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MÁS ESPARTAQUISMO, MENOS ESPARTANISMO.

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Los antiguos espartanos tenían un tic: la de dirigir todos los ejércitos en los que participaban. La historia está repleta de momentos en los que sus reyes declaraban a sus aliados que la costumbre de los espartanos era dirigir y no ser dirigidos. Ordenar y no obedecer. Con el tiempo esa insistencia fue dejándoles aislados, solos en un mundo en el que todos se interralacionaban y evolucionaban menos ellos, convertidos en un decadente fósil de épocas pasadas. 

En España existen formaciones políticas afectadas de un tic semejante, una manía hegemonista que bien podemos denominar espartanismo.

Y, desgraciadamente (lo que de paso demuestra que reclamarse de un ala política no es lo mismo que pertenecer a ella), la izquierda no está exenta de estructuras afectadas de ese mismo espartanismo.

Partidos que si bien pudieron cumplir un papel importante en épocas pasadas ( y habría que examinar detenidamente la historia para cuantificarlo cuando es obvio que existieron largos periodos de sometimiento doctrinal y político a intereses imperialistas extranjeros y por lo tanto de escasa identificación con los del pueblo español) hace tiempo que representan una rémora para la reorganización de la izquierda por mucho que sigan empecinados en seguir detentando un papel rector.

Hablo, es obvio, de todos los partidos comunistas que en España son pero muy especialmente del mayoritario: el PCE.

Estamos viviendo una encrucijada histórica, un momento decisivo en el que la parte sana de la sociedad, aquella que apuesta por la democracia y la justicia social, que son una y la misma cosa, se enfrenta a la hidra insaciable del neoliberalismo salvaje e incontrolado. Un monstruo que solo puede ser derrotado mediante la unidad y la acción. 

Hay que crear realidades nuevas. 

Nuevas formas de organización política, nuevas ideas, nuevas maneras de aunar democracia y socialismo, nuevos lenguajes, nuevas estrategias. Insistir en métodos ya desgastados, ya obsoletos es suicida. 

Del  mismo modo que organizar batallones de hoplitas contra la aviación y los tanques resultaría ridículo por muy efectivos, valientes, heróicos y legendarios que los hoplitas hayan sido en la historia, insistir en mantener siglas, estructuras y denominacionesya trasnochadas, que por su propia inercia y peso histórico suponen un peso muerto para la articulación de la unidad y la efectividad de la acción es no solo absurdo sino incluso criminal. 

La izquierda necesita menos espartanismo, menos ansia de control y de hegemonía, menos resabios estalinistas, menos verticalismo y mucho más espartaquismo, es decir: mucha mayor intención de liberación del pueblo, de acabar con las  oligarquías y de conquistar el poder para establecer la democracia y el socialismo. 

En la tesitura en la que estamos viviendo insistir en los tics autoritarios de antaño, persistir en siglas y estrategias ya amortizadas, alentar la permanencia de formaciones y estructuras desgastadas por una participación no siempre acertada y en general poco decisiva en las instituciones del régimen es condenar a toda la izquierda, a toda la parte sana de la sociedad, a la derrota y por lo tanto a la esclavitud. 

El PCE no trajo el régimen de 1978 y no lo cambió ni lo derribó. No puede, por lo tanto, aspirar a una hegemonía que perdió hace tiempo y señaladamente después del 15 de mayo de 2011. 

El camino hacia la necesaria unidad pasa indefectiblemente por el fin del espartanismo del PCE y de la asunción del espartaquismo activo de sus militantes. 

Tras las elecciones del 25 de mayo de 2014 la unidad de la izquierda es más necesaria que nunca y no puede contruirse mediante una simple coalición de IU y Podemos en la que el PCE pretenda aspirar de nuevo a la hegemonía y el mangoneo.

Hay que generar nuevas estructuras, nuevos sindicatos, nuevas formas y en ese camino de renovación el mejor servicio que el bunquerizado PCE pude y debe hacer a la parte sana de la sociedad es el que el bunker franquista le prestó al régimen de 1978. 

De modo que lo dicho, amigos del PCE: menos espartanismo, más espartaquismo. 

NOTA.- La fotografía es de Dennis Skley. Y está lejos de representar correctamente a un espartano en combate ni a un hoplita, pero servirá.

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