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LAS LIMITACIONES DEL SOCIALISMO ÁRABE.

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Si algo ha demostrado la última década y, especialmente, los últimos dos meses, son las limitaciones del socialismo árabe y su inadecuación como elemento de modernización social y política. Ya sé que esta frase animará y hará felices a muchos de esos parafascistas neoliberales que con tal de denigrar al socialismo y a las opciones de avance social, racionalismo político y justicia democrática saltan a la yugular de cualquier cosa que les huela a izquierdismo y que lleve en sus enunciados la palabra socialista llegando, en su infinita ignorancia y deprimente estulticia, a equiparar con deleite nacional-socialismo, social-democracia, marxismo y stalinismo...bien, ya sabemos que esos imbéciles existen, abundan y tienen la desfachatez, sobre todo últimamente puesto que se ven respaldados por poderes económicos y mediáticos tan ridículos y repugnantes como ellos, de hacer ruido y alardear de su congénita memez allí por donde pasan. Pero también sabemos que este blog es para todos los demás. Para la gente sensata y con ansias de justicia, progreso y verdadera democracia.

Ya, ahora que nos hemos librado de los fascistas neoliberales y sus ruidosos acólitos devotos de la cleptocracia memocrática del liberalismo ultracapitalista, recomencemos. 

Decíamos que si algo están demostrando los últimos acontecimientos en el norte de África, pero también la evolución de los regímenes árabes del Próximo Oriente, es que el llamado socialismo árabe no ha servido para modernizar dichos países del mismo modo que las opciones teocráticas arcaizantes han contribuido, por cierto con el apoyo de los imperialismos anglosajones que de ese modo retratan su verdadera naturaleza ideológica (teocrática y arcaizante), solo sirven y han servido para escenificar una falsa imagen del complejo mundo árabe e islámico bajo el yugo de un totalitarismo coránico aberrante propio de extremistas alucinados que no hubieran sido nada si los imperialismos dominantes no los hubiesen protegido en contra de opciones plurales y de progreso que hubieran reconducido el mundo islámico en direcciones más sensatas, productivas y avanzadas al modo turco. Pero, claro, el modelo turco excluía, al menos en principio, la ingerencia colonial y eso perjudicaba a los intereses imperialistas de Francia e Inglaterra primero y de los Estados Unidos después. Para estos, para las oligarquías financieras que manejaban y manejan sus negocios, resultaba más productivo respaldar el siempre impopular totalitarismo teocrático de sectas como los wahabitas o los salafistas que a cambio les permitiesen apropiarse de las materias primas y riquezas de sus territorios que favorecer el desarrollo de sociedades avanzadas y democráticas que, lógicamente, dificultarían en mayor grado el impune expolio al que han sido y son sometidas las naciones árabes y musulmanas. En ese sentido podemos afirmar con absoluta certeza que los mayores culpables de la expansión del integrismo islámico por el mundo son las potencias imperialistas anglosajonas que, sistemáticamente, apoyaron los regímenes corruptos y teocráticos frente a aquellos otras opciones más modernizadoras y, consecuentemente, menos permeables a la sumisión colonial.

 Sin embargo esas opciones, inspiradas en el socialismo árabe y más o menos relacionadas con el baasismo, que abarcaron desde Iraq y Siria hasta Egipto o la propia Libia, acabaron demostrando que, pese a un barniz externo de modernización, contribuyeron a mantener las antiguas estructuras sociales engendrando regímenes en absoluto democráticos y en cambio profundamente corruptos e inmobilistas. Conviene, en estos momentos de cambio, analizar la verdadera naturaleza ideológica y política del socialismo árabe y por qué fracasó en la modernización que de él se esperaba para, en todo caso, entender lo que sucede y, acaso, prever lo que pueda acaecer.

 Los padres reconocidos del socialismo árabe son Michel Aflaq y Salah Bital, dos sirios, cristiano greco-ortodoxo el uno, musulman sunní el otro, que a comienzos de los años treinta, se enfrentaron a la presencia colonial europea que venía a sustituir el imperialismo otomano en todo el Próximo Oriente, y empezaron a buscar caminos para conseguir la libertad del pueblo árabe, tantos siglos sojuzgado por los turcos y, después de la I Guerra Mundial, por los franceses e ingleses.

Precisamente esa es la principal fuente de limitaciones del socialismo árabe en cuanto fuerza modernizadora: que nunca buscó un cambio real en las estructuras sociales árabes siendo en eso profundamente conservador. Su único objetivo era deshacerse del yugo colonial. Así, cuando a partir de 1932 empezó a hablarse de nacionalizaciones y desde 1953 empezaron a aplicarse, los teóricos y políticos del socialismo árabe se referían a los intereses de las potencias coloniales pero en modo alguno a las fortunas de los nacionales. Cuando se hablaba de modernización se hablaba, al modo salafista, de adaptar los avances técnicos del siglo a estructuras sociales arcaicas y arcaizantes. En otras palabras: se hacían políticas para desplazar el dominio colonial en favor de las ya preexistentes oligarquías árabes. Luego la principal limitacíón del socialismo árabe en cuanto fuerza modernizadora fue, desde su mismo comienzo, el hecho cierto de que distaba mucho de ser verdadero socialismo. Se trataba tan solo de un asalto al poder de las oligarquías árabes deseosas de quedarse con los restos del extinto imperio otomano. El lenguaje que envolvía los actos era moderno, propio del siglo XX, pero la realidad era la misma de los últimos siglos: la depredación pura y dura de cualquier ámbito no controlado por el imperio de turno. Y los dirigentes árabes tuvieron en ese sentido la enorme suerte de que el imperio turco llevaba siglos agonizando antes de su desaparición y de que Francia e Inglaterra apenas dispusieron de dos décadas (1919-1939) para afianzarse en Oriente Próximo al tiempo que a su heredero directo a partir de 1945, los Estados Unidos, le surgió, especialmente a partir de 1948, un poderoso antagonista con el que poder aliarse: la Unión Soviética.

 En esa tesitura de imperios débiles y cambiantes, las oligarquías árabes pudieron hacerse con el poder político y acaparar el económico con criterios puramente clasistas y verticales más próximos a una organización fascista (autoritarismo conservador, predominio social oligárquico dentro de un marco clientelar, control férreo del estado sobre la sociedad) que a cualquier experimento socialista. No en vano durante la II Guerra Mundial el nacionalismo árabe, antes que identificarse con la Unión Soviética, miró con arrobo a las potencias del Eje.

El pensamiento de Michel Aflaq y de Salah Bital y de cuantos siguieron sus consignas fue ensencialmente el de las oligarquías árabes medioorientales deseosas de acaparar mayor riqueza y poder pero sin modernizar ni mucho menos modificar un ápice la estructura social que dominaban y aspiraban a seguir dominando. Fue así como el socialismo árabe, exactamente igual que las monarquías teocráticas, se esmeró en mantener las arcáicas estructuras tribales y feudales como "seña de identidad árabe" lo que en la práctica equivalía a una renuncia consciente a la modernización de la sociedad y de sus usos, porque, evidentemente, tampoco se transformó el derecho de familia dándose por buenos los usos legados por un pasado esencialmente islámico. Y eso ha sido así hasta nuestros días, de modo que podemos afirmar que el predominio del llamado socialismo árabe algunos de cuyos regímenes hemos visto caer en los últimos tiempos (iraq en 2003, Egipto, Tunez y muy posiblemente Libia en estos primeros meses de 2011) han sido sesenta años tirados a la basura en lo referente a la modernización de las sociedades árabes. Visto lo cual es muy probable que el modo en que dichas sociedades resuelvan las crisis actuales en las que se encuentran tiendan más al conservadurismo, a la sustitución de unas estructuras oligárquicas por otras, que a una verdadera evolución democrática. Y, dentro de esas luchas horizontales entre oligarcas conservadores siempre cabe la posibilidad de que el factor religioso empiece a jugar un papel relevante destinado a consolidar el poder de la facción dominante mediante el totalitarismo teocrático.

El socialismo árabe fue siempre formalmente panarabista y , de hecho, esa ideología se reflejó en los astracanescos intentos de conformar una República Árabe Unida eternamente arruinados por los intereses de las oligarquías locales y el personalismo de los caudillos que las dirigían. Ni los propios baasistas de Siria e Iraq lograron ponerse de acuerdo en los años sesenta apareciendo las dictaduras de Hafez El-Asad y Sadam Husein ni Naser pudo imponer el peso de Egipto para conseguir una unidad que muy a menudo ni siquiera era monolítica dentro de sus propios estados.

Así las cosas, el único rasgo medianamente modernizador del socialismo árabe fue su laicismo y aun este debe ser objeto de un examen crítico.

 No debemos olvidar a ese respecto el hecho de que uno de los padres de esta ideología, quizá el principal, Michel Aflaq era árabe y sirio pero de confesión cristiana bajo la autoridad del patriarca de Constantinopla. Desde esa posición difícilmente podía asumir la falsa ecucación, que por otra parte conforma la base de la ideología tecrática del radicalismo islámico, de que árabe es en todo caso igual a musulman. Ecuación, no lo olvidemos, que el imperialismo anglosajón (inglés primero, desde 1945 estadounidense) ha potenciado con su apoyo a monarquías confesionales y su oposición a los regímenes laicos conformados por el socialismo árabe.

Esa no aceptación religiosa de que el mundo árabe no es una equivalencia exacta del mundo islámico, que el cosmos social del Medio Oriente es plural y complejo, heredero directo de una larga historia donde le islam solo es un elemento más y mayoritario únicamente debido al control político de los estados que allí gobernaron, que abarca desde el islam sunní a las tribus que todavía adoran el fuego en Irán, pasando por el chiismo, por todos los grados y formas de cristianismo, incluyendo sectas más o menos mixtas y esotéricas como los drusos o los alahuitas (no confundirlos con la dinastía marroquí) fue una baza obligada por el mismo origen de Aflaq pero que permitió dibujar una sociedad y un ordenamiento político plural y enriquecedor que prometía superar los antiguos esquemas de predominio sunnita implantado por el imperio otomano y que el imperialismo inglés pretendió perpetuar con la creación de reinos hachemitas en todas las tierras sustraidas al poder turco después de la I guerra mundial y el reconocimiento de la dinastía saudita en Arabia. En Egipto mantuvieron la dinastía albanesa ya existente pero, en la práctica, siendo esta una evolución de la administracíón provincial otomana, mantuvo sus formas y sus moldes ideológicos contribuyendo al continuismo inglés.

El modelo plural y laico del socialismo árabe permitió esperanzadoras imágenes como las de chicas jóvenes acudiendo a la universidad en vaqueros y pintadas en Bagdad o Damasco allá por los años setenta y que hubiera cristianos o alahuitas en importantes puestos políticos pero no bastó para desarraigar el predominio religioso de las diversas sociedades. Incluso, hacia finales de los ochenta, se produjeron retrocesos importantes relacionados con el intento de afianzamiento de los regímenes frente a la presión del imperialismo yanqui, siempre partidario de las teocracias sunnitas (es Estados Unidos el principal responsable de la existencia de Al-Qaeda) como pudo verse claramente, sin ir más lejos, en el propio Iraq.

En otros países, por ejemplo Egipto, el régimen implementado por los socialistas árabes era laico y oficialmente enfrentado a los teócratas fundamentalistas (herramientas de desestabilización al servicio de la monarquía saudí y, a través de ella, de los Estados Unidos) pero jamás admitió el progreso político de quienes no fueran musulmanes sunnitas de tal modo que los cristianos coptos estuvieron en su mayor parte tan marginados de la vida política como lo hubieran estado bajo un régimen fundamentalista aunque, seguramente, menos perseguidos.

Sin embargo el laicismo es un error si lo que se pretende es el progreso de los pueblos. Un error, ojo, que está en la base de la ideología de las democracias occidentales razón por la cual se convierten en instrumentos inadecuados para el progreso social y cultural de la población. Frente al fanatismo religioso (y todo creyente es un fanático en el fondo) no cabe la tolerancia ni el colaboracionismo. La verdadera democracia ha de ser convencida y militantemente antirreligiosa porque, de lo contrario, siempre permite la supervivencia saludable de las estructuras sectarias que se incardinan de un modo u otro en el entramado social y político logrando imponer sus posicionamientos arcaizantes y acaban imponiéndose a la democracia y anulando el progreso (véase sin ir más lejos lo que sucede en los Estados Unidos). Las sectas religiosas son parasitarias del estado hasta que logran dominarlo e imponer su doctrina al conjunto de la sociedad. Frente a esa realidad el laicismo es solo un paréntesis insuficiente que tiende siempre al retroceso y la claudicación.

Desgraciadamente Michel Afleq y Salah Bital eran creyentes. No podía ser de otro modo. Habían nacido y crecido en un medio confesional y sus mentalidades, atrasadas, no pudieron dar el salto necesario para entender que la democracia debe ser necesaria y militantemente antirreligiosa. Es más: ni siquiera tenían un concepto claro de democracia como demostraba el hecho de que no consideraban ni de lejos una transformación de la sociedad tribal, jerárquica y patriarcal de la que procedían sino tan solo sublimarla con el predominio árabe libre del control turco o europeo. El socialismo árabe nunca fue socialismo, nunca fue democrático y, en la práctica, jamás fue sinceramente panarabista. Tan solo una herramienta de las oligarquías locales para consolidar su dominio social en un entorno geográfico preciso. Dentro de esa realidad el laicismo que preconizaba resultaba puramente accidental y no encerraba en la práctica ninguna intención modernizadora ni de cambio motivo por el cual su función de progreso y de modernización fue absolutamente nula en el fondo aunque aportase algunos indicios esperanzadores en la forma.

Resumiendo: las limitaciones del socialismo árabe provienen de que ni fue socialista, ni progresista, ni democrático. Se limitó a perpetuar los viejos esquemas sociales dentro de unos estados autoritarios donde el clientelismo propio de la sociedad tribal (esto es: feudal) árabe se desarrolló en torno a caudillos que contaban con el poder del aparato militar y estatal aspirando a crear dinastías que se perpetuaran en el mismo. Eso generaba unas oligarquías corruptas y multimillonarias sustentadas por un pueblo explotado, hambriento y excluido. La revolución era simple cuestión de tiempo. Toda tiranía llevada a su extremo genera una revolución, es una ley política e histórica.

Ahora bien ¿qué podemos esperar de esas revoluciones?...Ya hemos visto que los casi sesenta años de poder del socialismo árabe han sido décadas perdidas en lo tocante a cambios sociales y mentales. Las sociedades que se desarrollaron bajo los estados baasistas o similares se limitaron a perpetuar los ancestrales esquemas jerárquicos del poder oligárquico de base feudal sin molestarse en desterrar la influencia religiosa de la sociedad. De modo que el legado que nos dejarán tras las revoluciones que los están derribando muy probablemente sea total y absolutamente regresivo.

Y conste: me encantaría equivocarme. Pero eso dependerá, entre otras cosas, de que los nuevos poderes hagan caer la censura en la red y los medios de comunicación y los jóvenes árabes puedan acceder a la información global sin filtros. También de que los emigrados en Europa hayan asimilado la mentalidad de este continente y no sigan considerando su pensamiento arcaizante como seña de superioridad e identidad y al volver a sus paises contribuyan a modernizar sus mentalidades. Veremos.

NOTA.- la fotografía es de gnuckx.  

 

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