetes cabalgasen muy juntos, hasta el punto de que muchas veces llegaban a atarse unos a otros por las rodillas para mantener el orden y la cohesión. Por lo tanto uno de los puntos de mayor importancia en la carga era "cerrar" las filas, colocar a todos los jinetes que la componían rodilla con rodilla y procurar que se mantuvieran así para que su impacto sobre la línea enemiga fuera máximo abriendo la brecha deseada. Un carga mal coordinada podía ser rechazada por una infantería experta y causar la derrota del bando rechazado, especialmente si la caballería ligera sarracena aprovechaba el desorden para medrar entre los huecos y atomizar el escuadrón provocando su desbandada.

De ahí la mecánica de la manida frase que da título a este artículo y su división en dos maniobras diferentes en cuanto grito de guerra.

Llegados al campo de batalla y organizado el escuadrón quien lo mandaba invocaba la protección del apostol y daba la orden de "cerrar", de colocarse los jinetes rodilla con rodilla:

-¡Santiago y cierra!

Acto continuo,, ya organizado y apretado, el batallón comenzaba su aproximación al enemigo. Primero al paso, lentamente. Más adelante al trote, ganando inercia pero sin cansar excesivamente a los caballos. Llegado el momento adecuado para pasar al asalto definitivo e iniciar el galope final, y solo entonces, el jefe del escuadrón gritaba la última palabra que era repetida como grito de guerra por el resto de los hombres llegando al choque, al momento decisivo de la carga:

-¡España!

De modo que, aunque nosotros pronunciamos esta frase unida, en realidad consta de dos órdenes diversas dadas en momentos diferentes durante la carga de la caballería pesada.

A día de hoy tal circunstancia es tan solo una curiosidad sin mayor trascendencia. Pero de las curiosidades sin trascendencia también se vive. Sobre todo en agosto.

NOTA.-la fotografía es de Jeff Kubina.

 

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13/08/2010 19:35 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

BRAGAS

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Que la faldita con sandalias no era un buen atuendo para hacer la guerra en las regiones frías del norte europeo estaba clarísimo desde época muy antigua. El propio Jenofonte, que anduvo por Tracia en el transcurso de su famosa retirada desde Cunaxas, ya se creyó en la obligación de explicarles a sus compatriotas griegos cuando escribió la Anábasis, que por muy cómicos que les pudieran parecer aquellos bárbaros del norte con las piernas cubiertas por una exótica prenda de cuero o lana que les tapaba desde los tobillos hasta la cintura dejando dos aberturas para introducir las extremidades inferiores, esta resultaba muy útil cuando nevaba o hacía frío. Y él sabía muy bien de lo que hablaba porque había tenido que cabalgar y guerrear por zonas de la actual Bulgaria con su faldita y sus sandalias de griego buscando un mínimo cobijo bajo la capa.

Idénticos prejuicios tenían los romanos con respecto a los pantalones tan frecuentes como prenda de abrigo entre los celtas y germanos de las distintas regiones de la Keltiké, desde Hispania hasta el Rin. Entre aquellos pueblos esta prenda se denominaba braca y para los romanos, plenamente mediterráneos, suponía un signo de barbarie y salvajismo que gustaban de poner en evidencia. Disfrutaban hablando de la Galia Bracata o bautizando una ciudad como Bracara Augusta (Braga) denotando el exótico barbarismo de sus habitantes empeñados en vestirse con una prenda tan absurda desde su punto de vista meridional.

Por supuesto las cosas cambiaron hacia el cambio de era cuando las legiones se establecieron permanentemente en el Rin y el Danubio debiendo enfrentarse cotidianamente al frío y la nieve. Más aún cuando en el siglo III las legiones sufrieron un acentuado cambio étnico incluyendo a numerosos pueblos de aquellas zonas, especialmente germanos y galos del entorno del Rin, que tenían como prenda habitual las bracae y todavía más cuando en el IV la división entre tropas comitatensis y limitanei generó toda una casta de legionarios-agricultores estacionados en la frontera del norte. Poco a poco lo que se veía como prenda exótica y digna de bárbaros fue incorporándose al atuendo común de los legionarios debido a su uso práctico y acabó convirtiéndose en atuendo propio de las legiones del norte, homogeneizadas en ese punto con el aspecto de los restantes habitantes de esas provincias por causas puramente prácticas.

Pero la parte verdaderamente interesante de la historia, el modo en que una prenda masculina de bárbaros del norte acabó convirtiéndose en una prenda interior femenina, no la conocemos con exactitud. Nadie se molestó en escribir sobre ello. Aunque no es difícil de imaginar. Los inviernos eran muy duros en la Galia y en Germania, en el interior de Hispania y en Britannia, en Dacia y Moesia, y también para las mujeres. Es obvio que aquellas que de un modo u otro acompañaban a las legiones y que se vieron obligadas a vivir en las nuevas ciudades fundadas en las fronteras, puede pensarse en un primer momento en prostitutas, mesoneras y adivinas pero más tarde, cuando algunos de los campamentos militares devinieron en ciudades imperiales como Tréveris o Sirmio, también en damas de la media y alta nobleza, también eran sensibles al frío y comenzaron a usar las bracae masculinas y bárbaras debajo de sus vestidos para abrigarse.

Lo demás es historia, refinamiento y coquetería.

Para terminar con una nota curiosa, diremos que la palabra céltica braca está también el origen de la palabra inglesa breeches que define, como es sabido, un tipo de pantalón muy concreto. Y llega hasta dicho pantalón desde la antigüedad por unos derroteros que no dejan de ser interesantes.

La palabra braca, al igual que la prenda en sí, no se extendió únicamente a los romanos y romanas llegados desde el sur, también la adoptaron y, lógicamente, desde muy temprano, los pueblos germánicos. En estos nuevos lenguajes adquirió formas nuevas no siempre coincidentes. Por ejemplo, en los dialectos escandinavos la prenda pasó a denominarse broc (y existe un famoso rey vikingo llamado Ragnar Lodbrock cuyo mote significa precisamente "bragas peludas" dada su costumbre de llevar esta prenda confeccionada con piel que mantenía el pelo en la zona exterior) mientras que entre los francos evolucionó el vocablo hacia una forma brec.

Fue esta forma brec la que los invasores normandos llevaron a Inglaterra después de 1066 sustituyendo en el habla común a las formas anteriores heredadas de los propios britanos y de los invasores nórdicos. Con el tiempo la palabra evolucionó hacia breeche y acabó designando en el siglo XVIII a los calzones cortos típicos de la época. Ya en el XIX la palabra fue adquiriendo el significado actual.

NOTA.- la foto es de Mananertwork

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MÁS TONTO QUE ABUNDIO

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Suele decirse: "Eres más tonto que Abundio que cuando fue a vendimiar se llevó uvas para el postre". Agotando de este modo en sí mismo el tema dando una explicación lógica y plausible a la primera parte del dicho que, de otra manera, quedaría en el aire con la constante pregunta: ¿por qué era tan tonto el tal Abundio?...Sin embargo este refrán completo es fruto de la tradicionalización del original "Más tonto que Abundio" y consecuencia última del olvido del verdadero origen de la locución proverbial.

Para conocerlo debemos retrotraernos a la Córdoba del siglo IX.

En aquel tiempo la mayor parte de España se encontraba bajo el dominio político del Emirato, pronto Califato, de Córdoba, estado nominalmente musulman pero fruto, más  que  de una escueta invasión yihadista, de una guerra civil entre godos donde triunfó un modelo de gobierno: el aparentemente islámico, que bajo la pátina coránica permitía el desempeño de una informal libertad de creencia que beneficiaba en grado sumo a los restos nunca apagados del todo del primitivo arrianismo godo y, permitía, sobre todo, escapar a la mayor parte de la población de las leyes emanadas de los Concilios de Toledo, leyes en la más pura tradición de dominio eclesiástico que legitimaban la servidumbre del pueblo y dividían la sociedad en una clase dominante compuesta por nobles que debían supeditarse a los obispos y abades y una clase dominada sin libertades ni horizontes. El establecimiento del emirato supuso, de facto, una liberación para gran parte de la sociedad. Máxime cuando una oportuna conversión al islam, sobre disolver el peso del dogma cristiano y sacar de la servidumbre, libraba a priori del pago de impuestos.

La parte mala era que grupos árabes y bereberes aliados de los vencedores en la guerra civil alcanzaron la península y trataron de aprovechar la situación en beneficio propio constituyéndose en una nueva oligarquía basada en la doctrina coránica, cosa que trajo numerosas guerras y que jamás consiguieron plenamente.

Puede afirmarse que hasta la invasión de los almohades Al-Andalus distó mucho de ser un país verdaderamente islámico y mucho menos dogmático. Es cierto que los califas Omeyas, cuya legitimidad dinástica dependía de la aceptación del islam como religión, hicieron lo posible por asentarlo y promocionarlo, pero se trató de un proceso lento y poco efectivo. Bastaba, a lo largo de los siglos VIII, IX y X, hasta la dictadura de Almanzor, con ser discreto y respetar públicamente la ideología del trono para poder vivir con libertad y tranquilidad.

 La instauración del emirato de Córdoba supuso en la práctica un beneficio tangible para varias generaciones de españoles.

Naturalmente no faltaban los fanáticos, tanto entre los musulmanes como entre los cristianos. Especialmente entre estos últimos que persistían en unas leyes y en unos usos sociales y dogmáticos que se habían demostrado sobradamente perjudiciales para el conjunto de la sociedad.

Pues bien, a mediados del siglo IX, se extendió entre los mozárabes (españoles cristianos dentro del estado nominalmente musulman) una absurda fiebre martirial semejante a la que ahora vemos en los terroristas suicidas del integrismo musulman.

El estado, oficialmente islamico, debía castigar a quien injuriase a Mahoma. Pero esta norma no se aplicaba con radicalismo ni vesánicamente. Bastaba con un simple acto de contricción pública para salir del paso sin ni siquiera tener que pagar una multa. De hecho la cuestión religiosa en el Al- Andalus de aquella época era tan poco relevante que conocemos casos, y no pocos, de personajes con hasta tres nombres: uno islámico para desempeñar sus labores públicas, especialmente al servicio del emir o califa, otro de origen romano para asistir a título privado a la iglesia y el germánico de índole familiar. Se comprenderá que en ese contexto el integrismo en cualquier sentido se veía con desagrado y representaba una amenaza real para la convivencia general. Una convivencia pacífica basada en convencionalismos públicos, hipócrita si se quiere, pero infinitamente mejor que los fanatismos exacerbados que podían verse al norte de los Pirineos o en Oriente.

Así las cosas, cuando impulsados por obispos y abades fanáticos, una minoría de mozárabes radicalizados en su fe comenzaron a insultar pública y conscientemente a Mahoma negándose después a retractarse y obligando a los poderes públicos a terminar ejecutándolos, tanto los inductores como los candidatos a mártires fueron vistos con desprecio y preocupación en todo Al-Andalus, incluyendo a la mayoría de los mozárabes que eran moderados.

 Por lo tanto en 852, el obispo de Sevilla, Rocafredo, convocó un concilio en el que se decretó que buscar obstinadamente el martirio como lo estaban haciendo algunos exaltados equivalía a un suicidio y, en consecuencia, el mártir, lejos de serlo e ir al cielo, se condenaría definitivamente en el infierno. No por ello se amedrentaron los fanáticos, encabezados por el alucinado obispo Samuel de Córdoba y el no menos fanático San Eulogio que cuenta como corona de gloria, entre otras bonitas perlas, el haber llevado a la muerte a una joven, Leocridia, hija de padres musulmanes a la que convirtieron al cristianismo entre él y la monja Liliosa induciéndola a escaparse de su casa. Una vez detenidos y solucionado el problema, allá por el 859, el futuro santo y ciudadano mucho menos que ejemplar, fue conducido ante el emir para una de las usuales y civilizadas retractaciones. Se lo dijeron bien claro: "pronuncia una sola palabra y luego sigue la religión que te plazca"...él se empeñó en seguir con sus insultos a Mahoma y acabó siendo mártir y arrastrando al martirio a la incauta jovencita. Un ejemplo más de lo peligroso que resulta el fanatismo para el conjunto de la sociedad, especialmente si se basa en la superstición semita.

El caso es que Samuel de Córdoba contradijo el concilio de Sevilla con otro celebrado en su sede en el 857 y que desde el 858, los benedictinos francos, que enviaron a uno de los suyos, Usuardo, a comprar reliquias de mártires a Córdoba (En 859 el propio Carlos el Calvo enviaría para lo mismo a otro monje: Mancio) y ejercer de agitador, les alentaron en su demencial actitud generando, de paso, un lucrativo mercado de reliquias al que se sumaron también los reyes de Asturias.

En semejante contexto tiene lugar la anécdota de San Abundancio, sucedida en 854.

Abundancio era uno de tantos fanáticos seguidores del obispo Samuel de Córdoba y San Eulogio. También él le acabó costando la vida a un joven musulman al que catequizó (San Abdalá) y también él tuvo su oportunidad de retractarse. De hecho le dieron nada menos que once ocasiones y en todas ellas la cagó. Claro, acabó ejecutado y, salvo en los círculos más radicales, la opinión general sobre su actitud fue clara: el tipo era tonto.

De ahí surge la expresión "ser más tonto que Abundio."

Ah, por cierto, su festividad se celebra (no se le debe confundir con otro San Abundancio, italiano del siglo V) el 11 de julio y es patrón, si no recuerdo mal, de la villa cordobesa de Hornachuelos que pasa por ser su patria chica.

 

 

 

NOTA,. la foto es de Orange County Girl.

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01/01/2010 12:16 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

TENER CLASE

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Mi abuela siempre decía que cualquier palurdo podía tener dinero si vendía un campo o era avispado en los negocios pero que la clase se llevaba en la sangre. Para ella se trataba de una herencia intangible que se transmitía por los genes y se pulía con la educación. Algo que diferenciaba definitivamente entre los que "de bien descendemos" y todos los demás. Para ella había pocas cosas más despreciables que un nuevo rico sin modales, sin distinción natural, sin clase.

Claro, el concepto de "tener clase" de mi abuela era muy clasista. Es lo que sucede cuando se paran mientes en esas cosas. Por mi parte debo decir que, seguramente porque soy pobre, lo suscribo al cien por cien. El dinero no marca la diferencia, la clase sí.

Disquisiciones pomposas aparte, lo cierto es que siempre me intrigó el origen de esa locución, de dónde venía eso de "tener clase"...¿qué era la clase, ese bien intangible tan evidente cuando existe, tan difícil de describir?...

La respuesta quizá le resulte sorprendente a muchos de mis lectores y espero que les agrade a la mayoría.

Hay que retrotaerse nada menos que al siglo VI a.d.C., a la Roma monárquica. La todavía nueva ciudad estaba aun organizándose y gestando los instrumentos que forjarían su glorioso destino. Naturalmente ese proceso iba a hacerse con los ojos muy atentos a los ejemplos externos, principalmente a las ciudades etruscas que a su vez estaban imbuídas de influencias griegas y fenicias. La influencia etrusca en Roma se hace evidentísima a través de la arqueología hasta el punto de que las panoplias más antiguas encontradas en el Lacio apenas pueden distinguirse de las procedentes de la cultura villanoviana.

Aparte de eso, los ejemplos griegos y fenicios no estaban demasiado lejos de los ojos romanos y el primitivo ejército de la monarquía, sin olvidar el legado etrusco, se organizó mediante un esquema a medio camino entre la falange griega y la sintagmata cartaginesa.

Evidentemente, al contrario de lo que sucedería más adelante y en consonancia con lo que era normal en las ciudades griegas, el estado no sufragaba el equipo del soldado-ciudadano que debía costearlo enteramente a su costa. Tal circunstancia creó una primera división militar que era también social: los que podían mantener un caballo para la guerra (aproximadamente un diez por ciento de la población) y los que no. Andando el tiempo, bajo el reinado de Servio Tulio, la infantería se dividió a su vez bajo criterios económicos. Se establecieron seis clases. La primera incluía a los ciudadanos que disponían de más de cien mil ases. Estos estaban obligados a costearse un equipo completo de infantería pesada con escudo redondo, coraza y yelmo de bronce, grebas y lanza. Tales infantes pesados ocupaban la vanguardia del ejército. Les auxiliaban los de la segunda clase, aquellos cuyo peculio estaba entre los setenta y cinco mil y los cien mil ases. Estos carecían de coraza y portaban un escudo rectangular de madera mucho más económico y picas en lugar de lanza. La tercera clase, compuesta por los ciudadanos con bienes valorados entre los cincuenta mil y los setenta y cinco mil ases llevaban solo escudo rectangular, espada y yelmo. Los de la cuarta, con haberes entre veinticinco mil y cincuenta mil ases, ocupaban la última fila de la formación de combate y se equipaban tan solo con escudos cuadrados de madera recubiertos de cuero. Los de la quinta, aquellos que podían acreditar más de diez mil ases de patrimonio, conformaban la infantería ligera y los cuerpos de músicos y auxiliares. Finalmente aquellos que no llegaban a los diez mil ases estaban excluidos del ejército, y en la práctica de la ciudadanía, y se les consideraba infraclases, es decir: no tenían clase asignada y estaban por debajo de aquellos que sí la tenían. Se marcaba de este modo una acentuada diferencia social entre unos y otros tan estricta y feroz como la que existía entre patricios y plebeyos.

Dos mil quinientos años más tarde y después de haber caído la monarquía, la república y el imperio romanos, de la llegada de los bárbaros, del nacimiento de los nuevos estados, después de todo lo que ha llovido, esa diferencia social sigue existiendo. Ha perdido su naturaleza económica pero perdura su connotación social.

NOTA.- la foto es de Esparta.

 

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11/11/2009 01:33 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

METERLA DOBLADA

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Es curioso como las expresiones pueden vaciarse de significado cuando pasa el tiempo y la realidad que las genera cambia. Lo que un día fue una expresión coloquial entendida por todos pasa a convertirse en una frase hecha cuyo exacto sentido se olvida perdurando tan solo el figurado. En este caso puede aseverarse que las metáforas perduran infinitamente más que las realidades.

Es curiosa también la fascinación que causa el recuperar el origen de esas frases hechas, de esas locuciones incorporadas al habla cotidiana desde un pasado lejano, ya olvidado. Yo, al menos, me confieso presa constante de esa fascinación que, naturalmente, no podía ser de otro modo, ha de plasmarse en estas páginas con tanto de silva de varia lección cuanto de ámbito público de reflexión personal.

Y llevado del más puro azar comenzaré está sección con la locución enunciada en el título. El motivo es sencillo, intrascendente pero suficiente para propiciar estos párrafos. Una conversación, una amiga que interpreta, como tanta gente, el sentido de la frase hecha en un plano equivocado...y mi eterna obsesión por encontrar el origen y la verdadera naturaleza de todo lo que me rodea en concatenación con mi antigua afición a la esgrima, al lenguaje y a la historia en todas sus facetas, también la militar y la puramente pendenciera de los bajos fondos.

En estos días en los que, a pesar de la creciente hipocresía,o quizá a causa de ella, vivimos obsesionados por el sexo sucede que en cuanto algo hace referencia a cualquier tipo de introducción o penetración centramos inmediatamente nuestra mente en el aspecto genital. Eso mismo le sucedió a la amiga a la que me refería líneas arriba. La expresión le sonaba mal al tiempo que extraña: su amplia (y casi por completo disimulada) experiencia no le permitía concebir como real lo que imaginaba. Dicho de otro modo: no tenía muy claro como un hombre podía meterla doblada en ningún lugar, menos aun donde cabría esperar.

No es la primera vez que me tropiezo con este malentendido y me parece interesante desentrañarlo.

En realidad la expresión "meterla doblada" no pertenece al ámbito sexual sino al de la esgrima, especialmente la parda, aquella de la que hacían gala los hampones de peor calaña de los barrios bajos del renacimiento y, muy especialmente, del barroco.

Durante mucho tiempo, siglos, la espada fue una prerrogativa privativa de los nobles. Más tarde las cosas cambiaron y su uso se hizo extensivo a amplios sectores sociales con la aparición de grandes ejércitos mercenarios en el tránsito entre el final de la edad media y el comienzo del renacimiento. Tal circunstancia unida al crecimiento imparable de las ciudades y a la concentración de una población variopinta que abarcaba desde el noble más encumbrado y el comerciante más adinerado al mendigo más miserable en toda una gradación de tipos y situaciones que no dejaban de incluir, merced a las enormes bolsas de pobreza, innumerables tipos de hampones a menudo con pasado e incluso presente o futuro militar hizo que la espada se popularizara como elemento propio de la vestimenta masculina.

Fue así como los lances de espada se multiplicaron por toda Europa y ya no eran siempre duelos entre caballeros. Antes al contrario, en un elevado número de casos, la pelea incluía al menos una facción de los contendientes procedentes del lumpen y sin otro objetivo que una victoria fácil, rápida, con el menor peligro posible. Las normas de buena educación y de honor contaban menos que el resultado. Y eso condujo a la introducción de innovaciones en el tiro popular de espada que venían a vulnerar sin respeto ninguno antiguas convenciones caballerescas.

Cualquier arma blanca alcanza su máxima eficacia cuando se esgrime justo delante del cuerpo del tirador adquiriendo en esa posición una doble función ofensiva y defensiva. Tal certeza es sin duda el origen del florete que obliga a un combate de punta evitando los tajos y es muy posible, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, que se desarrollase como arma de duelo. Sea como fuere, mientras un tirador tiene el arma delante de sí y a la altura del pecho o el rostro de su oponente, puede decirse que está cubierto, protegido...su contrincante solo puede atacarle con garantía de éxito y sin demasiado riesgo de ser herido a su vez cuando modifica la posición sea voluntariamente (para atacar levantando el brazo para lanzar un tajo) o forzado por la habilidad de su oponente. El arte de la esgrima consistía precisamente en eso: en atacar sin ofrecer blanco fácil al contrario y en forzar sus errores sin dejarle aprovechar los propios. Así las cosas, un duelo entre caballeros, educados desde la cuna en el arte de manejar la espada, adquiría una elevación técnica y una precisión de movimientos digna del mejor ballet.

Sin embargo los rufianes que adquirían el hábito de la espada en una edad más tardía y poseían por ello menos habilidad técnica no viéndose impelidos, además, a respetar determinadas reglas sociales que podían afectar a una reputación social de la que carecían. Interesados sobre todo en la eficacia de sus golpes y en acabar con los lances antes de llamar la atención de vecinos y autoridades inventaron pronto atajos que facilitaran sus intenciones. De este modo, si su oponente cerraba bien su defensa delante de sí, ellos saltaban a un lado, fintaban y trataban de buscar un flanco descubierto agachando el cuerpo y acometiendo de abajo arriba. Técnicamente tal acto era una herejía y moralmente una canallada, pero extraordinariamente efectiva para sorprender la buena fe o la falta de malicia del contrincante. Esta técnica se llamaba precisamente: meter la espada doblada (desde un flanco y oblicuamente desde abajo en sentido ascendente). El tirador descuidado que se dejaba sorprender así salía perjudicado del lance, muerto incluso, y podía considerarse engañado y burlado. Tal es el origen de la expresión que da nombre a este articulito.

 

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