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MAMADAS ASESINAS.

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 Hay chicas que tienen un peculiar sentido del humor, no cabe negarlo. Días pasados cierta preciosa señorita cuyo nombre me reservaré porque soy discreto y buena persona, lanzando su melena sobre el hombro izquierdo con un delicioso movimiento de cabeza y adoptando una graciosa mueca que incluía una traviesa exhibición de la lengua sobre el labio, justo en el instante de disponerse a a su delicada tarea, sonrió diciendo:

-Bueno, espero que después de esto no me tengan que apodar la Pompas Fúnebres.

Admito que en ese instante no me encontraba en condiciones de apreciar chistes rebuscados ni de atender a razones y, además, desconocía la anécdota a la que se refería dicha ironía en concreto, de modo que no presté demasiada atención al comentario. No obstante la frasecita se quedó rondando por mi cabeza y, algunas horas después, me lancé a hacer averiguaciones descubriendo no solo una de esas historias curiosas de la Historia sino la biografía, me atrevo a decir que prodigiosa, especialmente desde una perspectiva amarillista que hubiera hecho las delicias de los actuales programas televisivos especializados en casquería rosa, de una de esas mujeres sin duda mucho más desconocidas de lo que sería menester.

Por supuesto, localizado el origen de la broma de mi preciosa amiga (que no es la de la foto, ojo) le remití un mensaje entre sarcástico y reprensivo al que ella respondió diciéndome:

-No te quejes, al menos te he dado material para tu blog, que últimamente anda siendo demasiado serio, aburrido y obsesivo en lo tocante a la política.

Tuve que darle la razón (y las gracias, que fue lo que más hirió mi orgullo).

Horas más tarde, ya de madrugada, le remití otro mensaje diciéndole que pensando, pensando en sus bromitas se me había ocurrido un bonito argumento para un cuento erótico-psicopático: el de una mujer mutante con la saliva corrosiva que se dedicaba a felar hombres para vengarse de una pasada traición amorosa. Ya por la mañana, a la hora de mi café con croissant, recibí su respuesta:

-¡Que asco! No escribas eso.

Tenía razón de nuevo, de modo que me vi forzado a darle las gracias otra vez.

Pero en fin, sin más preámbulos: centrémonos en la Pompas Fúnebres y su increible historia.

La merecedora de semejante apodo no es otra que Marguerite Japy, más conocida por su apellido de casada: Steinheil, y se lo ganó el 16 de febrero de 1899 cuando le estaba realizando tan excelente y magnífica felación al presidente de la República Francesa del momento, Felix Faure, que el pobre hombre sufrió una congestión cerebral que le llevó derechito a la tumba. Por desgracia para ella, y suerte para nuestra mal disimulada morbosidad, el hecho no pudo disimularse. El servicio acechaba al otro lado de la puerta, algunos de sus miembros escucharon el golpe del cuerpo presidencial al caer agonizante y sus estertores de muerte, irrumpieron en la habitación y encontraron a Madame Steinheil arreglándose la ropa a toda prisa y al eximio estadista con la bragueta todavía abierta. A las pocas horas el suceso corría como la pólvora por todo París y no tardó en alcanzar los teatros donde no se ahorraron chistes ni cancioncillas burlescas imponiéndose desde ese instante el ominoso mote de la Pompas Fúnebres para referirse a Meg, como la apodaban cariñosamente los que la conocían íntimamente y que, según parece, fueron muchos.

De todos modos, ese no fue el único hecho escandaloso ni relevante en la vida de Meg y, ya puestos, conviene que hagamos un breve repaso de su vida.

Marguerite Japy nació en el seno de una acaudaladísima familia protestante en 1869 y dedicó su infancia y la primera parte de su adolescencia a la música, aprendiendo a tocar el violín y el violonchelo. A los dieciseis años entró en sociedad y, prácticamente sin solución de continuidad, comenzó un asuntillo amoroso con cierto joven y apuesto oficial que no contaba ni con fortuna ni con la simpatía de su padre, de modo que este la envió a Bayona en 1889 para poner distancia entre ambos amantes. Y fue peor.

En Bayona conoció Meg al que sería su primer esposo: el pintor Steinheil.

Adolphe Steinheil tenía por entonces cuarenta años y ningún éxito artístico (parece que tampoco demasiado talento), de modo que se ganaba la vida haciendo miniaturas y restaurando vidrieras en las catedrales. De hecho eso estaba haciendo en Bayona, restaurar las vidrieras de la catedral, cuando conoció a Meg, que acababa de cumplir los veinte.

La boda fue casi inmediata y resultó un buen negocio a medias para el pintor que pudo salir de la miseria y del ostracismo artístico gracias al dinero de la familia de su mujer. Meg se aburría en provincias, dejando pasar el tiempo mientras su artístico esposo arreglaba vidrieras medievales y ganaba unos pocos francos con sus miniaturas, de modo que se reconcilió con su padre y consiguió que este le sufragara una vida al nivel al que estaba acostumbrada. Fue así como Meg y su marido recalaron en París y se establecieron en un curioso chalecito cercano a Montparnasse a cuyo salón empezó a acudir toda la buena sociedad parisiense del momento desde Ferdinand de Lesseps hasta Emile Zola  pasando por todo el elenco artístico y cultural entonces en el candelero, lo que, de facto, abrió a Steinheil las puertas de un paraíso intelectual y artístico que hasta entonces le había estado vedado.

La parte mala del negocio no solo era haberse convertido en un notorio mantenido, sino el hecho, esperable por otro lado, de que Meg se aburrió pronto de su bohemio esposo dedicándose a ponerle los cuernos a diestro y siniestro con toda una larga lista de amantes, eso sí: famosos, ricos y poderosos que, en compensación, hacían encargos al pintor.

Entre esos amantes poderosos se contó, por supuesto, el presidente Faure que lo era desde 1895 y que conoció a Meg en Chamonix allá por 1897. Por entonces el presidente, que tenía cincuenta y cuatro  años, llevaba menos de cinco casado con su segunda esposa, Antoinette Berge, que estaba para cumplir los veinticuatro. Meg apenas tenía 28.

Según la costumbre, Adolphe Steinheil, el complaciente marido, enseguida empezó a ser protegido por el poderoso amante de su esposa que le encargó un monumental cuadro patriótico que se expuso y fue premiado en el más prestigioso salón artístico parisino valiéndole semejante obra la concesión de la Legión de Honor concedida por el mismo presidente poco antes del "incidente".

Lo curioso del caso es que después de la mortal felación presidencial del 16 de febrero de 1899, Madame Steinheil no perdió su atractivo para con los hombres (quizá la leyenda que la acompañaba lo aumentó) y, según consta, continuó aumentando su ingente lista de amantes contando entre ellos algunos tan egregios como exóticos (por ejemplo cierto rey de Camboya).

Pero no habían acabado los escándalos en la vida de Meg. Ya hemos dicho que su nombre anduvo durante años en solfa por los teatrillos y cafés-cantantes de París, diremos también que hubo quien rumoreó que en realidad no había finiquitado al presidente Faure con sus artes amatorias sino envenenándolo porque este se negaba a reabrir el polémico Caso Dreyfus.

Apenas empezaba a olvidarla el gran público cuando, menos de diez años después del colapso de Faure en el transcurso de la ya histórica mamada asesina, el 30 de mayo de 1908, su criada se encontró con un espectáculo dantesco cuando bajó de su cuarto en la buhardilla del coqueto chalecito cercano a Montparnasse para hacerse cargo de sus tareas domésticas.

Ese día, contra lo acostumbrado, todas las puertas del piso noble estaban abiertas y se percibía un cierto desorden. Casi de inmediato la criada topó con  Madame Japy, la madre de Meg, que yacía muerta en el suelo, más tarde se supo que a causa de un ataque al corazón. También Steinheil, el pintor, estaba muerto: le habían estrangulado. Meg, sin embargo, apareció viva, atada y amordazada en una cama. Cuando la policía la interrogó declaro que durante la noche habían entrado en la casa tres hombres y una mujer vestidos de negro. Buscaban documentos secretos del presidente Faure relacionados con el Caso Dreyfuss y acabaron asesinando a Adolphe mientras que Madame Japy moría del sobresalto. Pero, curiosamente, Meg no solo estaba viva sino que no mostraba señal alguna de violencia, eso la hizo sospechosa del crimen.

Las sospechas aumentaron cuando a lo largo de los meses siguientes fue contradiciénse más y más en sus subsiguientes declaraciones y cambiando de versión cada vez que era preguntada. Acabó encarcelada y se la juzgó en 1909. Durante el juicio el juez, tras escucharla, le espetó que resultaba evidente que había lanzado una sarta de mentiras al tribunal. Ella no lo negó, se limitó a responder que lo hacía para proteger su vida íntima de mujer...y, cosa de los tiempos, el argumento coló: fue exonerada y marchó tranquilamente a Londres donde acabó contrayendo matrimonio con Robert Brooke Campbell Scarlett, VI barón de Abinger que murió en 1927, a los diez años de matrimonio, dejándola millonaria y con el título de Lady.

Meg murió en su mansión inglesa en 1954, con setenta y cinco años. Sin embargo su presencia en la política francesa perdura, no en vano fue modelo de su marido uno de cuyos encargos fue el de una estatua con los senos desnudos para la que ella posó y que continua instalada en el edificio del senado francés.

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25/01/2011 19:13 disidenteporaccidente Enlace permanente. cosas que pasan No hay comentarios. Comentar.