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LOS SEÑORES DE ZARAGOZA.

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A menudo todo lo que sabemos de la Zaragoza aragonesa es que la reconquistó Alfonso el Batallador en 1118 y que desde "siempre" fue la capital de Aragón. Es poco.

Lo cierto es que durante el primer siglo de pertenencia de Zaragoza al reino de Aragón tanto su importancia  como su propia adscripción política estuvo en prolongado entredicho y solo tardíamente y tras muchos avatares y alternativas se definió el papel que iba a jugar en el futuro.

Es cierto que el papel histórico de la ciudad venía siendo relevante desde su misma refundación romana sobre un oppidum sedetano allá por el 25 a.d.C. Durante la época romana, como cabeza de convento jurídico y punta de lanza del antipompeyanismo, la importancia de Cesaraugusta fue indiscutible extendiendo su autoridad hasta predios tan alejados como Irún o Alcalá de Henares. Al final del imperio llegó a ser sede más o menos imperial albergando la corte de Constante el hijo del usurpador Constantino y más adelante vio al emperador Mayoriano organizar desde ella su fracasada expedición contra los vándalos. Durante la época visigoda conservó su importancia y hasta la acrecentó tanto por su importante escuela episcopal como por su situación estratégica frente a los invasores francos y vascones. Llegados los árabes se convirtió en la capital de la Marca Superior, de la frontera norte de Al-Andalus y, con la llegada de las taifas, acabó deviniendo en la capital de uno de los más importantes reinos musulmanes de España. Se trataba, por lo tanto, de un objetivo relevante y apetecible, de una gran ciudad cuyo esplendor no podía sino deslumbrar a los dirigentes de los pequeños reinos pirenaicos.

Si a eso se le añade la condición de cabeza metropolitana de Zaragoza desde el siglo IV y el brillo legendario adquirido tras el fallido intento de conquista de Carlomagno en 778, se comprenderá la importancia no solo estratégica de dicha conquista para el reino de Aragón.

Sin embargo la reconquista arruinó la floreciente Saraqusta musulmana. La gran mayoría de la población, en virtud del tratado de capitulación, pudo salir, y con todas sus pertenencias, de la ciudad donde apenas quedaron los mozárabes oficialmente liberados y nucleados en torno a su templo ancestral de Santa María (que acabaría siendo el Pilar) llegando su barrio como mucho hasta la Puerta de Toledo (en el actual Mercado Central), los judíos, en su barrio propio, situado entre las calles Don Jaime y el Coso Bajo y un pequeño grupo de musulmanes que, en virtud del tratado, hubo de abandonar el recinto amurallado y asentarse al otro lado del Coso, frente a la Puerta Cineja.

La conquista había diezmado la población de Zaragoza, que dejó de ser una gran ciudad para convertirse en un núcleo semideshabitado y, para colmo, Alfonso el Batallador se vio precisado, tanto por ideología como por circunstancias económicas y políticas, a repartir los despojos de la conquista mediante un método feudal propio de la mentalidad transpirenaica. Nada extraño si tenemos en cuenta que en ese momento el reino de Aragón tenía más arraigo e intereses en la vertiente norte de la cordillera que en el sur.

De este modo Zaragoza se repartió entre diversos poderes feudales, especialmente de índole eclesiástica pero también quedó convertida en un señorío. Todo aquello dentro de las murallas que no pertenecía a los obispos de Huesca o Zaragoza se constituyó en una posesión feudal ,en principio alodial y hereditaria, en manos de la casa de Bearne. En tanto que el rey se reservaba, entre la Puerta de Toledo y el Palacio de la Aljafería, un territorio propio para erigir un poblado de realengo para aprovechar los cultivos y posesiones abandonadas por los musulmanes y que no quedaban dentro de la jurisdicción del Señorío. Con el tiempo ese territorio acabaría convertido en el barrio de San Pablo. Volveremos sobre él un poco más adelante.

Ahora conviene que nos ocupemos de la Zaragoza feudal, del señorío.

No fue casualidad, nunca lo era en estos casos, que el señorío de Zaragoza se le entregase a Gastón IV de Bearne. Este no era un vasallo cualquiera. En aquellos momentos el vizcondado de Bearne era uno de los más importantes estados vasallos del reino de Aragón y uno de sus puntales dentro de su presencia al norte de los Pirineos. De hecho el contingente de bearneses en el asedio de Zaragoza fue prácticamente tan importante y numeroso como el de aragoneses y navarros.

Además Gastón IV de Bearne estaba casado con Talesa Sanchez de Aibar, hija de Sancho Sanchez, conde de Aibar y Javierrelatre e hijo natural de Sancho I de Aragón, hermanastro por tanto de los reyes Pedro I, Alfonso el Batallador y Ramiro II. No solo era un importante vasallo, también un destacado pariente.

Sin embargo, a pesar de la obligada donación, Alfonso el Batallador no estaba dispuesto  a abandonar tan fácilmente una presa como Zaragoza que, una vez reactivada y repoblada, podía volver a alcanzar, como de hecho sucedió, su importancia pasada. Cedió el señorío de la ciudad a Gastón de Bearne pero no dejó de minar su poder desde el primer instante. Como primera medida, ya lo hemos dicho, se reservó un espacio para crear una población de realengo que creció bastante deprisa y como su mismo trazado acredita todavía en nuestros días, no fue fruto de la improvisación y de la llegada azarosa de distintos grupos sino perfectamente planificada y diseñada al modo en que los señores de Aquitania levantaban nuevos núcleos de población para poner en explotación tierras antes marginales. Además, en 1119, el rey concedió a los habitantes de la Zaragoza de realengo el Privilegio de Veinte que les permitía defender sus intereses, incluso con las armas, frente a cualquier poder (excepto el real) que les dañase de algún modo. Con el tiempo este privilegio se utilizaría de diferentes modos pero en 1119 iba dirigido directamente contra el dominio señorial de la Casa de Bearne que estableció su poder en el antiguo barrio mozárabe, seguramente en el castillo de la Zuda, junto a la Puerta de Toledo (donde con toda probabilidad había estado acuartelado el Cid mientras sirvió al rey musulmán de Zaragoza), y con sede ritual y eclesiástica en el templo de Santa María.

 Es interesante esta distribución del poder porque iba a tener largos ecos y muchas implicaciones en el futuro de la ciudad llegando algunas de ellas hasta bien entrado el siglo XX. Por ejemplo la tradicional rivalidad entre los habitantes del Gancho (San Pablo, el primitivo poblamiento de realengo) y los de la Magdalena (herederos de los pobladores del Señorío) cuyo origen bien puede rastrearse hasta esos primeros momentos de división jurisdiccional. Otro tanto sucede con la oposición entre la Seo y el Pilar. Mientras los vizcondes de Bearne trataban de favorecer, como núcleo de su poder, el templo mozárabe de Santa María, el arzobispo Pedro Librana y sus sucesores consagraban la antigua mezquita principal de Saraqusta (que ocupaba el solar del antiguo templo principal pagano de la época romana) y la convertían en una catedral independiente del poder señorial y enfrentada a él. Esta dicotomía iba a general enfrentamientos y hasta tumultos sangrientos hasta bien entrado el siglo XVII cuando se llegase a una concordia mediante la cual ambos templos, el Pilar y la Seo, compartían la condición de catedrales.

Pero la labor de zapa de Alfonso el Batallador frente al recientemente instituído señorío de la Casa de Bearne, no cesó con la proclamación del Privilegio de Veinte. Por el contrario en 1126, tras una exitosa expedición a Andalucía que culminó  con la llegada al mar en Marbella, se trajo un elevado número de colonos mozárabes andaluces para repoblar su barrio de realengo en Zaragoza, lo que representaba un tremendo golpe para Gastón de Bearne que veía limitadas sus posibilidades de repoblación a causa de su propia situación política. Él era señor de un territorio en la vertiente norte de los Pirineos  relativamente importante en relación con el tamaño del Reino de Aragón anterior a las últimas conquistas. Recuérdese que en 1096, cuando Gastón IV partió a la I cruzada, los reyes de Aragón todavía no habían conquistado Huesca. Eso le hacía comparativamente muy  poderoso. Treinta años más tarde la frontera aragonesa se situaba muy al sur del Ebro y disminuía su importancia relativa. Además, las nuevas tierras exigían gran número de repobladores, existía por lo tanto una gran competencia para atraerlos y él no podía movilizar a un elevado número de sus vasallos bearneses so pena de descoyuntar la economía de sus estados norteños. Eso le colocaba en una gran inferioridad en cuanto capacidad repoblatoria sobre todo teniéndose en cuenta el hecho de que emigrar para acabar bajo el dominio feudal de un señor particular no resultaba tan atractivo como hacerlo a un territorio de realengo, donde se adquirían mayores derechos y libertades.

Por si todo lo dicho fuera poco, en 1129 Alfonso el Batallador otorgó privilegios a los ganaderos de Zaragoza. Los vasallos de Gastón de Bearne eran mayoritariamente agricultores (los mozárabes) y comerciantes o dedicados a las profesiones liberales (los judíos), luego el privilegio venía encaminado a beneficiar la economía del nuevo poblado de realengo (futuro barrio de San Pablo).

Las espadas estaban en todo lo alto entre Alfonso el Batallador y Gastón de Bearne en lo que a la repoblación de Zaragoza se refiere, cuando el vizconde murió en 1130 dejando como heredero a un niño (Céntulo VI) que no había cumplido aún los cuatro años, y que no llegaría a los diez. Por supuesto su madre, doña Talesa, que ya había asumido la regencia de Bearne mientras Gastón IV marchó a Tierra Santa, se hizo de inmediato cargo de la tutela de su hijo. Y lo hizo bien, pero las circunstancias estaban en contra de la Casa de Bearne.

En 1134 la exitosa carrera militar de Alfonso el Batallador terminó ante los muros de Fraga. El rey aragonés fue derrotado y perdió la vida junto con muchos de sus vasallos, entre ellos Céntulo VI de Bearne, que murió también sin haber cumplido los siete años. El vizcondado de Bearne pasó a Guiscarda, hija de Gastón IV que estaba casada con Pedro II de Gabarret cuyo hijo heredó a su vez ambos vizcondados.

Doña Talesa quedó en poder del señorío de Zaragoza pero los problemas sucesorios del reino iban a acabar pasándole factura.

Alfonso el Batallador carecía de hijos y legó el reino a las órdenes militares que se estaban organizando en Tierra Santa: templarios, hospitalarios y caballeros del Santo Sepulcro. Tan extravagante legado generó muchos y graves problemas tanto a los nobles de Aragón y Navarra como a las propias órdenes militares. Para los primeros semejante herencia significaba una evidente pérdida no solo de libertad sino también de personalidad política ya que, bajo el dominio de las órdenes militares, el único papel del reino y de sus pobladores sería estar al servicio de los intereses de la defensa de Jerusalen, lo cual cercenaba de plano toda perspectiva económica y política de aragoneses y navarros, de modo que toda la nobleza se negó a dar cumplimiento al testamento de Alfonso I. Por otro lado ninguna de las jóvenes órdenes militares se encontraba en disposición de hacerse cargo de la herencia. Todavía eran pocos y estaban organizándose en torno a Jerusalén, hacerse cargo de dos reinos que, además, limitaban con el Islam y se encontraban en plena expansión quedaba muy lejos de sus intereses y posibilidades, de modo que se mostraron muy pronto dispuestas a la negociación.

Los problemas surgieron en torno a la sucesión efectiva del reino. Como se ha dicho, Alfonso el Batallador no tenía hijos. De hecho su familiar varón más cercano era un hermano, Ramiro, retirado desde su juventud a la vida monástica y sin deseo alguno de abandonarla. Los navarros aprovecharon la tesitura para separarse de la tutela de Aragón.

 El de Pamplona había sido el primer reino estatuido después de la invasión musulmana (los asturianos se sublevaron antes pero tardaron más en asumir el título regio), en el siglo X, mediante lazos dinásticos, había engullido al entonces condado de Aragón y a comienzos del siglo XI se había convertido en la máxima potencia de la España cristiana. Solo tras la muerte de Sancho el Mayor en 1035 se vio dividido entre sus hijos y, desde 1076 Navarra había pasado a depender de Aragón. Los navarros habían servido lealmente a los reyes aragoneses, que, después de todo, procedían de su misma casa real pero es comprensible que desearan recuperar su independencia. De modo que, aprovechando el vacío sucesorio de 1134, se agruparon para erigir en rey a García Ramírez, señor de Monzón y de Logroño, hijo de una de las hijas del Cid y de Ramiro Sánchez, a su vez nieto del rey García Sánchez III de Navarra.

Los aragoneses por su parte decidieron sacar a Ramiro del convento y convertirlo en rey con el nombre de Ramiro II. Fue este un movimiento con escaso consenso. El nuevo rey carecía de los conocimientos necesarios para hacerse cargo del reino (era incapaz de leer un mapa o de determinar una estrategia militar) y su nombramiento generó muchas desconfianzas. La mayor parte de la nobleza aragonesa se mostró desafecta al nuevo rey y este recurrió a la represión para afianzarse en el trono. Doña Talesa fue de las que se mostró contraria a Ramiro II y pagó su audacia perdiendo el señorío de Zaragoza.

Pero aún faltaba un invitado más a la fiesta sucesoria: Alfonso VII de León.

Alfonso el Batallador estaba casado con la reina Urraca de León, hija de Alfonso VI. Esta por su parte había estado casada en primeras nupcias con Raimundo de Borgoña de quien tenía un hijo (el futuro Alfonso VII). El matrimonio entre Alfonso el Batallador y Urraca de León se efectuó bajo el acuerdo de que el hijo del primer matrimonio, conocido entonces como Alfonso Raimundez (en la práctica Alfonso de Borgoña), quedaría apartado de la sucesión al trono leonés en beneficio de los hijos del nuevo matrimonio, que, como sabemos, no se produjeron.

Alfonso VII era rey de León desde la muerte de su madre en 1126 y a la muerte de su padrastro Alfonso I en 1134, aprovechó la debilidad transitoria que atracesaba el reino de Aragón para reclamar las conquistas llevadas a cabo por el Batallador con la excusa de que se habían logrado con la ayuda de recursos leoneses y castellanos. No podía aspirar a heredar en Aragón ni en Navarra pero sí a quedarse con el Regnum  Cesaraugustanum, las tierras zaragozanas conquistadas por el Batallador. De modo que, sin pensárselo dos veces, invadió el reino y conquistó Zaragoza. Ramiro II el Monje hubo de reconocer su soberanía sobre el Regnum Cesaraugustanum y pagarle tributo por ello. Ese es el motivo por el cual la bandera de Zaragoza presenta un león rampante como signo, en señal de la pertenencia del Regnum al dominio de León. Circunstancia transitoria que, sin embargo, ha dejado ese rastro permanente.

Reconocido como señor natural de las tierras zaragozanas y puesto que doña Talesa había perdido ya su señorío cuando él conquistó la ciudad, Alfonso VII de León tuvo las manos libres para nombrar un nuevo señor y designó como tal al conde Armengol VI de Urgel.

En principio este nombramiento puede parece extraño pero responde a una lógica aplastante. Armengol VI era nieto del conde leones Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, que asumió su tutela cuando quedó huérfano siendo menor de edad. Más tarde, en 1118, participaría en la conquista de Zaragoza bajo Alfonso el Batallador y, por lo tanto, no era un desconocido en Aragón y contaba con la confianza del rey de León y Castilla. Por ese motivo se le otorgó tal señorío en un momento crucial de transición. De todos modos lo ocuparía por poco tiempo. En 1135 Alfonso VII nombraría como señor de Zaragoza al nuevo rey de Navarra, García Ramírez, que le rendía homenaje por ambos reinos y tenía más arraigo en el de Aragón y más capacidad militar sobre el terreno. A Armengol VI de Urgel se le compensó con un matrimonio que le entroncaba con los poderosos condes de Lara.

El nuevo poder se puso pronto a trabajar para asentarse en el terreno y desarrollar su nueva política. Así, por ejemplo, ya en 1136, se procedió a la fundación de la Cofradía Militar de Zaragoza, una medida propia de las repoblaciones leonesas que en algunos casos dio origen a órdenes militares autóctonas como la de Santiago. Era un medio de implicar a la nobleza local en la defensa de la ciudad dentro de un marco que imitaba conscientemente a las órdenes de Tierra Santa con la intención definida de sacralizar un servicio necesario para el rey. Convenía, además, generar un tercer polo cultual relacionado con la nueva soberanía. Frente a la iglesia de Santa María, todavía dependiente de los vizcondes de Bearne y la Seo episcopal, Alfonso VII necesitaba un nuevo foco religioso que promocionase y sustentase su dominio. Para ello se aprovechó el intento de los musulmanes de recuperar Zaragoza en 1137 para inventarse un milagro y promocionar el templo del Portillo. Era una buena jugada porque, además, se aprovechó el tirón propagandístico para recabar apoyo financiero para la reconstrucción de las murallas en todas las ciudades donde llegaba la noticia del supuesto milagro.

Pero las cosas estaban cambiando muy rápidamente en Aragón el predominio castellano-leonés en Zaragoza empezaba a tener problemas para perpetuarse.

Ramiro II, absolutamente inepto para reinar, cumplió con sus deberes dinásticos contrayendo matrimonio y engendrando una heredera, doña Petronila, a la que prometió de inmediato con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, hombre joven y de probada capacidad militar. Precisamente en 1137, conservando la condición real, Ramiro II se retiró de nuevo a la vida monacal dejando a Ramón Berenguer al frente del reino. Este de inmediato articuló de nuevo el poder del reino apuntando directamente hacia Zaragoza. En 1138 se ocupó de una nueva campaña de repoblación del poblado real (barrio de San Pablo) trayendo nuevos colonos y en 1140, sin dejar de pagar tributo a León, logró imponer un nuevo señor para la ciudad.

Se trataba de Rodrigo Abarca, un descendiente de Sancho Garcés II de Navarra pero perteneciente a la nobleza aragonesa. Su padre, Lope Abarca, había sido señor de Jaca y recibido la baronía hereditaria de Gavín. El propio Rodrigo, además de heredar esa baronía, figura en los documentos como tenente de Funes, Valtierra, Monzón y Zaragoza. De modo que, como vemos, contaba con igual importancia en ambos reinos: Navarra y Aragón de modo que podía ejercer el señorío de Zaragoza en nombre de Ramón Berenguer sin incomodar a Sancho Ramírez ni representar en realidad una ruptura con el teórico dominio navarro bajo señorío castellano.

El nombramiento de Rodigo Abarca como señor de Zaragoza era en realidad una compleja jugada política para ir traspasando a Aragón el dominio del Regnum Cesaraugustano mediante una transición plenamente legalista dentro del orden feudal imperante y sin desacatar abiertamente ni los derechos navarros ni los castellano-leoneses.

En los años siguientes Ramón Berenguer siguió su ofensiva sobre Zaragoza y en 1142 donó una lámpara perpetua a la iglesia de Santa María lo que representaba una forma de presión sobre doña Talesa que en 1144, sin poder sostenerse ya en lo que restaba del antiguo señorío de su marido, acabó cediendo todas sus posesiones en Zaragoza a los templarios que se establecieron por fin en la ciudad con grandes posesiones en la Almozara. 

 La política de Ramón Berenguer resultó tan efectiva que ya en 1156 el rey de Navarra, Sancho el Sabio, se vio obligado a asediar Zaragoza para tratar de recuperar su dominio sobre la misma. No lo consiguió.

En 1162 murió Ramón Berenguer IV y su hijo, Alfonso II de Aragón, asumió el trono con dignidad real dando por concluido el Regnum Cesaraugustano aunque todavía en 1164 nombró un nuevo señor de Zaragoza afín al dominio leonés: Ortí Ortiz, procedente de la nobleza zaragozana (era señor de Pina, su abuelo lo había sido de Fuentes) y que tras perder el señorío marchó a Castilla donde en 1167 aparece como alcaide de Toledo.

Ya en 1165 Alfonso II entregó la tenencia de Zaragoza a Blasco Maza, su mayordomo, señor vitalicio de Borja que heredaría a su debido tiempo Artal de Alagón.

En 1168 Alfonso II entregó la tenencia de Zaragoza a otro de sus mayordomos, Blasco Romeo, que la detentó hasta 1188 en que pasó a Berenguer de Entenza, IV barón de esa villa, nieto del que fue señor de Barbastro y que cambiaría el señorío de Zaragoza por el de Teruel.

Tras la marcha de Berenguer de Entenza no hubo nuevo tenente, la transición iniciada a mediados de siglo había concluido y toda la ciudad se unificó bajo el dominio de realengo de los reyes de Aragón.

La ciudad contaba con un Concejo de Mayores y Menores propio desde 1165, en 1177 los reyes de León renunciaron a sus derechos sobre ella y en 1207 se determinaba, por ley papal, que el rey de Aragón se coronase en Zaragoza, lo que equivalía a una proclamación de capitalidad que se vio completada con nuevos privilegios para los pobladores y el comercio de la ciudad en 1208.

Finalmente, en 1218, el mercado, anteriormente situado en la plaza de Santa María, en pleno corazón del barrio del señorío,  se trasladó a las afueras de la Puerta de Toledo, es decir: bajo la jurisidicción del barrio de San Pablo que veía de este modo recompensada su lealtad al rey. Todavía hoy el Mercado Central de Zaragoza permanece en el mismo lugar.

 

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06/02/2011 13:41 disidenteporaccidente Enlace permanente. historia No hay comentarios. Comentar.

SISTEMA PÚBLICO-PRIVADO

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La desvergüenza de nuestros políticos, ya lo sabemos, no tiene límites. Es decir, tiene uno: la indignación ciudadana pero, por desgracia no hay ciudadanos, solo borregos que siguen dócil y silenciosamente las consignas de los pastores corruptos dejándose llevar al matadero.

Pero volviendo al asunto de este pequeño apunte: la desvergüenza de nuestros políticos (y la estulticia infinita de quienes les apoyan) no tiene límites. El Poder, eso que llaman vulgarmente "los mercados" y que son en realidad un hatajo de especuladores hijos de puta, imponen como doctrina económica, social y política única el neoliberalismo radical. Vivimos, en ese sentido, dentro de un sistema totalitario y dogmático que solo atiende a la imposición ciega de unas ideas preconcebidas que perjudican al común de la sociedad para beneficiar a una minoría de ricos y poderosos que aspiran a serlo más empobreciendo a la masa (incluyendo a las clases medias, que viven en un país de Nuncajamás que las aletarga sin permitirles darse cuenta de que, por mucho que les pese, no forman parte de la clase alta sino del proletariado).

Dentro del actual régimen, del liberalismo turnista de corte anglosajón, no existe alternativa. Mande quien mande estará al servicio de los bancos, de los especuladores internacionales y del dogmatismo totalitario imperante.

En ese marco aparece una nueva nota de infamia para el gobierno en curso.

En un escenario con casi cinco millones de parados causados por la inadecuación del modelo económico del gran capital que se basa en el enriquecimiento rápido de los bancos y las grandes empresas dentro de un sistema viciado que no aspira a producir riqueza dentro de la economía real sino plusvalías inmediatas mediante la estafa y el juego sucio en un campo de juego trucado y anquilosado, que repite los mismos esquemas desde hace cincuenta años y que resulta, a medio y largo plazo, empobrecedor. En un escenario con casi cinco millones de parados en gran medida creados artificialmente por el gran capital para conseguir la imposición de sus "reformas" dogmáticas como si fueran las únicas medidas capaces de conseguir la reactivación del empleo (cuando solo buscan su preacarización)...en un contexto como ese donde estamos pagando las consecuencias terribles de las mismas políticas que quieren imponer y que consisten en privatizar lo público dejando al ciudadano en manos de tiburones financieros, la medida estrella que se le ocurre imponer a los responsables ministeriales sobre el empleo consiste, no podía ser de otro modo, en más de lo mismo. Nuevas paletadas de la misma mierda.

Por un lado se criminaliza al parado por su situación (ya lo hizo en su momento el PP, verdadero eructo del neoliberalismo salvaje en España, obligando al parado a firmar un papel jurando que se comprometía a buscar empleo cuando se quedaba sin él) y se carga en sus espaldas la reponsabilidad de su situación (cuando, evidentemente, es del sistema económico vigente y de los explotadores que lo imponen y gestionan) y por otro se "liberaliza" el sector...es decir: se da entrada a empresas privadas para la gestión de una responsabilidad pública. En otras palabras: se privatiza otro nuevo campo de gestión pública para que el gran capital privado pueda forrarse más a costa de la desgracia generada por ellos mismos en la masa de la población.

Nada que no hayamos visto ya, en efecto. Pero si nadie se echó a la calle cuando las grandes privatizaciones del Aznarismo que finiquitaron el sector público español, si nadie protestó cuando se implementó el antecitado contrato-juramento que criminalizaba al parado comprometiéndolo a hacer algo que, en cualquier modo, las circunstancias le forzaban a hacer (buscar trabajo después de acabar un contrato temporal, de ser víctima de un ERE generalmente tolerado pero injustificado, de la temporalidad o de cualquier otro de los defectos congénitos generados por un sistema económico mal estructurado y cuya mala estructura se permite y se fomenta desde el poder político), si todo el mundo estuvo conforme cuando se permitío la infamia de las empresas de trabajo temporal...¿qué podemos esperar?...

Y lo peor del caso son los millones de memos a los que, descontentos con la situación actual, solo se les ocurrirá votar al otro partido turnista para solucionarla. Como Rajoy ya no es Aznar y Zapatero está quemado...pero los carteles electorales solo son cebos de colores diversos que esconden los mismos anzuelos. Los votantes "responsables" los "demócratas centristas" son el verdadero problema de las democracias occidentales, los más conspicuos de los borregos que lastran la sociedad y el futuro de los países ciñéndoles las cadenas de la esclavitud.

A ver si nos vamos enterando de una vez, a ver si despertamos:dentro del sistema actual solo tendremos más de lo mismo. ¿Queréis mejorar vuestra propia situación? pues no os queda más remedio que luchar. Lástima, y por desgracia tengo que decirlo a menudo en estas páginas, que no seaís más que simples borregos dispuestos a dejarse llevar al matadero.

¿Quién tiene la culpa de todo lo malo que sucede?...Vosotros, mediocres y cobardes, por no ejercer responsablemente una ciudadanía que no os merecéis y permitir que os gobiernen tipejos que, en el mejor de los casos, deberían estar en la cárcel. ¿Queréis un cambio?...más aún: lo necesitáis...y solo hay un camino: conseguirlo, y no será en las urnas.

 NOTA.- la fotografía es de Bizantine.

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TIEMPO DE DESTRUIR

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Desde su mismo origen el liberalismo es una doctrina totalitaria y como tal estrictamente dogmática y ciega a cuanto no viene a retroalimentarla desde su propio seno ideológico. Consecuentemente todas las instituciones conformadas desde el liberalismo, y señaladamente las internacionales, son en realidad instrumentos para el afianzamiento del totalitarismo liberal, espejos deformantes de la realidad con la única finalidad de expandir y legitimar los posicionamientos apriorísticos de dicha ideología y de sus impulsores que la desarrollaron sobre dos pilares bien definidos y que no suelen tenerse en cuenta: sus propios intereses económicos y su férreo sectarismo religioso que convirtió el liberalismo en una rama de la interpretación global de la teocracia calvinista sobre el mundo perpetuando, de hecho, sus rígidos esquemas de raigambre bíblica (y por lo tanto, según su manera de pensar, indiscutibles) en esa peculiar amalgama desarrollada por las sectas protestantes en la Europa de los siglos XVI y XVII en la que los burgueses circunrrenanos volcaron todos sus complejos y resentimientos hasta identificarse a sí mismos como el nuevo pueblo elegido y a su riqueza (innoblemente adquirida, no olvidemos que la riqueza de esa clase social y de sus sucesores se amasó mediante la especulación, el robo, la usura e incluso, a partir del XVI, con la piratería y que precisamente por ello todos esos métodos, al conquistar ellos el poder se erigieron a formas respetables de enriquecimiento) en una prueba de la protección divina.

Con el tiempo esa ideología pervertida y perversa que alentó la reacción de esos provincianos de las comarcas del Rin erigidas desde el siglo IX, cuando se convirtieron en el núcleo del imperio carolingio, en baluarte del fundamentalismo cristiano, afianzado siglos más tarde con la reforma cluniacense, procedente de esas mismas tierras que verían también el surgimiento de la reforma, en esencia, como ya se ha explicado en estas mismas páginas, una reacción contra el avance civilizatorio (y por lo tanto paganizante y anticristiano) que supuso el Renacimiento, pasó al mundo anglosajón y vino a identificarse con el imperialismo inglés primero y con el estadounidense (su heredero directo) después.

Hoy en día capitalismo, liberalismo e imperialismo yanqui son una y la misma cosa y todas las instituciones internacionales existentes, empezando por las Naciones Unidas y siguiendo por el FMI, el Banco Mundial y todas las demás, hasta la última que pueda concebirse, son tan solo intrumentos totalitarios e imperialistas de imposición del dogmatismo político, económico, moral y social del liberalismo imperante, del gran capital anglosajón y de los intereses de la oligarquía dominante en los Estados Unidos y las oligarquías a ella subordinadas en los diferentes países y que obran, de facto, como traidores a sus propios pueblos primando los intereses y las imposiciones ideológicas de dichas instituciones para mantener su enriquecimiento y su dominio local. Y, naturalmente, todos los sistemas políticos falsamente llamados democráticos pero en realidad parlamentarios dentro de la ideología liberal, es decir: la totalidad de las llamadas democracias occidentales, son parte de ese esquema de dominio y, por lo tanto, ilegítimas y perjudiciales en cuanto entidades de gestión de los intereses de los pueblos que dominan ya que, como hemos observado, lejos de hacer aquello que conviene a sus pueblos se dedican a imponer acciones derivadas del dogmatismo totalitario liberal-capitalista y que contribuyen a arraigar el dominio y los intereses de la oligarquía dominante a nivel planetario y de aquellas locales que cifran su riqueza y preponderancia en su función de engranajes necesarios de dicho dominio del imperialismo yanqui sobre sus propios pueblos.

En un escenario así todas las normas, medidas, ideas, leyes y tendencias que llueven desde las instituciones internacionales no son sino formas de perpetuar e incrementar el dominio imperialista de la supraoligarquía que domina el mundo y proceden sin alternativa posible del dogmatismo totalitario que sustenta ese dominio: el liberalismo capitalista. No son, pues, las decisiones, consejos y directivas emanadas de estas instituciones internacionales normas neutras y tendentes al beneficio del pueblo sino encubiertos edictos destinados a sustentar la esclavización de los pueblos y su debilitamiento frente al cada vez más omnímodo poder de la citada supraoligarquía.

Ejemplos de lo que digo sobran. Analícese cada documento de cada una de esas prestigiosas instituciones de las que emana el derecho internacional (empezando por la declaración universal de los derechos humanos), cada una de sus normas y consejos y se advertirá que siempre se habla desde el mismo punto de vista: el totalitarismo liberal, y que sin falta tienden a mantener el dominio de los mismos y a la imposición de su ideología sea moral, sea social, económica y política. Por ese motivo la legalidad internacional, como tal, es despreciable y debe ponerse en solfa puesto que, al menos desde mediados del siglo XIX ,tiende solo en una dirección: la imposición de una ideología teocrática, totalitaria y pervertida surgida del fondo más antirracional y contrario a la civilización del fundamentalismo semita. De hecho no es estraño que, también desde el principio, calvinistas y judíos caminasen juntos en la senda de la imposición de esa ideología y de las instituciones destinadas a mantenerla y difundirla.

La alianza de los judíos con los holandeses en el siglo XVI y su posterior paso a Inglaterra y a Estados Unidos que se expresa actualmente en la estrecha vinculación entre este imperio y la imposición de raíz teocrática del estado de Israel en un territorio que solo era judío en el Talmud y  que en muchas comarcas del actual Israel nunca lo fue históricamente, es mucho más que un síntoma. Como es mucho más que un síntoma que en nuestros días denunciar esa connivencia esté mal visto cuando no se pugne por convertirlo en delito de opinión.

Pero necesitamos un cambio, un salto evolutivo, una deriva hacia la verdadera democracia (que no puede ser liberal ni capitalista) y no es de recibo, ni siquiera medianamente inteligente, afrontar los cambios estructurales que necesitamos desde unos posicionamientos ideológicos basados en la teocracia más oscurantista y retrógrada cual son los emanados de esa alianza de judíos y protestantes en el siglo XVI. Hay que cambiar de mentalidad y para ello es preciso dar la espalda a la ideología dominante que se impone en nuestras vidas desde todas y cada una de las instituciones internacionales y desde la llamada legalidad internacional que ni es ni puede considerarse legítima ni inamovible. Simple y llanamente hay que dejar de creer primero y de obedecer después.

Los verdaderos intereses de los pueblos no pueden ni deben supeditarse a una ideología anticuada, perjudicial, teocrática, dogmática y totalitaria que favorece a unos pocos en perjuicio de todos los demás y que tiene como efecto final un cataclismo basado en la mala gestión de los recursos (ya que esta se hace desde los axiomas bíblicos del creced y multiplicaos y de que el mundo está hecho para enriquecimiento del hombre cuando sabemos que en realidad la humanidad es tan solo un elemento más dentro de un delicado equilibrio cuya  quiebra conlleva necesariamente el desastre y que somos nosotros los que debemos adaptarnos a los recursos del planeta y no al revés)...el liberalismo es perjudicial e ilegítimo en todas sus formas y manifestaciones y debe ser contestado desde la razón y los intereses verdaderos de los pueblos que rara vez coinciden con los de sus oligarquías.

La verdadera acción intelectual y política de los tiempos actuales y venideros radicará, para ser útil y honesta, precisamente en eso: en dejar de creer en los dogmas imperantes y de obedecer las leyes y los tabúes por ellos impuestos ya que son ilegítimos, inmorales y contraproducentes. El verdadero intelectual, el verdadero artista, el verdadero político de nuestro tiempo debe posicionarse a favor del salto evolutivo pendiente y por lo tanto en contra del poder y de los dogmas establecidos. Ninguno de los tabúes imperantes e impuestos por las instituciones internacionales y las normas que emanan de ellas y que cínicamente se consideran un incontestable ordenamiento jurídico deben ser respetadas. Todos y cada uno de los tabúes deben ser vulnerados, atacados, destruidos como medio de concienciación y agitación ciudadana. Hoy más que nunca los artistas cortesanos, los intelectuales complacientes, los políticos corruptos, deben ser rechazados y aislados como lo que son: agentes patógenos de una ideología corrupta, totalitaria, teocrática, despreciable y obsoleta que debe ser derribada para permitir la eclosión de una nueva era.

Ha llegado el momento de destruir para poder construir después.

Recordando las palabras de Durruti: no tengamos miedo a las ruinas porque llevamos un mundo nuevo en el corazón.

 NOTA.- la fotografía es de Lanpernas 2.0

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11/02/2011 18:04 disidenteporaccidente Enlace permanente. disidencias No hay comentarios. Comentar.

SIETE MILLONES Y CUARTO DE PROBLEMAS.

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7260138...ese es el número de "españoles" que, según el ministerio de hacienda, tachó el año pasado la casilla (absurda, indebida, antidemocrática, oscurantista y claramente perjudicial) que financia directamente a la secta católica. Entrecomillo lo de españoles porque nadie que ayude a financiar una secta perjudicial para España a lo largo de toda su historia y que, para más inri, fija su centro jerárquico fuera de la península dibujando un esquema piramidal supranacional, puede ser considerado español. Ni bueno ni malo. Quien es cristiano (o musulmán o budista o lo que sea) antes que español no merece ni la nacionalidad ni el título.

Ya sabemos que el estado español es una tiranía ilegítima porque se encuentra al servicio de los intereses de la banca y de las multinacionales extranjeras y no del bien común de los españoles. Pero no solo por ese motivo, ya de por sí bastante grave, cabe poner en solfa la legitimidad de esa partitocracia parlamentarista que solo desde una estulticia benevolente puede considerarse remotamente una democracia.

La democracia, más que una difinición política, es un concepto moral. No se basa tanto en las formas cuanto en sus consecuencias sociales. La verdadera democracia debe cumplir, para serlo, dos requisitos fundamentales: estar al servicio de la comunidad estableciendo reglas de juego justas e igualitarias y combatir el oscurantismo en todas sus formas. Un estado verdaderamente democrático no puede ser en modo alguno neutral (y mucho menos complaciente) con las sectas religiosas, menos aún si son tradicionalmente destructivas y contrarias a la civilización como lo es el cristianismo. Importa muy poco el número de seguidores con que cuente una secta. La cualidad y no la cantidad es la base ideológica de una verdadera democracia. Y considerar lo contrario, como ahora ocurre, es una perversión interesada del concepto democrático, es un modo de atentar contra la civilización y el progreso favoreciendo la teocracia.

Puesto que la legalidad internacional (empezando por la Declaración de los Derechos Humanos) viene dictada por un imperialismo teocrático cual es el anglosajón, obviamente dicha legalidad (claramente inmoral e ilegítima) favorece la teocracia encubierta perjudicando la difusión del progreso y la civilización en todo el mundo. Y esto es particularmente evidente en un país como España donde a la par que se permite la proliferación de sectas invasoras de las que antes estábamos libres (islam, evangelismo...) en virtud de esa contraproducente legislación internacional proteocrática, se favorece la preeminencia de otra secta no menos perjudicial y enemiga de la libertad, la salud mental, el buen orden, el progreso y la civilización como es el catolicismo.

Que esta secta despreciable haya detentado un poder omnímodo en el pasado no es excusa, más bien acicate en contrario, para tolerar una situación de privilegio como la existente. El poder adquirido por el catolicismo en España, en todo occidente, no procede, como sus propagandistas pretenden hacer creer, de una conversión masiva, pacífica e irreversible. Antes al contrario el dominio eclesiástico se labró en todo occidente y en España mediante la violencia (en el siglo VI, por ejemplo, se legisló azotar hasta la muerte a quien no acudiese a misa los domingos, vinieron luego las hogueras de la inquisición, la censura eclesiástica...), la estafa y el lavado de cerebro. En esta misma sección analizaremos en un futuro no lejano hasta qué punto ceremonias como la misa participan de los elementos sectarios del lavado de cerebro (por no hablar ya de la "educación" que se convierte en manos de estos sucios elementos en perversión de la juventud a cuyos miembros se les inculcan como verdades falsos mitos, mentiras históricas y una serie de tabúes ridículos basados en una ideología enfermiza y anquilosada)...por el momento queda apuntado el hecho.

Pero el hecho verdaderamente grave no es tanto que un estado ilegítimo, tiránico y proteocrático como el establecido en España con la constitución de 1978 financie a las sectas que debería combatir de ser una verdadera democracia y permita, además, una financiación privilegia y el acceso a parcelas de poder que deberían estarle vetadas (en el ámbito educativo, en el financiero...en tantos otros) a la secta dominante. El hecho verdaderamente grave es que dicha secta disponga de más de siete millones de acólitos dispuestos a financiarla. Algo se ha hecho muy mal, y evidencia que no vivimos en una verdadera democracia, si a estas alturas sigue habiendo número tan crecido de sectarios católicos activos en España. Así las cosas no es de extrañar que en este país ¡en pleno siglo XXI! sigan sucediendo hechos extemporáneos, más dignos de la edad media, como que continuen fundándose órdenes religiosas (y por supuesto adscritas ideológicamente a la ultraderecha más extrema) o que partidos confesionales como el PP, que a la par incorporan no solo la herencia nauseabunda del nacional-catolicismo y la hedionda de la democracia-cristiana (vocablo que en si mismo representa un contrasentido: el cristianismo es lo más opuesto, junto con el resto de las sectas semitas a la democracia) sino también los resabios teocráticos de la ultraderecha calvinista norteamericana, sigan siendo opciones mayoritarias y capaces, a pesar de su corrupción intrínseca, de sus postulados políticos antidemocráticos (en cuanto religiosos y afines al dominio del gran capital sobre los intereses generales), de llegar a alcanzar el gobierno.

El camino hacia la verdadera democracia, que obviamente es incompatible con el actual régimen, pasa indefectiblemente por resolver cada uno de esos siete millones y cuarto de problemas que genera la secta predominante. Hay que partir de la base de que son enfermos mentales, gente a la que la secta  ha lavado el cerebro desde la infancia mediante su implicación en la enseñanza (los sectarios semitas deben ser apartados a la mayor brevedad de la infancia y la juventud) y sigue haciéndolo tanto a través de sus actos de propaganda litúrgica (misas, procesiones, catequesis diversas...) como mediática. Es importante partir de esa base porque conviene tener en cuenta que los enfermos mentales no pueden tener ni opinión ni voto válido. No son sujetos políticos sino objeto de reeducación inmediata.

Ahora ya lo sabemos, y disponemos de sus nombres y apellidos: tenemos 7260138 enfermos mentales, alobados del catolicismo, que deberán ser redimidos de sus mutilaciones psíquicas para alcanzar la condición de ciudadanos. Ningún régimen será verdaderamente democrático hasta que no aborde dicha reeducación e impida no solo que la infraestructura de la secta sino los propios padres contaminen a las nuevas generaciones con sus supersticiones despreciables y contrarias a la civilización y el progreso.

Hay mucho trabajo por hacer.

 

NOTA:- la fotografía es de Conarte69

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JAPÓN.

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Pocos problemas hay tan interesantes, y a veces difíciles de resolver, en la etimología como el origen y significado del nombre de los países y sus diferentes formulaciones dentro de un mismo idioma dependiendo a menudo de la época.

Es comunmente sabido que cuando Cristóbal Colón salió de Palos buscaba una vía oceánica para llegar a Zipango, es decir: Japón.

El Zipango del siglo XV y nuestro actual Japón, así como el Nippon japonés no solo se refieren a la misma realidad geográfica sino que, además, son la misma palabra. El análisis de la historia de esas diferentes interpretaciones del mismo vocablo no deja de ser interesante, de modo que será bueno perder algunos minutos en él.

Hasta finales del siglo VI el Japón no existía en realidad como estado. Por mucho que la mitología imperial quiera transmitir la idea de un Japón unido bajo el emperador desde épocas remotas lo cierto es que la historia antigua de las islas niponas es la de una pluralidad superabundante de reinos más o menos poderosos que solo con el paso del tiempo fueron estableciendo una jerarquía semifeudal bajo el reino de Yamato cuya casa real acabaría encumbrándose como dinastía imperial.

Dicho proceso de ascenso hacia la cumbre del poder del reino de Yamato se inició a finales del siglo V y alcanzó su culminación, como se ha dicho, a finales del VI cuando la emperatriz Suiko y su corregente, sobrino y yerno, el príncipe Shotoku, lograron hacer reconocer su dominio a todos los demás estados del Japón y establecer un sistema de gobierno centralizado siguiendo modelos coreanos y chinos.

El modelo establecido por el reino de Yamato era básicamente feudal, con los reyes de los otros estados convertidos en señores territoriales que reconocían la superioridad del recién ascendido linaje imperial sin perder por ello su autonomía y dominio local. Las aspiraciones de la emperatriz Suiko y del príncipe Shotoku eran, sin embargo, mucho más ambiciosas. Pretendían establecer un modelo centralizado de monarquía al modo chino o coreano.

 Para conseguirlo iniciaron estrechas relaciones con China y adoptaron mucho de los modos chinos. Copiaron  el budismo y el confucianismo, la fabricación de seda y hasta la escritura...y aquí comenzó el problema.

Resulta que durante siglos las diferentes cancillerías chinas se habían referido a Japón como el País de Wa, esto es: el país de los enanos. Lógicamente la denominación no hizo demasiada gracia en Yamato y menos aún en un momento en el que el poder central luchaba por generar una realidad nueva y poderosa que aspiraba a ser considerada como un igual de los reinos coreanos y chinos. Desde el principio, a pesar de las constantes embajadas para aprender los métodos chinos, los dirigentes de Yamato pugnaron por ser respetados y ello implicaba conseguir que el nombre de su país dejara de ser despectivo en la cancillería china. Fue así como, en 607, la emperatriz Suiko le propuso al gobierno chino una fórmula estrictamente geográfica para zanjar el problema. Japón sería el País Oriental (del Sol Naciente) y China el País Occidental (del Sol Poniente). Los chinos tardaron algo en aceptar esta propuesta pero acabaron haciéndolo.

Fue así como Japón pasó a ser denominado con los ideogramas chinos que expresaban el concepto de País del Sol Naciente que en japonés se leían Nihhon o Nippon (y fue precisamente el príncipe Shotoku el primero en referirse a la unidad conseguida bajo el reino de Yamato como Nippon) y en chino Jihpen.

 En el siglo XIII Marco Polo estuvo en China y, al escribir sobre Japón, tradujo el vocablo chino por Zipango, de ahí el nombre que se le daba a Japón en Europa durante los siglos XIV y XV. Ya en el XVI los portugueses primero y los españoles después llegaron a las mismísimas costas de Japón y comenzaron las relaciones directas. ¿Entonces por qué no se extendió a Europa la pronunciación japonesa de los ideogramas que representaban el país?¿Por qué decimos Japón y no Nihhon o Nippon?...

...La respuesta es sencilla. Antes que con Japón, los portugueses entraron en contacto con los chinos y aprendieron a leer sus ideogramas conforme a su pronunciación de modo que mucho antes de llegar a las costas japonesas ya pronuciaban País del Sol Naciente al modo chino: Jhipen, es decir: Japón.

NOTA.-la fotografía es de Izuen Godelekua.

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16/02/2011 14:31 disidenteporaccidente Enlace permanente. palabras, dichos No hay comentarios. Comentar.

LA GRAN MENTIRA DEL 23-F

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La versión canónica y mil veces difundida de lo sucedido el 23 de febrero de 1981 obra como recurso propagandístico de primer orden del régimen establecido en 1978. Es una verdad oficial y beneficiosa para los archimandritas del sistema (el rey, los partidos turnistas...) que, gracias a ella, pueden postularse como grandes héroes de la democracia a los que el pueblo debe estar agradecido.

Sin embargo las verdades oficiales suelen ser poco más que eso: un simple recurso propagandístico, una construcción mitológica destinada a legitimar a sus emisores, al régimen dominante y las élites a él adscritas. En otras palabras: son manipulaciones interesadas  de la realidad realizadas con el único fin de sostener regímenes necesitados de cortinas de humo gloriosas para esconder su verdadera naturaleza, a menudo mucho más tenebrosa, sucia y detestable de lo que el pueblo estaría dispuesto a soportar.

Lo que consiguió las mil veces repetida versión canónica de lo sucedido el 23 de febrero de 1981 ha sido crear unos héroes ficticios dentro de una reinterpretación de los hechos destinada a arrebatar el protagonismo del pueblo y depositarlo en la clase política cuyos verdaderos movimientos en los meses anteriores al golpe llevaban una dirección muy diferente a la que quisieron hacer ver después de la algarada tras la que, por cierto, como veremos, nada cambió en las altas esferas de la política española.

El momento apoteósico de aquella jornada, el que más ha encumbrado la monarquía y ha servido para incensar la figura del Borbón reinante, es el discurso de Juan Carlos I por televisión en la madrugada del 23 al 24 de febrero de 1981 declarando que no aceptaba otra legalidad que la vigente dentro de la constitución de 1978. Se dice que con ese discurso salvo la democracia. Sin embargo hay que tener muy en cuenta que este discurso no tuvo lugar hasta después de que el teniente coronel Tejero impidiera que el general Armada, preceptor del rey, hablara ante el pleno de las cámaras. Fue cuando esa posibilidad se difuminó como efecto de la chapuza que supuso la perpetración del golpe "blando" aprovechando las tramas de los golpes "duros" cuando el rey apareció en televisión. Y debe tenerse muy en cuenta a ese respecto que el único capitán general que sacó tropas a la calle en aquellas horas fue precisamente el más monárquico de todos: Milans del Bosch. Razón por la cual cabe suponer que el rey no se encontraba ayuno de información e incluso es muy posible que la historia, en un futuro libre del actual régimen pretendidamente democrático pero lleno de limitaciones a la libertad de expresión, de reticencias y de mentiras interesadas, señale muy directamente la responsabilidad de la cabeza del estado en un torpe proyecto que fracasó.

La clave de todo se encuentra en el llamado "golpe blando" una operación paraconstitucional dirigida a forzar la creación de un gobierno de unidad nacional que sirviera para limitar lo que se consideraban excesos democráticos inherentes a la transición, frenar la efervescencia social que amenazaba con desbordar el limitado marco de la monarquía parlamentaria para acabar desembocando en una esperanzadora tercera república y legitimar la mano dura respecto a ETA. El modelo a seguir fue el golpe de estado de De Gaulle cuando en 1958 acabó con la IV república francesa y organizó la ultraconservadora V república. En un momento de caos, con tropas paracaidistas avanzando desde Argelia hacia París para establecer una dictadura militar, el general De Gaulle se plantó ante la asamblea parlamentaria y expuso un escueto mensaje: o yo, o la dictadura pura y dura. Y la IV república se hizo el harakiri poniendo el poder absoluto en manos del general "salvador" (en la práctica con un ideario muy similar del de Franco) que pudo constituir una nueva realidad política, como he dicho, mucho más conservadora y derechista.

Eso mismo se pretendía hacer en España. La transición y las libertades consagradas en la constitución de 1978 estaban amenazando con dar al traste con la restauración borbónica que pretendía no ir más allá del restablecimiento del parlamentarismo turnista y caciquil de 1876. Y en este aspecto no debemos engañarnos. Nunca los monárquicos tuvieron en mente otra posibilidad. Todas las proclamas "democráticas" del Conde de Barcelona y todos los esfuerzos de sus seguidores iban encaminados única y exclusivamente a restaurar el régimen de Alfonso XII y Alfonso XIII con sus mismos límites e idénticos vicios. El ideario político de Juan Carlos I tampoco fue, en ese sentido, diferente.

El que fuera pretendiente al trono y pertinaz lameculos del caudillo, criado y educado en círculos monárquicos y dentro del régimen franquista, no podía ser un democráta convencido ni tener inquietudes políticas más allá de la simple y corrupta tradición borbónica. Nos lo han vendido como un gran estadista, un héroe al que le debemos la democracia, un padre-salvador...y nos han mentido. Es, simple y llanamente, otro Borbón más y, como tal, defensor de un régimen cutre, oligárquico, escasamente democrático, corrupto desde su ápice, corto de miras y fieramente anclado en la defensa de las oligarquías de siempre. Las que trajeron a Alfonso XII como garantía de orden (es decir: represión) en 1874 y propiciaron el golpe de 1936 para mantener sus privilegios.

En 1975 esos oligarcas eran los mismos que en 1936, no habían cambiado los perros aunque resultaba evidente que debían cambiar los collares. No otra cosa fue el tránsito de las leyes fundamentales del movimiento a la constitución de 1978.

No obstante en la calle estaba vivo el debate entre transición y ruptura, entre aceptar la restauración del turnismo canovista o la de avanzar hacia una verdadera democracia. Y en esa época había tejido social suficiente y suficiente movilización para conseguir esto último a despecho de los señoritos que apoyaban al rey con la condición de seguir manteniendo sus privilegios, había que hacer algo. El peligro para el rey y quienes deseaban medrar en la nueva situación radicaba en la impaciencia e intransigencia de un ejército mayoritariamente franquista y poco partidario de aventuras ajenas a las citadas leyes fundamentales. Había que actuar rápida y decisivamente para garantizar el control de la tarta que representaba España.

Los primeros pasos se dieron entre 1977 y 1979. En ese bienio, aparte de elaborarse una constitución llena de buenas intenciones que estaban desde el primer instante destinadas a convertirse en papel mojado, se jugaron varias bazas decisivas como, por ejemplo, transliterar al nuevo régimen los sindicatos verticales franquistas que tanta importancia tenían (y siguen teniendo) para anestesiar a la clase obrera y mantenerla controlada. ¿Como hacerlo?...sencillamente domesticando a los domesticables. Se generó todo un sistema de subvenciones públicas que, en la práctica, convertían a los sindicatos mayoritarios en cómplices del nuevo régimen eso sí: asegurándose de que las organizaciones poco dóciles como la CNT quedaran apartadas del reparto (de hecho este sindicato todavía no ha recuperado su patrimonio histórico) y arrumbados en las catacumbas de la marginalidad. El segundo paso para domesticar a los sindicatos dominantes y convertirlos en "verticales" fue imponer la idea de consenso social a través de los llamados Pactos de la Moncloa. Desde ese instante los sindicatos dejaron de cumplir su función de clase para convertirse en apéndices del poder y, por lo tanto, de la dominación oligárquica. Y en ese mismo papel continuan.

 Otra jugada importante consistió en articular el turnismo en torno a dos partidos principales y se consiguió un triunfo muy importante cuando en 1979 el PSOE renunció al marxismo para convertirse en "progresista" en otras palabras: en remedo del partido liberal del turnismo canovista. Hasta 1982 no se definió con claridad la opción conservadora estando en pugna entre una UCD en descomposición y una AP todavía aquejada de su evidente lastre franquista.

En ese caldo de cultivo, y con el pueblo pugnando todavía por la ruptura y la conquista de una verdadera democracia, tocaba dar un golpe de timón, un volantazo hacia la derecha que atase en corto al pueblo y garantizase el control de una transición de cortos vuelos, hacia el turnismo y el caciquismo confesional propio de los regímenes borbónicos. Ahí empezó a diseñarse la Operación Armada, el golpe blando, la imitación del golpe de De Gaulle en 1958.

No suponía un secreto para nadie que los militares eran poco partidarios de las nuevas alegrías democráticas, que se inclinaban a retornar al franquismo puro y que algunos de ellos estaban conspirando para hacerlo mediante un golpe de estado. El ruido de sables en 1979 y 1980 era un clamor y la baza de los partidarios del turnismo caciquil era presentarse a sí mismos como una alternativa aceptable para el pueblo. Como en 1958 era preferible un régimen ultraconservador, corrupto, oligárquico y cerrado que una dictadura militar y a eso jugaron los monárquicos.

La idea era aprovechar las tramas militares en marcha para propiciar un golpe y reconducirlo presentando la alternativa intermedia: un hombre del rey, el general Armada.

Adolfo Suarez se oponía a esas medidas y resultaba preciso derribarle. Se hizo pero no antes de que, junto con el general Gutierrez Mellado, lograra desalojar a los hombres claves de la trama de sus puestos en Madrid. Armada fue destinado a Lérida, Milans del Bosch a Valencia, el jefe de la Acorazada Brunete a La Coruña...

El golpe blando perseguía la formación de un gobierno de unidad nacional con participación del PSOE (que por lo demás había colaborado con Primo de Rivera durante le dictadura de 1923-1931) que redefiniera la transición dejando la constitución y su verdadero significado social en simple papel mojado.

Para conseguirlo, y siguiendo el modelo de De Gaulle en 1958, se utilizó una algarada de los "duros" ,de los militares franquistas, para meter el miedo en el cuerpo, amagar el golpe con un puño y darlo con el otro. Tejero debía, como en efecto hizo, ocupar el congreso durante una sesión plenaria y ceder la tribuna a un general que se dirigiría a los diputados proponiéndoles un gobierno de salvación y unidad nacional que, por lo demás, estaba ya pactado. El general que debería lanzar esa arenga y postularse como presidente de aquel engendro pseudoconstitucional, el famoso "Elefante Blanco", era precisamente el general Armada, preceptor, consejero íntimo y muy seguramente testaferro político de los deseos reales.

Con lo que los conjurados no contaban era con el hecho de que el teniente coronel Tejero era un franquista convencido, un hombre íntegro en sus ideas (eso hay que reconocerlo aunque estas no se compartan como, evidentemente, es mi caso) y que no estaba dispuesto a tolerar el típico pasteleo monárquico. Cuando el general Armada llegó al congreso dispuesto a dar su discursito y ser elegido prácticamente por aclamación como héroe patrio y presidente del gobierno de unidad nacional Tejero, que a fin de cuentas tenía las armas y controlaba el edificio, enterado de lo que se proponía, se negó a dejarle hablar. El golpe blando, sencillamente, había fracasado. Era momento de recoger velas y tratar de quedar bien ante la opinión pública dejando en la estacada, eso sí, a los que habían dado la cara. El general Milans del Bosch, poco después de la media noche, menos de una hora después de que el general Armada desistiera de convencer a Tejero, retiró los carros de combate de las calles de Valencia. Poco después el rey salía a defender públicamente la constitución.

Llegaba el momento de reelaborar los hechos para que tanto el rey como los conjurados en el golpe blando (incluyendo a los dirigentes del PSOE) se erigieran en héroes y salvadores de la democracia cuando, en realidad, la verdadera vacuna frente al golpismo no fueron ellos, a la postre unos golpistas, sino los millones de españoles de toda edad, clase y condición que se arrojaron a la calle en los días siguientes al grito de democracia y libertad. Ese fue el verdadero revulsivo contra el golpismo: un pueblo decidido y en la calle. Un pueblo al que desde 1981 se hizo todo lo posible por desmovilizar y engañar.

 Por supuesto los conspiradores no cesaron en sus designios y los intentaron de otro modo. Cuando en 1982 el PSOE, convertido de tapadillo en partido monárquico y turnista, llegó al poder por mayoría absoluta como supuesto representante de la opción más democrática de las moderadas, el partido del cambio como se postulaba, puso de inmediato en práctica los pactos que habían conducido al fracasado golpe blando del 23 de febrero de 1981. Fue entonces cuando empezó a hablarse del "jefe de la oposición" figura inconstitucional pero propia del turnismo canovista que se perpetuó desde esa fecha. Cuando se implementó la guerra sucia contra ETA, la sumisión a los deseos del imperialismo yanqui, cuando se iniciaron políticas sociales y económicas abiertamente neoliberales, empezando por la reconversión industrial y acabando con las privatizaciones subsiguientes a la entrada en la UE (véase a este efecto el artículo Destruyendo El Patrimonio Comun, julio de 2010, en este mismo blog)...y por supuesto cuando se extendió la cultura del pelotazo, la corrupción masiva como forma de gobierno que todavía padecemos y de la que la corona, como demostrará la historia cuando acabe el régimen vigente y podamos estudiar y hablar con libertad, seguramente no está libre (piénsese que los mejores amigos del rey han sido condenados por corrupción y estafa: De La Rosa, Mario Conde, Prado y Colón de Carvajal...demasiadas amistades sospechosas como para pensar que la corona tiene las manos limpias).

En fin, y para no alargarme más: que el modo en que nos cuentan el 23-f es pura y simple mentira, que la realidad es mucho más sucia y oscura y que los pactos que condujeron a aquella chapuza son los que han conformado la triste realidad política y social que padecemos. Tan solo el pueblo unido, movilizado y reivindicando en la calle una verdadera democracia puede cambiar las cosas. Nos la robaron en 1981 pero todavía estamos a tiempo de recuperarla. 2011 podría ser una bonita fecha para deshacernos del turnismo corrupto y caduco, de la oligarquía que lo sustenta y que se aprovecha de él perjudicándonos a todos y para conquistar una III República verdaderamente democrática y social.

NOTA.- la fotografía es de Mataparda.

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LAS LIMITACIONES DEL SOCIALISMO ÁRABE.

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Si algo ha demostrado la última década y, especialmente, los últimos dos meses, son las limitaciones del socialismo árabe y su inadecuación como elemento de modernización social y política. Ya sé que esta frase animará y hará felices a muchos de esos parafascistas neoliberales que con tal de denigrar al socialismo y a las opciones de avance social, racionalismo político y justicia democrática saltan a la yugular de cualquier cosa que les huela a izquierdismo y que lleve en sus enunciados la palabra socialista llegando, en su infinita ignorancia y deprimente estulticia, a equiparar con deleite nacional-socialismo, social-democracia, marxismo y stalinismo...bien, ya sabemos que esos imbéciles existen, abundan y tienen la desfachatez, sobre todo últimamente puesto que se ven respaldados por poderes económicos y mediáticos tan ridículos y repugnantes como ellos, de hacer ruido y alardear de su congénita memez allí por donde pasan. Pero también sabemos que este blog es para todos los demás. Para la gente sensata y con ansias de justicia, progreso y verdadera democracia.

Ya, ahora que nos hemos librado de los fascistas neoliberales y sus ruidosos acólitos devotos de la cleptocracia memocrática del liberalismo ultracapitalista, recomencemos. 

Decíamos que si algo están demostrando los últimos acontecimientos en el norte de África, pero también la evolución de los regímenes árabes del Próximo Oriente, es que el llamado socialismo árabe no ha servido para modernizar dichos países del mismo modo que las opciones teocráticas arcaizantes han contribuido, por cierto con el apoyo de los imperialismos anglosajones que de ese modo retratan su verdadera naturaleza ideológica (teocrática y arcaizante), solo sirven y han servido para escenificar una falsa imagen del complejo mundo árabe e islámico bajo el yugo de un totalitarismo coránico aberrante propio de extremistas alucinados que no hubieran sido nada si los imperialismos dominantes no los hubiesen protegido en contra de opciones plurales y de progreso que hubieran reconducido el mundo islámico en direcciones más sensatas, productivas y avanzadas al modo turco. Pero, claro, el modelo turco excluía, al menos en principio, la ingerencia colonial y eso perjudicaba a los intereses imperialistas de Francia e Inglaterra primero y de los Estados Unidos después. Para estos, para las oligarquías financieras que manejaban y manejan sus negocios, resultaba más productivo respaldar el siempre impopular totalitarismo teocrático de sectas como los wahabitas o los salafistas que a cambio les permitiesen apropiarse de las materias primas y riquezas de sus territorios que favorecer el desarrollo de sociedades avanzadas y democráticas que, lógicamente, dificultarían en mayor grado el impune expolio al que han sido y son sometidas las naciones árabes y musulmanas. En ese sentido podemos afirmar con absoluta certeza que los mayores culpables de la expansión del integrismo islámico por el mundo son las potencias imperialistas anglosajonas que, sistemáticamente, apoyaron los regímenes corruptos y teocráticos frente a aquellos otras opciones más modernizadoras y, consecuentemente, menos permeables a la sumisión colonial.

 Sin embargo esas opciones, inspiradas en el socialismo árabe y más o menos relacionadas con el baasismo, que abarcaron desde Iraq y Siria hasta Egipto o la propia Libia, acabaron demostrando que, pese a un barniz externo de modernización, contribuyeron a mantener las antiguas estructuras sociales engendrando regímenes en absoluto democráticos y en cambio profundamente corruptos e inmobilistas. Conviene, en estos momentos de cambio, analizar la verdadera naturaleza ideológica y política del socialismo árabe y por qué fracasó en la modernización que de él se esperaba para, en todo caso, entender lo que sucede y, acaso, prever lo que pueda acaecer.

 Los padres reconocidos del socialismo árabe son Michel Aflaq y Salah Bital, dos sirios, cristiano greco-ortodoxo el uno, musulman sunní el otro, que a comienzos de los años treinta, se enfrentaron a la presencia colonial europea que venía a sustituir el imperialismo otomano en todo el Próximo Oriente, y empezaron a buscar caminos para conseguir la libertad del pueblo árabe, tantos siglos sojuzgado por los turcos y, después de la I Guerra Mundial, por los franceses e ingleses.

Precisamente esa es la principal fuente de limitaciones del socialismo árabe en cuanto fuerza modernizadora: que nunca buscó un cambio real en las estructuras sociales árabes siendo en eso profundamente conservador. Su único objetivo era deshacerse del yugo colonial. Así, cuando a partir de 1932 empezó a hablarse de nacionalizaciones y desde 1953 empezaron a aplicarse, los teóricos y políticos del socialismo árabe se referían a los intereses de las potencias coloniales pero en modo alguno a las fortunas de los nacionales. Cuando se hablaba de modernización se hablaba, al modo salafista, de adaptar los avances técnicos del siglo a estructuras sociales arcaicas y arcaizantes. En otras palabras: se hacían políticas para desplazar el dominio colonial en favor de las ya preexistentes oligarquías árabes. Luego la principal limitacíón del socialismo árabe en cuanto fuerza modernizadora fue, desde su mismo comienzo, el hecho cierto de que distaba mucho de ser verdadero socialismo. Se trataba tan solo de un asalto al poder de las oligarquías árabes deseosas de quedarse con los restos del extinto imperio otomano. El lenguaje que envolvía los actos era moderno, propio del siglo XX, pero la realidad era la misma de los últimos siglos: la depredación pura y dura de cualquier ámbito no controlado por el imperio de turno. Y los dirigentes árabes tuvieron en ese sentido la enorme suerte de que el imperio turco llevaba siglos agonizando antes de su desaparición y de que Francia e Inglaterra apenas dispusieron de dos décadas (1919-1939) para afianzarse en Oriente Próximo al tiempo que a su heredero directo a partir de 1945, los Estados Unidos, le surgió, especialmente a partir de 1948, un poderoso antagonista con el que poder aliarse: la Unión Soviética.

 En esa tesitura de imperios débiles y cambiantes, las oligarquías árabes pudieron hacerse con el poder político y acaparar el económico con criterios puramente clasistas y verticales más próximos a una organización fascista (autoritarismo conservador, predominio social oligárquico dentro de un marco clientelar, control férreo del estado sobre la sociedad) que a cualquier experimento socialista. No en vano durante la II Guerra Mundial el nacionalismo árabe, antes que identificarse con la Unión Soviética, miró con arrobo a las potencias del Eje.

El pensamiento de Michel Aflaq y de Salah Bital y de cuantos siguieron sus consignas fue ensencialmente el de las oligarquías árabes medioorientales deseosas de acaparar mayor riqueza y poder pero sin modernizar ni mucho menos modificar un ápice la estructura social que dominaban y aspiraban a seguir dominando. Fue así como el socialismo árabe, exactamente igual que las monarquías teocráticas, se esmeró en mantener las arcáicas estructuras tribales y feudales como "seña de identidad árabe" lo que en la práctica equivalía a una renuncia consciente a la modernización de la sociedad y de sus usos, porque, evidentemente, tampoco se transformó el derecho de familia dándose por buenos los usos legados por un pasado esencialmente islámico. Y eso ha sido así hasta nuestros días, de modo que podemos afirmar que el predominio del llamado socialismo árabe algunos de cuyos regímenes hemos visto caer en los últimos tiempos (iraq en 2003, Egipto, Tunez y muy posiblemente Libia en estos primeros meses de 2011) han sido sesenta años tirados a la basura en lo referente a la modernización de las sociedades árabes. Visto lo cual es muy probable que el modo en que dichas sociedades resuelvan las crisis actuales en las que se encuentran tiendan más al conservadurismo, a la sustitución de unas estructuras oligárquicas por otras, que a una verdadera evolución democrática. Y, dentro de esas luchas horizontales entre oligarcas conservadores siempre cabe la posibilidad de que el factor religioso empiece a jugar un papel relevante destinado a consolidar el poder de la facción dominante mediante el totalitarismo teocrático.

El socialismo árabe fue siempre formalmente panarabista y , de hecho, esa ideología se reflejó en los astracanescos intentos de conformar una República Árabe Unida eternamente arruinados por los intereses de las oligarquías locales y el personalismo de los caudillos que las dirigían. Ni los propios baasistas de Siria e Iraq lograron ponerse de acuerdo en los años sesenta apareciendo las dictaduras de Hafez El-Asad y Sadam Husein ni Naser pudo imponer el peso de Egipto para conseguir una unidad que muy a menudo ni siquiera era monolítica dentro de sus propios estados.

Así las cosas, el único rasgo medianamente modernizador del socialismo árabe fue su laicismo y aun este debe ser objeto de un examen crítico.

 No debemos olvidar a ese respecto el hecho de que uno de los padres de esta ideología, quizá el principal, Michel Aflaq era árabe y sirio pero de confesión cristiana bajo la autoridad del patriarca de Constantinopla. Desde esa posición difícilmente podía asumir la falsa ecucación, que por otra parte conforma la base de la ideología tecrática del radicalismo islámico, de que árabe es en todo caso igual a musulman. Ecuación, no lo olvidemos, que el imperialismo anglosajón (inglés primero, desde 1945 estadounidense) ha potenciado con su apoyo a monarquías confesionales y su oposición a los regímenes laicos conformados por el socialismo árabe.

Esa no aceptación religiosa de que el mundo árabe no es una equivalencia exacta del mundo islámico, que el cosmos social del Medio Oriente es plural y complejo, heredero directo de una larga historia donde le islam solo es un elemento más y mayoritario únicamente debido al control político de los estados que allí gobernaron, que abarca desde el islam sunní a las tribus que todavía adoran el fuego en Irán, pasando por el chiismo, por todos los grados y formas de cristianismo, incluyendo sectas más o menos mixtas y esotéricas como los drusos o los alahuitas (no confundirlos con la dinastía marroquí) fue una baza obligada por el mismo origen de Aflaq pero que permitió dibujar una sociedad y un ordenamiento político plural y enriquecedor que prometía superar los antiguos esquemas de predominio sunnita implantado por el imperio otomano y que el imperialismo inglés pretendió perpetuar con la creación de reinos hachemitas en todas las tierras sustraidas al poder turco después de la I guerra mundial y el reconocimiento de la dinastía saudita en Arabia. En Egipto mantuvieron la dinastía albanesa ya existente pero, en la práctica, siendo esta una evolución de la administracíón provincial otomana, mantuvo sus formas y sus moldes ideológicos contribuyendo al continuismo inglés.

El modelo plural y laico del socialismo árabe permitió esperanzadoras imágenes como las de chicas jóvenes acudiendo a la universidad en vaqueros y pintadas en Bagdad o Damasco allá por los años setenta y que hubiera cristianos o alahuitas en importantes puestos políticos pero no bastó para desarraigar el predominio religioso de las diversas sociedades. Incluso, hacia finales de los ochenta, se produjeron retrocesos importantes relacionados con el intento de afianzamiento de los regímenes frente a la presión del imperialismo yanqui, siempre partidario de las teocracias sunnitas (es Estados Unidos el principal responsable de la existencia de Al-Qaeda) como pudo verse claramente, sin ir más lejos, en el propio Iraq.

En otros países, por ejemplo Egipto, el régimen implementado por los socialistas árabes era laico y oficialmente enfrentado a los teócratas fundamentalistas (herramientas de desestabilización al servicio de la monarquía saudí y, a través de ella, de los Estados Unidos) pero jamás admitió el progreso político de quienes no fueran musulmanes sunnitas de tal modo que los cristianos coptos estuvieron en su mayor parte tan marginados de la vida política como lo hubieran estado bajo un régimen fundamentalista aunque, seguramente, menos perseguidos.

Sin embargo el laicismo es un error si lo que se pretende es el progreso de los pueblos. Un error, ojo, que está en la base de la ideología de las democracias occidentales razón por la cual se convierten en instrumentos inadecuados para el progreso social y cultural de la población. Frente al fanatismo religioso (y todo creyente es un fanático en el fondo) no cabe la tolerancia ni el colaboracionismo. La verdadera democracia ha de ser convencida y militantemente antirreligiosa porque, de lo contrario, siempre permite la supervivencia saludable de las estructuras sectarias que se incardinan de un modo u otro en el entramado social y político logrando imponer sus posicionamientos arcaizantes y acaban imponiéndose a la democracia y anulando el progreso (véase sin ir más lejos lo que sucede en los Estados Unidos). Las sectas religiosas son parasitarias del estado hasta que logran dominarlo e imponer su doctrina al conjunto de la sociedad. Frente a esa realidad el laicismo es solo un paréntesis insuficiente que tiende siempre al retroceso y la claudicación.

Desgraciadamente Michel Afleq y Salah Bital eran creyentes. No podía ser de otro modo. Habían nacido y crecido en un medio confesional y sus mentalidades, atrasadas, no pudieron dar el salto necesario para entender que la democracia debe ser necesaria y militantemente antirreligiosa. Es más: ni siquiera tenían un concepto claro de democracia como demostraba el hecho de que no consideraban ni de lejos una transformación de la sociedad tribal, jerárquica y patriarcal de la que procedían sino tan solo sublimarla con el predominio árabe libre del control turco o europeo. El socialismo árabe nunca fue socialismo, nunca fue democrático y, en la práctica, jamás fue sinceramente panarabista. Tan solo una herramienta de las oligarquías locales para consolidar su dominio social en un entorno geográfico preciso. Dentro de esa realidad el laicismo que preconizaba resultaba puramente accidental y no encerraba en la práctica ninguna intención modernizadora ni de cambio motivo por el cual su función de progreso y de modernización fue absolutamente nula en el fondo aunque aportase algunos indicios esperanzadores en la forma.

Resumiendo: las limitaciones del socialismo árabe provienen de que ni fue socialista, ni progresista, ni democrático. Se limitó a perpetuar los viejos esquemas sociales dentro de unos estados autoritarios donde el clientelismo propio de la sociedad tribal (esto es: feudal) árabe se desarrolló en torno a caudillos que contaban con el poder del aparato militar y estatal aspirando a crear dinastías que se perpetuaran en el mismo. Eso generaba unas oligarquías corruptas y multimillonarias sustentadas por un pueblo explotado, hambriento y excluido. La revolución era simple cuestión de tiempo. Toda tiranía llevada a su extremo genera una revolución, es una ley política e histórica.

Ahora bien ¿qué podemos esperar de esas revoluciones?...Ya hemos visto que los casi sesenta años de poder del socialismo árabe han sido décadas perdidas en lo tocante a cambios sociales y mentales. Las sociedades que se desarrollaron bajo los estados baasistas o similares se limitaron a perpetuar los ancestrales esquemas jerárquicos del poder oligárquico de base feudal sin molestarse en desterrar la influencia religiosa de la sociedad. De modo que el legado que nos dejarán tras las revoluciones que los están derribando muy probablemente sea total y absolutamente regresivo.

Y conste: me encantaría equivocarme. Pero eso dependerá, entre otras cosas, de que los nuevos poderes hagan caer la censura en la red y los medios de comunicación y los jóvenes árabes puedan acceder a la información global sin filtros. También de que los emigrados en Europa hayan asimilado la mentalidad de este continente y no sigan considerando su pensamiento arcaizante como seña de superioridad e identidad y al volver a sus paises contribuyan a modernizar sus mentalidades. Veremos.

NOTA.- la fotografía es de gnuckx.  

 

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