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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2014.

CONSENSO, NO VIOLENCIA Y FALSA DEMOCRACIA.

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La oportuna (oportunísima) muerte de Adolfo Suárez permitió al ilegítimo régimen vigente mirar para otro lado (hasta la oportuna y televisada represión de los "violentos antisistema") en la masiva manifestación del 22 de marzo y, sobre todo, lanzarse a la hagiografía autojustificativa ensalzando la figura del ex-presidente difunto para ensalzar indirectamente el régimen turnista, criptofranquista, clasista, corrupto, canovista, oligárquico, cleptocrático, nacional-católico, borbónico y no democrático que estableció como continuación del régimen de 1939 y el de 1876 (surgido este también, no lo olvidemos, de un golpe de estado protagonizado por Alfonso XII que venía de este modo a perpetuar el régimen clasista, corrupto y antidemocrático de su madre, Isabel II).

En ese pandemonium propagandístico al que se entregaron con fruición todos los medios del régimen (públicos y privados) el mantra más repetido (y más contrario a la democracia) fue el del consenso.

En efecto: el régimen nos presenta el consenso de la transición como la piedra angular del régimen (lo que es cierto) y de la democracia (lo que es falso). Tienden, lo sabemos ya, a confundir interesadamente el régimen vigente con la democracia.

¿Pero qué significó en realidad el tan cacareado consenso?...Pues algo muy sencillo y que ha tenido largas y profundas consecuencias que todavía (y hoy más que nunca) estamos padeciendo. Significó que cuatro próceres procedentes de diversas siglas pero servidores de los mismos intereses económicos e imperialistas (léase en estas mismas páginas Historia Secreta de la Democracia Española, diciembre de 2011) se pusieron de acuerdo para hacer aquello que les dictaban sus amos al margen de los resultados y las promesas electorales. 

Uno podía votar a UCD, al PSOE, al PCE o a AP, afiliarse a la UGT (reconstituída y vendida a los intereses de la fundación Ebert) o a CCOO, y creer en serio lo que los jefes y estructuras de unas y otras siglas les prometían, pero a la hora de la verdad, la hoja de ruta estaba trazada y ni partidos ni sindicatos estaban destinados a escuhar al ciudadano y canalizar sus aspiraciones e intereses sino a elaborar un teatrillo de cara a la galería mientras, pasara lo que pasare, se cumplían las etapas designadas desde el imperialismo exterior aplicando inexorablemente una política férreamente neoliberal y de sometimiento, a través de la entrada en la Unión Europea, de España a los intereses del gran capital extranjero. En suma: una gran traición que continúa en nuestros días cuando, hagamos lo que hagamos y votemos lo que votemos, el régimen sigue imparable la senda trazada por nuestros amos sin escuchar ni representar al pueblo y a los verdaderos intereses de España. 

Cuando el régimen habla de consenso está hablando de traición al pueblo, de una forma antidemocrática de estado y extiende una densa cortina de humo para desorientarnos y que sigamos creyendo y obeciendo que es lo único que les importa para hacer de su capa un sayo. Pero hay que repetirlo: la transición y el consenso fueron una gran estafa que nos ha conducido a todos a la situación actual de pérdida de derechos ciudadanos y sociales y de empobrecimiento premeditado desde el capital extranjero. Nos han vendido y comienza a ser hora de que paguen sus culpas. 

Y entramos aquí en el segundo mantra más repetido del régimen: la no violencia. 

No deja de ser divertido que un régimen que es fundamentalmente violento, que está llevando deliberadamente al pueblo a la miseria, que está conculcando todos los derechos, que nunca ha dejado de practicar la tortura, donde se apuntalan los privilegios de unos pocos y de nuestros amos extranjeros a palos, con montajes policiales, con difamaciones de los medios, con todos los instrumentos de la insidia, la represión y el caciquismo cerril, un régimen que siembra la discordia, el hambre, la pobreza, la opresión, un régimen, en suma, criminal, tenga como mantra insistente la no violencia.

Pero claro: es que hablan de la violencia de los oprimidos. Ellos ejercen cotidianamente la violencia y saben que son reos, culpables de crímenes que moralmente legitiman (y desde su propia ideología: ahí está el padre Suárez, jesuita del siglo XVII, explicando que contra la tiranía es legítima la violencia) una respuesta contundente del pueblo tanto colectiva como individualmente. Cualquier traidor al pueblo, cualquier traidor a España, cualquier cacique parásito y opresor, cualquiera de sus esbirros en los medios propagandísticos, la política, la judicatura o el mercenariado armado puede, y moralmente debe, ser castigado por sus actos. Ellos, los jerifaltes del régimen, lo saben y viven aterrorizados. Saben que están en falta, que sus acciones están conduciendo a la desesperación a millones de españoles y que la reacción acabará adoptando la forma de un estallido revolucionario que ponga fin a las exacciones, los crimenes y las desvergüenzas de los integrantes y defensores de la tiranía. Saben también que están en inferioridad, que no pueden contra el pueblo si el pueblo se inflama y se planta. En ese sentido una huelga general revolucionaria que paralice el país hasta la caída del régimen y con comités y milicias organizadas para la defensa de la democracia y la ocupación de los centros de poder en un amplio y rápido periodo de acción constituyente sería imparable y haría justicia desde el primer instante. 

Ellos saben que son culpables y que no está lejos el estallido (colectivo o individual), de ahí su pánico. De ahí sus actos represivos, su vulneración constante de la libertad de expresión de los ciudadanos cuando los ciudadanos piden algo tan democrático como las cabezas de los culpables, de los traidores al pueblo, cuando se enfrentan en las calles a las limitadas (y mal que les pese, pésimamente organizadas) fuerzas represivas del régimen, cuando se piden explicaciones y responsabilidades y algunos grupúsculos se defienden de las mediáticas y premeditadas arremetidas del salvajismo institucional...

Se refugian en el mantra de la no violencia porque se saben en minoría, se saben culpables y saben que el pueblo, si lo desea y se organiza, puede defenestrarlos y castigarlos con la dureza que merecen. 

De modo que ambos mantras: consenso y no violencia son dos recursos propagandísticos del ilegítimo régimen para continuar negando la democracia al pueblo y seguir criminalizando y reprimiendo a quienes la exigen como sujetos soberanos porque es en el pueblo y no en las instituciones en quien reside la soberanía. Soberanía que el actual régimen nos ha arrebatado para vendernos al mejor postor y mantener los privilegios de los caciques de siempre. 

Frente a la tiranía cualquier forma de rebelión, individual o colectiva, es legítima. Esto es un dogma democrático que no puede olvidarse ni conculcarse. Eso sí: hay que moverse con inteligencia. Una violencia sin objetivo, unos simples actos de vandalismo o terrorismo, solo sirven para justificar al enemigo, para dar pábulo a la represión, de ahí la inveterada costumbre de introducir en los movimientos sociales agentes provocadores. 

Rebelión sí, pero con cabeza. Queremos conquistar la democracia, no justificar una dictadura más estrecha. 

Por lo tanto es preciso utilizar el mantra de la no violencia a favor de la democracia. Seamos pacíficos para no justificar la represión (ya se encargarán ellos de infiltrarnos agitadores) pero no caigamos en la trampa de pensar que los traidores y opresores no merecen castigo y que no podemos proporcionárselo. Tampoco en que el monopolio del miedo está del lado de los represores del ilegítimo régimen. Ellos nos tienen más miedo del que nosotros podamos tenerles a ellos...pero, de momento, basta (y conviene) con no acatar sus dictados, con desobedecer, con llenar las calles, sin violencia, sin ceder a las provocaciones. Ya llegará el día. Derribaremos el régimen y los culpables y sus secuaces serán castigados. 

NOTA.- La fotografía es de Pepe Alfonso.

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TOÑÍN MINGALUENGA, LAS PROCESIONES Y LAS PUTAS.

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Qué duda cabe que la semana santa, en su vertiente de celebración popular, genera toda una serie de personajes entrañables o pintorescos que servirían por sí solos para engendrar todo un subgénero literario. 

Consciente de ello, y puesto que se aproximan las capirotadas clericales insólitamente consentidas por el corrupto régimen todas las primaveras, quiero recordar aquí, en este luminoso mes de abril, a uno de esos personajes que podrían dar origen a una novela costumbrista, mágico-realista y hasta pseudo-carpeto-vetónica de pro con sus puntas y cabos de surrealismo.

Un personaje, sin embargo, completamente real. Yo lo conocí, sigue vivo y anda por esos mundos con un hermano cura, una hermana lesbiana, dos gemelos que comparten una relación abierta con una inmigrante boliviana (que es la parte abierta de la relación, vamos: que además de montárselo con ambos al tiempo se busca otros apaños por ahí), otra hermana casada casi incestuosamente (aunque con la debida dispensa papal) con su primo y seis o siete hermanos más repartidos a pachas entre el padre putativo de la rectísima familia católica a la que pertenecen y el párroco de la iglesia que frecuentaban y que estuvo década y media líado con la madre.

Por supuesto el apellido de la familia no es Mingaluenga, soy un divulgador discreto y no quiero señalar públicamente a personas que merecen, como todas, el más acendrado respeto de su intimidad. El apellido es parecido y fue Toñín, en un alarde de gracia sandunguera e hiperviril, quien lo deformó de ese modo en aras de la grotesca autoglorificación de su pene, del que estaba muy orgulloso cuando funcionaba. 

El tipo fue siempre peculiar. Pequeño, fibroso, con gafas de culo de vaso (lo apodaban el Topo y Señor-Magú) y sempiterno peinado frailuno a la taza invertida, irrumpió en la adolescencia a eso de los trece o catorce años siendo sorprendio en intensa orgía con una de sus hermanas pequeñas y tres primas. Por supuesto no pasó nada, en las familias católicas nunca pasa nada porque se ocultan los escándalos y se mira para otro lado. De hecho es la hipocresía la verdadera carta de naturaleza de la familia católica. Si yo supe del hecho fue porque la hermana en cuestión, años después, se convirtió ocasionalmente en mi amante y me contó, entre otros, este secreto. Más adelante el individuo se casó por la iglesia con una coetánea no demasiado avispada que acabó pidiendo la nulidad por el empeño sodomítico de Toñín, que se negaba a tener hijos siendo contrario a los preservativos y los anticonceptivos y buscaba por el portillo trasero la resolución semicanónica para sus desafueros. Más tarde pasó por un internamiento psiquiátrico acompañado de delirios místico-religiosos y en la actualidad, alejado de la iglesia, me cuentan que vive con una septuagenaria acaudalada a la que chulea y pasea con la cabeza muy alta por esas avenidas de los ricos decadentes de cierta capital de provincias. 

Pero nada de esto es especialmente relevante para el caso anecdotico que, relacionado con la semana santa, quiero narrar. 

Como buenos católicos militantes los Mingaluenga estaban profundamente implicados en la gestión de la parroquia a la que pertenecían (entre otras cosas porque las ilícitas relaciones de la madre con el párroco les permitían hacer y deshacer a su antojo lo que se traducía en una férrea dictadura dentro de la iglesia y su consabido reguero de corruptelas y beneficios ilegales cuyos réditos no venían nada mal para subvenir a los ingentes gastos de tan numerosa familia que incluía, además de los padres y los hijos, dos abuelos, una tía solterona con su pastor alemán y un primo lejano alcoholizado semilila y fámulo de no se qué orden de frailes a los que también robaba a manos llenas.) Tal implicación se extendía a la cofradía penitencial que tenía sede canónica en dicha parroquia y a la que pertenecían prácticamente todos los hermanos y el primo semilila. El propio Toñín vestía el hábito el jueves santo y tocaba la corneta...hasta que se cansó y se sumó a un proyecto nuevo: la creación de una nueva hermandad.

Su temprana adhesión al proyecto le catapultó de hermano de a pie con funciones de soplachiflos rítmico y ordenancista a jerarca con medios galones. Y ahí comenzó lo que sin duda resultó un drama para él y su familia y un curioso espectáculo para aquellos que estábamos al cabo de la calle. 

Era entonces un hombre joven, estaba soltero aún y probablemente no había cumplido los veinticinco. Todavía no había tenido ninguna novia y seguía tan salido como cuando le pillaron a los catorce años pervirtiendo a su hermana y primas pequeñas con la salvedad de que estas ya no le permitían ningún tipo de alegrías desde hacía tiempo. El entusiasmo inicial se enfrío tras la reprimenda sufrida al ser descubiertas en fogosa cama redonda y cedió el paso a una cierta tolerancia destinada a "aliviar y consolar al pobre Toñín" que, cuando fueron echándose novio, fue convirtiéndose en fría reluctancia y fiera hostilidad a sus impertinentes cuanto suplicantes solicitudes. 

Llegados a aquel punto tan solo le quedaban al pobre Toñín dos salidas: la masturbación y las putas y ambas le parecían pecaminosas y ofensivas para con dios y la iglesia y trataba de evitarlas a toda costa (aunque a veces se abandonaba a las prédicas de su hermano el cura y hacían fondo común para visitar burdeles, darle un poco a la coca y mucho al alcohol) refugiándose en este último para olvidar sus desgracias. Toñín, los pecadores testículos llenos de fluidos turbadores y poco masturbados, bebía y mucho, esa es la verdad. Podríamos decir, si fuéramos maledicentes, que por entonces estaba ya medio alcoholizado.

Pero la fundación de la nueva cofradía (en la que participaron entre otros su hermano el cura y sus dos hermanos gemelos) le hizo mucho bien. La nueva responsabilidad, su apreciado ascenso en la escala "cofradil", le centró y le convirtió casi casi en un hombre nuevo, en todo caso en un hombre firme en sus convicciones y férreo en sus ansias de pureza. Incluso taponó con escayola el agujero por el que espiaba a sus hermanas en la ducha.

Hasta entonces siempre había sido un cofrade anónimo. Salía entre la masa cubierto con su hábito y su capirote negros y tocaba la corneta allí donde le indicaban, nada más. Pero su paso a la nueva cofradía le confirió nuevas responsabilidades. No llegó a la categoría de cetro, quizá eso era picar demasiado alto, pero sí le pusieron a regular el paso de la procesión. Y sin hábito. Se compró un traje de chaqueta príncipe de gales, una corbata de seda negra y con un tarjetón plastificado al cuello a guisa de identificación (llevaba su nombre, su foto, su cargo y el escudo de la cofradía) caminaba delante del pendón y los faroles-guía pero detrás del coche de la policía municipal con aire contrito y apartando al público si este cerraba en demasía el recorrido y cumplía su cometido con tal seriedad y dedicación que incluso ignoraba a sus conocidos si los encontraba entre el gentío y estos cometían la improcedente torpeza de saludarle. Dentro de la procesión el tipo mantenía el protocolo y no reconocía ni a su propio padre. 

Hasta ahí, podríamos decir, ningún problema. Todo perfecto. 

Lo malo es que la cofradía centraba su recorrido en las estrechas calles del casco antiguo de la ciudad muchas de ellas, sobre todo en ciertos tramos, con callejones todavía más estrechos que conducían a oscuros puticlubs que obraban sobre el reprimido ánimo de Toñín como auténticos, poderosos e irresistibles cantos de sirenas. 

Y fue así como comenzó el espectáculo que duró varios años, hasta su ingreso en el psiquiátrico y que convertía el desfile procesional de su cofradía en una fuente de diversión para quienes conocíamos sus cuitas.

Como he dicho, Toñín comenzaba muy serio la procesión, muy puesto en su papel, firme en sus convicciones, ansioso de pureza. No obstante, en cuanto la procesión se adentraba por los barrios más sórdidos comenzaba a sudar, temblaba, tragaba saliva, se aflojaba la corbata, empezaba a mirar al suelo con ansiedad, a limpiarse repetidamente las gafas cegadas por el vaho de su propio sudor y acababa cediendo a la tentación. Bastaba que alguna de las meretrices saliese por curiosidad al paso de la procesión para que su escote o sus muslos descubiertos le vencieran por la mano. Toñín, que resistía la tentación cuanto le era posible, nunca cedía en el mismo punto. Unos años lo hacía antes y otros después y el lugar exacto de su caída en el pecado se convirtió en hilarante objeto de apuesta entre los iniciados (entre los que se contaban los propios miembros de su cofradía, incluyendo a sus hermanos).

El caso es que Toñín acababa eclipsándose por algún callejón oscuro y desaparecía de la procesión por espacio de una o dos horas para aparecer al cabo, como si no hubiera sucedido nada, tambaleándose por el alcohol, despeinado, con el traje arrugado, la corbata mal anudada y sospechosas manchas de carmín. Al principio siempre trataba de disimular y ocupaba el puesto que le correspondía. No obstante poco a poco iba pudiéndole el remordimiento y acababa corriendo en dirección contraria al cortejo procesional en busca de su hermano, que caminaba con sus arreos sacerdotales detrás del paso, para confesarse y ser perdonado. A veces, por mucho que su hermano tratara de quitárselo de encima, Toñín se arrojaba de rodillas y con los brazos en cruz delante del cura obligándole a absolverle en plena calle lo que generaba el estupor de los espectadores que no conocían el intríngulis y los vivas y aplausos de los que sí. 

Ya confortado por el perdón divino Toñín volvía a su lugar y retomaba muy serio y con una marcialidad de cruzado su cometido de hacer apartarse al público que cerraba demasiado el recorrido de la cofradía. Y así año tras año. 

Como he dicho: un personaje pintoresco de la semana santa. 

Por cierto: hice alusión líneas arriba a la actual impotencia de Toñín, seguramente se preguntará el lector como he llegado a conocer tan íntimo dato. Sencillo. Cuando el indivíduo dio por perdida toda esperanza de erección dio las gracias a dios por haberle librado de su calvario personal (aunque no de sus obligaciones bucolinguales y manuales con la vieja que le mantiene) y celebró una fiesta a la que invitó, explicando el motivo de la misma en la invitación, a todo el mundo (incluído a mí)  y a la que no acudió nadie y, además, según me aseguran, encargó no sé cuantas misas gregorianas por su virilidad difunta. 

Así es la vida. Y así nos divertimos con ella. 

NOTA.- La fotografía es de Qsimple.

10/04/2014 01:02 disidenteporaccidente Enlace permanente. cosas que pasan No hay comentarios. Comentar.

LA PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO DE ZARAGOZA EN 1935 (AQUELLO QUE NO TE CONTARON).

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Cualquiera que conozca un poco la semana santa zaragozana sabe que la procesión del santo entierro de 1935 fue decisiva en el posterior desarrollo del fenómeno de la semana santa bajo el franquismo hasta el punto de que debe considerarse el origen de esa inventada tradición franquista. Esto es algo que puede leerse en cualquier guía o en cualquier periódico local en fechas aledañas a la primera luna llena de primavera. 

Lo que ni los periódicos ni las guías van a contar jamás es que ya de por sí esa procesión de 1935 fue una de las primeras manifestaciones de lo que vendría a ser el franquismo, una manifestación eminentemente política del más radical nacional-catolicismo falangista impulsada y presidida por el cuñadísimo, por Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y máximo representante del apoyo a los nazis desde su puesto de ministro de asuntos exteriores (1940-1942). Y no fue un acto inocente. Estaba dentro de la línea de provocación y propaganda iniciada por la extrema derecha protegida por el gobierno semidictatorial emergido en las elecciones de 1933 y que ejerció sus funciones la mayor parte del tiempo con las garantías constitucionales suspendidas entre 1933 y 1936. El ejemplo señero de ese amalgamar religión y política, simbolismo tradicionalista (en el marco de la tradición católica) y acción totalitaria había sido el famoso mitin de las Juventudes de Acción Popular en Covadonga en junio de 1934. Mitin en el que Gil-Robles, jefe de la CEDA, fue aclamado con el nombre de Jefe en claro mimetismo fascista con el Duce italiano y el Führer alemán. Dos años más tarde el General Franco, para distanciarse de la figura de Gil-Robles y ganar protagonismo propio, cambiaría el apelativo de Jefe por el de Caudillo. 

Pero hay que insistir, y este es un dato fundamental para comprender los hechos: la procesión del santo entierro de 1935 fue acto político de provocación y afirmación fascista que vamos a estudiar más a fondo.

Hay páginas de cofradías zaragozanas que tienen la desfachatez, al narrar el periodo de la II República y ensalzar la procesión de 1935, de afirmar que las procesiones estuvieron prohibidas desde 1931. Nada más falso. Si una ley las hubiera prohibido la de 1935 tampoco hubiera podido celebrarse. Es cierto que el santo entierro no salió a la calle en 1932, 1933 y 1934 pero no por prohibición o persecución sino por la parálisis que el establecimiento de la democracia había causado en un sector social minoritario, oligárquico y protofascista que había prosperado durante la dictadura de Primo de Rivera. 

El santo entierro era un patrimonio de la oligarquía más reaccionaria, amalgamada en torno a la Acción Católica, que venía manteniendo una ofensiva contra la mayoría social de la ciudad tratando de imponer sus criterios nacional-católicos desde 1902 y, desde luego, no era (y no es) una tradición inocente: tenía un doble objetivo: propagandístico y provocador, era una demostración de fuerza institucional de la minoría católica que trataba de compensar la debilidad social de dicho sector en una urbe mayoritariamente progresista y con un absoluto predominio sindical y obrero (especialmente anarquista) en todos aquellos estamentos que no eran la alta burguesía, los señoritos, que trataban de usurpar y dominar la voz del pueblo, como de hecho hicieron después de 1936 imponiendo sus tradiciones inventadas (tales la ofrenda de flores en el Pilar o la propia semana santa).

Que el santo entierro tenía una función política queda demostrado al comprobar que su nuevo impulso se produjo en 1910 por miembros de Acción Católica y en el marco de una serie de campañas que buscaban la hegemonía eclesiástica en la sociedad. Señaladamente transitó de la mano de la intención de los impulsores de Acción Católica de eliminar la educación laíca en Zaragoza y extender el monopolio de los colegios de curas. 

No hay que olvidar que solo un año antes, en 1909, y aprovechando los disturbios de la Semana Trágica en Barcelona, los clericales aprovecharon para hacer fusilar al pedagogo Ferrer Guardia, que había tenido la osadía de establecer escuelas laícas en la ciudad condal. 

Además, en Zaragoza, desde la llegada del arzobispo y futuro cardenal (y senador por designación real) Soldevila, la Acción Católica estaba lanzando un órdago contra la sociedad civil llevando a cabo un proceso de acumulación capitalista al servicio de sus intereses con la fundación de la CAI en 1905 y de desmovilización social con el invento corporativista del sindicalismo católico que arrancaría con la edición de un periódico, La Paz Social, cuyos editores alcanzaron altísimos puestos durante las dictaduras de Primo de Rivera y Franco,la creación de la Unión Diocesana de Asociaciones Agrarias en 1908 y del Sindicato Central de Aragon, un a modo de sindicato libre al estilo de los que ejercían el pistolerismo patronal contra los militantes de izquierdas en Barcelona, en 1909. Hay que decir que este sindicato no estaba compuesto por trabajadores sino por propietarios. También que el patronato de la Acción Católica lo componían nobles (el marqués de Montemuzo, el vizconde de Espés...) e industriales y terratenientes (Florencio Izuzquiza, Ramón Valenzuela...) pero en modo alguno trabajadores o jornaleros. 

En ese sentido el impulso del santo entierro en 1910 fue una maniobra más de propaganda y apropiación del espacio urbano por la agresiva minoría nacional-fascista zaragozana y no es de extrañar que alcanzase su cénit durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931) debiéndose a esa estrecha filiación política con ella que sus promotores no se atrevieran a salir a la calle en 1932, 1933 y 1934.

Pero en 1935 todo había cambiado. Los gobiernos de la extrema derecha que habían llegado al poder debido a la abstención de los anarquistas y al voto femenino, predominantemente clerical, en las elecciones de 1933, llevaban casi dos años de feroz represión del movimiento obrero al margen de la constitución y los acobardados fascistas zaragozanos, siguiendo el ejemplo del mitin de las JAP en Covadonga apenas unos meses antes, decidieron volver a hacer una demostración de poder institucional (que no social) sacando la procesión del santo entierro a la calle.

Naturalmente la parte sana de la sociedad no podía estar de acuerdo con eso y la tensión se extendió por Zaragoza en un acto de calculada provocación anti-democrática por parte de los cedistas y tradicionalistas en lo que se pretendía una bofetada en la cara de la democracia establecida en 1931, un a modo de pequeño golpe de estado. 

Y quizá hubieran conseguido sacar la procesión a la calle sin demasiados problemas de no dejarse arrastrar por sus instintos de rapiña y explotación. La última procesión del santo entierro había tenido lugar el 2 de abril de 1931 y los impulsores de la de 1935 pretendieron pagar a los terceroles que cargaban los pasos (y que estaban perfectamente sindicados en la CNT) exactamente lo mismo que entonces, lo que suponía una gran pérdida económica a causa de la inflación. Es decir: pretendían que hicieran el mismo trabajo por mucho menos dinero. Y, claro, estos, los terceroles, se pusieron en huelga concitando la solidaridad del resto de los obreros zaragozanos que vieron en la procesión del santo entierro no solamente un acto de provocación antidemocrática y de indebida apropiación del espacio público por una secta en todo contraria a los valores de la democracia, también un lock-out patronal en toda regla. Un acto incívico de la oligarquía que solo podía tener en contra a todo el elemento sano de la sociedad. De ahí los problemas y la tensión que concitó la inmensa chulería de los fascistas en aquel viernes de abril de 1935.

Llegados a este punto, y antes de seguir adelante, conviene que dediquemos unos segundos a analizar la figura y organización de los terceroles porque no deja de ser significativa y muestra bien a las claras la ideología social de quienes impulsaban y mantenían la procesión del santo entierro.

Entre los terceroles que portaban los pasos de dicha procesión, había tres categorías. Los cabeceros, que dirigían sin cargar, pertenecían a la clase alta, solían ser terratenientes acaudalados. Los que cargaban los varales, la parte más lucida y menos onerosa del paso, pertenecían a la clase media y eran precisamente los jornaleros los que a cambio de un mísero estipendio y a menudo forzados por las circunstancias para no indisponerse con los poderosos, quienes hacían la parte dura y menos lucida del trabajo en los laterales de los pasos. Más claro, agua...

Pues bien. Estamos en la tarde del viernes 19 de abril de 1935. la huelga de los terceroles es ya irremediable y la solidaridad obrera zaragozana con ellos inquebrantable. La paz social está amenazada por culpa del desplante fascista de los organizadores de la procesión. Lo prudente hubiera sido suspender pero acaso se buscaba la confrontación, un casus belli para intensificar la represión. Y no se suspende: se recurre, gobernador civil cedista mediante, a la fuerza pública. La guardia civil precedera armada y en disposición de combate a la procesión, la guardia de asalto hará lo propio a retaguardia. Queda el problema del porte de los pasos pero para eso están  los señoritos de las  juventudes de Acción Popular y de Acción Católica (que son los mismos)...que, desde luego, no van a cargar como los jornaleros a sueldo. Ellos llevarán los pasos pero, previamente, se les ponen ruedas. No fuera a ser que algún señorito poco acostumbrado a trabajar se deslome...y la procesión sale a la calle. Solo un concejal la acompaña. Pero están en ella, presidiéndola, todos los diputados cedistas y tradicionalistas de Zaragoza-ciudad y Zaragoza-provincia, encabezados por Ramón Serrano Suñer.

La procesión, a pesar de lo que cuenta la prensa propagandística ( Heraldo de Aragón) transcurre por una ciudad desierta, en un ambiente hostil y despreciativo, se ha quebrado la huelga de unos trabajadores a los que se pretendía explotar y se ha celebrado el mitin fascita de la CEDA y la Acción Católica, la apropiación del espacio físico y moral de la ciudad en contra de la mayoría de sus habitantes. 

Ya anochecido, de regreso a San Cayetano, una señorita de la buena sociedad zaragozana, demostrando la profunda aculturación asociada al auge de la Acción Católica, se arrodilla delante de la dolorosa y canta una saeta. Estamos en 1935, a partir de 1937 las cofradías que la Acción Católica impulse para relanzar el santo entierro pospondrán conscientemente el tradicional tercerol aragonés para incorporar los capirotes andaluces. Algunas, incluso, véase el Silencio, copiarán directamente su hábito de las penitenciales sevillanas. 

Pero, precisamente porque estamos en 1935, no está todo dicho. 

Al año siguiente, en 1936, la procesión del santo entierro saldrá a la calle sin ningún problema. Al poder empujar los pasos con ruedas ya no existen los terceroles asalariados ni los problemas laborales. A nadie le importa si los señoritos salen o no a la calle encapuchados...siempre y cuando sea ordenadamente y no en pequeños grupos para asesinar obreros honrados. 

La contestación a ese acto minoritario de la Acción Católica es el multitudinario congreso de la CNT en mayo, que trajo a Zaragoza a más de cien mil personas. Solo desde Barcelona llegaron nueve trenes especiales y durante quince días la ciudad alcanzará su verdadera identidad: socialista, libertaria y proletaria para pasmo y escándalo de la rencorosa minoría fascista.

Poco después, en julio, ya lo sabemos: el golpe, la represión, las torturas, los asesinatos masivos...

Y en 1937 la fundación de la Piedad, la primera cofradía penitencial de la era moderna en Zaragoza cuyos miembros se dedicarán desde primera hora de la mañana del jueves santo a pasearse por el centro de la ciudad con su hábito en un acto de chulería y de claro insulto a los torturados, los asesinados y los represaliados. Ahora la ciudad es suya y quieren que se note. 

Curiosamente, y supongo que sin conocimiento de su origen por parte de quienes la continúan, la tradición de pasear por el centro de la ciudad durante todo el jueves santo de los cofrades de la Piedad con su hábito, sigue produciéndose. Es uno de tantos tics que nos ha dejado la historia y que ahora, quiero creer, tiene más de orgullo por los colores, de forofismo "cofradil" que de otra cosa. Pero es bueno saber de donde venimos. Porque desde luego no vamos a ir a donde nos quieren llevar. 

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LOS SINDICATOS PACTISTAS Y EL PRIMERO DE MAYO.

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Llega la fecha crucial del primero de mayo, el símbolo ineludible de la lucha obrera, el momento que todos los regímenes oligárquicos y filofascistas (incluyendo el estadounidense que directamente no permite celebrar dicha fecha y los europeos que hacen lo posible por vaciarla de significado) y los sindicatos pactistas, vendidos al capital, traidores al pueblo, desertores de la lucha de clases, UGT y CCOO principalmente, sin olvidar otros como USO, CSIF, etc., volverán a escenificar la vacuidad, la desvergüenza, la traición, la inacción, el verticalismo, la absoluta incapacidad de servicio al pueblo y su condición de repugnantes correas de transmisión de los intereses oligárquicos. Saldrán a la calle, como todos los años, pasearán sus banderas, harán demagogia y volverán obedientes a sus sedes cuando se lo ordene la autoridad competente, el ilegítimo régimen vendido al imperialismo extranjero y la tiranía de la cleptocracia parasitaria patria hasta el año que viene o hasta la próxima huelguita general de un solo día y sin contenido revolucionario.

Los sindicatos pactistas hace tiempo que demostraron su perversión moral y su inoperancia social, su identificación con el régimen filofascista del parlamentarismo liberal. Son el equivalente actual a los siempre despreciables sindicatos mal llamados libres al servicio de la patronal. Y como tales deben recibir el desprecio y el repudio de todos los trabajadores. Y, cuidado: la culpa no es solo de sus cúpulas corruptas y entregadas a la traición y la deserción social y política, también lo es de sus militantes que no las abandonan para coordinarse en alternativas independientes y combativas. Todos vosotros, los que saldréis con las banderitas y los lemas del pactismo sois traidores al pueblo y desertores de clase, gentuza inútil a la que solo le cabría sentir vergüenza de sí misma si es que la tuviera. 

Llega de nuevo el Primero de Mayo y volverá a ser una fecha inútil, que no servirá para iniciar un camino revolucionario que conduzca a derribar al ilegítimo régimen oligárquico al servicio de intereses extranjeros y establecer una verdadera democracia por y para el pueblo, para los verdaderos españoles.

Llega de nuevo el Primero de Mayo sin posibilidad de articular una alternativa constituyente, socialista, revolucionaria y verdaderamente democrática y, sindicatos pactistas (cúpulas y militantes adocenados): sois culpables de ello. Persistís en la traición y la deserción y llegará el día en que el pueblo, dueño de su destino, os lo demande. 

NOTA.- La fotografía es de Dualflipflop.

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