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CONSENSO, NO VIOLENCIA Y FALSA DEMOCRACIA.

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La oportuna (oportunísima) muerte de Adolfo Suárez permitió al ilegítimo régimen vigente mirar para otro lado (hasta la oportuna y televisada represión de los "violentos antisistema") en la masiva manifestación del 22 de marzo y, sobre todo, lanzarse a la hagiografía autojustificativa ensalzando la figura del ex-presidente difunto para ensalzar indirectamente el régimen turnista, criptofranquista, clasista, corrupto, canovista, oligárquico, cleptocrático, nacional-católico, borbónico y no democrático que estableció como continuación del régimen de 1939 y el de 1876 (surgido este también, no lo olvidemos, de un golpe de estado protagonizado por Alfonso XII que venía de este modo a perpetuar el régimen clasista, corrupto y antidemocrático de su madre, Isabel II).

En ese pandemonium propagandístico al que se entregaron con fruición todos los medios del régimen (públicos y privados) el mantra más repetido (y más contrario a la democracia) fue el del consenso.

En efecto: el régimen nos presenta el consenso de la transición como la piedra angular del régimen (lo que es cierto) y de la democracia (lo que es falso). Tienden, lo sabemos ya, a confundir interesadamente el régimen vigente con la democracia.

¿Pero qué significó en realidad el tan cacareado consenso?...Pues algo muy sencillo y que ha tenido largas y profundas consecuencias que todavía (y hoy más que nunca) estamos padeciendo. Significó que cuatro próceres procedentes de diversas siglas pero servidores de los mismos intereses económicos e imperialistas (léase en estas mismas páginas Historia Secreta de la Democracia Española, diciembre de 2011) se pusieron de acuerdo para hacer aquello que les dictaban sus amos al margen de los resultados y las promesas electorales. 

Uno podía votar a UCD, al PSOE, al PCE o a AP, afiliarse a la UGT (reconstituída y vendida a los intereses de la fundación Ebert) o a CCOO, y creer en serio lo que los jefes y estructuras de unas y otras siglas les prometían, pero a la hora de la verdad, la hoja de ruta estaba trazada y ni partidos ni sindicatos estaban destinados a escuhar al ciudadano y canalizar sus aspiraciones e intereses sino a elaborar un teatrillo de cara a la galería mientras, pasara lo que pasare, se cumplían las etapas designadas desde el imperialismo exterior aplicando inexorablemente una política férreamente neoliberal y de sometimiento, a través de la entrada en la Unión Europea, de España a los intereses del gran capital extranjero. En suma: una gran traición que continúa en nuestros días cuando, hagamos lo que hagamos y votemos lo que votemos, el régimen sigue imparable la senda trazada por nuestros amos sin escuchar ni representar al pueblo y a los verdaderos intereses de España. 

Cuando el régimen habla de consenso está hablando de traición al pueblo, de una forma antidemocrática de estado y extiende una densa cortina de humo para desorientarnos y que sigamos creyendo y obeciendo que es lo único que les importa para hacer de su capa un sayo. Pero hay que repetirlo: la transición y el consenso fueron una gran estafa que nos ha conducido a todos a la situación actual de pérdida de derechos ciudadanos y sociales y de empobrecimiento premeditado desde el capital extranjero. Nos han vendido y comienza a ser hora de que paguen sus culpas. 

Y entramos aquí en el segundo mantra más repetido del régimen: la no violencia. 

No deja de ser divertido que un régimen que es fundamentalmente violento, que está llevando deliberadamente al pueblo a la miseria, que está conculcando todos los derechos, que nunca ha dejado de practicar la tortura, donde se apuntalan los privilegios de unos pocos y de nuestros amos extranjeros a palos, con montajes policiales, con difamaciones de los medios, con todos los instrumentos de la insidia, la represión y el caciquismo cerril, un régimen que siembra la discordia, el hambre, la pobreza, la opresión, un régimen, en suma, criminal, tenga como mantra insistente la no violencia.

Pero claro: es que hablan de la violencia de los oprimidos. Ellos ejercen cotidianamente la violencia y saben que son reos, culpables de crímenes que moralmente legitiman (y desde su propia ideología: ahí está el padre Suárez, jesuita del siglo XVII, explicando que contra la tiranía es legítima la violencia) una respuesta contundente del pueblo tanto colectiva como individualmente. Cualquier traidor al pueblo, cualquier traidor a España, cualquier cacique parásito y opresor, cualquiera de sus esbirros en los medios propagandísticos, la política, la judicatura o el mercenariado armado puede, y moralmente debe, ser castigado por sus actos. Ellos, los jerifaltes del régimen, lo saben y viven aterrorizados. Saben que están en falta, que sus acciones están conduciendo a la desesperación a millones de españoles y que la reacción acabará adoptando la forma de un estallido revolucionario que ponga fin a las exacciones, los crimenes y las desvergüenzas de los integrantes y defensores de la tiranía. Saben también que están en inferioridad, que no pueden contra el pueblo si el pueblo se inflama y se planta. En ese sentido una huelga general revolucionaria que paralice el país hasta la caída del régimen y con comités y milicias organizadas para la defensa de la democracia y la ocupación de los centros de poder en un amplio y rápido periodo de acción constituyente sería imparable y haría justicia desde el primer instante. 

Ellos saben que son culpables y que no está lejos el estallido (colectivo o individual), de ahí su pánico. De ahí sus actos represivos, su vulneración constante de la libertad de expresión de los ciudadanos cuando los ciudadanos piden algo tan democrático como las cabezas de los culpables, de los traidores al pueblo, cuando se enfrentan en las calles a las limitadas (y mal que les pese, pésimamente organizadas) fuerzas represivas del régimen, cuando se piden explicaciones y responsabilidades y algunos grupúsculos se defienden de las mediáticas y premeditadas arremetidas del salvajismo institucional...

Se refugian en el mantra de la no violencia porque se saben en minoría, se saben culpables y saben que el pueblo, si lo desea y se organiza, puede defenestrarlos y castigarlos con la dureza que merecen. 

De modo que ambos mantras: consenso y no violencia son dos recursos propagandísticos del ilegítimo régimen para continuar negando la democracia al pueblo y seguir criminalizando y reprimiendo a quienes la exigen como sujetos soberanos porque es en el pueblo y no en las instituciones en quien reside la soberanía. Soberanía que el actual régimen nos ha arrebatado para vendernos al mejor postor y mantener los privilegios de los caciques de siempre. 

Frente a la tiranía cualquier forma de rebelión, individual o colectiva, es legítima. Esto es un dogma democrático que no puede olvidarse ni conculcarse. Eso sí: hay que moverse con inteligencia. Una violencia sin objetivo, unos simples actos de vandalismo o terrorismo, solo sirven para justificar al enemigo, para dar pábulo a la represión, de ahí la inveterada costumbre de introducir en los movimientos sociales agentes provocadores. 

Rebelión sí, pero con cabeza. Queremos conquistar la democracia, no justificar una dictadura más estrecha. 

Por lo tanto es preciso utilizar el mantra de la no violencia a favor de la democracia. Seamos pacíficos para no justificar la represión (ya se encargarán ellos de infiltrarnos agitadores) pero no caigamos en la trampa de pensar que los traidores y opresores no merecen castigo y que no podemos proporcionárselo. Tampoco en que el monopolio del miedo está del lado de los represores del ilegítimo régimen. Ellos nos tienen más miedo del que nosotros podamos tenerles a ellos...pero, de momento, basta (y conviene) con no acatar sus dictados, con desobedecer, con llenar las calles, sin violencia, sin ceder a las provocaciones. Ya llegará el día. Derribaremos el régimen y los culpables y sus secuaces serán castigados. 

NOTA.- La fotografía es de Pepe Alfonso.

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