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¿TÚ QUIERES TRABAJAR O ERES DE ESOS VAGOS?

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En estos tiempos azarosos en que bordeamos los cinco millones de parados (y subiendo) y los mafiosos encorbatados de la CEOE aprovechan la tesitura para tratar de empeorar todavía más las condiciones de los trabajadores, que van camino de una nueva forma de esclavitud, con la sucia complicidad de los partidos turnistas y muy especialmente de los vendepatrias franquistas del PP, cuyas fauces ultraderechistas están ya salivando por los recortes sociales y el terrorismo social que van a poder ejercer desde el gobierno gracias a los estúpidos votantes "centristas" incapaces de evadirse de la trampa del bipartidismo turnista, es momento de hacer balance y recordar algunas anécdotas bastante expresivas del tipo de mercado laboral que venimos padeciendo en España desde que tengo memoria.

En ese sentido la frase que da título a este pequeño artículo es sin duda mucho más que significativa. Tanto yo como muchos de mis amigos, lo he comprobado, la hemos escuchado a menudo siempre que hemos ido a buscar trabajo a lo largo de las últimas décadas y, siempre, siempre, antecedía a un festival del humor del empresario de turno en la exposición de las condiciones de trabajo y de remuneración que ofrecía.

Podría poner muchos ejemplos asociados a dicha frase e invito a los lectores a que lo hagan en la sección de comentarios si así les apetece, yo, sin embargo, relataré solo dos o tres anécdotas personales que me vienen a la mente evocando esa bonita frase que está, en hipocresía y voluntad de criminalización del trabajador, a la altura del juramento por escrito que impuso el PP a los parados durante el Aznarato haciéndoles prometer que buscarían trabajo...como las prestaciones por desempleo dan para pasar unas vacaciones en Mónaco jugando en el casino de Montecarlo ¿verdad? (y eso cuando se cobra, actualmente hay millón y medio de parados que ya no cobrán ni un céntimo de euro y un millón de familias con todos sus miembros en el paro)...no deja de ser curioso que la culpa del paro la tengan los bancos y los empresarios (especialmente esos facinerosos que deberían estar en la cárcel por el menor de sus actos fraudulentos y antisociales y son reverenciados por el régimen como "grandes empresarios") y sus esbirros políticos culpen a las víctimas, a los parados. Vivimos una situación similar a cuando las víctimas de violación eran culpadas de lo sucedido. "Algo habrán hecho" se decía y todo era comprensión hacia el violador. Ahora los trabajadores estamos igual: somos las víctimas de unos delincuentes despreciables que ejercen el terrorismo social y encima sus esbirros nos culpan a nosotros, somos unos vagos. Y cuidado con protestar, porque entonces te lanzan a los perros y lo menos que te puede pasar es volverte a casa apaleado por unos matones de uniforme y con el conveniente sambenito de "radical antisistema" y "violento" cacareado por todos los corruptos medios de comunicación del régimen.

Pero no desbarremos, centrémonos en alguno de  los festivales del humor empresarial que recuerdo de mis experiencias como culpable, parasitario y vago parado en búsqueda de empleo (que siempre es mejor que estar en búsqueda y captura por haber tenido que robar un pan y algo de mortadela para poder comer).

 La primera vez que escuché la frase que da título a este artículo yo era muy joven, no sé siquiera si había alcanzado la mayoría de edad y, en realidad, no necesitaba trabajar. Buscaba un empleo de verano, cualquiera, para ir adquiriendo experiencia y financiar al menos en parte mi primer año en la universidad. Respondí a un anuncio en la prensa y el tipo que me recibió, un cincuentón zafio y con el rostro coloradote a fuerza de cubatas, me espetó la frase casi al instante. Le respondí, inocente de mí, que era trabajador y responsable y sonrió con melífluo deleite.

Su oferta de trabajo era la siguiente: pretendía inaugurar una panadería-pastelería que estuviera abierta desde las seis de la mañana a las doce de la noche de lunes a lunes y buscaba alguien que la atendiera. ¿El horario?...ya lo he dicho: de seis de la mañana a doce de la noche y de lunes a lunes, sin día alguno de fiesta. ¿El contrato?...¿qué contrato?...bueno, cuando vio que torcía el morro, me ofreció uno, renovable, de quince en quince días. ¿El sueldo?...no alcanzaba el mínimo interprofesional.

Como ya he dicho no necesitaba el empleo, de modo que pude no solo rechazarlo sino decirle abiertamente al prócer generador de empleo lo que pensaba del que me ofrecía. El tipo se encolerizó, empezó a gritar que todos los españoles, especialmente los jóvenes, éramos unos vagos y que con gentuza como nosotros el país no iba a ninguna parte.

-¡Y luego os quejáis de que esto se llena de inmigrantes!-concluyó.

Al final, seguí el caso con curiosidad, logró encontrar alguien que trabajase en las condiciones que él pretendía. Una colombiana sin papeles. El prócer tardó diez días en pretender que además de trabajar como una esclava por un sueldo ridículo le hiciera ciertos servicios en la trastienda. La chica fue juiciosa y valiente, porque ella sí necesitaba el empleo: le propinó una patada en los testículos, volvió a aborcharse la blusa, dejó el delantal de su uniforme sobre el mostrador, se fue y no volvió.

Ese es el nivel de muchos de nuestros empresarios, especialmente de los que te hacen la preguntita de marras.

Y la pretensión del derecho de pernada está mucho más extendida de lo que se piensa y las autoridades quieren reconocer.

Aquel mismo verano, en otra entrevista, no recuerdo para qué puesto, el empresario de turno, en un alardede observación, tras examinarme un instante, dedujo que yo era muy joven. Asentí.

-Y tendrás novia, claro...- continuó con tono melosamente ansioso.

Respondí con un gesto vago y expresión desconfiada.

-Si te doy el empleo me la presentarás ¿verdad?¿es jovencita como tú?¿y guapa?...-el tipo babeaba pensando en ella, literalmente. Me levanté y me fui.

Años más tarde, buscando otro empleo, esta vez en una fábrica de colchones, volví a escuchar la pregunta en cuestión. Me la hacía el propietario de la empresa, un vejete canoso y con voz trémula. Ya estaba fogueado, de modo que respondí con un gruñido indefinido, esperando el subsiguiente festival del humor. El puesto al que aspiraba era administrativo, el hombrecillo, me miró con sus ojos vidriosos y me preguntó:

-¿Ama usted los colchones?

Me encogí de hombros antes de responder:

-Depende para qué.

-Verá, es que en esta empresa amamos los colchones y queremos que nuestros empleados los amen también.

-Pues lo cierto es que no me disgustan, vaya...hay ocasiones, incluso, en las que les tengo una enorme simpatía, no creo preciso detallarle en cuales.

El vejezuelo sonrió beatíficamente, se arrelanó en su sillón de directivo y continuó con voz paternal no exenta de pasión por los colchones:

-Eso está muy bien. Hay que amar el trabajo ¿no le parece?- asentí- y para amarlo hay que conocerlo bien ¿no cree?- asentí de nuevo- y para eso hay que empezar desde abajo.

Total que el puesto indefinido en la oficina comenzaba por un contrato de seis meses cargando camiones  pero, eso sí, después de ocho horas como mozo de almacén podía emplear otras tres o cuatro "formándome" en la oficina. Y me hacían un favor porque así aprendería a amar los colchones y el oficio desde abajo.

Son tan solo unos pocos ejemplos del humorismo empresarial que surje después de la frase que da título a este artículo, podría poner más, pero bastará con estos.

En realidad únicamente existen unos humoristas mejores que ciertos empresarios y son ciertos propietarios de pisos cuando pretendes comprarlos o, lo que es peor, alquilarlos. Otro día, seguramente, nos ocuparemos de ellos.

¿Conclusión?...que achacamos nuestros problemas a los bancos, los políticos, los especuladores y el gran capital que, en efecto, son culpables y deben pagar por ello. Pero nuestro verdadero problema no son los grandes tiburones sino el cúmulo de miserables pirañas que pululan por las turbias aguas españolas. Esa gentuza que con tal de poder robar un poco es capaz de tolerar o incluso apoyar abiertamente que otros roben muchísimo. El sistema está corrompido simplemente porque la sociedad está podrida y lo ha tolerado. El cambio que necesitamos pasa también por renovar las mentalidades y penalizar a los delincuentes pequeños con la misma dureza que a los grandes. Ese es el camino hacia la verdadera democracia.

NOTA.- La fotografía es de Garry Knight.

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10/11/2011 21:24 disidenteporaccidente Enlace permanente. mores et leges No hay comentarios. Comentar.

CUERNOS

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Dicen las encuestas que en septiembre se dispara el número de divorcios. La explicación que suele darse al respecto es que las parejas, que se sostienen durante los meses laborables a fuerza de no verse, descubren con la forzada convivencia estival que ya no se aguantan. Y puede que haya mucho de cierto en ese análisis. Sin embargo tampoco debe desdeñarse el peso de las infidelidades veraniegas en dicha estadística.

Ahora que empieza a declinar el verano, aunque más de media España esté asfixiándose en una agobiante ola de calor africano, y las vacaciones de muchos de mis amigos y amigas empiezan a ir quedando atrás, voy comprobando el grado de infidelidad que semejantes fechas infunden en los espíritus adormecidos en invierno y, sobre todo, en los cuerpos sandungueros hartos de rutina. A menudo, y se ha hecho mucho cine de comedia al respecto, la infidelidad de turno queda en grado de tentativa. A fin de cuentas empezamos a quedarnos calvos, a tener barriguilla...pero, como suele decirse, la intención es lo que cuenta.

Otras veces se consuma la infidelidad y, en un alto porcentaje de las ocasiones, sin que el cónyuge afectado llegue a enterarse, que es, sin duda, lo mejor. Claro que no deja de haber pilladas clamorosas. Hace poco hablaba con un amigo que descubrió, el mes de julio pasado, a su mujer no con uno o con dos, sino con toda una caterva de universitarios alemanes haciendo turno en la habitación...pero la quiere lo suficiente como para perdonarla, había bebido tanto...

En cualquier caso, sea descubierta o no, se sea el culpable o el ofendido, sea una canita al aire única o reiterada, siempre se acaba en el mismo punto: el de las culpabilidades.

A lo largo de mi vida he sido amante de suficientes mujeres casadas o emparejadas como para conocer a fondo sus crisis de culpabilidad, sus cavilaciones de perplejidad romántica, su custionarse a sí mismas...y he tenido los suficientes amigos (y amigas) cornudos como para conocer sus recriminaciones, sus celos, sus infinitas preguntas sobre la responsabilidad de los hechos (a menudo en una situación de infidelidad acaba existiendo la culpabilidad en ambas partes, a veces en las tres)...

Y lo cierto es que yo me aburro soberanamente con tanta tragedia y tanta cháchara sin sentido.

¿Quién tiene la culpa de unos cuernos?...evidentemente nadie.

La pareja, como aspiración de permanencia en el tiempo, es una simple entelequia, un invento artificial en nada relacionado con nuestra naturaleza biológica originado por motivos políticos, jurídicos o económicos y pronto sancionado, para proteger dichos intereses creados, por la religión que se beneficiaba de dicha bendición para aumentar su influencia en la sociedad.

El matrimonio, que fue la primera forma de emparejamiento permanente y de la que todavía depende nuestra arcaica forma de ver y comprender el amor, se inventó dentro de sociedades patriarcales ( y por lo tanto injustas y desiguales) para forjar alianzas entre patriarcas y clanes y encauzar, nunca mejor dicho, el patrimonio. Nunca tuvo nada que ver en él el amor ni el deseo, sino los intereses. Así fue durante milenios. Más tarde el cristianismo, con su política familiar sectaria, destinada precisamente en sus primeros siglos a desestructurar las familias amplias del paganismo indoeuropeo con la finalidad de controlar las mentes, la descendencia y el patrimonio de parejas alejadas de sus núcleos familiares (el modelo cristiano de familia es simplemente el resultado de los intereses de los dirigentes de una secta en romper las estructuras de clan para controlar mejor a sus adeptos y resulta por ello estúpido e inmoral), fue quebrando los lazos puramente políticos y económicos del matrimonio y dejando que fueran entrando en liza los vínculos afectivos de tal modo que un enamoramiento puntual de juventud acababa a menudo convirtiéndose en una sentencia de por vida.

Toda la legislación civil y toda la orientación social desde que los cristianos se hicieron con el poder a principios del siglo IV ha ido encaminada a mantener esa interesada ficción de la familia nuclear que tanto conviene y ha convenido siempre a las diferentes iglesias. Más adelante el protestantismo, en su ansia de huir de la razón, impulsó la exaltación de los sentimientos inventándose el romanticismo y se llegó al moderno y ñoño esquema que nos imponen propagandísticamente todos los años en cuanto llega esa maquiavélica fecha de San Valentín: chico conoce a chica, se enamoran y forman una familia...o al menos una pareja que aspira a la permanencia y a la fidelidad...

Claro, es un modelo que falla constantemente, y ahí tenemos como ejemplo esos anglosajones de moral calvinista que no dejan de divorciarse y volver a casarse en cumplimiento de dicho esquema...pero si el esquema falla es simplemente por una razón: porque es artificial, estúpido y en abierta contradicción con nuestra naturaleza biológica.

 De hecho, no es ningún secreto, toda la superstición semita, que se vio radicalmente afectada por los movimientos gnósticos, considera la naturaleza una expresión del mal (ya se sabe: mundo, demonio y carne son los enemigos) y trata de imponer a sus adeptos una moral en consonancia con su fundamental y absurdo maniqueismo. Y lo hace en todos los niveles que puede. Cuando dispone de poder, con una coacción teocrática feroz que abarca desde los usos sociales a las leyes vigentes. Cuando su poder mengua, de forma subrepticia a través de ideologías que perpetuan sus valores como el romanticismo.

De hecho, en cuestiones sexuales y amorosas, como en casi todas las demás, la influencia de la superstición semita, que a menudo somos incapaces de notar, nos mantiene en formas de hacer y pensar más propias de la edad del bronce, cuando se originaron, que de seres evolucionados y razonables. Una de las revoluciones más importantes que nos queda por hacer es precisamente esa: la de desprendernos de las ideas de pareja y fidelidad y evolucionar hacia modos de hacer y pensar basados en nuestra naturaleza biológica.

La moral impuesta por las sectas procedentes de la superstición semita (cristianismo, islam, judaismo) es inmoral porque está en directa contradicción con nuestra verdadera función natural que es la de evolucionar. No debemos pensar en cuanto individuos rehenes de una moral impuesta e inviable (de hecho inmoral y estúpida) sino en cuanto miembros de una especie que tiene la responsabilidad moral de dar un salto evolutivo que precisamente lo arcaico de nuestra propia ideología sectaria está retrasando.

Biológicamente a la especie le conviene que una misma hembra sea fecundada por machos diversos y que un mismo macho esparza su semilla entre varias hembras, eso facilita la variedad genética y mejora los especímenes individuales y la especie en general. De hecho es algo tan arraigado en nuestra naturaleza que sucede habitualmente aunque las convenciones sociales lo oculten. Aproximadamente un tercio de los hijos de los matrimonios no pertenecen al progenitor putativo, se ha comprobado recientemente con análisis de ADN...es nuestra naturaleza y tiene un sentido que sea así.

Para facilitar el salto evolutivo que debemos dar es preciso desechar nuestros prejuicios arcaicos, nuestros usos y leyes en cuestiones sexuales y familiares y favorecer legal y socialmente la promiscuidad que tan necesaria y favorable resulta a nuestra especie y que representa nuestra verdadera naturaleza.

De modo que, ante unos cuernos, ¿quién tiene la culpa?...nadie, los verdaderamente inmorales y despreciables son aquellos que se mantienen fieles.

 

NOTA.- La fotografía es de Shallowend

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25/08/2010 13:47 disidenteporaccidente Enlace permanente. mores et leges No hay comentarios. Comentar.

APUNTES SOBRE EL ORIGEN Y SIGNIFICADO DE LA SEMANA SANTA EN ESPAÑA

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Vale, ya ha terminado por este año la semana santa (escribo estas líneas al medio día del domingo que llaman de resurrección) y he cumplido, como buen español, con todos los preceptos exigidos. He asistido a todas las magníficas y espectaculares procesiones de mi ciudad acompañado por familiares y amigos, he aguantado durante las mismas precios disparatados en los bares, he ejercido de amable guía de turistas de toda laya, he participado de apasionadas conversaciones entre cofrades donde se dirimían, siempre sin resultado ni fin, ancestrales rivalidades, he aguantado a pie firme en los mejores lugares para ver el paso de tal o cual cofradía a todas las horas del día (mañana, tarde, noche, madrugada),me he dejado arrastrar por el telúrico y rítmico tronar de los tambores, por el efluvio del incienso, por la brisa primaveral de cornetas y trompetas heráldicas, por la magia de la luz y la oscuridad, por la tradición...me he hartado de comer torrijas y hasta he ligado aprovechando estos días y noches en los que todo el mundo está en la calle y concentrado en los mismos lugares. Incluso he  fornicado, como mandan los cánones, con alguna que otra nazarena antes o después de su procesión.

Pero el éxtasis dionisiaco ha concluido por fin. Llega pues la obligación apolínea de reflexionar siquiera sea mínimamente sobre lo acontecido.

Y lo primero a recordar, después de escuchar tanta propaganda de los curas tomándose en serio sus propios mitos sin realidad histórica ninguna es, precisamente eso: que toda la creencia cristiana se basa en mitos sin ninguna base histórica o real. El cristianismo, con toda esa tontería de la muerte y resurrección de su dios-hombre y todos sus misterios no fue y no es sino una mala copia de las religiones agrarias, especialmente las originadas en oriente medio. Todos los dioses que representaban la vegetación y el ciclo anual donde a la muerte aparente del invierno sucede el renacer de la primavera, morían y renacían dando lugar a mitos que luego copió el cristianismo. Nada hay en esta religión que no sea simple plagio de ciclos mitológicos surgidos en el neolítico. Nada, por tanto, que pueda aportar positivamente a los modernos desafíos a los que se enfrenta la humanidad. Su mensaje es una ideología anquilosada y obsoleta, estúpida y embrutecedora que debemos superar y arrinconar a la mayor brevedad.

Una cosa es el espectáculo, sin duda magnífico, que proporcionan las procesiones, su valor etnológico, cultural e incluso artístico y otra muy diferente que nos tomemos en serio el mensaje que tratan de transmitir y, mucho menos, que dicho mensaje influya en la vida social, política o legislativa de una sociedad moderna que está en la obligación moral de evolucionar.

Más adelante, una vez superado el periodo de secta destructiva obsesionada en crecer a cualquier precio y dedicada al ramplón plagio de las religiones competidoras, el cristianismo entró en una nueva fase cuyos resultados todavía padecemos: la alianza con el poder.

Los emperadores romanos eran partidarios acérrimos del monoteismo por una razón política muy sencilla: la aspiración a un gobierno absolutista y totalitario. Necesitaban que hubiera un solo dios para que se justificara el gobierno de un solo hombre. Lo intentaron primero creando una religión pagana prácticamente monotesita, la del Sol Invicto, que reunía en sí misma todos los mitos y festividades de los dioses solares y agrarios estableciendo un calendario festivo y mitológico que más tarde heredaría el cristianismo. La religión del Sol Invicto no llegó a cuajar. Resultaba dificil olvidar que el primero en introducir ese culto en Roma había sido un emperador universalmente despreciado como Heliogábalo y que en la práctica correspondía al culto de un típico betilo semita en su ciudad de Emesa (actual Homs, en Siria). Además los cultos ancestrales que trataban de resumirse en él continuaban vivos y pujantes minimizando el impacto del nuevo culto imperial y alentando la pluralidad social y política en detrimento de las aspiraciones absolutistas de los emperadores. Había que buscar una fórmula que sirviese mejor a los intereses imperiales.

Fue Constantino, un golpista, tirano y asesino, quien recurrió para ello a la secta más destructiva e inmoral que existía dentro de las fronteras romanas: el cristianismo. Los jerarcas cristianos, no podía ser de otro modo, se prestaron a la jugada admitiendo llanamente que su Cristo ocupase el puesto del Sol Invicto manteniendo su calendario (de ahí que todas las celebraciones cristianas tengan un antecedente pagano que han desvirtuado) y su utilidad al servicio de los intereses imperiales. Comenzó de inmediato la represión y la persecución contra quienes no admitían el totalitarismo constantiniano y contra quienes seguían defendiendo la civilización antigua. El emperador pasó de ser un ciudadano preeminente a denominarse señor y a justificar su dominio absoluto mediante la excusa divina.

Desde entonces, desde el siglo IV, el cristianismo ha sido siempre, sigue siéndolo, sinónimo de persecución, represión, autoritarismo totalitario, mentalidad teocrática e ignorancia. Fue el triunfo del cristianismo lo que acarreó la decadencia cultural de Roma y la llegada de la edad oscura que se prolongó a lo largo de toda la edad media, durante el más estricto dominio de la iglesia sobre Europa.

Porque la idea final de la secta cristiana al pactar con el poder imperial era establecer a la larga su dominio teocrático. En ese sentido el hecho de que el color del nazareno sea precisamente el morado no deja de ser elocuente. La púrpura estaba reservada exclusivamente al emperador. Vestir de púrpura a su dios era tanto como reclamar el imperio para la iglesia. Todavía siguen sacando de procesión figuras vestidas con la púrpura imperial y cubriendo sus altares con ese color en señal de control y dominio.

Lograron salirse con la suya y lograron dominar Europa durante casi mil años, hasta que el Renacimiento vino a ponerles de nuevo contra las cuerdas abriendo puertas a la libertad y mirando a la civilización pagana como eficaz alternativa a la barbarie cristiana.

Frente al Renacimiento, lo hemos visto ya en estas mismas páginas, surgió la reforma protestante, que todavía nos amenaza, y en la Europa Mediterránea, la contrarreforma católica.

Ambos movimientos tenían muy claro el hecho de que intelectualmente no pueden defender sus absurdas posiciones. La historia, la razón, el sentido común, la filosofía, todo está en su contra. La única alternativa que tienen para mantener su poder es la represión, la mentira y el lavado de cerebro partiendo de la anulación del razonamiento en virtud de una exaltación del sentimiento. Y a eso se dedicaron.

Todo el sistema de procesiones espectaculares con pasos magníficos e impactantes, con preciso y cuidado protocolo, con una puesta en escena sobrecogedora es una hábil añagaza eclesiástica del barroco para captar y exaltar el sentimiento de participantes y espectadores anulando de este modo la razón. Se trata de pura propaganda en la mejor línea de condicionamiento mental. Ahora ha perdido algo de eficacia puesto que no pueden controlar todo el entorno obligando a cerrar bares y cines, a ayunar, a ir a misa, a dejar de practicar sexo, atestando la televisión de películas alusivas y propagandísticas supuestamente históricas, de servicios religiosos...(aunque ni las televisiones ni las radios están libres de esa contaminación ideológica aun en nuestros días)...pero todavía en pleno franquismo, y no hace tanto de eso, el potencial de lavado de cerebro de estos actos era máximo.

Y, precisamente, ese es el último jalón histórico que debemos tener en cuenta: la sangrienta cruzada del nacional catolicismo patrio entre 1936 y 1939, su triunfo (aun más sangriento) y habituales consecuencias: sangre, asesinatos, represión, imposición totalitaria de sus absurdas y nocivas ideas...

Ahí, en ese periodo oscuro y vergonzoso, entre 1936 y 1978, experimentaron los rituales de semana santa un poderoso e interesado impulso que acabó de conferirle sus últimos rasgos de identidad incorporando, no siempre con éxito, a sus celebraciones a los puntales del ejército fascista: legión y regulares convirtiéndolos en parte del espectáculo y del sistema de lavado de cerebro. Identificando intencionadamente el dominio eclesiástico con el estado, un estado que no es el de los ciudadanos sino el de las oligarquías. En ese sentido, cada vez que en una procesión suena el himno nacional se está atentando directamente contra la libertad, el progreso y la independencia moral de España.

Ahora, la celebración persiste con sus ritos y sus símbolos, con toda su repugnante carga ideológica. Nos parece en cambio una sucesión de actos inocuos porque los observamos en general desde el punto de vista de la identidad local y estético y desde las posibilidades turísticas. Pero no hay que perder nunca de vista la verdadera naturaleza perversa de estos actos y la utilización de los mismos que la secta católica, sus jerarcas más asilvestrados que en general poco tienen que ver con los católicos de a pie, gente mucho más moderada y sensata, hace para seguir propagando su inaceptable, oscurantista y peligrosa ideología.

 

 

NOTA.-la fotografía es de Sehani

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