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LA FRUTA Y EL CAPITALISMO

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El capitalismo es un sistema económico ineficaz que solo puede mantenerse con trampas, con la intervención estatal en apoyo de la iniciativa privada cuando conviene. Es decir: poniendo el dinero público al servicio de los intereses privados cuando es preciso socializando de este modo las pérdidas mientras se privatizan avariciosamente los beneficios. Esta es una realidad tan evidente que no necesita demostración pormenorizada. Basta con seguir con ojos atentos el desenvolvimiento de los "mercados". Podemos por lo tanto afirmar que el capitalismo es una estafa, una mentira conceptual impuesta como espejismo para favorecer los intereses de unos cuantos, de los oligarcas. Y, naturalmente, la conclusión evidente es que el capitalismo resulta incompatible con una organización eficiente, justa, democrática y moral de la sociedad y por lo tanto cualquier régimen basado en el capitalismo debe ser considerado una tiranía inmoral y derribado sin olvidar el castigo de sus fautores, beneficiarios, propagandistas e ideólogos.

Pues bien, en estos días la crisis del embargo ruso está poniendo de manifiesto una vez más tanto esa ineficacia del sistema capitalista (y la errónea concepción del sistema de producción y distribución agraria) como la equivocada política del ilegítimo régimen colonial español al servicio de los intereses de la potencia imperialista a la que se ha sometido: los Estados Unidos. 

El asunto ucraniano, que es a la postre lo que ha desatado todo el problema, no incumbe en absoluto a España y si le incumbe es para mostrarse en contra de toda forma de independentismo por la cuenta que nos tiene, por el contrario estamos, como sucedió en Yugoslavia, también al servicio de nuestros amos americanos y en contra de nuestros propios intereses, apoyando a los nazis ucranianos por el mero hecho de que los Estados Unidos están llevando a cabo una política de acoso a Rusia, de debilitamiento de su potencia rival aniquilando los régimenes a ella afectos (Libia, Iraq, Siria, lo que no deja de favorecer la extensión del yihadismo) y suscitándole enemigos en sus propias fronteras, tal el nuevo régimen nazi de Ucrania. Rusia, es obvio, se defiende y responde a los ataques de naturaleza económica con otros de similares características como el veto a la entrada de productos de los países satélites de su enemigo en sus fronteras. Medida por lo demás lógica y natural ¿o es que de verdad pretendíamos atacarles, bloquearles, acosarles financieramente y que siguieran dejándonos vender en su país?

Asi las cosas el principal responsable (y culpable) del veto ruso a la fruta española es el gobierno intruso del ilegítimo régimen colonial que padecemos. Gobierno que, es ocioso repetirlo, no está al servicio de los intereses del pueblo español sino de sus amos extranjeros en una actitud persistente que solo puede ser considerada, juzgada y castigada como traición al pueblo y a España. 

Ahora bien, dicho esto, que no por ser evidente conviene menos poner de manifiesto, es preciso que analicemos el escenario creado a raíz del veto ruso y el modo en que demuestra la ineficacia del capitalismo como sistema de producción y distribución y la necesidad de una reforma a fondo no solo del agro sino de todo el entramado económico de la nación. 

A saber: Rusia, inmersa en una guerra con los Estados Unidos y sus vasallos, entre los que desgraciadamente se encuentra España, veta los productos de estos dentro de sus fronteras. Ello hace que millones de toneladas de fruta sean devueltas a España donde los productores, en su mayor parte latifundistas, prefieren quemarlas para evitar las bajadas de precios y a la vez solicitan subvenciones estatales para resarcirse de las pérdidas sufridas cuando, es evidente, hubieran atesorado sin compartir en absoluto, los beneficios. Es más: esos beneficios hubieran ido destinados a aumentar el latifundio y por lo tanto en detrimento de los pequeños agricultores. Hubieran tenido como función el gasto inútil del lujo y el aumento del desequilibrio en los pueblos que sustentan la producción de fruta y por lo tanto el aumento de la pobreza general a cambio de que unos pocos se enriqueciesen. 

Tal es el mecanismo capitalista y asociada a él, no lo olvidemos, corre la ideología de la no intervención del estado en los asuntos privados...excepto cuando los poderosos fracasan por el motivo que sea en sus negocios en cuyo caso se recurre de inmediato al estado para que subvencione su avaricia privada o, incluso, como sucedió en España con Bankia, para que asuma como pública una deuda privada. Entonces sí es bueno el estado y entonces sí se requiere su intervención procurando, de paso, que empeoren las condiciones sociales y de trabajo de los sectores explotados por los productores que, además de recibir dinero público utilizan al parasitado estado para aumentar a su favor el desequilibrio social y económico existente y provocado por su avaricia privada. 

El escenario en el que esta jugada no por habitual menos inmoral y despreciable está sucediendo es uno en el que los propios desequilibrios e ineficiencias del capitalismo han generado unos niveles de miseria desconocidos en España en los últimos sesenta años. En un escenario así la existencia de fruta barata y asequible resultaría de gran ayuda para subvenir a la alimentación de miles de familias que apenas pueden comer. De hecho en un sistema eficiente y justo la producción y distribución de alimentos debería orientarse desde el minuto uno a colmar las necesidades de la población y no al enriquecimiento de los productores o al mantenimiento de explotaciones paupérrimas incapaces de sostenerse por sí solas en las fluctuaciones del mercado libre. 

Ergo, y no cabe otra, es preciso reformar a fondo el sistema de producción y distribución agraria superando los ineficaces cauces ideológicos del capitalismo para establecer un sistema público y nacional en el que las necesidades generales del pueblo se pongan por encima de la avaricia de los particulares. Ello requiere la nacionalización y colectivización inmediata de las tierras y los medios de distribución y orientar la producción y la distribución hacia las necesidades del pueblo español sin perjuicio de comercializar los excedentes a condición de que las plusvalías obtenidas reviertan en la mejora de la producción o, en su defecto, engrosen partidas destinadas a otros capítulos de interés social y nacional. 

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