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HISTORIA SECRETA DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA- I

INTRODUCCIÓN.

El de 1978 es un régimen prefabricado y teledirigido incluso antes de su origen desde instancias en absoluto democráticas y bajo criterios puramente imperialistas dentro de la colonia estadounidense en que se había convertido, y sigue siendo, la Europa occidental tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Los verdaderos mimbres que construyeron nuestra "democracia" ,pese a ser hechos históricamente conocidos, se ocultan cuidadosamente al común de la ciudadanía a la que se explica una versión edulcorada, interesada y básicamente falsa de la historia española de los últimos cincuenta años. Deben hacerlo así para conseguir el acatamiento popular y no enfrentarse a demandas de verdadera democracia y a una subversión institucional que acabaría con el lucrativo chiringuito que los oligarcas patrios y sus amos externos tienen montado. Pero precisamente ahora, en estos momentos de zozobra en los que la avaricia capitalista se acerca al paroxismo y en que con nuevas mentiras y amparándose en la supuesta (y falaz) legitimidad del régimen partitocrático pretenden acabar de sojuzgarnos arrebatándonos nuestros más elementales derechos sociales y políticos y convertir en negocio la privatización de los servicios sociales, es momento de intentar acercar a la mayoría social la verdadera (y deliberadamente ocultada hasta hacerla secreta) historia de España y su partitocracia en los últimos cincuenta años.

Historia que, no podía ser de otro modo, España jamás fue un compartimento estanco por mucho que nos hayan querido convencer de su singularidad y aislamiento, corrió estrechamente ligada a los acontecimientos de la Europa occidental y al afianzamiento en ella de los intereses coloniales de los Estados Unidos, nueva y única potencia dominante desde 1945.

Desde su posición hegemónica los Estados Unidos procedieron a convertir a sus nuevas colonias europeas en un entramado político, económico, financiero e ideológico acorde con sus intereses de metrópoli sobrevenida y portadora de una muy específica ideología: ultraconservadora en lo moral y liberal capitalista en lo político. A partir de 1945 el imperio yanqui se aseguró de conformar en la Europa que dominaba regímenes sojuzgados por su poder y férreamente adscritos al totalitarismo ideológico que Washington (y Wall Street) representaban y representan. En ese sentido los estados "liberados" por las armas americanas y "reflotados" por el Plan Marshall nunca fueron paises verdaderamente libres sino simples protectorados y tales fueron las políticas que hasta el día de hoy han venido desarrollando (las de simples protectorados de los yanquis donde una élite social y financiera se beneficia del colaboracionismo con el imperio a costa de los intereses y el progreso de la mayor parte de la población, premeditadamente sometida, expoliada y explotada por la situación colonial). Y así nos va.

El caso español resultó algo más complejo debido a la dictadura de Franco pero no quedó en absoluto fuera de los planes imperialistas ni del esquema general de protectorados yanquis en la Europa Occidental. La verdadera (y ocultada) historia de nuestra "democracia", del régimen de 1978 que padecemos, y por ende de todos nuestros problemas actuales es precisamente esa: la de la domesticación y normalización (en cuanto  reducción a la norma impuesta) de las diferentes fuerzas políticas españolas (de derecha y de izquierda) y su sometimiento a los dictados del imperio.

Analicemos, pues, los pasos dados y el modo en que nos han conducido hasta la actual crisis y la consecuente evidenciación de la absoluta falta de legitimidad del régimen.

 I.- LA DERECHA HASTA 1982.

El auge del fascismo en la Europa de la primera mitad del siglo XX supuso, entre otras cosas, la imposición del modelo social y económico diseñado por el integrismo católico a finales del XIX. La tan cacareada doctrina social de la iglesia que tiene su origen en la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII en 1891 condujo directamente al corporativismo verticalista y tendente a la autarquía impuesto por el Duce en 1922 y copiado, entre otros, por el también católico Hitler para Alemania en 1933.

En España, donde la oligarquía dominante era, y sigue siendo, un bastión del más alucinado e irredentista integrismo de la secta católica, la respuesta a las justas demandas sociales del proletariado no podía ser otra que la diseñada por el Vaticano. Una vez periclitado el régimen canovista en 1931 la reestructuración de la derecha española solo podía hacerse copiando el modelo fascista italiano (no fue casualidad que Alfonso XIII se exiliase precisamente en Roma) en todo lo que tenía de autoritaria imposición de los intereses políticos y económicos de la oligarquía, del poder omnímodo del clericalismo y, consecuentemente, del modelo económico y social corporativo-verticalista tendente a la utópica autarquía. No supuso, por lo tanto, ninguna sorpresa que el régimen franquista surgido del alzamiento de 1936 y del genocidio nacional-católico contra el pueblo español subsiguiente (que se prolongó de manera diversa hasta 1975), reflejara fielmente el ideario social y político del Vaticano. Máxime cuando en aquel momento, 1939, este conformaba la realidad de las más altivas y pujantes potencias europeas del momento: la Italia fascista y la Alemania nazi exportándose de inmediato a la derrotada Francia de Vichy en 1940 y a otros países satélites de los agresivos imperialismos del Eje.

El problema sobrevino cuando Alemania y sus aliados fueron completamente derrotados en 1945. Entonces la nueva potencia hegemónica, los Estados Unidos, impuso su propio sistema ideológico de dominio y explotación de base calvinista, el liberal capitalismo que ahora padecemos y que resulta igual de inmoral, nocivo para el pueblo y empobrecedor que el corporativismo fascista.

A partir de ese instante la España franquista, que había apostado por el modelo vaticano en 1939 y que no había sido derrotada en 1945, se convirtió en un régimen atávico y pintoresco dentro del concierto colonial estadounidense, tolerado solo en cuanto bastión anticomunista en un contexto ferozmente polarizado en el ámbito internacional. Sin embargo era preciso "normalizar" la organización económica (no tanto la política) de la España franquista y adaptar su ideología a la impuesta por los Estados Unidos. Ello no fue posible en tanto el Vaticano mantuvo sus posiciones ideológicas anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

No obstante los Estados Unidos no estaban dispuestos a tolerar disidencias ideológicas dentro de sus colonias europeas y acabaron forzando al Vaticano a plegarse a su esquema político e ideológico de corte calvinista mediante el aggiornamiento del concilio Vaticano II. Ya para entonces importantes grupos católicos en Francia, Alemania, Bélgica y la propia Italia, estaban moviéndose en ese sentido, generando una nueva realidad política que permitiría el movimiento de grandes capitales en Europa y el afianzamiento de las diversas oligarquías locales bajo el protectorado estadounidense. Con el tiempo los movimientos de aquellos católicos que ahora renegaban del corporativismo nacionalista y dibujaban una retórica paneuropea darían origen a la Unión Europea de la que, inmediatamente antes del inicio del Vaticano II en 1959, se dieron los primeros pasos con la Comunidad del Carbón y del Acero en 1957 y el Tratado de Roma en 1958. Era todo uno y el mismo movimiento de adaptación a los intereses coloniales de los Estados Unidos.

Así las cosas no es de extrañar que fueran precisamente "tecnócratas" del Opus Dei los que finiquitasen el régimen autárquico español y que lo hicieran precisamente a partir de 1959. Era un episodio más en el cambio de posición de la iglesia católica y su puesta al servicio de los intereses coloniales estadounidenses en la Europa occidental.

El Plan de Estabilización español de 1959 supuso no solo el abandono del modelo corporativista nacional católico sino la entrada por la puerta grande en el redil liberal capitalista de raigambre calvinista que pretendían imponer los estadounidenses. Supuso el supeditarse de España a los acuerdos de Bretton Woods y al sistema de dominio ideológico y financiero surgido de los mismos.

España, además de aceptar las bases americanas dentro de territorio español, y después de haber sido ignorada por el Plan Marshall, se supeditó a la usura del imperialismo yanqui aceptando dinero y directrices del FMI y la entrada de capitales extranjeros que si acaso aportaron liquidez al mercado interno acabaron vampirizándolo y sometiéndolo a las grandes corporaciones extranjeras.

Las medidas decretadas por el FMI fueron las habituales, las constantes recetas dogmáticas de este organismo, pura ortodoxia neoliberal de capitalismo salvaje para beneficiar a unas exiguas minorías perjudicando a la inmensa mayoría del pueblo. Se redujo el gasto público con la excusa de controlar el déficit, se elevaron los tipos de interés, se congelaron los salarios y, como consecuencia de lo anterior se disparó el paro.

La asunción de las normas impuestas por el FMI, como siempre sucede, generó un devastador panorama social de dramática pérdida de poder adquisitivo entre las clases bajas y medias y unas abultadísimas tasas de paro a la par que un absoluto deterioro del tejido económico relacionado con la pequeña y la mediana empresa y con los autónomos que se tradujó en un incremento acelerado de la emigración y, con ella, de la despoblación del interior peninsular y el agudizamiento de los desequilibrios interiores de todo tipo. En contrapartida, se potenció el turismo lo que permitió a los oligarcas previamente ricos multiplicar sus fortunas centrando la inversión en la hostelería y la construcción...como vemos un escenario más que conocido, nunca hay nada nuevo bajo el sol cuando lo gestiona el dogmatismo liberal capitalista, y siempre salimos perjudicados los mismos.

La intención del imperialismo yanqui era someter lo más rápida y brutalmente posible a España a los azares del capitalismo salvaje controlado por ellos pero no pudieron hacerlo durante el franquismo. El régimen de 1939 había llegado de la mano de las oligarquías hispanas, de las cuarenta o cincuenta familias que desde mediados del siglo XIX cortan el bacalao entre los Pirineos y Portugal, y tenía como única finalidad mantener sus privilegios entre los que se contaban los de la iglesia. De modo que el mismo equipo de "tecnócratas" opusdeistas comandados por el almirante Carrero Blanco que lanzó el Plan de Estabilización, que debería ser denominado más propiamente de liberalización, de imposición del dogmatismo neoliberal, dedicó toda la década de los sesenta y parte de la de los setenta a contrapesar las obligadas medidas a favor del "libre mercado" anglosajón en España y a su penetración rapaz en nuestro tejido económico impuestas por el cambio de rumbo de 1959 con medidas proteccionistas destinadas a salvaguardar los intereses de la oligarquía lo que, de facto, impidió que España, durante esos años, se convirtiera en una colonia absoluta de los Estados Unidos.

De hecho es reseñable y significativa una serie de hechos aislados que, entendidos como causas y efectos ilustran perfectamente esa lucha interna dentro del régimen entre el corporativismo afín al integrismo católico y el proteccionismo de los intereses de las élites que financiaron y secundaron el alzamiento del 18 de julio y la derecha "renovadora" que pretendía seguir el cambio de rumbo pilotado por el Vaticano y someter el país a la estructura imperialista yanqui. Muy poco después de la puesta en marcha del Plan de Estabilización sus impulsores pretendieron ya introducir a España en la recién creada Comunidad Europea. Y esta, a la postre una hechura del dominio colonial estadounidense tanto como una construcción política de la internacional demócrata cristiana, de la mafia clerical y clasista que comulgaba con las directrices de la Roma papal (y no es casualidad que el tratado fundacional se firmase precisamente en la ciudad eterna) estaba dispuesta a transigir con esa integración. Claro está que para ello se precisaba una transformación estética del régimen español. Resultaba preciso terminar con la dictadura explícita y sustituirla por otra implícita, la ordinaria dictadura parlamentaria de las partitocracias occidentales. Así fue como se llegó al famoso Contubernio de Munich en 1962, apenas tres años después de la puesta en marcha del Plan de Estabilización.

En Munich se reunieron, por primera vez, las fuerzas que podían articular un nuevo régimen partitocrático al modo de Italia, Francia o la propia Alemania. Incluso el PSOE se prestó a participar en unas conversaciones que solo excluyeron, y muy significativamente, a comunistas y anarquistas. Junto a los socialdemócratas más dispuestos al colaboracionismo se reunieron allí liberales y democratacristianos tratando de hacer un quiebro que sacase del campo de juego al corporativista Franco poniendo en su lugar al pretendiente monárquico Juan de Borbón que, después de haber apoyado el alzamiento franquista en 1936 y de que el Tercer Reich perdiera la guerra en 1945, se había pasado de bando poniéndose al servicio de los intereses imperialistas estadounidenses mediante el Manifiesto de Lausana publicado en la primavera de ese mismo 1945.

Todos estos acontecimientos (Plan de Estabilización, intento de entrada en las Comunidades Europeas y reunión en Munich de las fuerzas partitocráticas) conformaron parte de la misma estrategia de "normalización" hispana bajo las nuevas normas del control yanqui y se desarrollaron en una estrecha horquilla temporal, entre 1959 y 1962.

Naturalmente Franco no estaba dispuesto a dejarse segar la hierba bajo los pies y los oligarcas que le apoyaban, especialmente los enriquecidos tras la guerra, que se encontraban todavía consolidando su posición, cerraron filas en torno a su figura. Muchos de los participantes derechistas de la reunión de Munich fueron represaliados a su regreso a España y la operación quedó abortada y, con ella, las posibilidades de acceso de España a la Comunidad Europea. Sería necesario el asesinato de Carrero Blanco en 1973 y la muerte del dictador en 1975 para que la derecha española reiniciase de nuevo su andadura hacia el redil gringo en la Europa occidental.

Durante quince años el régimen de Franco se resistió a rendirse por completo a los intereses del imperialismo anglosajón y ello tuvo un efecto muy acentuado en la personalidad de la derecha española.

Al contrario que las derechas europeas, la española del periodo 1959-1973 distó mucho de allanarse por completo a los deseos de Washington y mantuvo una personalidad propia, un camino de semi-independencia que, a pesar de tener como finalidad beneficiar únicamente a las élites del país en perjuicio de las clases medias y populares, aporta al régimen, y especialmente al almirante Carrero Blanco, una grandeza, un patriotismo (sesgado, pero patriotismo al fin) y una dignidad que, como veremos, se perdió por completo con la "modernización" de dicha facción política con la refundación del Partido Popular en 1987.

Por supuesto el imperialismo yanqui no podía tolerar la excepción española, no al menos después de la dictadura del general Franco. España debía someterse por completo a los dictados de Washington y ello requería el establecimiento de un régimen partitocrático parlamentario similar a los que en el resto de la Europa Occidental servían de coartada al dominio americano. Fue así como la derecha española comenzó a ser coaccionada y manipulada para que abandonase la lealtad a Franco y al nacional-catolicismo y empezase a caminar hacia el yugo yanqui.

El principal impedimento en esa deriva era, sin ningún lugar a dudas, el Almirante Carrero Blanco, devoto franquista, heredero cantado, férreo nacional-católico y prominente patriota que luchaba por mantener la independencia nacional frente al imperio. Carrero tenía, además, el empeño de dotar a España de la bomba atómica para incrementar su peso en el mundo y tomó decisiones como prohibir el uso de las bases americanas en España para ayudar a Israel durante la guerra de Yom Kipur.

La ecuación se resolvió del modo que ya conocemos: el 20 de diciembre de 1973 el almirante Carrero Blanco fue asesinado, oficialmente por ETA, aunque siguen existiendo muy fundadas sospechas de la implicación de la CIA en el atentado, y el 12 de febrero de 1974, su sucesor como presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, pronunciaba un discurso en las cortes que presagiaba ya el aperturismo político, la mutación de la derecha española hacia la ortodoxia de Washington.

Más tarde Arias Navarro enfriaría su aperturismo y con Juan Carlos I ya en el poder, se vio defenestrado y sustituido por el mucho más dúctil Adolfo Suarez.

Entre mediados de 1974 y julio de 1976 el régimen de 1939 trató de aferrarse a su excepcionalidad sin éxito. Por el camino, además de la muerte de Franco, se produjo la pérdida del Sáhara que, entre otras cosas, suponía un castigo por parte de los Estados Unidos (que utilizaron su presencia en España para informar a Marruecos de los movimientos del ejército español durante la Marcha Verde) y a la par el cese de cualquier veleidad española en el desarrollo de una bomba nuclear. Perdido el único lugar posible de pruebas, se abortaba el proyecto que languidecía desde el asesinato de Carrero Blanco y al que Suarez daría definitivo carpetazo allá por 1977.

La llegada de Juan Carlos I a la jefatura del estado vino a consagrar el cambio de rumbo de la derecha española. Ya vimos como su padre se había plegado al esquema de dominio estadounidense antes incluso de que acabara la Segunda Guerra Mundial, él se limitó a retomar esa estrategia política apartando de los puestos de poder a los más acérrimos defensores de la excepcionalidad hispana y colocando en ellos a los partidarios de la "normalización", los fautores de la reunión de Munich. A la postre la tan cacareada Transición tan solo fue la consecuencia lógica de las maniobras de 1959-1962, motivadas por la sumisión del Vaticano y la derecha europea al esquema político impuesto desde Washington y que el fanatismo de unos y los intereses proteccionistas de otros habían pospuesto hasta 1976. Con todo la maniobra no pudo hacerse sin evidenciar la profunda fractura en el seno de la derecha, escenificada en la capitalización de su espacio por dos partidos (UCD y AP) que expresaban esas dos sensibilidades originarias y que no superarían la escisión hasta bien entrada la década de los noventa.

Nos han vendido la Transición como un prodigioso proceso democratizador en el que la soberanía, después de cuarenta años de dictadura, volvía al pueblo. Es mentira. La Transición no supuso otra cosa que la adaptación estética de la dictadura hispana al telón de fondo de las partitocracias de los países satélites de los Estados Unidos en la Europa occidental y la total sumisión de la economía española a los intereses, maniobras y circuitos tanto de los Estados Unidos como de las oligarquías europeas centrales. Circunstancias ambas que, sobre acentuar nuestra colonización, nos ha conducido al callejón sin salida que desde 2008 llamamos crisis.

Y además esa adapatación se hizo de un modo absolutamente controlado y con unos límites absolutamente nítidos que no pretendían llegar, ni llegaron nunca, a una verdadera democratización del país sino a una usurpación encubierta de su soberanía por instancias ocultas (más bien ocultadas) que se movían y siguen moviéndose con la coartada de la partitocracia parlamentaria que sirve para legitimar unos manejos que lindan simple y llanamente con la alta traición y la estafa generalizada al pueblo.

Durante los años de Suarez al frente del gobierno (1976-1982) los cambios cosméticos corrieron parejos con una estudiadísima estrategia de la tensión que había dado excelentes resultados en Italia para yugular cualquier posible avance de la izquierda y de la democracia verdadera. No es casualidad que aquellos años sean precisamente los de más actividad terrorista (de ETA, del GRAPO, de otros grupos diversos...) y que el golpismo militar se cerniese sobre el país como una sombra amenazante. De ese modo, con el miedo de la población al caos o una nueva dictadura, se pudieron limitar los cambios y dejarlo todo prácticamente como estaba, consiguiendo que en lugar de un profundo cambio democrático (la "ruptura") se efectuara un simple cambio cosmético ("la transición"). Fue, a la postre, un bonito truco político teledirigido desde fuera y que en modo alguno supuso un cambio real. Los actores de aquel teatrillo jugaron desde el principio con cartas marcadas y no precisamente defendiendo los intereses del pueblo, sino obedeciendo a los requerimientos del imperialismo dominante y, en todo caso, en aras de su propio beneficio personal.

En aquellos años se manipuló la realidad para prefabricar un "estado democrático" que no fuera más allá de los límites establecidos por la ortodoxia liberal capitalista del gran capital dominante. Los partidos de "izquierda", lo veremos en el siguiente capítulo, fueron edulcorados hasta el liberalismo, los antiguos sindicatos de clase asumieron el papel de los verticales posponiendo su obligación transformadora para convertirse en meros gestores de demandas profesionales sin verdadera voluntad de cambio político, las asociaciones (como la CNT) que no se prestaron al enjuague fueron simplemente ignoradas y perseguidas de diversos modos, la iglesia católica siguió manteniendo su poder al igual que la oligarquía que había provocado el golpe de 1936 y mantenido el régimen franquista (con lo cual cualquier cambio real era pura fantasía), se pervirtió el concepto de centro político desplazándolo hacia la derecha como es norma en todas las partitocracias liberal capitalistas en que este centro no se encuentra en la equidistancia política entre la derecha y la izquierda sino en la parlamentaria entre la derecha moderada y la extrema derecha...

Y todo ello se realizo en el marco de la transformación de la derecha española desde el proteccionismo autárquico a la integración en los circuitos económicos del imperio dominante. Cambio que, sin embargo, no condujo a la integración de las diversas facciones territoriales de la oligarquía española, circunstancia que sigue fraccionando su representatividad parlamentaria (aunque todas las facciones hayan acabado transitando los mismos caminos y en el mismo saco) y dando pábulo a expresiones partitocráticas territoriales (CiU, PNV...) no menos nefastas, ultraderechistas y culpables que su homólogo centralista, el PP.

Para terminar este primer capítulo es preciso manifestar que dicho proceso no hubiera sido posible sin la connivencia de los partidos de "izquierda" por ese motivo en el segundo nos ocuparemos de estudiar el modo en que estos partidos, especialmente el PSOE y el PCE, fueron reducidos a los esquemas del imperialismo yanqui en la Europa occidental posibilitando su necesaria participación en el engañabobos que conocemos como Transición Española.

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HISTORIA SECRETA DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA- II

 

II.- LA IZQUIERDA HASTA 1982.

 

El esquema de la dominación imperialista en la Europa occidental desde 1945 tenía como finalidad última imponer el totalitarismo de la ortodoxia liberal capitalista sobre el continente impidiendo cualquier forma de disidencia política y, sobre todo, el desarrollo de verdaderas alternativas políticas y sociales que pudieran suponer un obstáculo al dominio imperialista de la oligarquía estadounidense y de sus aliadas, las oligarquías locales, subordinadas a sus intereses políticos e integradas en los circuitos económicos de la nueva potencia colonial. Tal premisa adoptó rápidamente un tinte anticomunista muy fácilmente asimilable por las élites europeas tradicionalmente opuestas a las justas demandas sociales del proletariado y dedicadas a la represión violenta de cualquier intento de avance social en el continente. En ese sentido el auge de los fascismos no había sido otra cosa que el medio de las oligarquías europeas para poder perseguir, reprimir y desarticular a las asociaciones obreras tras el éxito de la revolución soviética en 1917.

La verdadera naturaleza política de las oligarquías capitalistas a ambos lados del Atlántico era, y sigue siendo, el mantenimiento de la injusticia, de la explotación, de la expoliación de los pueblos, permitir que las élites que se hicieron con el poder a raíz de la Revolución Francesa siguieran manteniendo sus prerrogativas, que pudieran seguir acumulando riquezas a fuerza de sojuzgar a la mayor parte de sus poblaciones y, de paso, mantener el poder de las sectas semitas que constituyen la base ideológica de ese indebido dominio. Por lo tanto el entendimiento fue sencillo. El fascismo y el nazismo habían sido instrumentos eficaces para el exterminio de las organizaciones obreras desde los años veinte a los cuarenta. Una vez derrotadas, el dominio imperial estadounidense venía a cumplir idéntico papel. A fin de cuentas se trataba de seguir manteniendo la represión y la explotación del pueblo en beneficio de las oligarquías de siempre. Para eso el color del uniforme que apalea a los manifestantes o la retórica de la palabrería que los estafa es lo de menos. Hoy puede ser Hitler, mañana la partitocracia parlamentaria. Cualquier cosa sirve para mantener a los poderosos en el poder y a los sometidos esclavizados.

Cierto es que el temor a la poderosa Unión Soviética hizo que durante décadas la ortodoxia de la Escuela de Chicago se viera atenuada en la Europa occidental por un cierto keynesianismo que garantizó más o menos el nivel de vida de las poblaciones no oligárquicas hasta la caída del coloso moscovita, pero tal circunstancia se debía al cálculo y no al convencimiento. Se trataba de evitar en lo posible la conflictividad social para no tener que enfrentarse a las demandas obreras que contarían, en este caso, con el respaldo de un aliado temible. La idea era robar menos y repartir algo para poder seguir robando.

De todos modos el esquema ideal de las partitocracias parlamentarias liberal capitalistas instauradas por el imperialismo estadounidense en la Europa occidental excluía por completo la existencia de partidos verdaderamente transformadores. Se pretendía instaurar el clásico y excluyente juego bipartidista entre liberales y conservadores tras el cual el núcleo de poder de los oligarcas se mantiene inalterable. Este esquema fue imposible de aplicar en sus cotas máximas debido a la existencia de fuertes organizaciones (y muy acreditadas en la lucha contra el nazismo) obreras en algunos de los países "liberados" tales como Italia o la propia Francia. La solución para este problema fue doble: por un lado el diseño de tramas golpistas ocultas (véase a este respecto en estas mismas páginas el artículo Historia Criminal del Imperialismo Yanqui) y por otro la infiltración en partidos y sindicatos para reconducirlos hacia el acatamiento del sistema vigente llevándolos del socialismo a la socialdemocracia y de esta al simple y llano liberalismo de tal modo que el juego parlamentario lejos de expresar la soberanía popular la imitase al gusto de la élite dominante.

Tal es la verdadera naturaleza de los ilegítimos y en absoluto democráticos regímenes existentes en Europa occidental.

En cuanto se decidió que la excepcionalidad española debía ser reducida a la normalidad dogmática e ideológica impuesta por el imperialismo yanqui, este comenzó a actuar para transformar a su conveniencia el régimen franquista y todo el bloque derechista. Lo hemos visto en el capítulo anterior. Pero tampoco la izquierda escapó a las manipulaciones imperialistas, como vamos a ver en este.

En principio el PCE quedó del todo excluido de los planes de "normalización" española. También la CNT que, sin respaldo de ninguna potencia y perseguida furiosamente tanto por España como por Francia (incluso antes de 1940) y por supuesto la Alemania nazi, quedó tan debilitada que pudo ser facilmente borrada no solo del escenario político sino incluso de la historia hasta el punto de que el nuevo régimen de 1978 se permitió la deshonestidad de devolver su patrimonio a la colaboracionista UGT escamoteándoselo en cambio a la CNT para favorecer con él a las también colaboracionista CCOO.

De modo que el primer y principal objeto de la manipulación del imperialismo yanqui fue el PSOE, partido que, por lo demás, ya había colaborado con la dictadura de Primo de Rivera en los años veinte, con la izquierda burguesa durante la II República y que en 1962 aceptó participar en la reunión de Munich llegando a coquetear con la posibilidad de acatar un régimen monárquico bipartidista y corrupto como había sido el borbónico de 1876 y acabó siendo el también borbónico de 1978.

En ese tiempo el PSOE estaba dirigido por Rodolfo Llopis que, siguiendo la deriva de los acontecimientos, evolucionaría desde el colaboracionismo de 1962 a convertirse en un obstáculo para los manejos secretos del imperialismo yanqui a comienzos de los setenta, circunstancia que, como veremos, acabaría con su prolongada carrera política apartándolo de todo protagonismo en la transición.

Vimos en el capítulo anterior como el giro del Vaticano poniéndose al servicio de los intereses imperialistas yanquis en Europa occidental había generado una rápida evolución de los acontecimientos en el régimen franquista con la llegada al gobierno de los tecnócratas del Opus, la puesta en marcha del Plan de Estabilización de 1959 y la solicitud de entrada en la Comunidad Europea y como todo ello significaba un desplazamiento de lealtades desde la figura de Franco a la del pretendiente Juan de Borbón en el marco de un intento de "normalización" del sistema político español, de reducción a la ortodoxia y la estética del dominio americano. Y vimos también cómo el propio Franco, apoyándose en sectores proteccionistas de la oligarquía, cortó de raíz esa maniobra frenando en seco un proceso de "modernización" que no se retomaría hasta 1976.

Pues bien, la izquierda no permanecería ajena a estos acontecimientos, especialmente el PSOE. Hemos constatado ya su participación en el llamado Contubernio de Munich y su casi aceptación del régimen monárquico constitucional que proponía el pretendiente Juan de Borbón con el respaldo de la CIA. Ya entonces se pretendía desarrollar una transición amañada como la que pilotó Suárez.

Paralelamente a la reunión de Munich, también en 1962, tuvieron lugar las elecciones de representantes en los sindicatos verticales franquistas. Tanto la UGT como la CNT las consideraban, lógicamente, una simple mascarada, pura propaganda del régimen para justificar su existencia y su supuesta vertiente social frente a las clases bajas de la sociedad española a las que de todos modos había empujado a la miseria y la emigración con la aplicación de las medidas apuntadas por el FMI con el Plan de Estabilización de 1959. No obstante los planes del imperialismo yanqui apuntaban en otra dirección, seguían empeñados en una evolución del régimen hacia la típica partitocracia parlamentaria conservadora y solo aparentemente democrática que habían impuesto en la Europa occidental y que todavía padecemos. Para ello tanto el reconocimiento de la legitimidad de aquellas elecciones sindicales com el hecho de aprovecharlas para infiltrar "transicionistas" en el aparato sindical era de la máxima importancia y ahí fue donde entraron en escena el sindicato alemán IG-Metall y la Fundación Frederich Ebert, adscrita al SPD.

El poder de los Estados Unidos en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial era absoluto y lo empleó, en connivencia con Francia e Inglaterra, para diseñar un estado aparentemente democrático pero bien controlado por la oligarquía económica del país y por la potencia colonial. Se desarrolló así el clásico sistema parlamentario básicamente bipartidista monopolizado prácticamente por demócrata-cristianos y social-demócratas, con alguna influencia de los liberales (sistema todavía vigente con la inclusión de los verdes que pueden ser considerados una escisión social-demócrata) y un mundo sindical por completo ajeno a la lucha de clases. Los sindicatos creados en la Alemania occidental posterior a 1945 copiaron de facto la orientación de los americanos ejerciendo de negociadores de mejoras puntuales de las condiciones profesionales pero acatando el régimen capitalista y sus reglas de juego neoliberales. Tal era la fisonomía sindical que el dominio estadounidense pretendía para su área de control y exactamente esa fue la que tuvieron (y tienen) los sindicatos en ella.

 En este contexto de reorganización alemana al gusto americano se fundó el IG-Metall, el sindicato del sector industrial que, como no podía ser de otro modo, acabó convirtiéndose en uno de los más poderosos de la RFA.

Paralelamente, con la finalidad de controlar el movimiento sindical y de dirigir una guerra oculta contra el comunismo dentro de aquellos países donde el imperialismo yanqui asentaba subrepticiamente el pie, la CIA creó una fundación, la Frederich Ebert, aparentemente financiada por dinero público y privado alemán y dirigida por el SPD y los sindicatos alemanes, con especial influencia del IG-Metall que, en realidad, era un instrumento de la CIA para reconducir la ideología de los partidos y sindicatos hacia una aceptación del estado de cosas absolutamente alejada tanto de la revolución como del simple reformismo.

Evidentemente para la CIA la tradición sindical tanto de la UGT como de la CNT resultaba absolutamente inaceptable, completamente imposible de digerir en sus planes de estabilidad y sometimiento de la Europa occidental, había que amortizarla y trasmutarla en el conformismo capitalista del resto de los sindicatos europeos. Además, el empeño de ambas directivas en no reconocer legitimidad a las elecciones del sindicalismo vertical franquista de 1962 frustraba los planes americanos no solo de provocar la controlada transición que pretendían sino, incluso, de impedir que los comunistas de la Oposición Sindical Obrera ocupasen un gran número de puestos en el esquema del verticalismo en el que buscaban infiltrarse.

 De modo que el IG-Metall y el Fundación Ebert tomaron cartas en el asunto y se lanzaron a desarrollar la política encubierta de la CIA. ¿Que las cúpulas de UGT y CNT no querían participar en las elecciones sindicales de 1962?...muy bien, no había problema: se las puenteaba. ¿Cómo?...del modo más sencillo y viejo del mundo: reconociendo y subvencionando a los disidentes de la línea oficial. Así fue como, de pronto, dirigentes disidentes de la UGT y la CNT se separaron de las directrices de sus respectivas directivas y empezaron a propugnar la participación en las elecciones de 1962 y, por si fuera poco, a hacerlo de la mano de sindicalistas católicos. Nada extraño si tenemos en cuenta que los cursos que ofrecía la Fundación Ebert para dirigentes sindicales y políticos aunaban en sus aulas tanto a "socialistas" partidarios del capitalismo como a activistas cristianos para generar unos cuadros colaboracionistas que apartasen cualquier veleidad revolucionaria de las organizaciones sindicales y políticas del proletariado. Así surgió la Alianza Sindical Obrera destinada por la CIA, sobre todo, a evitar el éxito de la infiltración comunista en los sindicatos verticales franquistas en previsión de una supuesta transición.

La ASO (Alianza Sindical Obrera) compuesta por ugetistas y cenetistas disidentes y por sindicalistas católicos duró muy poco. En las siguientes elecciones sindicales de 1966 apenas jugó ningún papel. Pata entonces las miras de la CIA estaban ya en la domesticación de CCOO y el apoyo a USO.

IG-Metall y la Fundación Ebert, por su parte, siempre siguiendo las directrices de la CIA, habían comenzado un nuevo acercamiento al PSOE de Llopis no sin antes haber debilitado su posición reconociendo a otros representantes del socialismo en España y comenzando a financiarlos. No obstante las siglas del PSOE eran de gran peso en la historia española y convenía captarlas para el proceso de transición y domesticación, había que transigir con Llopis que, tras el episodio de la ASO, no confiaba ya en la Fundación Ebert ni en el IG-Metall aunque era consciente de no poder enfrentarse a ellos.

De modo que en 1967 hubo una nueva reunión entre Llopis, dirigentes de la UGT y de IG-Metall y la Fundación Ebert. Por entonces Llopis, aunque desconfiaba de sus interlocutores alemanes, todavía estaba en la senda del pacto como demostró, entre otras cosas, que el XXIII congreso del PSOE celebrado en Toulouse aquel mismo año cediera a la interpretación social-cristiana y antirrevolucionaria que difundía el sindicalismo alemán (y tras él la CIA) aceptando la compatibilidad entre el cristianismo y el socialismo, apertura que tanto daño hizo al proyecto socialista español permitiendo la incorporación al PSOE durante la transición de gran número de elementos social-liberales y social-cristianos que lo convirtieron en un partido de centro-derecha y, por lo tanto, absolutamente incompetente para la transformación social y política que necesitamos.

No obstante, el momento de entendimiento entre Llopis y los representantes de IG-Metall y la Fundación Ebert pasó enseguida. El veterano dirigente socialista optó por la independencia del partido y se convirtió en un obstáculo para los planes que orquestaba la CIA entre las bambalinas de la socialdemocracia teutona. Las consecuencias no se hicieron esperar.

La Fundación Ebert retiró su apoyo a Llopis y a la estructura histórica del PSOE con sede en Toulouse y volvió a reconocer la legitimidad de disidentes escindidos, como su nuevo mirlo blanco, Tierno Galván, que era tan socialista que jamás hubo de exiliarse (aunque perdió su cátedra por apoyar las huelgas estudiantiles de finales de los cincuenta) y había vivido en los Estados Unidos dando clases en la universidad de Princeton. Un perfil, como vemos, mucho más aceptable para el imperialismo yanqui y su afán de desactivación de los verdaderos procesos democráticos.

Pero la Fundación Ebert no solo se limitó a retirar su apoyo a Llopis, seguía necesitando controlar las históricas siglas del PSOE para que la CIA pudiera orquestar una transición controlada en España, de modo que empezaron a minar su posición hasta conseguir que el XXV congreso del PSOE, celebrado en Toulouse en 1972, le apartase del mando del partido poniendo este en manos de una coordinadora de jóvenes del interior, más afines a las tesis de la fundación y propicios a traicionar el socialismo y la democracia para integrarse en un régimen partitocrático liberal capitalista al uso bajo el dominio del imperialismo yanqui en Europa. Entre los miembros de esta coordinadora se contaba Felipe González que en el siguiente congreso, el famosísimo de Suresnes en 1974, acabaría convertido en líder del PSOE renovado mientras Llopis, al frente del sector histórico, caía en el ostracismo y el olvido. Con él se perdía la poca vergüenza y la escasa integridad que le quedaba al PSOE como fuerza democrática y comenzaba la etapa, que todavía vivimos, de vergonzosa entrega a los intereses del gran capital y traición constante al pueblo.

En 1975 la nueva dirección del PSOE aceptó someterse al control de un delegado de la Fundación Ebert que se estableció como residente en Madrid y Felipe González comenzó a vivir de un sueldo del partido financiado por esta fundación y a ser presentado a numerosas personalidades económicas y políticas del interior preparando su futura consagración como presidente del gobierno en el turnismo partitocrático del régimen de 1978.

A partir de ese instante la Fundación Ebert abandonó a Tierno Galván que hubo de conformarse con reintegrarse al PSOE renovado, y volcó todo sus recursos (hasta un millón de dólares) en apoyar a Felipe González quien todavía tenía un trabajo que cumplir: conseguir que el PSOE renegara del marxismo.

Lo intentó en el XXVIII congreso del partido celebrado en marzo de 1979 y le costó el puesto, pero tenía suficientes bazas y apoyo para maniobrar en las sombras y sacarse de la manga un congreso extraordinario en septiembre de ese mismo año que le devolvió a la secretaría general imponiendo sus tesis y su control absoluto. Desde ese momento el PSOE dejó de ser un partido marxista y nunca volvió a ser socialista. Su domesticación por parte del imperialismo yanqui se había completado y pasaba a convertirse en lo que es: una simple pantalla del turnismo partitocrático que usurpa la soberanía popular manteniéndola en manos de la oligarquía y el gran capital.

De hecho (véase La Gran Mentira del 23-F en estas mismas páginas) el PSOE fue cómplice de la operación que conocemos como intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y que supuso la culminación de la estrategia de la tensión para cercenar cualquier avance social y democrático limitando severamente los vuelos de la transición dejándola en lo que fue: una simple pantomima, un cambio estético tras el cual las fuerzas oscuras del imperialismo capitalista seguían dominando el tablero de juego.

Y tampoco debemos pensar que el PCE estuvo libre de culpa.

Santiago Carrillo llegó a la secretaría general del partido comunista en 1962, en medio de grandes tensiones provocadas por la desestalinización y la denuncia al culto a la personalidad del dictador soviético y  dedicó gran parte de la década de los sesenta a afianzarse como líder único de la organización. Hitos de esta lucha fueron la expulsión de Claudín y Semprúm en 1964 que provocó una primera excisión en el partido, el VII congreso de 1965 y la condena a la invasión soviética de checoslovaquia en 1968 que acarreó una nueva excisión, culminando en el VIII congreso de 1972 con la imposición del eurocomunismo como ideología rectora del PCE.

Oficialmente el eurocomunismo se nos vende como una línea marxista y revolucionaria independiente del imperialismo soviético y los medios de comunicación de los años setenta y ochenta se encargaron de procurarle buena prensa con la intención última de atraer a militantes y votantes a sus filas y conseguir que las domesticadas estructuras eurocomunistas desactivasen, como de hecho hicieron, cualquier atisbo de movilización social o de cuestionamiento del sistema vigente. Para comprenderlo mejor es preciso que volvamos nuestros ojos al origen mismo del eurocomunismo: Italia.

El poderoso Partido Comunista de Italia (PCI) fue siempre una enorme preocupación para los Estados Unidos y la iglesia católica y sus acólitos de la oligarquía italiana, que siempre buscaron el modo de reprimirlo o, en última instancia, de mantenerlo alejado del poder. El Vaticano y sus sectarios del gran capital se sacaron de la manga el fascismo para conseguir ese propósito entre 1922 y 1943. Pero después de la derrota en la guerra mundial esa baza quedó obsoleta y la nueva potencia colonial, los Estados Unidos, debió inventar nuevas formas de control. Ya en 1946 pusieron en marcha, no solo en Italia, en toda la Europa que ocupaban, operaciones de control con sus batallones de la muerte preparados para asesinar líderes izquierdistas y antiguos militares del Eje dispuestos a dar golpes de estado allí donde fuera necesario (véase Historia Criminal del Imperialismo Yanqui en este mismo blog) sería el origen de la Operación Gladio que oficialmente se clausuró (o más bien cambió de nombre) cuando fue descubierta en los años noventa pero que con toda seguridad continua mediatizando los destinos del continente hasta nuestros días.

 No obstante dar golpes de estado y activar escuadrones de la muerte era la última opción (que de todos modos se jugó en países como Grecia), resultaba preferible establecer un remedo de democracia, una partitocracia corrupta que mantuviese intacto el statu quo y las injusticias sociales. Ese, como hemos visto, fue el método de control colonial adoptado por los Estados Unidos en la Europa occidental e Italia no fue una excepción. Allí los habituales partidos controlados de la partitocracia liberal-capitalista (democrata-cristianos, social-demócratas, centristas republicanos, liberales y socialistas domesticados) iniciaron un amañado juego electoral y parlamentario que tenía como únicos objetivos permitir que la oligarquía siguiera enriqueciéndose e impedir que el PCI alcanzase el gobierno. De hecho la Red Gladio tenía preparado un golpe de estado al estilo del sufrido por Grecia en caso de que tal eventualidad sucediera.

Pero eso no era suficiente. Había que desactivar el partido disidente, infiltrarse en él para domesticarlo y convertirlo en un pelele más de la farsa parlamentaria que ocultaba los manejos del imperialismo yanqui y la libre acción de la corrupción y el latrocinio de los plutócratas nacionales y extranjeros. El elegido, consciente o inconscientemente,  para esa misión fue Enrico Berlinguer.

No debe olvidarse nunca que Berlinguer procedía de la oligarquía local sarda, nunca fue un proletario, jamás entendió las demandas del pueblo, que a él le eran ajenas, y en modo alguno puede ser tenido por algo más que por el clásico pijo snob con pretensiones de revolucionario. Dos hechos muy significativos a ese respecto son su estrecho parentesco (eran primos hermanos) con el líder democrata-cristiano Francesco Cossiga con quien jugó un vomitivo pas a deux, durante los años setenta y que su entrada en el PCI se efectuara directamente a los círculos dirigentes y por enchufe ya que su padre, catedrático en la universidad de Sassari, se lo presentó al entonces líder del partido, Togliatti, que había sido alumno suyo. Desde ese instante puede considerarse a Berlinguer un submarino del imperialismo yanqui dentro de la estructura del PCI que estaba destinado a dinamitar o a domesticar.

 Así las cosas no es extraño que acaudillase una política de distanciamiento con la URSS apelando a la "independencia" del partido y que utilizase la excusa del acercamiento a las clases medias italianas para sustituir el discurso revolucionario e igualitario por un culpablemente descafeinado sesgo social-demócrata al uso de los ineficaces (en cuanto agentes de transformación política, avance histórico y justicia social) partidos socialistas y social-demócratas de la Europa Occidental. Tampoco debe extrañarnos que su modo de hacer las cosas se exportara, por ejemplo a Francia, donde el Partido Comunista Francés adoptó muy pronto el eurocomunismo. En cuanto al PCE de Carrillo, una vez enfrentado a la URSS, solo le quedaba, independientemente cual fuera su ideología de fondo, buscar refugio en el ámbito eurocomunista. Era eso o el aislamiento y la desaparición. Así fue comprado y domesticado el PCE por el imperialismo yanqui y comenzó su traición al pueblo español.

A partir de 1968 Berlinguer decidió quitarse del todo la careta y comenzó una serie de actos no por públicos menos vergonzosos que mostraban bien a las claras su sumisión a los dictados del capital y no solo eso, también su integración consciente en una estrategia de recorte de libertades del pueblo a través de la represión y la guerra psicológica. Más o menos por aquella época se puso en marcha la estrategia de la tensión en Italia. Se trataba de conseguir que el pueblo viera con buenos ojos la imposición de medidas represivas que empeoraban la calidad democrática del estado e incluso una dictadura (hubo un golpe de estado en 1974) en momentos en los que la oposición a la guerra de Vietnam estaba poniendo contra las cuerdas el dominio estadounidense sobre Europa occidental. Comenzó así una larga y terrible campaña de terrorismo "izquierdista" manejada por los propios servicios secretos americanos e italianos que se prolongó durante toda la década de los setenta y llegó, en última instancia, hasta el atentado contra Juan Pablo II en 1981.

El "desvío terrorista" de esos supuestos elementos radicales de la izquierda y el temor a las bombas y a la posible dictadura (exactamente el mismo guión que se aplicó en España durante la transición) permitió a Berlinguer escorarse a la derecha sin rebozo y convertir el PCI no ya en un partido social-demócrata sino abiertamente social-liberal en lo estético y liberal-laborista en la práctica.

Ya en 1970 hizo un llamamiento a la oligarquía italiana explicando que el PCI se situaba a favor de un Nuevo Modelo de Desarrollo consistente en aceptar el capitalismo en toda su crudeza garantizando a las masas trabajadoras tan solo algunas mejoras salariales y sociales (una vez más: el modelo español del régimen de 1978 hasta que la avaricia del gran capital, desaparecida la URSS y desactivada por los propios sindicatos y partidos de "izquierda" la capacidad reivindicativa del pueblo, se lanzaron a por el pleno en 2008).  En 1973 propuso una coalición de gobierno con la democracia-cristiana "para evitar un golpe de estado" y se sacó de la manga el Compromiso Histórico Italiano que situaba al PCI de lleno en el espectro de los partidos leales al sistema. En 1976, sin escenificar explícitamente la coalición de gobierno, apoyó parlamentariamente a la Democraciacristiana (su primo, Cossiga, era ministro del interior) hasta que el asesinato de Aldo Moro en 1978 forzó la ruptura y el establecimiento del pentapartido dejó fuera de juego y alejado del poder al PCI.

Con el tiempo, ya en el siglo XXI, el PCI acabaría amalgamándose con sectores socialdemócratas y democratacristianos para fundar el Partido Demócrata que tiene como referencia "revolucionaria" y política al partido estadounidense del mismo nombre...¿cabía esperar otra cosa?

El PCE de Santiago Carrillo, una vez adscrito a la corriente eurocomunista, tampoco mostró una trayectoria más digna ni menos traidora hacia la verdadera democracia y las necesidades del pueblo español.

Bastará señalar que después del VIII congreso del PCE en París en 1972, el partido entró a formar parte de la Junta Democrática Española en 1974 junto con el partido socialista de Tierno Galván, los carlistas y derechistas conspicuos como el opusdeista Calvo Serer o el aristócrata monárquico Villalonga. Para entonces el PCE ya se había hecho con el control de CCOO, sindicato que ganó por goleada las elecciones sindicales franquistas de 1975 erigiéndose no en un factor de ruptura democrática sino de estabilidad y reforma, es decir: un sumiso agente de la "normalización" española dentro del esquema de dominio del imperialismo yanqui en Europa que fue excelentemente recompensando heredando el patrimonio sindical de la CNT (apartada del escenario y aún perseguida por su lealtad al pueblo y a sus ideas revolucionarias). Y luego nos extrañamos de lo que ha sido la lucha sindical en la España del régimen de 1978...en fin...

En 1976 la Junta Democrática se unió a la operación del PSOE teledirigida y financiada por la CIA a través de la Fundación Ebert y se fusionaron la Plataforma Democrática acaudillada por los socialistas y la Junta dando origen a la llamada Platajunta.

En 1977, jugando con cartas marcadas, el gobierno de Adolfo Suarez legalizó al PCE (no así a otros partidos comunistas y de izquierda revolucionaria que fueron deliberadamente apartados de las primeras elecciones "democráticas" de la transición) y este reconoció la monarquía, el sistema partitocrático que iba a imponerse y lo que significaba.

Finalmente, en 1978, en el IX Congreso, el PCE dejó oficialmente de ser un partido marxista-leninista...

Lo demás estaba cantado: debacle electoral en beneficio del PSOE que le costó el cargo a Santiago Carrillo en 1982, escisión del sector liderado por este para formar el PTE-UC y, al cabo, ingreso de ese partido en el PSOE en la década de los noventa. Con estos mimbres está construida nuestra supuesta democracia, el corrupto e ilegítimo régimen de 1978.

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HISTORIA SECRETA DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA- III

III.- EL FELIPISMO (1982-1996)

 El PSOE ganó las elecciones de 1982 mintiendo. Aprovechando el revulsivo que supuso el intento de golpe de estado de 1981, en el que no fueron inocentes (véase en este mismo blog La Gran Mentira del 23-F), y el deseo popular de eludir un retorno a la dictadura , se presentaron a las elecciones con un lema: El Cambio. Y recibieron un voto masivo precisamente para que llevaran a cabo esa política: la de rectificar la deriva clasista y ultracapitalista que había supuesto el régimen franquista y evolucionar, como prometían, hacia un régimen donde imperasen la justicia social, la igualdad de oportunidades, la protección e inclusión social de los desposeídos, la verdadera democracia y el respeto a la soberanía popular. Ahora sabemos (lo hemos visto en el capítulo anterior) que el PSOE, al menos desde 1974, no estaba dispuesto a seguir ese camino. Era un partido colonizado y domesticado por el imperialismo yanqui y por el capitalismo a través de los fondos recibidos de la Fundación Ebert, tras la que, como sabemos también, se encontraba la CIA. El PSOE había sido llevado al redil neoliberal y sus políticas no podían ser otras que aquellas que beneficiasen al gran capital extranjero y a la oligarquía local que hubiera sabido encastrarse en sus circuitos y clientelas económicas. El PSOE era apenas una marioneta del capitalismo y del dominio yanqui que respondía a intereses extranjeros y no obraba, ni podía hacerlo, a favor de las necesidades e intereses del pueblo español. Lo único que cabía esperar de este partido teledirigido desde el SPD y, a través de este,desde Washington, era la aplicación de las políticas propias del imperialismo capitalista: el beneficio de las grandes corporaciones y el consiguiente perjuicio de las clases medias y bajas. Lo demás era simple demagogia, pura palabrería para esconder una repugnante traición política al pueblo y la ilegitimidad del régimen de 1978 diseñado para "normalizar" la colonia hispana dentro de la homogeneidad del dominio yanqui capitalista del dominio europeo occidental.

El PSOE, catapultado a la mayoría absoluta en 1982 por la estrategia de la tensión impulsada desde el Poder durante la transición (no es casualidad que terrorismo, delincuencia y golpismo concurran a la vez en la vida española precisamente durante ese periodo que arranca con la muerte de Franco y acaba con la inclusión definitiva de España en la OTAN y la Unión Europea), tenía una misión clave en los designios imperialistas: llevar a cabo las políticas de encaje de la economía española en los circuitos del imperialismo capitalista desarrollando políticas laborales, económicas y sociales que hubieran sido inaceptables en caso de llegar de un partido caracterizado como " de derechas". Lo que bajo un gobierno públicamente derechista se hubiera visto como pura ideología, bajo este partido socialdemócrata que se vendía falsamente como " de izquierdas" podía presentarse ante el público como necesidad. Era un medio de engañar al pueblo, un caballo de Troya para expugnar las posiciones y burlar los anhelos y esperanzas de los españoles a los que se debía poner a los pies de los caballos capitalistas. En suma, la culminación de un acto deliberado de traición a España que deberá ser castigado con la máxima dureza cuando el ilegítimo y perjudicial régimen de 1978 sea derribado.

Los catorce años de felipismo fueron perfectamente definidos por su gran mago con absoluta exactitud: se trataba de una revolución liberal. En otras palabras: el cambio del que hablaban los carteles electorales de 1982 consistía en realidad en convertir a España en un estado neoliberal de libro adoptando dogmáticamente las prédicas de la Escuela de Chicago e imponiéndolas para conseguir que el gran capital se lucrase a costa del empobrecimiento y la progresiva desprotección y esclavización del pueblo, tanto de las clases medias, cada vez más precarias, como de la clase obrera iniciándose un camino, un proceso histórico, que está culminando en nuestros días bajo la eterna excusa de hacer recortes necesarios (y que siempre perjudican y benefician a los mismos) para salir de una crisis ficticia, prefabricada (como fueron las de 1973 y 1993).

Basta un somero examen de las políticas desarrolladas en aquellos tres lustros de infamia para comprender su verdadero sentido, su exacta intención y su calidad de traición y perjuicio para el pueblo.

Una de las más caras ambiciones del imperialismo yanqui es la de subordinar cualquier soberanía nacional a sus intereses geopolíticos y económicos, tal es la función que cumplen organizaciones internacionales como el FMI pero también otras de ámbito regional como la OTAN o la UE. Ya el franquismo, lo vimos en la primera entrega de este artículo, nos introdujo en la ortodoxia del FMI con el plan de estabilización de 1959 (que supuso una pérdida de poder adquisitivo de la población del 40 % ), la derecha "normalizada" siguió haciendo su papel introduciéndonos en la estructura militar el imperio en 1982 y, traicionando sus promesas y los verdaderos intereses del pueblo español el domesticado PSOE del felipismo (convertido por su "renovación" teledirigida por la CIA desde la Fundación Ebert en un simple zombi del neoliberalismo imperialista) nos mantuvo dentro.

Sencillamente el PSOE y el felipismo en su conjunto tenían una ideología oculta que se desarrollaba en el gobierno reservándose para los procesos electorales la demagogia que todavía mantienen de "izquierda"...pero el hecho es que los compromisos adquiridos por la cúpula del nuevo y refundado PSOE liberal y turnista así como las ingentes ayudas económicas recibidas por la organización y sus dirigentes, les ataban las manos obligándoles a mantenerse dentro de la ortodoxia imperialista del gran capital. El felipismo, sus indignos dirigentes abismados en la corrupción y la traición, no se plantearon ni por un instante deshacer el entuerto del ingreso de la OTAN (y de nuestra consiguiente pérdida de soberanía y, por lo tanto, de legitimidad democrática), la orden defendida era defendella y no enmendalla. Surgió así el torticero asunto del referéndum de 1985 planteado para que ganara el "sí", la permanencia. Y con esta jugada surgió un preocupante fenómeno que da la exacta medida de la estulticia del votante español, de su innato borreguismo, de su profunda incapacidad para hacerse cargo de su propio destino abandonándolo en manos de caudillos manejados por poderes externos, simples títeres que se mueven delante de un telón colorido tras el cual, en las sombras, se deslizan realidades muy distintas a las que se muestran y obnubilan al electorado. La gran baza del "sí" en aquel referéndum fue la confianza en el jefe del gobierno. Una mayoritaria masa de quienes votaron afirmativamente lo hicieron confiando en el caudillo del momento y esta peligrosa tendencia se prolongaría hasta nuestros días cada vez que se ha propuesto un referéndum, piénsese por ejemplo en el último: el que se hizo para aprobar el Tratado de Lisboa. España fue uno de los pocos países que lo aceptó en consulta popular y ello sin que se nos dejase leer el texto completo y por el mero hecho de que el líder del momento abogaba por el sí. Porque la culpa de nuestra situación, hay que decirlo, no es solo de la corrupción y la traición de nuestra clase política sino por el borreguismo, la ignorancia, la irresponsabilidad y la estupidez de una enorme masa de la población.

El hecho es que por mor del amañado referéndum de 1985 permanecimos dentro de la OTAN, nuestras tropas pasaron a depender de mandos extranjeros, principalmente yanquis, sin que la OTAN nos entregase el mando estratégico en el Estrecho ni se comprometiese a defender nuestra soberanía sobre las plazas del norte de África ni de las Canarias...más que entrar en una alianza la entrada y permanencia en la OTAN supuso, y sigue suponiendo, la absoluta sumisión de España a los intereses militares de los Estados Unidos, convertirse en una simple estado vasallo, un protectorado.

 Una vez salvado el obstáculo de la oposición formal a la OTAN (la social persistió pero después de un referéndum ganado con la manipulación de la borregada el verdadero interés y sentimiento del pueblo ya no importaba) los acontecimientos se precipitaron. España, en su papel de comparsa del imperialismo yanqui, de simple estado vasallo, empezó a actuar al servicio de sus amos. De nuestro suelo salieron los aviones que bombardearon Libia en 1986, más tarde (y contra nuestros propios intereses) participamos en el desmembramiento de Yugoslavia y los salvajes bombardeos de la OTAN sobre Serbia que no tenían más objetivo que minar la influencia rusa en los Balcanes, en la guerra del golfo en 1991...el colaboracionismo militarista del aznarato con Bush no hubiera podido existir sin el colaboracionismo previo del felipismo con el imperialismo yanqui. No existe solución de continuidad, ambos caudillos teledirigidos hicieron la misma política: la de administradores de un protectorado, obligados a complacer y satisfacer los intereses de sus amos aun en contra de los de su pueblo.

Pero una vez integrados en el engranaje militar del imperio había que hacerlo en sus circuitos comerciales. Ello conllevaba el ingreso en lo que sería la Unión Europea, objetivo, no lo olvidemos, ya perseguido por la derecha española desde el cambio de rumbo de 1959 y admitido como necesidad por la izquierda domesticada desde mediados de los años setenta.

Nos metieron en esa mafia neoliberal preparada para socavar la soberanía popular y permitir el dominio irrestricto de la gran oligarquía centroeuropea en comandita con el gran capital yanqui en 1986. Ello exigió dos salvajes reconversiones industriales (en 1981 y 1991) que generaron, al igual que el plan de estabilización de 1959 y las sempiternas medidas de la ortodoxia neoliberal, paro, pérdida del nivel adquisitivo, deshaucios y gran número de familias arruinadas.  Exigió también que abandonásemos nuestro tejido productivo afrontando graves e innecesarios recortes de producción en sectores punteros como la leche, el aceite y otros, medidas que generaron mayores niveles de empobrecimiento y paro y que supusieron el comienzo de un largo proceso de desmantelamiento de nuestra producción, de nuestra economía real en beneficio de la especulación financiera y de la terciarización de nuestra economía para no competir con los países fuertes de Europa que ha tenido como consecuencia inmediata nuestra situación actual. En 2011 no tendríamos cinco millones de parados si en lugar de hacer la política que le convenía al gran capital europeo y yanqui, hubiéramos hecho la política económica que le convenía a España y al pueblo: mantener nuestro tejido productivo, mejorar la competitividad y favorecer la pequeña y mediana empresa en lugar de a las grandes corporaciones. Pero de aquellos polvos vinieron estos lodos. Y la ortodoxia neoliberal, impuesta por quienes se benefician de ella, solo nos ofrece más de lo mismo. Y es lo que vamos a tener porque el régimen de 1978 es una forma de convertirnos en colonia del gran capital extranjero, solo derribándolo y haciendo las cosas de modo distinto podremos librarnos de políticas pensadas para enriquecer a unos cuantos a costa de empobrecernos a todos y de ir recortando cada vez más nuestras esperanzas de futuro.

Pero las medidas económicas impuestas a España por los intereses de nuestros amos coloniales durante el felipismo no se limitaron a desmantelar nuestro tejido productivo, también agredieron de lleno a la clase trabajadora comenzando un ataque en toda regla que todavía seguimos padeciendo.

Los Pactos de la Moncloa en 1977 supusieron una tregua, había demasiado en juego como para excitar el descontento popular, de modo que las fuerzas del régimen, mientras jugaban la baza de la estrategia de la tensión para infundir temor en la población alejándola de la ruptura democrática y empujándola a aceptar la fórmula de la transición (de una democracia limitada y vigilada donde la soberanía popular sería una entelequia cada vez más lejana), procuraban calmar los ánimos con una cierta apertura moral (el destape hizo mucho más de lo que creemos para mantener a la población inmovilizada y convencida de que avanzaba hacia algo distinto del franquismo, sin embargo no deja de ser significativo el hecho de que se yugulara por ley apenas el PSOE alcanzó el poder y el cine español se redirigiera hacia posiciones absolutamente apolíticas y cada vez más concordantes con la imposición de las premisas retrógradas de la revolución conservadora americana) y el mantenimiento de un cierto nivel adquisitivo y de compromiso social que, una vez completada la transición, ya no tenían sentido para nuestros amos del gran capital.

De hecho el felipismo, como buen caballo de Troya del neoliberalismo más salvaje que fue, se aplicó a atacar los derechos sociales y la posición y dignidad de los trabajadores casi desde el principio de su mandato. No podía hacerse otra cosa dentro de la colonia en que nos habíamos convertido. El papel que nos deparaba el imperialismo capitalista, el que no sigue atribuyendo, es el de un país subordinado, centrado en el sector servicios, con mano de obra barata y poco cualificada (la cualificada se exporta a los núcleos centrales del dominio para dinamizar su economía empobreciendo de paso la nuestra) y en absoluto competitivo. Si alguna vez tuvimos oportunidad de prosperar y convertirnos en competencia de alemanes y franceses, la perdimos con la entrada y permanencia en la UE y sometiéndonos a los dictados del FMI.

Había, pues, que precarizar la situación del obrero español, escatimarle avances sociales, acercarlo lo más posible a las codiciones de trabajo de los esclavos de las maquiladoras tercermundistas, y el proceso comenzó bajo el gobierno de Felipe González llegando hasta nuestros días en los que se nos están arrebatando la sanidad y la educación públicas y en la que el gran capital trata de imponer un contrato de trabajo de apenas 400 euros con el cual el propio trabajador debería pagarse la seguridad social...la excusa es siempre la misma: la creación de empleo, pero la política no cambia, es constantemente la que interesa al imperialismo yanqui y a su dogmatismo totalitario neoliberal, desde 1982. Ya entonces, en plena reconversión industrial, con la liquidación de nuestro sistema productivo en marcha, el régimen (que lleva siempre la misma dirección de perjuicio al pueblo y favorecimiento de la oligarquía y del capital explotador y especulativo nacional y, sobre todo extranjero) comenzó sus ataques contra las clases media y obrera y de privatización de servicios públicos (y la conversión de obligaciones estatales en oportunidades de abusivo enriquecimiento privado lo que en sí mismo supone un acto de traición que deberemos reclamar y castigar en algún momento). Ya entonces, para empezar a socavar las concesiones estratégicas hechas mediante los pactos de la Moncloa a la clase obrera, el gobierno se sacó de la manga un plan de empleo juvenil consistente (como no) en contratos basura, con ínfima remuneración y salvaje reducción de la protección social, siguió (como siempre dentro del dogmatismo neoliberal que constituye la verdadera naturaleza de los regímenes europeos sometidos al imperialismo yanqui) con el recorte de las prestaciones por desempleo y un primer medicamentazo. El descontento social generado por estas políticas obligó a los sindicatos del régimen (UGT y CCOO) a convocar la primera huelga general de la historia del mismo en diciembre de 1988.

Dicha huelga fue efectiva: paralizó las políticas económicas del gobierno...por un tiempo. En 1994 fue preciso convocar una segunda huelga general porque las mismas medidas frenadas en 1988 se habían llevado a cabo en fecha posterior con la insidia sobreañadida de la legalización de las empresas de trabajo temporal que no solo precarizaban más aún las condiciones laborales de los trabajadores sino que suponían, además, un abandono de las  obligaciones estatales a la avaricia privada de oligarcas y explotadores. Tampoco esta segunda huelga general sirvió de nada.

Lo que nos enseñaron ambas, la de 1988 y la de 1994 así como las siguientes, es que una huelga general no sirve nunca de nada si no es revolucionaria y persiste hasta derribar el régimen. Del mismo modo, eso lo hemos aprendido a lo largo de los años, los procesos electorales cambian nada. La política a desarrollar está prediseñada desde ámbitos externos a la soberanía nacional y se aplica gane quien gane y pase lo que pase. El único medio para frenar esa lógica dictatorial del totalitarismo capitalista es la toma del poder por el pueblo. Solo derribando un régimen corrupto y sin legitimidad democrática y sustituyéndolo por una verdadera democracia puede modificarse el rumbo que nos arrastra a la esclavitud y la miseria. Dentro del régimen de 1978, dentro de la Unión Europea, no hay salvación posible. Debemos asumirlo como un hecho incontrovertible.

Paralelamente, mientras se arrebataban sus derechos al pueblo y se abría todavía más la puerta a la penetración del capital especulativo extranjero propiciando la destrucción de nuestro tejido productivo (y perjudicando con ello por igual a las clases obrera y media) el gobierno se aseguraba de conservar los privilegios de la oligarquía española, empezando por la iglesia, cuyos privilegios se respetaron escrupulosamente, y siguiendo por el medio centenar de familias que llevan controlando nuestros destinos desde mediados del siglo XIX. Para ello se utilizaron los medios de los fondos de cohesión y de la PAC para favorecer el desarrollo de la especulación urbanística y la dinámica lucrativa de los latifundios (nunca hubo, ni siquiera se insinuó, una reforma agraria en nuestro país después del franquismo) manteniendo el arcaismo básico de la economía española en los campos que venían haciendo ricos a los de siempre desde el plan de estabilización de 1959: turismo, ladrillazo y latifundismo decimonónico.

Por el camino algunos advenedizos cercanos al poder central y regional fueron admitidos en ciertos escalones de la pirámide del latrocinio oligárquico por el mero hecho de que tal concesión lubricaba y estabilizaba el sistema multiplicando la corrupción pero el gobierno tuvo buen cuidado de segar las cabezas que inquietaban en exceso los intereses de la oligarquía (Ruiz-Mateos, Mario Conde...) porque, como ya escribí en El Techo de Cristal del Enriquecimiento en España, existe un límite al mismo en este país. Nadie que venga de fuera de las familias de la oligarquía puede alcanzar su nivel, mucho antes de que eso ocurra de un modo u otro es defenestrado. Esa es la realidad económica y política de este sucio cortijo que llamamos España y debemos limpiar con decisión y sin que nos tiemble la mano a la mayor brevedad posible.

 En general, y como no podía ser de otro modo, toda la política del felipismo fue una deriva hacia el neoliberalismo, hacia la sumisión del país bajo la bota del imperialismo yanqui, del gran capital, manteniendo el poder de la oligarquía franquista y empobreciendo y privando de derechos al pueblo. Cierto es que por el camino se produjeron algunos avances sociales (legalización del divorcio, del aborto, cierta flexibilización de los usos morales...) que solo representaron un atenuamiento del totalitarismo sectario del nacional-catolicismo sin que ello se tradujera en una efectiva pérdida de privilegios e influencia nociva por parte de la secta católica en la vida del país. Evitar esos avances era impensable en el contexto internacional de la época pero distan mucho de ser conquistas permanentes. Desde entonces la revolución conservadora ha ganado enorme poder en todo el mundo y podemos llegar a asistir a una rápida regresión porque, no nos equivoquemos: capitalismo y neoliberalismo son incompatibles con modernidad y progreso. Son dos caras del mismo totalitarismo calvinista y tienen como objetivo último devolvernos a lo peor de la edad media.

Para terminar este capítulo pondremos de manifiesto el hecho de que el totalitarismo del régimen de 1978 bajo la época felipista (y por supuesto en las sucesivas) alcanzó todos y cada uno de los rincones de la vida nacional contaminando incluso la cultural donde se impuso la moda ideológica del posmodernismo, cuya base dogmática es afirmar (a ver si les suena) que la lucha de clases se ha superado y hemos entrado en una nueva dimensión donde el capitalismo y sus nocivas consecuencias no pueden ni deben discutirse. Tal idea de base se extendió deliberadamente en toda la producción artística y cultural del régimen convirtiéndola en simple espectáculo con el que especular y vaciando de contenido, significado y utilidad la mayor parte de todo lo que se ha hecho y popularizado desde entonces en las artes plásticas, la literatura, la música y el cine. La misma Movida Madrileña, tan alabada, y curiosamente promocionada por el alcalde Tierno Galván (véase el II capítulo de esta serie) y los gobiernos felipistas, no fue otra cosa que una banalización de la música con vistas a desmovilizar políticamente a la juventud promocionando una serie de grupitos pijos pedorros sin conciencia social ni más horizonte que la imitación provinciana del mundillo disco-guay de Nueva York.

No obstante el felipismo no se salió con la suya, tuvo que hacer frente a la movilización juvenil en las huelgas estudiantiles de 1989...y las ahogaron con la más vieja de las estrategias: reventándolas desde dentro con infiltrados violentos que justificaran la actuación de los antidisturbios que en aquellas fechas, recordémoslo, no se limitaron a apalear a los manifestantes, hubo hasta quinceañeros heridos de bala...así las gasta el régimen de 1978 y no sabemos donde hubieran ido a parar las cosas (no debe olvidarse que el felipismo estaba usando los métodos de guerra sucia de la CIA contra el terrorismo etarra, seguramente copiando los manejos del estado alemán contra la Baader-Meinhoff en los setenta) si aquellas huelgas y manifestaciones no hubieran sido desactivadas con facilidad y el ilegítimo estado surgido en 1936 y disfrazado en 1978, se hubiera visto contra las cuerdas.

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HISTORIA SECRETA DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA- IV

IV.- AZNARISMO Y AZNARATO (1989-2004)

 

Ya vimos en el primer capítulo de esta serie la quiebra que dentro de la derecha española supuso el viraje táctico e ideológico del Vaticano para alinearse bajo el nuevo domino colonial estadounidense en Europa occidental, fractura que aunque tenía un antecedente lejano en el Manifiesto de Lausana del pretendiente Juan de Borbón en 1945, solo llegó a escenificarse explícitamente después del llamado Contubernio de Munich en 1962.

Al final del régimen franquista, y a pesar de que la llegada a la jefatura del estado del colaboracionista (con el dominio imperial yanqui) Juan Carlos de Borbón, a más que cuestiobable título de rey, permitió el ascenso a los puestos decisivos del gobierno a los partidarios de la "normalización estética" del régimen, lo cierto era que la escisión entre ambas corrientes de la derecha española seguía viva y en pie no decantándose hasta las primeras elecciones partitocráticas de 1977.

En efecto, como vimos, en julio de 1976 llegaba a la jefatura del gobierno Adolfo Suarez, partidario de la adaptación institucional a las normas coloniales que regían en la Europa occidental y tan solo unos meses más tarde, en octubre, empezaba a conformarse la alternativa derechista con la fundación de Alianza Popular a manos de varios prohombres del régimen, los famosos siete magníficos, acaudillados por Manuel Fraga. Estos tuvieron la habilidad de no oponerse a lo que ya parecía inevitable pero se postulaban para dirigir los cambios adaptándolos lo más posible a sus pretensiones previas, que después del asesinato de Carrero Blanco en 1973 ya no podían aspirar al maximalismo.

La batalla definitiva entre ambas corrientes tuvo lugar en las elecciones de mayo de 1977 en las que la UCD pilotada por Suarez alcanzó una mayoría suficiente para gobernar mientras su facción rival, Alianza Popular, quedaba reducida a escasamente 16 escaños. A partir de ahí la cosa quedaba clara: no existía otro campo de maniobras que el de los partidarios de la "normalización" y a la derecha no le restaba más camino que la unificación dentro de un supuesto centrismo que enmascarase su realidad ideológica permitiendo la puesta en marcha de la ficción bipartidista propia de las falsas democracias occidentales. Ya no cabían interpretaciones en qué hacer y cómo hacerlo, tan solo una fraticida lucha de facciones.

Con toda probabilidad, en otras circunstancias, AP se hubiera disuelto rápidamente e ingresado en la UCD pero ya en 1977 resultaba claro que este partido carecía de futuro, creado artificialmente, carecía de base social civil y, en los verdaderos círculos de poder, tenía menos peso específico que su rival, de modo que el partido de Fraga podía permitirse esperar e ir maniobrando para heredar el espacio político falsamente definido como centrista tras la debacle de UCD.

Sus primeros pasos en ese sentido se dieron ya en las elecciones de 1979 en la que la antigua AP de los siete magníficos del franquismo trató de maquillarse de centrismo concurriendo en coalición con otros grupúsculos derechistas que se las daban de centristas (Acción Ciudadana Liberal, Partido Democrático Progresista, Partido Popular de Cataluña...) y cosechó un nuevo fracaso. Bajó de 16 a 10 diputados. En ese momento eran Suarez y la UCD quienes ocupaban el espacio del falso centrismo derechista en España, contaban con el plus de haberlo habilitado a lo largo de 1976, y no resultaba plausible vencerles en su propio terreno.

Las cosas empezaron a cambiar en 1981 con una UCD en descomposición y haciendo funcionar las redes clientelares del caciquismo gallego íntimamente ligado a la figura de Fraga que consiguió de este modo el triunfo en las elecciones autonómicas en Galicia que en 1983 ampliaría dentro de una estrategia típicamente cedista a Baleares y Cantabria.

La implosión de UCD en las elecciones de 1982 facilitó a AP la ansiada herencia del falso centro derechista para lo cual volvió a concurrir en coalición con grupos procedentes de la propia UCD (Partido Demócrata Popular, Partido Liberal...) y de sus estrategias cedistas en la periferia (Unión del Pueblo Valenciano, Unión del Pueblo Navarro, Partido Aragonés Regionalista...) de modo que pudo constituirse en principal fuerza de la derecha española habiendo abandonado ya por completo las tesis aislacionistas y buscando ganar credibilidad como fuerza de la "normalización colonial". El PSOE, nueva fuerza hegemónica de la partitocracia turnista sometida a la colonización del capitalismo extranjero, hizo todo lo posible por favorecer esa nueva situación de AP otorgando a Fraga el inconstitucional, sajonizante, antidemocrático, caciquil y muy elocuente tratamiento de "jefe de la oposición", sin embargo la escisión persistía en la derecha española.

Lo esperado era que Suarez, una vez cumplida su misión, se retirase elegantemente de escena. Se le premiaría con una jubilación dorada en el sector privado y la historia prefabricada seguiría su curso predeterminado con la metódica sumisión del pueblo español al dominio imperialista del gran capital extranjero. No contaban los guionistas del cuento con la ambición política de Suarez quien, lejos de retirarse, pretendió continuar la lucha por el falso centrismo derechista fundando un nuevo partido, el CDS.

Lógicamente Suarez tenía más pedigrí centrista que Fraga y los suyos, máxime después de definir a su partido como "centro democrático" y darle un matiz "social" llegando a coquetear con la socialdemocrácia desde un demagógico liberalismo de rostro humano. Mientras el CDS existiera AP no podía cerrar la frecha abierta en la derecha en 1962 y mucho menos afrontar con tranquilidad su papel de alternativa turnista en el partitocracia parlamentaria en que se había convertido la supuesta democracia de 1978.

De hecho, la incapacidad para erigirse en alternativa de gobierno en gran parte por la competencia del CDS en el espacio de falso centro derechista, acabó terminando con el liderazgo de Fraga quien, en gran medida, era incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos y a las necesidades propagandísticas y estéticas que exigía la conquista de ese invento de las partitocracias que tan conveniente resulta para cautivar la cobardía y la ignorancia de un cuerpo electoral sin formación política y gris que pretende no destacar y mucho menos enfrentarse al poder y para ello se situa en una moderación tan respetuosa con los que mandan y con el sistema como suicida para sus propios intereses (como el régimen de 1978 ha demostrado sobradamente y en especial desde el estallido de esta última crisis que tiene más de lock-out, que de crisis). Así pues, el VIII congreso de AP dio al traste con Fraga y elevó a la dirección del partido a un antiguo condiscípulo de su hijo en la universidad (el nepotismo y la endogamia en la derecha española son normas de primer orden): Hernandez Mancha, que se suicidó políticamente en la moción de censura contra el gobierno poco después obligando a una nueva renovación de cuadros dirigentes en el partido.

Corría el año 1987 y a pesar de la agitación interna la estrategia cedista de AP le procuró dos nuevos gobiernos autónomos: La Rioja en concatenación con el Partido Riojano y Castilla y León (que ocuparía el ascendente Aznar) precisamente en coalición con el CDS. Poco a poco AP iba cumpliendo su destino prefabricado de opción B del turnismo monárquico. La caida en desgracia de Hernandez Mancha acabó de precipitar su transformación.

En realidad la "refundación" de Alianza Popular en Partido Popular en 1989 que pretendía escenificar la definitiva reunificación de las facciones derechistas y la plena aceptación de los postulados de la "normalización" supuso poco más que un simple relevo generacional. La vieja guardia que había vivido sus días de gloria durante el franquismo cedía el protagonismo a sus hijos (a menudo literalmente) cuya ideología estaba ya por completo conformada por el giro estratégico del Vaticano y la influencia de la revolución conservadora anglosajona y sus nefastas consecuencias morales y sociales. Sin embargo no significó en absoluto una renovación sanguínea. Como ya hemos dicho más arriba el nepotismo y la endogamia son una ley no escrita en la derecha de cualquier país pero muy especialmente en la española y el núcleo dirigente de la misma es, en realidad, extraordinariamente reducido y muy apegado al núcleo duro de la oligarquía dominante. El mejor ejemplo de lo cual es, precisamente, el nuevo líder del partido: José María Aznar. Basta estudiar sus antecedentes familiares para comprenderlo.

Manuel Aznar Zubigaray, el abuelo del futuro presidente del gobierno más colaboracionista con el imperialismo yanqui y más antiespañol de la historia del régimen de 1978, puede parecer, en principio, como una rareza exótica en comparación con su nieto, sobre todo teniendo en cuenta su militancia en el nacionalismo vasco más radical durante algunos años de su vida. Navarro de origen, en los años veinte y parte de los treinta militó en el PNV mostrando un perfil básicamente independentista. Sin embargo esa no era la base real de su ideología, tan solo un aspecto secundario de una realidad más profunda. El individuo en cuestión se inició en el carlismo, entonces regido por el foralismo y, sobre todo, el integrismo católico. Su traslado por motivos profesionales a Bilbao le indujo a la militancia en el PNV (a la postre un partido heredero directo del carlismo) y cuando también por motivos profesionales hubo de trasladarse a Madrid  acabó pasando, allá por los años de la Segunda República, al maurismo (a la postre derecha centralista igualmente comprometida con el integrismo católico) y en 1936, no podía ser de otro modo, acabó incrustándose en la cruzada nacional-católica que acaudillo el general Franco.

Aznar Zubigaray, que era periodista de profesión, trabajó siempre para la oligarquía dominante que era, y es, en España, un hálito pestilente del más exacerbado integrismo sectario nacional-católico. Lo único que hizo a lo largo de su vida fue cambiar de amos. Empezó sirviendo a los oligarcas vascos y luego se pasó a los oligarcas centralistas, que en realidad, junto con los catalanes, tienen la misma ideología de base. La única diferencia entre ellos son los diferentes nacionalismos que, como sabemos, surgieron en la segunda mitad del siglo XIX por el único motivo de que unos defendían el proteccionismo y otros no a causa de sus diferentes fuentes de ingresos (agrícolas e industriales). Esa contraposición de egoismos avarientos fue la que generó, como excusa barata, el desarrollo del catalanismo, del nacionalismo vasco y del centralismo castellanista de las diversas facciones amenezando con la ruptura de España por tan solo el interés económico de unos cuantos explotadores y especuladores sin más moral que el enriquecimiento rápido y la defensa de sus privilegios. Pero independientemente de sus diversos intereses, lo que unía y une a las diversas facciones oligárquicas españolas es el ansia de explotar y expoliar al pueblo y la vinculación al sectarismo católico. De hecho, la ideología política de todas ellas en el primer tercio del siglo XX fue el corporativismo protofascista propugnado por el Vaticano. Solo el hecho de que con el franquismo se acabaran imponiendo los criterios centralistas y excluyentemente castellanistas de la oligarquía madrileño-andaluza, arrastró a las oligarquías periféricas en otras direcciones más acordes con la "normalización" que pretendía el imperialismo yanqui y la facción monárquica después de 1945.

Pues bien, al servicio de ese integrismo católico fue ascendiendo Aznar Zubigaray llegando a integrarse en los círculos oligárquicos de Madrid con su llegada a la dirección del Sol y al maurismo y acabando de situarse en ella con el programa de genocidio llevado a cabo por la oligarquía, la iglesia y la parte más indigna y falta de honor del ejército español a partir de 1936 que él justificó desde el radicalismo más nacional-católico en su libro Historia de la Cruzada, publicado en 1943.

El franquismo le facilitó el acceso a la carrera diplomática llegando a ser embajador en la ONU (1964-1967) y en los Estados Unidos.

El hijo de Aznar Zubigaray y padre del futuro presidente del gobierno, Manuel Aznar Acedo, nacido Imanol por de la entonces militancia vasquista de su padre, siguió sus inclinaciones profesionales e ideológicas, dedicándose al periodismo y afiliándose a la Falange con los primeros derramamientos de sangre del golpe de Franco.

A la sombra de su padre, y siempre dentro del más estricto nacional-catolicismo corporativista, Aznar Acedo prosperó profesionalmente dentro del exiguo reducto de alevines de la oligarquía dominante. Fue jefe de radiodifusión y propaganda de Falange, director de programación de la cadena SER (1942-1962), director de Radio Nacional (1962-1965) y director adjunto de radidifusión del ministerio de Información y Turismo siendo ministro Fraga, de donde procedería la vinculación de su hijo con el futuro jefe de AP.

Con esos antecedentes, naturalmente, el niño, José María, que no por casualidad lleva el nombre del fundador del Opus Dei, no podía ser otra cosa que un digno émulo de sus antecesores, un peligroso y radical militante del integrismo católico con todos los vicios y taras morales e ideológicas del pijerío facha hispano. Así las cosas no es de extrañar que comenzara su vida política militando en el Frente de Estudiantes Sindicalistas (es decir: nacional-sindicalistas, los mismos que se dedicaban a denunciar y apalear en los campus a los estudiantes progresistas) y en la Falange Independiente...luego la lógica se impondría y optaría por transitar senderos igualmente emponzoñados pero más propicios al medro personal: se afilió a AP, que dirigía el antiguo jefe de su padre en el ministerio de Información y Turismo: Fraga. Lo demás fue ir utilizando el enchufe y los contactos personales para ir ascendiendo dentro del partido. Cuando se hizo con su liderazgo en 1989 no era una excepción, la inmensa mayoría de quienes le rodeaban en los puestos directivos tenían perfiles similares al suyo, la endogamia de la oligarquía siempre se ha extendido a sus órganos políticos. Por eso entre otras cosas es estúpido ser de derechas en este país porque cualquier niño de papá va a subir antes que otro ajeno al grupito de mandamases de toda la vida. Y, sin embargo, hay memos que se afilian constantemente al PP...en fin, la estupidez humana es infinita, ya lo sabemos.

La nueva generación de líderes del PP se había educado después del giro táctico del Vaticano hacia la sumisión a los modos ideológicos del imperialismo yanqui y asistieron en su juventud a los inicios de la revolución conservadora, tanto en Francia a partir de 1976 como en Inglaterra y en los Estados Unidos. Su credo era ya completamente afín al de sus homólogos tatcheristas y reaganistas: neoliberalismo salvaje en lo económico, conservadurismo sectario cristiano en todo lo demás. Con su llegada al frente del PP quedaba definitivamente saldada la escisión de la derecha de 1962 y la derecha española podía ponerse en masa bajo los auspicios del imperialismo yanqui, dispuesta a vender los intereses de la mayoría de los españoles para salvaguardar los de la oligarquía y los suyos personales. Porque, por mucho que presuman de ser los únicos españoles buenos y verdaderos, nunca ha habido gente con menos sentimiento nacional que los derechistas. Para estos solo existe el lucro personal y la imposición sectaria de sus prejuicios religiosos, lo demás no importa...de ahí su obsesión por socavar la soberanía nacional y por crear instituciones internacionales manejadas por las grandes corporaciones sin ningún control democrático. No solo son autoritarios en el sesgo de su comportamiento político, también profundamente antipatriotas, simples traidores al pueblo.

Y precisamente de esa ambición y de la absoluta falta de patriotismo surgió el modo de oposición que el PP perpetró entre 1989 y 1996. Lo único que importaba era doblegar al PSOE y llegar al poder, aunque por el camino se destruyera España y hubiera que provocar una crisis económica (la de 1993). Durante siete años el PP exhibió su deslealtad poniendo al estado contra las cuerdas, difamándolo y minando su prestigio internacional con un solo designio: alcanzar el gobierno, llegar del aznarismo al aznarato.

Naturalmente, una vez alcanzado el poder, no cabía esperar otra cosa del PP que la aplicación disciplinada de la ortodoxia de la revolución conservadora desposeyendo al pueblo de sus derechos y libertades y favoreciendo con sus medidas el enriquecimiento de los más ricos a costa del empobrecimiento de los más pobres. Si el régimen de 1978 representaba la sumisión absoluta al imperialismo yanqui de España, la llegada al gobierno del aznarismo supuso la culminación culpable de esa sumisión y, sobre todo, su aprovechamiento por la oligarquía para encastrarse en los circuitos económicos del gran capital mundial traicionando los verdaderos intereses de España y de su pueblo. Las políticas del aznarato constituyeron una traición en toda regla al pueblo que todavía padecemos.

UCD nos introdujo en la OTAN en 1982 y el PSOE se las arregló para que permaneciéramos en ella en 1986, pero Aznar fue todavía más allá conviertiendo a España no solo en un vasallo del imperialismo yanqui, que ya lo era, sino en un siervo obediente y a completa disposición de los requerimientos del amo extranjero, cosa que en algún momento habrá que demandarle y castigarle. Aznar nos introdujo en la estructura militar de la OTAN y acabó demagógicamente con el servicio militar para establecer un ejército profesional, es decir: de mercenarios, que como todos los ejércitos que no están compuestos por ciudadanos sino por mercenarios lejos de servir a los intereses del pueblo acaban siendo utilizados para defender los intereses espúreos de la oligarquía.

De hecho las fechas son bien significativas. En 1996 se acabó con el servicio militar, en 1999 estábamos bombardeando Serbia y en 2001 enviando tropas a Afganistán dentro de una operación destinada a consolidar el control de los Estados Unidos en Asia Central, un ámbito en el que España no tenía ni tiene intereses. Pero el esquema militar americano era bien claro y perfectamente egoista: sus fuerzas de choque inician la ocupación de sus nuevos establecimientos coloniales y los estados vasallos, como España, envían tropas para hacerse cargo del trabajo sucio: la permanencia y la lucha contra la insurgencia. En 2003 estuvimos a punto de experimentar un salto cualitativo del colaboracionismo con el imperialismo yanqui cuando después de la bochornosa y repugnante reunión de las Azores, Aznar pretendió enviar tropas españolas a la ilegítima invasión de Iraq, solo el evidente descontento popular (que acabaría costándole el cargo) impidió semejante ignonimia. No obstante, España volvió a representar el mismo papel de comparsa encargada del trabajo sucio del imperialismo yanqui que venía y viene cumpliendo en Afganistán desde 2001, al menos hasta que el gobierno Zapatero nos retiró de allí, de Iraq.

 La sumisión del aznarato a los imperativos económicos y financieros del imperialismo yanqui no fue menos servil y, desde luego, resultó infinitamente mucho más perjudicial para el pueblo español. Entre otras razones porque se hizo con la única perspectiva de favorecer el enriquecimiento de la oligarquía en detrimento, no puede ser de otro modo, de la mayoría social.

Así las cosas se obedecieron las órdenes de la OMC y el FMI para privatizar las empresas públicas y empobrecer al estado. Ya el PSOE había tomado medidas en ese sentido, por lo que no se le puede exculpar, durante el felipismo, tales como el reflotamiento y privatización de la SEAT a favor de Volkswagen (pagando así parte de las ayudas recibidas desde la Fundación Ebert desde 1974) en 1986 y desmantelando el INI, el último resto del corporativismo, en 1992. El aznarato, por su parte, obedeció las órdenes de los órganos mundiales del neoliberalismo (lo que vuelve a constituir un acto de alta traición) privatizando a la carrera las empresas públicas en 1996 y 1997 de tal modo que el proceso enriqueciese especulativamente a la oligarquía española antes de poner la antigua riqueza del estado en manos extranjeras.

Paralelamente, y en relación con lo anterior, se favoreció la consolidación de dos bancos (Santander y BBVA) que agrupaban los intereses de la mayor parte de las familias históricas de la banca española y se les permitió multiplicar indebidamente sus riquezas con la manipulación fraudulenta del mercado inmobiliario. De hecho toda la política inmobiliaria tanto pública como privada de aquellos años puede ser catalogada como especulación y estafa y solo existe un camino democrático de hacerse cargo de la misma: rectificarla y castigar con la máxima dureza a sus promotores y cómplices.

El caso es que durante el aznarato el precio de la vivienda aumentó especulativamente un 30 % y el de las hipotecas un 50 con leyes que permitían usos absolutamente abusivos, ilegítimos y que no constituyeron delito por el simple hecho de que el gobierno, y el régimen eran y son cómplices de los especuladores y estafadores.

Mientras tanto se siguió un proceso, igualmente repugnante desde cualquier perspectiva moral, de subir los impuestos a las clases medias y bajas mientras se bajaban los de las clases altas utilizando la excusa del déficit (provocado por la privatización de las empresas públicas y la rebaja de impuestos a la oligarquía) para recortar derechos sociales en educación, pensiones, sanidad e incluso seguridad ciudadana. El paro, lógicamente, aumentó, pero se alteraron los medios de contabilizarlo y se criminalizó a las víctimas del mismo (los parados) para mantener la imagen demagógica de que las políticas neoliberales crean riqueza y que quien es excluido por ellas en realidad es un vago. Al mismo tiempo, para debilitar la posición del trabajador español, se favoreció la inmigración extranjera aprovechándola para empeorar las condiciones laborales de todos, nacionales y extranjeros.

Finalmente, y en plena euforia neoliberal de enriquecimiento fraudulento de la oligarquía española y el gran capital extranjero a costa del empobrecimiento del pueblo, después de haber recortado las prestaciones por jubilación y desempleo arrojando a la pobreza a millones de españoles, de haber empobrecido al estado con privatizaciones decretadas desde organismos externos a los mecanismos democráticos, de haber atentado contra la libertad, la independencia y la estabilidad de España y del bien común de su pueblo desde todas las direcciones posibles, en 2002 el aznarato preparó un nuevo paquete de precarización del empleo y  desprotección de las clases medias y bajas que logró ser frenado por una huelga general en junio de aquel año. En otoño llegaría el escándalo del Prestige y poco después el "no a la guerra". El descontento popular creció, aumentaron las movilizaciones en un antecedente directo de lo que más tarde llegaría a ser el 15-M y, en consecuencia, la pérdida de las elecciones en 2004.

El PP pasó cuatro años quejándose de que el motivo de su derrota electoral fueron los atentados del 11 de marzo de 2004...nada más falso: fue el hecho de tratar de manipular a una opinión pública entre la que ya había prendido el descontento desde hacía tiempo y que estaba tratando de buscar alternativas a un régimen que tiene como principio último la hipocresía y el perjuicio de los mismos para favorecer siempre los intereses de la oligarquía y sus amos extranjeros. Las mentiras del gobierno para tratar de repetir victoria en las elecciones fue lo que le costó la derrota y la desconfianza tanto en el sistema mismo como en un partido ultraderechista que siempre maniobra contra el pueblo, es lo que ha hecho que a pesar de obtener una mayoría absoluta en 2011 lo haya conseguido sin apenas aumentar el número de votantes a pesar de haberse incrementado el censo. El régimen empieza a no engañar a la mayor parte del pueblo, a demostrar su ilegitimidad y su inadecuación para favorecer los intereses generales. El turnismo empieza a deteriorarse y un nuevo gobierno del PP es posible que acabe por derruirlo por completo porque está claro que no nos representan. El régimen de 1978 no es un régimen al servicio del pueblo sino de delincuentes de cuello blanco. Derribarlo es una obligación moral además del único medio de supervivencia del pueblo.

V.- LA ERA ZAPATERO.

El descontento era tan generalizado en 2004 y el régimen comenzaba a deteriorarse de tal modo que al turnismo no le quedaba otro remedio que tirar de demagogia y tratar de calmar los ánimos con una alternativa que realmente pareciera serlo. De ahí algunos de los gestos del nuevo presidente del gobierno como retirar las tropas de Iraq (aunque no de Afganistán) o implementar algunas medidas de supuesta protección social (como el cheque bebe) junto con otras, como el matrimonio homosexual, que venían a contentar a la mayoría laíca y progresista de España después del empacho nacionalcatólico que supuso el gobierno del PP. Pero en realidad nada cambió. La burbuja inmobiliaria siguió potenciándose, la privatización de la enseñanza universitaria siguió adelante...todo,en el fondo, fue igual bajo Zapatero porque, sencillamente, nada puede cambiar dentro del régimen prefabricado y teledirigido de 1978.

Más tarde, cuando estalló la crisis de 2008, las primeras medidas de Zapatero fueron encaminadas a primar los intereses de los ricos (como quitar el impuesto de patrimonio y seguir aumentando la carga fiscal de las clases bajas aliviando las de las altas) y, en cuanto los amos de Washington y Bruselas le dieron el toque, se acabó la demagogia y comenzó de nuevo la aplicación de la ortodoxia de la Escuela de Chicago, el liberalismo salvaje que se implementará con el gobierno de Rajoy.

Lo que Aznar no pudo conseguir por la huelga de 2002 se quedará pequeño en comparación con lo que nos van a imponer.

Y ahora las cosas están ya claras. El régimen no nos representa, debe ser derribado para establecer una verdadera democracia.

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A LO MEJOR ES QUE SOMOS TONTOS (OTRA VIÑETA DE LA REPRESIÓN EN ESPAÑA)

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Una de las mejores secuencias de la película American History X es aquella en la que el compañero de prisión negro le cuenta al nazi en proceso de redención los motivos de su detención y condena. Si no recuerdo mal, la cosa venía a ser más o menos así: el negro, pequeño delincuente, había robado un televisor y huía con él cuando fue interceptado por un policía (blanco, por supuesto) que le apuntó con la pistola intimidándole para que levantara las manos. Él, obviamente asustado, sabiendo como las gasta la policía fascistoide de los Estados Unidos, obedeció de inmediato: levantó las manos dejando caer el aparato de televisión sobre el dedo gordo del pie del policía que le acusó, nada menos, que de intento de asesinato, motivo por el cual cumplía una larga condena de cárcel.

Confieso que esa historia me hizo sonreír cuando vi la película. También pensar. Ayer leí una muy parecida en los medios de comunicación y no sé si estuvo más cerca de hacerme llorar o de enfurecerme hasta la náusea. Desde luego la sonrisa se me congeló en los labios en un rictus de asco y amargura.

La historia es conocida, imagino que no cogerá de nuevas a ninguno de mis lectores. Sucedió en Leganés donde un grupo de personas decentes trataba de evitar inútilmente otro desahucio más, otra oportunidad fraudulenta para un banco de poder vender dos o más veces el mismo bien destrozando por el camino la vida de una o varias familias, una consecuencia más de la estafa piramidal que llaman democracia y no es otra cosa que un régimen de latrocinio consentido a la oligarquía y el capital.

Por supuesto ese acto innoble y despreciable (aunque legal) contó con todos los beneplácitos del estado, de ese régimen corrupto que nos venden como democracia y es simple dictadura del capitalismo salvaje, de los más avariciosos, corruptos y despreciables sobre la buena gente. Allí estaban los representantes de eso que llaman "justicia" y, cómo no, las "fuerzas del orden"...los antidisturbios, cuyas maneras de actuar empezamos todos a conocer demasiado bien.

El desahucio no pudo pararse, la gente presente protestó contra la injusticia cometida, algún mando se puso nervioso, sintió hervir en su sangre el hálito fascistoide tan común en muchos uniformados, le salió el "mandoporcojones" y el "aquísecallatodoel mundoporquesoylaautoridad"...y optó por pasarse la libertad de expresión por el arco del triunfo, defecar sobre el más elemental concepto de democracia y exhibir su innata chulería de brigada chusquero poniendo a quienes protestaban contra la pared y procediendo a identificarlos sin otra intención que la de amedrentarles a ellos, la de sembrar el terror en cualquier otro ciudadano díscolo (la policía lleva desde el 15 de mayo ejerciendo un terrorismo de estado de baja intensidad, pero terrorismo de estado a fin de cuentas contra los ciudadanos que se limitan a pedir democracia verdadera y el fin del latrocinio tolerado por el estado) y, ya de paso, la de putearles (utilicemos esta expresión coloquial) asegurándoles una multa por el mero hecho de protestar contra la injusticia y atreverse a cuestionar el inmoral papel de la policía dentro del entramado del trinque consentido y del insulto a la vergüenza y la decencia que es el régimen actual.

Pero no quedó ahí la cosa. Hubo detenidos. En concreto un fotógrafo, Eduardo León, al que cierto policía acusó  de haberle agredido...¡con su máquina fotográfica!...cosa que cuanto menos parece poco plausible. Cualquiera que practique la fotografía a cierto nivel o tenga amigos fotógrafos sabe que con el material no se juega, es carísimo. De modo que cuando alguien afirma haber sido golpeado por un fotógrafo con su cámara hay que dudar, y mucho. Cuando ese alguien es un policía en un operativo antidisturbios después de haber visto este verano como se dedicaban a apalear impune y salvajemente a los indignados, a los laícos, a todos esos que con un vocabulario propio de neonazis peligrosos tildan de guarros y tenían la poca vergüenza de contar heridos entre los suyos (armados y protegidos hasta los dientes)...en fin, la credibilidad del argumento es poca por no decir ninguna. Viene a ser como el cuento del intento de asesinato por soltar un televisor que comentábamos al inicio de este artículo o cuando los americanos, deseosos de callar a la prensa crítica con su latrocinio iraquí, asesinaron de un cañonazo a José Couso argumentando que se habían creido amenazados por un supuesto lanzagranadas.

Básicamente esa sería la impresión que le quedaría a cualquiera con dos dedos de frente escuchando ese zafio intento de inculpación que por otra parte habla muy a las claras de la susceptibilidad casi psicopática del denunciante, de su bajo umbral de resistencia al  dolor y de su escasa inteligencia , circunstancias, al menos las dos primeras, que deberían bastar para excluirle del servicio. Sin embargo hay más, mucho más.

 Resulta que Eduardo León no es un desconocido para la policía de Madrid, es un reportero valiente que lleva todo el año documentando las redadas racistas y por lo tanto anticonstitucionales y contrarias a los derechos humanos que este cuerpo realiza en la capital, hay que suponer, por lo tanto, que le tenían ganas y que aprovecharon que también estaba documentando la ignonimia de los desahucios para vengarse de él.

Lo triste es que según los usos vigentes la palabra del policía es la que se creerá en el juzgado por tener el tipo rango de autoridad (independientemente de la dignidad, probidad y buen sentido con que la ejerza) y el periodista será castigado por el mero hecho de tratar de ejercer su libertad de expresión. Esa es la mierda en la que chapoteamos y que quieren vendernos como democracia.

 Y más triste aún es que nos toman por tontos y acostumbrados a que comulguemos con piedras de molino pretenden también colarnos esta. Si no por las buenas ya se encargarán de hacerlo a palos o con multas...aquí hay que creer, bajar los ojos y obedecer. Aquí solo los ricos, los políticos corruptos, los uniformados y los curas tienen derecho a hablar. Los demás debemos callar, dejar que nos roben, que nos humillen, que nos apaleen y nos arrebaten nuestra dignidad humana y nuestra condición de ciudadanos.

En fin, otra viñeta más de la represión en España.

NOTA.- En cuanto a la foto, corresponde a una pintada callejera con intenciones más que claras. La incorporo porque el pensamiento que expresa viene a resumir perfectamente el de la oligarquía y los mercados con respecto a los ciudadanos. Es exactamente lo que pretenden de nosotros, y que nos pongamos en posición docilmente y bien calladitos. Han privatizado nuestros esfínteres, o pretenden hacerlo.

 

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EL ESCÁNDALO AMAIUR

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En un escenario político en el que el PP con menos de un tercio de los votos posibles se considera legitimado para desmantelar el estado y arrebatar al pueblo los escasos derechos que le quedan en lo que no es otra cosa que la escenificación de un disimulado golpe de estado institucional al servicio del gran capital extranjero, el mero hecho de dejar a un grupo de diputados elegidos democráticamente como son los de Amaiur sin grupo parlamentario propio, cuando de hecho les corresponde, solo puede ser considerado un escándalo mayúsculo, un ejemplo más del déficit democrático del régimen de 1978.

No nos engañemos, en estas páginas seguimos defendiendo que dicho régimen carece de legitimidad, como poco desde el volantazo de mayo de 2010,  y por lo tanto todos sus actos son ilegales e impuestos como simple tiranía, incluyendo las elecciones generales. En ese sentido no concedemos a los representantes de Amaiur más legitimidad que a los del PP o del PSOE. Pero el hecho es que el corrupto sistema todavía no ha sido derribado y que sus reglas de juego siguen rigiendo para quienes participan en él.

La principal de esas normas es la igualdad ante la ley. Ya sabemos que no se cumple, que ante la ley unos siempre son más iguales que otros y que precisamente uno de los más claros síntomas del citado déficit democrático es esa asimetría legal, el hecho de que las leyes se redacten para favorecer a una minoría en detrimento de la mayoría y de que se las interprete siempre aplicando la ley del embudo. El caso de Amaiur es tan solo un episodio más de una constante clamorosa e indecorosa que ensucia desde antiguo el régimen vigente.

La excusa para discriminar a los diputados de Amaiur impidiéndoles tener un grupo parlamentario propio es su vinculación con ETA (acusación socorrida que, por ejemplo, también se intentó para lanzar el anatema contra los indignados), la eterna criminalización del diferente, del disidente.

Personalmente no siento ninguna simpatía por el terrorismo etarra (que a menudo ha jugado un papel en exceso conveniente para la limitación del avance democrático en España sirviendo a los intereses de la extrema derecha) y no acepto ni filosófica ni históricamente el nacionalismo vasco, que como el centralista-castellanista y el catalán son una simple construcción de las respectivas oligarquías para defender sus privilegios locales, tampoco soy partidario de la independencia de ninguna parte de España (incluyendo a Gibraltar) pero sí soy un partidario radical de aquello que es justo y de la democracia.

Y, por mucho que le pese a la derecha española, empezando por el rey (que mostró la más pésima educación democrática en su recibimiento al representante de Amaiur en la Zarzuela) tan democrática y legítima fue la elección de los diputados de la coalición nacionalista vasca como la de los vendepatrias del PP, de Foro Ciudadano o de UPyD (a quienes, precisamente por representar opciones derechistas, se les ha permitido forzar el reglamento parlamentario para constituir un pastiche con derecho a grupo propio). No debe olvidarse que Amaiur recibió aproximadamente el 20 % de los votos en Álava y Vizcaya, el 15 % en Navarra y el 35 en Guipuzcoa...y que, independentistas o no, los ciudadanos que emitieron esos votos siguen siendo ciudadanos españoles con el mismo derecho que todos los demás a ver representado su voto en el parlamento. Aplicarles la consabida ley del embudo, aparte de una torpeza monumental (el independentismo se combate mejor con la justicia, la equidad y el consenso que con la imposición, el caciquismo y la prestidigitación política), es sencillamente un insulto a la democracia. Una prueba incontrovertible de que el régimen partitocrático de 1978 no es más que la prosecución del franquismo por otros (y amañados) medios.

Así que lo dicho: la injusticia sufrida por los diputados de Amaiur en el congreso de los diputados no solo es escandalosa, es un síntoma de la putrefacción del régimen, un acto estúpido y antidemocrático que, si cabe, resta todavía más legitimidad a un régimen ya de por sí tiránico e incompetente en cuanto sistema democrático.

NOTA.- La fotografía es de bizantine.

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OBSTINACIÓN RECALCITRANTE (Y SUICIDA)

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El debate de investidura del señor Rajoy en las ilegítimas cortes españolas ha sido una charlotada vulgar y deleznable  , un simple alarde de ceguera dogmática, un empecinarse en el fundamentalismo ideológico a despecho de todas las pruebas que la historia ha acumulado en contra de la utilidad de las nocivas tesis neoliberales. Y lo peor de todo no ha sido el hecho, esperable, de que la mediocridad analítica y la escasa capacidad de iniciativa de la derecha (tanto extrema: PP, CiU, PNV, UPyD como moderada: PSOE) haya conducido a la defensa de lo indefendible, a insistir en políticas que se saben perjudiciales desde el siglo XIX, sino que la izquierda moderada (en nuestro parlamento no existe verdadera izquierda, tan solo formaciones socialdemócratas más o menos domesticadas) ha mostrado similar adocenamiento filosófico limitándose a suplicar medidas keynesianas y a proclamar su lealtad hacia unas instituciones disfuncionales, ilegítimas, en absoluto democráticas y sin verdadero peso político en lugar de dedicarse a ayudar en la irrenunciable e inaplazable tarea de construir un contrapoder verdaderamente social y democrático en la calle, una iniciativa que ayude a derribar un régimen caduco y demostradamente incapaz de defender los intereses de la mayoría de los ciudadanos aupando uno que cumpla precisamente esa función: la de gestionar la implementación de los intereses generales del pueblo frente a la dogmática ortodoxia neoliberal propia del régimen vigente y que solo favorece al gran capital internacional y a sus secuaces, entre los que se cuentan la inmensa mayoría de nuestros políticos.

Las tesis defendidas en dicho debate por el flamante nuevo presidente del gobierno no representan ninguna novedad. De hecho son la escenificación de una ideología antigua, caduca e inoperante, que se aplica una y otra vez con obstinación recalcitrante y suicida a pesar de su probada ineficacia para generar prosperidad y progreso social.

Tanto el señor Rajoy como el resto de las grandes lumbreras neoliberales que en el mundo son están imponiendo por la fuerza una mentalidad atrasada, propia del siglo XVII, que no se ha modernizado nada desde entonces y que ya desde el siglo XIX ha sido científicamente desenmascarada y no solo por el pensamiento marxista. Una mentalidad errónea y perjudicial que sus seguidores no esgrimen como fórmula contrastada por la realidad sino como simple fe, como dogma indiscutible. El neoliberalismo hace tiempo que dejó de ser una ideología política para convertirse en una religión inmune a cualquier proceso racional de crítica. De hecho podemos afirmar que el neoliberalismo ha acabado convirtiéndose en poco más que en una secta destructiva, una ideología dogmática y totalitaria cuyos acérrimos seguidores viven fuera de la realidad, necesitando urgentemente una desprogramación mental para poder tener alguna posibilidad de convertirse en ciudadanos de bien, en personas sensatas y útiles para la sociedad.

El ansia de desrregulación de los mercados procede de los siglos XVI y XVII. En esa época España mantenía el monopolio comercial de la mayor parte de América y los protestantes codiciosos de Inglaterra, Holanda y Francia, impregnados de fanático antipapismo y devorados por la avaricia, clamaban por la libertad de comercio para justificar sus actos de piratería, sus robos, saqueos, asesinatos y violaciones en la América hispana. No han cambiado nada desde entonces. El liberalismo sigue siendo la misma amalgama de odio racial y religioso entreverada con avaricia ciega y desvergüenza total.

Ya el siglo XVII presentó los primeros ejemplos de burbujas capitalistas periclitadas que traían la ruina y el empobrecimiento de la mayoría al precio de concentrar poder y capitales en unos cuantos. En ese sentido es famosa la burbuja de los tulipanes en Holanda (que explotó en 1637), primer ejemplo de lo que, precisamente por seguir aplicando las mismas políticas económicas, financieras y sociales del siglo XVII, estamos viviendo en nuestros días.

Más tarde, en 1862, el economista francés Clement Juglar publicó un libro fundamental en el estudio científico de los ciclos capitalistas y de cómo las crisis que empobrecen a la mayor parte de la población concentrando el poder y el capital cada vez en menos manos, no son una casualidad sino una constante inevitable del liberalismo capitalista. El libro en cuestión se titulaba: Las Crisis Comerciales Y Su Reaparición Periódica en Francia, Inglaterra Y Estados Unidos. Desde entonces existe una demostración científica de que las medidas que los actuales neoliberales proponen para arreglar la crisis únicamente acaban generando más crisis y mayor pobreza. Sin embargo, continúa el dogmatismo ciego y suicida.

Puesto que las críticas de Juglar y otros economistas lúcidos no fueron tenidas en cuenta y la inercia del capitalismo salvaje, de la especulación y de la desrregulación condujo a la terrible crisis de 1929, fue preciso que nuevos estudiosos  intentaran corregir los evidentes fallos de la ortodoxia liberal. Fue así como en 1936 Keynes publicó otro libro fundamental: Teoría General Del Empleo, El Interés Y El Dinero.

Keynes, acaso por cobardía, condicionado quizá por la necesidad de desarrollar su carrera en el núcleo duro del capitalismo salvaje, no se atrevió a llevar hasta las últimas consecuencias filosóficas la evidencia que guiaba su trabajo: el hecho de que la ortodoxia liberal capitalista es básicamente errónea y no genera prosperidad y progreso, sino una miseria creciente mientras se concentran el poder y el capital cada vez en menos manos generando una asimetría social que acaba convirtiendo, lo estamos viendo perfectamente en nuestros días, en imposible la democracia.

Keynes se limitó a aceptar el imperfecto y perjudicial capitalismo que constituía la base ideológica del mundo imperialista anglosajón en el que se formó, buscando medios de rectificar las nefastas consecuencias de la total libertad de eso que llaman mercados para no nombrar al gran capital. Desarrolló así una teoría en la que el estado, lejos de cumplir su función democrática de defender y gestionar el bien común, se convierte en un rehén de los intereses del capital ofreciéndose como regulador en tiempos difíciles a través, en última instancia, de socializar las pérdidas del gran capital privatizando en su favor todas y cada una de las plusvalías generadas por la economía del pueblo mediante la regulación sesgada del estado a favor del capital.

El keynesianismo era un elemento de estabilidad para el capitalismo pero se oponía al dogmatismo totalitario de los capitalistas irredentos del nuevo imperio en auge, los Estados Unidos, y fue por ello apartado imponiéndose con furia el nefando fundamentalismo de los nuevos amos del mundo.

Fueron estos quienes, mediante los tratados de Bretton Woods en 1944, impusieron el dogma neoliberal sobre el mundo creando, de paso, un entramado de instituciones internacionales y una "legalidad internacional" que no vienen a ser otra cosa que organismos mafiosos para imponer por la fuerza dicho dogmatismo.

Que los organismos y la "legalidad" internacional solo sirven para proteger los intereses del gran capital, y que son medios de imposición de los mismos y su dogmatismo totalitario al mundo, nos lo demuestra cualquier análisis, siquiera somero, de su funcionamiento. La ONU, por ejemplo, a través de sus políticas de desarrollo agrario lleva medio siglo favoreciendo los intereses de las grandes corporaciones aun a costa de arrojar a la miseria a millones y millones de pequeños campesinos. No hace mucho (¿se acuerdan de la gripe A?) vimos como la OMS se utilizó para llenar los bolsillos de una multinacional farmaceutica vinculada a miembros del gobierno de los Estados Unidos, los mismos que, con similares intereses bastardos, forzaron la invasión de Iraq...estamos hartos de ver como el FMI siempre que interviene es para empobrecer a la población, recortarle sus derechos y favorecer a las grandes corporaciones permitiéndoles enriquecimientos ilegítimos. Hartos de comprobar como la OMC ataca el sector público en todos los países para convertirlo en negocios privados que favorezcan a las grandes corporaciones, como la Unión Europea sigue el mismo camino...

Toda la legalidad internacional es un fraude, todos los organismos internacionales son eslabones de la misma cadena mafiosa. No hay salvación para el pueblo dentro de esa ortodoxia inamovible. Eso es un hecho y cualquier político que pretenda mantenernos afectos a esos mecanismos es un estúpido o un traidor, en cualquier caso un individuo indeseable y perjudicial para la sociedad que pretende dirigir. De hecho también empezamos a estar hartos de ver como los políticos después de empobrecer a sus pueblos y de arrebatarles sus derechos son premiados en el sector privado, acumulando puestos, sueldos y prebendas por parte de las grandes corporaciones que han favorecido culpablemente...

Y, sí, lo que vimos en el debate de investidura de Rajoy no excedió esos límites. Tanto la ultraderecha como la derecha moderada y la pseudo-izquierda representadas en el congreso se limitaron a escenificar una danza macabra enmarcada en ese escenario perjudicial y predeterminado de la ortodoxia neoliberal. Triste, muy triste...

Y seguramente lo más triste de todo fue contemplar al señor Cayo Lara invocando medidas keynesianas, es decir: de total acatamiento al capitalismo, en el marco de un anticuado discurso económico sin duda válido para épocas anteriores a la deslocalización y que no apuntó en ningún momento contra los verdaderos enemigos del pueblo ni presentó soluciones para escapar a su control, si esa es la izquierda que nos espera...estamos muertos.

En fin, solo queda un camino: construir la alternativa en la calle y desde la calle. Y luego tomar el poder y desconocer conscientemente la llamada "legalidad internacional"...llegan tiempos de lucha o sometimiento total. Habrá que elegir.

NOTA.- La fotografía es de Pink Sherbet Photography

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20/12/2011 19:53 disidenteporaccidente Enlace permanente. economía No hay comentarios. Comentar.

UN SÍMBOLO ELOCUENTE

Hay que tomar nota de lo que se ve, de los detalles, lo digo siempre, porque en ellos se esconde el subtexto de la demagogia política, la verdad que nos escamotean en los discursos y la constante propaganda del régimen sea abierta o encubierta en los medios informativos controlados por el Poder.

Y hoy, en la inauguración de la X legislatura del régimen de 1978, esta partitocracia mal llamada democracia y que ha perdido toda legitimidad al convertirse en un medio tiránico de imponer los intereses del gran capital sobre las necesidades del pueblo, el lucro privado de unos pocos sobre el bien general de todos, hemos asistido a un símbolo muy elocuente sobre la realidad en la que nos movemos.

Hoy, como parte del acto institucional y complemento de las proclamas en el parlamento, cuya sede, lo hemos visto con nítida claridad este año de respetuosas y fundadas protestas ciudadanas, está vetada al pueblo marcando una evidente diferencia entre los supuestos representantes del mismo (que hacen el trabajo sucio del gran capital) y la ciudadanía a la que se multa, golpea y agrede con medios públicos (la policía) si trata de acceder en sus protestas si quiera a los aledaños de un edificio que no es, o no debería ser, una institución aparte de aquellos que se suponen en ella representados, hoy, decía, han culminado los actos institucionales con un desfile militar delante del parlamento.

El símbolo, y más después de lo que llevamos visto estos meses, está bien claro: las instituciones del régimen no son patrimonio de la soberanía nacional sino del régimen y quienes lo manejan en la sombra sin someterse al arbitrio electoral del pueblo en un esquema partitocrático destinado a dar una pátina de legitimidad democrática a decisiones que consisten básicamente en vender el país a los intereses privados y esclavizar al pueblo. Cuando el pueblo protesta se acumulan antidisturbios en las puertas del parlamento para disolverlo a palos o dedicarse a multar indebidamente a quienes reclaman justicia, patriotismo y democracia. Cuando los próceres convocan sus aquelarres ceremoniales es el ejército el que desfila por unas calles vetadas de ordinario a la protesta popular a guisa de tan elocuente como tácita advertencia.

En los próximos años el ilegítimo gobierno salido de las ilegítimas elecciones de noviembre de 2011 dejará de contratar funcionarios salvo en las ramas del ejército y la policía. ¿Por qué?...porque las instituciones del régimen ni nos representan ni pretenden hacerlo, forman una superestructura ajena al pueblo cuyos magnates están dispuestos, como ya vimos en Cataluña, a imponer su desvergüenza y su falta de patriotismo de un solo modo: por la fuerza de las armas. Esa es su democracia.

Urge, por lo tanto, que nos movilicemos para hacer valer la soberanía popular e implantar una verdadera democracia, del pueblo y para el pueblo.

NOTA.- El vídeo que ilustra este artículo corresponde al día de la hispanidad, pero el mensaje viene a ser el mismo. Igual que se reitera en el de al constitución.

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