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UNIDAD, COMBATE Y REVOLUCIÓN

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Que la unidad de todas las fuerzas sanas de la sociedad frente al régimen es imprescindible para derribarlo y establecer una verdadera democracia resulta tan evidente, tan obvio que escribirlo es casi una ordinariez. Que esa unidad debe concretarse sin resquicios ni renuencias en las próximas citas electorales a pesar de que estas deban ser consideradas, en justicia, ilegítimas al ser convocadas dentro de un orden ilegítimo parecería innecesario (si no fuera porque a pesar de los pesares la desunión y la confrontación persiste).

Traer a colación que solo la unidad oceánica de la extrema derecha (que comienza en los liberales y continúa por los democrata-cristianos, que nadie se llame a engaño con centrismos ilusorios) bajo las mismas siglas permitió que esa inmensa y corrupta minoría social que en una democracia debería ser rea de atimia y reeducación obtuviera las mayorías parlamentarias absolutas de las últimas décadas me parece incluso obsceno, porque debería ser ya una lección bien aprendida.

Insistir en que la llamada socialdemocracia (el PSOE, los sindicatos pactistas) no es izquierda, ni siquiera centro-izquierda, sino derecha más o menos solapa, también.

Que dentro del sistema liberal-parlamentario-capitalista no podemos avanzar hacia la democracia aunque es una obviedad sigue sin resultar evidente para muchos. Y he ahí un amplio campo de empeño didáctico en el que todos debemos implicarnos.

Sin embargo, y a pesar de los pesares, hay que insistir en todo lo dicho: unidad social y electoral al margen de los partidos turnistas como herramienta indispensable para el cambio social y político. Participar en el ilegítimo régimen para derribarlo. 

Y hay que ir más allá. Solo con obtener mayorías parlamentarias no se avanza hacia la democracia. Insisto de nuevo: es preciso participar en el ilegítimo régimen pero solo para derribarlo. 

La unidad debe ir más allá de la vacua liturgia electoral. La democracia no es un juego de mayorías sino una opción moral, un estado de cosas.

La unidad necesaria no debe limitarse al juego electoral y tampoco al ejercicio legislativo una vez alcanzado el poder. La unidad tiene como función la transformación social, la creación de una democracia verdadera donde los servicios públicos sean gestionados por el estado al servicio del bien común y quien pretenda convertirlos en negocios privados (o lo haya hecho) sea considerado como enemigo del pueblo, del estado, y castigado como tal. Donde el mismo trabajo tenga siempre la misma remuneración y los mismos productos  y servicios tengan siempre los mismos precios indefectiblemente al margen de la especulación y de la usura que deberán considerarse y tipificarse como delitos de traición al pueblo y conculcación del orden democrático, donde la enseñanza, considerada un servicio público, no esté en modo alguno en manos de sectas teocráticas sino al servicio de la democracia con la finalidad de formar ciudadanos conscientes, honrados y libres. Donde los medios de comunicación y culturales no permanezcan en manos de una élite sino nacionalizados y colectivizados al igual que los bancos, donde no quede resquicio alguno para la oligarquía ni para el imperialismo extranjero. 

La unidad es necesaria no solo para copar las ilegítimas instituciones del ilegítimo régimen sino para derribar este e instaurar una democracia verdadera.

De nada sirve la unidad si no conduce a la revolución y no existe revolución sin confrontación y combate. Ese es el horizonte que la parte sana de la sociedad debe ir asumiendo ya. No hay lugar para las medias tintas. La alternativa al actual estado de cosas no es una versión descafeinada de la misma ideología si no un mundo completamente diferente.

No hay que temerle a las ruinas, y tampoco es preciso que nombre a quien estoy citando, porque llevamos un mundo nuevo y mejor en el corazón.

De modo que: unidad (que no existe ni parece que vaya a existir, sois así de tristes y vergonzosos, camaradas y compañeros), combate y REVOLUCIÓN.

Hay que ganar las próximas elecciones, pero ese no es ni de lejos el final del camino.

¡SUBLEVAOS!

PD.- Lo que está sucediendo estos días en Venezuela es una muestra clara de que no puede ni debe pretenderse un cambio político y social dejando intactos los cimientos del parlamentarismo liberal y sin atacar rápida y definitivamente las bases económicas y de poder de la oligarquía. Si se dejan espacios a la reacción esta se producirá y el proceso democratizador (y por lo tanto revolucionario) se verá en grandes aprietos e incluso detenido y derrocado. Debemos tomar nota de ello. Desde luego hay que ganar las próximas elecciones pero con la idea clara de un cambio inmediato y profundo que debe cursar con la debida agresividad desde el minuto uno con una presión combinada en las instituciones y en la calle. Cualquier otra pretensión, cualquier otro escenario es comprometer culpablemente el proceso democratizador ( e, insisto, por lo tanto revolucionario). 

NOTA.- La fotografía es de Román P.G.

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