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EL LANDISMO: FRACASO INTERIOR DE UNA CRUZADA SANGRIENTA.

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 La cultura popular es siempre un excelente reflejo de la naturaleza y evolución de una sociedad determinada en un momento histórico preciso. Por ese motivo estudiarla representa uno de los mejores recursos para acceder a su comprensión. Muchas veces aquello que dificilmente pueden explicar sesudos y eruditos tratados, que resulta difícil de abarcar por su misma y caleidoscópica complejidad, se aprehende más sencilla y directamente analizando los fenómenos de dicha cultura popular. Aquí vamos a tratar de utilizar el cine español más comercial y su devenir para intentar comprender el progresivo fracaso, incluso dentro de la mentalidad de los propios vencedores de la guerra civil, de la ideología del falangismo nacional-católico que permitió los precisos avances sociales que llevaron a la posterior transición.

Por supuesto el cine es uno de los máximos exponentes de la cultura popular del siglo XX. Realizar una película es lo suficientemente caro como para hacerlo a fondo perdido. En todos los casos, incluso en aquellos en los que se apuesta por el malditismo y la minoría, esta minoría debe ser lo suficientemente importante como para presentar una promesa de reembolso y benefico de los capitales expuestos. Sin un mercado rentable no hay cine ni teatro. Tampoco en realidad literatura, pero el fenómeno es mucho más acusado en aquellas artes que requieren de más altos dispendios para su puesta en marcha. Por lo tanto puede afirmarse que el cine, desde sus inicios, se constituyó en un definido exponente de la cultura popular y, por lo tanto, en gran medida, en inmejorable termómetro del sector mayoritario de la opinión pública tanto en su cauce principal como en lo referente a los meandros  secundarios pero igualmente relevantes desde el punto de vista social. Es, de facto, un perfecto escáner sociológico y magnífica herramienta para el estudio histórico. Circunstancia que, como se ha dicho, aprovecharemos en este pequeño estudio para aproximarnos al fracaso interno de toda una generación, los triunfadores de  la guerra civil, y el progresivo abandono de unos ideales que no pudieron sobrevivir a la confrontación con la realidad.

Hemos de asumir, puesto que el cine necesita de mercados rentables, que el realizado durante la dictadura franquista iba dirigido mayoritariamente a quienes detentaban el poder social en ese momento, en otras palabras, a los vencedores de la guerra civil quienes, incluso cuando otras generaciones comenzaban a hacer su aparición a principios de los sesenta, seguían representando el consenso social dominante y el principal referente ideológico del régimen. Aquellos señores de derechas que hicieron la guerra y sus beatísimas esposas constituídos en alta y media burguesía, en clase dominante capaz de imbuir sus maneras e ideas en otras clases inferiores que deseaban mimetizarse con ellas para facilitar su propio ascenso social, constituían el mercado natural tanto del cine como del teatro español de la época y, aún en los casos en los que las películas iban dirigidas a sus hijos, eran en gran medida ellos quienes ponían el dinero para ir al cine y quienes, en definitiva, dictaban las normas del buen gusto, las claves últimas de la aceptación del producto y su consecuente triunfo. Por lo tanto, estudiando la evolución del cine español en aquellas décadas podremos acercarnos fácilmente a la evolución de la opinión pública dominante y la mudanza de los espíritus individuales. Hacerlo resultará sin duda interesante y no será tiempo perdido. A fin de cuentas nos ayudará a comprendernos un poco más a nosotros mismos y a la sociedad en la que vivimos.

Por supuesto, no podía ser de otro modo, los primeros años del nuevo régimen aportan un cine de alto contenido propagandístico que trataba, sobre todo, de ilustrar las ficciones históricas e ideológicas que habían justificado el golpe contra el estado legítimo que representaba la república, la subsiguiente guerra, las matanzas, las torturas, la represión inacabable y el nuevo, ilegítimo e inviable régimen estatuido a consecuencia de toda aquella cadena de crímenes. El máximo lema de ese primer franquismo era "Por el imperio hacia dios" y pretendía restablecer una España que, en realidad, jamás existió. Las reinterpretaciones basadas en los valores cristianos como sinónimo de Europa son siempre falsas y proceden de una mentira consciente. Más aún en el caso de España donde la idea "imperial" se confunde maliciosamente con los intereses dinásticos de los Habsburgo y la de "España" con el predominio de la oligarquía terrateniente castellana. La España imperial, católica, unitaria y monolítica que proclamaba el franquismo era tan solo una invención, una reinterpretación históricamente sesgada que las oligarquías antecitadas utilizaban como explicación de su predominio y justificación de sus actos criminales. No tenía ninguna base real, pero convenía recrearla ante el público para dotar de supuesta legitimidad al nacional-catolicismo impuesto como nuevo paradigma político en un esquema maniqueo que enfrentaba la ficción fascista (España) de la realidad histórica y social (eso que siguen llamando la Anti-España) de ahí que se abordase todo un ramillete de subgéneros cinematográficos que abarcaban desde las acartonadas invenciones y revisiones del pasado hispánico, a la simple propaganda eclesiástica con visos teocráticos pasando por la glorificación de los africanistas a través de películas bélicas que ensalzaban sus andanzas en el protectorado marroquí y los supuestos valores de las unidades militares (ya anticuadas cuando se concibieron y se fundaron) adscritas a aquellas, tal la legión.

Pero más allá de las necesidades propagandísticas de un régimen ilegítimo instalado por las armas y el crimen de lesa humanidad, ese cine de primera hora venía a cubrir una importante función psicológica en las clases que vencieron la guerra civil. También los individuos, como el régimen, necesitaban justificarse. Llevaban demasiada sangre y sufrimiento ajeno en las conciencias. Y no de personas desconocidas. En España se asesinó de cerca: a amigos, vecinos, conocidos, incluso familiares...y la represión continuó durante décadas. En los cuarenta, mientras los vencidos seguían siendo fusilados, torturados, encarcelados, perseguidos, excluidos y padecían en primera persona el hambre, los de siempre, aumentaban su riqueza mediante el estraperlo y la corrupción. Las conciencias de los vencedores tenían mucho que hacerse perdonar y resulta evidente que no lo conseguían. Gran parte del negacionismo de sus descendientes físicos e ideológicos procede precisamente de ese profundo complejo de culpa que no han logrado exorcizar. Los vencedores ganaron una guerra, pero perdieron gran parte de su humanidad en los sangrientos años de guerra y posterior represión. Durante algún tiempo trataron de buscar la paz interior perdida en el misticismo y en la verificación de su ideal politico. Más tarde, evidenciado el fracaso, la inviabilidad del nacional-catolicismo, buscaron refugio en el olvido. Siguen ahí...sin darse cuenta que no se librarán del sentimiento de culpa hasta el momento en que acepten sus actos (ya los de sus antepasados) y se decidan a no repetirlos. Por desgracia, esa necesaria catarsis de amplios sectores sociales en España parece todavía muy lejana. Tan graves fueron la culpa de los sublevados y tanta su persistente cobardía.

Por desgracia para los vencedores de la guerra su utopía falangista, nacional-católica, comenzó a fracasar muy pronto. Ya en el mismo verano de 1939. Los curas, desde su nueva posición dominante, dieron rienda suelta a su retorcida moral llegando a prohibir por impúdico e inmoral, el mero hecho de bailar. En eso todos los fanáticos seguidores de la superstición semita son iguales, talibanes, rabinos, curas, pastores, popes...identifican el mundo con el demonio y todo lo que signifique disfrutarlo les parece primero un pecado y enseguida un delito. Tienden a la prohibición...y, como no puede ser de otro modo, fracasan estrepitosamente. En veranos sucesivos y en áreas diversas, los triunfantes curas trataron de imponer hasta bien entrados los cincuenta, la prohibición de bailar. Siempre obtuvieron los mismos resultados: allí donde no se bailaba en público se fornicaba desaforadamente en privado con sus lógicas consecuencias a menudo ilegítimas, y eso les parecía peor. Confrontados con la realidad, fueron derrotados por esta. No podía ser de otro modo.

Todo el ideario nacional-católico tenía tan poca consistencia y era tan estúpido como el afán por prohibir bailar. Tenía, necesariamente que fracasar.

Me cuesta creer que de verdad alguien, en algún momento, llegase a pensar que la idea de una dictadura teocrática, orientada a la santidad y basada en el mundo agrario mucho más "sano" (es decir: ignorante y atrasado y por lo tanto más conservador) que el de la ciudad y la industria, con una economía autárquica llegase a funcionar. A cualquiera con dos dedos de frente la sola idea le haría sonreir despreciativamente.

No es este el lugar para entrar en pormenores, resumiremos, pues, el fracaso del nacional-catolicismo fijándonos en su lema central: ¿Por el imperio hacia dios?...bajo el franquismo se perdieron los últimos restos del imperio español: Marruecos (1956), Guinea (1968) y el Sáhara con Ifni (1975)...y después de eso llegó el destape, la libertad sexual, la Movida...o sea: absoluto fracaso. Y ya hemos visto que casi desde primerísima hora.

Desde la derrota del Eje (1945) había quedado más que claro que el modelo político y económico defendido por el franquismo no tenía futuro. Durante algunos años el programa corporativista-autoritario dibujado por la iglesia católica a través de la bula De Rerum Novarum a finales del XIX había arraigado en diversos países europeos desde la Italia fascista al régimen de Petain en Francia pasando por la Alemania nazi, no debe olvidarse a este respecto que Hitler era austriaco y católico. Pero la guerra mundial la ganaron los Estados Unidos, es decir: una potencia liberal y predominantemente protestante que impuso su dominio en todo el mundo, también en Europa. Bajo su presión hasta la iglesia católica hubo de renovar sus formas y mensajes a principios de los años sesenta mediante el concilio Vaticano II. Si el régimen quería sobrevivir no tenía más remedio que amoldarse a las exigencias americanas e incardinarse en el sistema político que estos habían impuesto desde 1947 en la Europa occidental. Iban a contar para ello con la ayuda de la democracia-cristiana del continente, especialmente de la italiana.

De hecho uno de los grandes mitos del franquismo es el lema publicitario de que España era diferente. Nunca lo fue. Entre 1939 y 1945 siguió los derroteros del autoritarismo fascistoide católico desde esa fecha, y sobre todo desde mediados de los cincuenta, se integró política y económicamente en la red de estados clientelares de los Estados Unidos en Europa. El desarrollismo español, salvo por no haberse beneficiado del Plan Marshall, por el modelo dictatorial y por su papel de ente subordinado y periférico de las potencias económicas nucleares no se diferenció en nada de los europeos con referencia directa, una vez más, a Italia.

En toda Europa se establecieron regímenes aparentemente democráticos estrechamente controlados por los Estados Unidos para evitar su deriva hacia la izquierda, en toda la zona el fascismo y el golpismo militar se consideró un aceptable plan B contra la expansión del comunismo, y en todo el occidente europeo se impusieron "democracias" de valores cristianos y conservadores a imagen y semejanza de la metrópoli ultramarina. En ese puzle democrata-cristiano y capitalista el régimen franquista, con sus peculiaridades, encajaba a la perfección.

Fue así como llegó el Plan de Estabilización de 1959 y un cambio sustancial tanto en la orientación política del régimen como en las tendencias sociales. Para entonces resultaba ya mucho más que evidente a todo el mundo, especialmente a los vencedores de la guerra, que continuaban con sus conciencias amargadas por la certeza de culpa,  que la cruzada no había servido para nada. Se habían sublevado contra el régimen legítimo, asesinado, torturado, reprimido, para nada. Aquella España imperial de santos y guerreros, de agricultores no contaminados por el modernismo, aquella reserva espiritual de occidente jamás se había llegado a materializar. Era tan solo un espejismo arrastrado por las primeras brisas de la historia y la realidad. Quedaba el desencanto y el cinismo.

Por supuesto que la España franquista mantuvo un modelo ultraconservador de leyes y sociedad, pero basado más en la hipocresía y el fanatismo beato de unos pocos que en un amplio consenso social. Poco a poco la amargura fue dejando paso al descreimiento y surgieron así los típicos apolíticos del franquismo: hipócritas y ritualistas pero sin otro afán que el medro social y económico. A finales de los años sesenta un chiste gráfico de Forges explicaba muy bien la nueva mentalidad: dos hombres charlaban entre sí, uno de ellos le preguntaba al otro de qué tendencia (política) era, el segundo le respondía: de las 30000 (pesetas) al mes.

Y eso, naturalmente, iba a tener profundas consecuencias.

Por lo pronto, y teniendo en cuenta que esa generación de vencedores de la guerra estaba alcanzando ya una cierta edad, la aparición de una segunda generación a la que se iba a educar ciertamente dentro de la ortodoxia más estricta del nacional-catolicismo pero muy lejos de los excesos que le iglesia pretendió imponer en las primeras décadas del régimen. Los hijos de aquellos a quienes se había prohibido bailar y casi cualquier diversión para vivir una juventud de guerra primero y de penitencia después, iban a recibir una infancia y una juventud muy diferente de la de sus padres. Estos mismos se preocuparían de que sus hijos disfrutaran de una infancia y una juventud respetuosa con la ideología dominante pero, digámoslo así, menos integrista y más alegre. Por lo pronto se les permitía la música, cantar y bailar y hasta celebrar guateques, muy bien vigilados es cierto, pero alejadísimos de la severidad monacal que pretendía establecer la iglesia justo después de la cruzada. A la nueva generación se le permitió no solo tener infancia y juventud sino también autoidentificarse como una generación joven y diferente.

 Cinematográficamente hablando, la bisectriz que marca la aparición como mercado diferenciado de esa nueva generación es el año 1960. Es este el año de Un Rayo de Luz, la primera película de Marisol que representa una evolución del género de cine con niños. Hasta entonces las películas con protagonistas infantiles (Marcelino Pan y Vino con Pablito Calvo en 1955, las primeras de Joselito desde 1956) iban dirigidas sobre todo a complacer a la audiencia adulta. A partir de 1960, con la aparición del fenómeno Marisol buscan en mayor medida al público coetáneo. De hecho, en ese mismo año de 1960 la cinamatografía del propio Joselito sufre un viraje en esa misma dirección. Tras El Pequeño Ruiseñor (1956), La Saeta del Ruiseñor (1957), El Ruiseñor de las Cumbres (1958) y Escucha mi Canción (1959), dirigidas como se ha dicho a un público adulto, llegan El Pequeño Coronel y Las Aventuras de Joselito y Pulgarcito, orientadas ya hacia un público infantil.

No tardará en abrirse el mercado cinematográfico a los adolescentes y jóvenes. 1961 será el año de Margarita Se Llama Mi Amor y 1962 el de Canción de Juventud, primera película de Rocío Dúrcal.

En principio se trataba de un giro controlado y destinado a complacer todavía a la primera generación de vencedores de la guerra que deseaban que sus hijos, niños algunos, adolescentes y jóvenes los mayores, tuvieran ocasión de diversión y autoidentificación. Exactamente aquello que la cruzada les había arrebatado. Con lo que no contaban era con la circunstancia de que dicha complacencia con sus hijos trajera aires de verdadera renovación dentro de las mismas filas de las familias "decentes" las de los vencedores de la guerra. 1960 es también la aparición del fenómeno ye-yé en la España del franquismo.

El fenómeno ye-yé comenzó en Francia en 1959 en relación con las emisiones de un programa radiofónico llamado Salut Les Copains dirigido a la juventud y en el que empiezan a aparecer jóvenes cantantes, especialmente chicas, que cantan canciones con mensajes sencillos, a menudo de carácter amoroso, con los que pueden identificarse fácilmente las adolescentes del momento.

Vistas desde la distancia, las letras de ese inicial movimiento ye-yé pueden catalogarse de inocentes, ñoñas e intrascendentes pero situadas en la perspectiva adecuada podemos advertir su profundo carácter revolucionario.

En 1960 se hizo famosa la canción del Dúo Dinámico, Quince Años Tiene Mi Amor, uno de los primeros éxitos de esa evolución generacional. Y causó no poco escándalo en los padres, gentes de mentalidad conservadora, reprimida, firmemente influídos por la iglesia que, como siempre ocurre con este tipo de personas que consideran pecado todo lo relacionado con los sentimientos y el placer, tendían a infantilizar (por cierto como empieza a ocurrir hoy en día) a los adolescentes tratando de prolongar su ignorancia sentimental y sexual hasta mucho más allá de su pubertad y adolescencia. El mero hecho de que una canción popular reconociese que una chica de quince años pudiese estar enamorada e incluso tener novio y ser objeto de deseo era una patada en los testículos al predominio patriarcal ultraconservador que dominaba la ideología del régimen. Lo mismo sucedería con otras canciones yeyés como, precisamente, la famosa La Chica Yeyé que popularizó la cantante Rosalía e inmortalizó Concha Velasco en la película Historias de la Televisión (1964). En esta una chica joven decidía tomar las riendas de sus sentimientos y de su vida amorosa en lugar de esperar a que sus padres le buscaran el marido adecuado o de prestarse dócilmente a las iniciativas masculinas. Naturalmente semejante avance no podía ser bien visto por los padres surgiendo todo un movimiento de rechazo que asomó al cine de muchos modos diversos. En la misma Historias de la Televisión, corte que adjuntamos al principio de este artículo, queda perfectamente claro el punto de vista del mercado dominante, la generación de vencedores de la guerra, sobre el movimiento ye-yé y sus nuevas formas y modos. Se expresa en ese humor de trazo grueso, escasa sutileza, propenso al insulto y tan de colegio de curas propio de la derecha española que aún sigue utilizándolo.

Pero las cosas habían cambiado definitivamente. Volvía a haber dos Españas y esta vez no las dividían la política sino la edad. Había una España antigua, obsoleta, anquilosada y atrasada y otra joven, modernizada, en sintonía con lo que ocurría más allá de los Pirineos y escasamente identificada con los valores triunfantes de la cruzada de 1936. Cinematográficamente hablando la mejor y más demoledora constantación e ilustración de este hecho se da en las escenas iniciales de El Extraño Viaje de Fernando Fernán Gómez (1964). Más tarde la controversia se utilizaría comercialmente en Pero ¿En qué País Vivimos? (1967) cuyas escenas documentales de entrevistas a gente de la calle no dejan de ser interesantes documentos históricos.

Lo gracioso del caso es que de pronto también aquella generación de cruzados descubrió que le gustaba más el modelo social que se dibujaba fuera de la reserva espiritual de occidente que habían contribuído a crear. La constatación llegó primero en la escena teatral, donde cabe reseñar Ninette y un Señor de Murcia  estrenada el 3 de septiembre de 1964 en el Teatro de la Comedia de Madrid y llevada al cine al año siguiente. En esta obra Miguel Mihura sentencia definitivamente a la cruzada en la figura del provinciano de derechas que viaja a París para enamorarse de la hija de un exiliado rojo, cuya naturalidad y alegría de vivir contrasta con las beatas que ha dejado en Murcia.

Ese mismo año se estrenaron películas como El Calido Verano del Señor Rodríguez y Escala en Tenerife que van abriendo las puertas al mito de la "sueca", del "rodríguez" y de unas relaciones intersexuales más libres y naturales que se irá dibujando en los años siguientes a base de comedias que acabarán generando, a principios de los setenta, el fenómeno del landismo, un largo puente obligado por las circunstancias políticas entre esa negación social de los valores de la cruzada y la muerte del dictador.

A partir de 1975, lógicamente, todo empezará a cambiar y en 1977, año en que terminó la censura, el cine español dio dos perfectos colofones al cambio social producido: El Puente, película en la que Alfredo Landa representa al clásico "apolítico" del franquismo que de pronto empieza a hacerse preguntas y a encontrar que las respuestas no se avienen con las doctrinas oficiales y Me Siento Extraña, última película de Rocío Dúrcal que habla de la homosexualidad femenina y tiene incluso algunas escenas lésbicas que, curiosamente, parecen más escandalosas en 2010 que cuando se realizaron.

Hemos visto, dentro de la premura exigida por un artículo, que los valores de la cruzada de 1936 no fueron arrumbados al olvido por los "rojos" sino por los propios vencedores de la guerra. Conviene no olvidarlo en un momento como este en el que animados por la internacional neocon que domina el mundo, nuevos cruzados tratan de reclamarlos y reivindicarlos. Fueron sus propios padres y abuelos quienes los dejaron morir por la simple miseria moral y estupidez política y social que representaban.

 nota:- la fotografia es de La tete Krançien

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VOLCANES Y VERTIDOS.

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Esta primavera el volcán Eyjafjalla nos ha recordado una valiosa lección que solemos olvidar con demasiada frecuencia: somos parte de un todo que solo podemos controlar en parte. La humanidad no puede subsistir de espaldas a su entorno, al medio ambiente del que forma parte inextricable. A pesar de que nuestra sobervia sea grande, basta una simple erupción volcánica combinada con un glaciar convertido en vapor y unos vientos soplando en la dirección adecuada para que toda Europa se vea colapsada. Del mismo modo, gran parte de América del sur desde Haití hasta Chile se ha visto debastada por tremendos terremotos que han arrasado ciudades enteras, arruinado familias, arrancado vidas...parece como si la tierra quisiera recordarnos cual es nuestro lugar y nos advirtiera de que continuar con el actual modelo social y económico, que se desarrolla de espaldas a la realidad, solo puede tener graves consecuencias para el conjunto de la población mundial. Pero no escuchamos. Sobre todo no escuchan quienes detentan el poder y se benefician ilegítima y abusivamente con el actual estado de cosas.

Los mismos que han sumido en la miseria a millones de personas con el único fin de obtener un beneficio económico que solo puede tildarse como avaricia injustificable y usura psicopática.

Esas élites del capitalismo anglosajón que tan solo han generado muerte, destrucción, explotación e injusticia a su alrededor. Las que con sus hábitos puritanos y prohibicionistas, que no solucionan ningún problema, y su apoyo a políticas agrarias en América del sur que todavía hoy benefician a las grandes multinacionales perjudicando al pequeño campesino local, han sembrado de mafias y dictaduras toda la América hispana que sigue desangrándose y empobrecida sobre todo a causa del intervencionismo anglosajón en sus asuntos internos. Desde las sangrientas dictaduras de los años setenta y ochenta hasta el excesivo medro de las mafias en países como Colombia o Méjico son culpa de esas élites y de su modo obsoleto de hacer las cosas. Igualmente han empobrecido África propugnando todo tipo de guerras salvajes para extender su control  sobre recursos naturales que abarcan desde el cacao y el café hasta los diamantes y el coltán. Los mismos que destruyeron Iraq con la única finalidad de apoderarse de su petróleo.

Esas élites que, basando su poder y su riqueza precisamente en el petróleo, han fomentado el desarrollo y expansión del fundamentalismo islámico apoyando a regímenes de corte medieval como el de Arabia Saudí y han retrasado décadas el progreso científico para mantenerse en la cumbre. Porque debemos admitirlo: el motor de explosión y la tecnología basada en combustibles fósiles son ya venerables antiguallas cuya persistencia mayoritaria solo puede explicarse como resultado de una obstinación del poder en retrasar el progreso. De hecho podemos afirmar que el capitalismo y sus grandes gurús son factores de empobrecimiento no solo social y cultural, también científico. Son un lastre para la evolución humana y, sin embargo, seguimos soportándolos resignadamente.

Recientemente la obstinación de persistir en el uso y explotación de combustibles fósiles ha generado una enorme catástrofe ecológica en el golfo de Méjico. Una catástrofe que también padecerán los pobres de ese país pero que importa poco a los poderosos. Curiosamente en este caso la multinacional responsable, que por ejemplo en el delta del Níger se hubiera limitado probablemente a asesinar sin ningún remordimiento a los lugareños que osaran protestar, cuando su negligencia afecta al delta del Mississippi se apresura a pagar compensaciones económicas (que bien mirado no resarcirán de los daños ambientales) y afirmar su "ecologismo" que nadie, salvo los muy tontos, se cree.

Es obvio que el capitalismo no funciona, que es un modo perjudicial y obsoleto de gestionar nuestros recursos y de distribuir la riqueza que generan. Un método avaricioso que no duda en sumir en la miseria a millones de seres con tal de hacer nadar en la abundancia a unos pocos. Un método insostenible que atenta gravemente contra la continuidad de la especie al atentar contra el equilibrio natural del planeta que la sustenta. Y, sin embargo, seguimos soportándolo, en silencio y con resignación.

El capitalismo se basa en la monopolización particular de recursos que son globales, de todos y para el beneficio común, en la explotación de los débiles y en la especulación, en generar valor inexistente sobre abstracciones sin existencia real, en vender papel y humo...en exportar e imponer la ideología de quienes se benefician de esa sinrazón y elevarla a única realidad posible cuando no es sino una ficción interesada y estúpida.

La pregunta es hasta cuando vamos a seguir callados, soportando con resignación dicha ficción que nos perjudica a todos y compromete tan grávemente el futuro de nuestros hijos. Lo he dicho muchas veces en estas mismas páginas. Es a nosotros, a nuestra generación, tan conformista, tan cobarde, tan respetuosa con el poder, tan infantil y egoísta, a la que le corresponde dar un paso adelante, decir basta y cambiar efectivamente el orden de las cosas. Ya hemos visto que si les dejamos a ellos, a los que mandan y a los políticos que en todos los países están a su servicio las cosas no van a cambiar.

Es el momento del pueblo, de todos los pueblos unidos por el bien común.

NOTA.-La fotografía es de eNil-beginning to resurface.

 

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APRENDIENDO CON LOS PREMIOS NOBEL DE ECONOMÍA-1ªPARTE (1969-1972))

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Corren tiempos difíciles y confusos en los que nada parece estar en su sitio mientras el mundo económico y financiero se agita como un mar embrabecido pintando con negros nubarrones nuestro futuro. El miedo cunde, la incertidumbre fomenta la acidez de estómago y hasta tengo un par de amigos, otrora prepotentes y afortunados inversores, que se han visto precipitados a la impotencia sexual con la merma de sus ganancias y la desazón propia de los persistentes azares bursátiles en concatenación malsana con la escasez de crédito y el acoso especulativo contra el euro y la economía española impulsados por esos viles oráculos interesados que son las agencias de calificación crediticia anglosajonas. Los pobres, antes tan orgullosos de sí mismos, tan seguros, tan ciegos a todo lo que no fuera inmediata ganancia, han palidecido, encanecido, perdido pelo, adelgazado y presentan un sempiterno rictus de airado hastío en sus rostros de sardinas con sueños de tiburón.

Las cosas van mal y todo indica que pueden empeorar. En un momento así interesa encontrar referencias, parámetros a los que atenerse y nada mejor para ello que recurrir a los popes de la sabiduría económica, en este caso concreto a los premios nobel de económia que el mundo y la Real Academia Sueca de Ciencias han dado. 

Naturalmente, el espacio del que disponemos, necesariamente limitado al tratarse de entradas en un blog, nos obligará a fraccionar nuestra investigación en varios artículos y aún así será preciso que nuestras indagaciones y conclusiones sean breves, superficiales incluso, un plan como el propuesto requeriría, para alcanzar sus últimas consecuencias, un grueso y apretado volumen en papel que acaso acabaría resultando indigesto, plúmbeo y de fatigosa lectura. Es posible, pues, que la forzada brevedad nos beneficie y estoy seguro de que al final de estos concisos apuntes habremos aprendido lo suficiente como para adquirir un perspectiva fructífera y clarificadora sobre el significado y devenir de los acontecimientos que estamos viviendo bajo el hiriente yugo de la crisis.

 En 1969, para celebrar el tercer centenario de su fundación, el Sveriges Riskbank, banco central sueco, propuso a la Real Academia Sueca crear el premio Nobel de economía cuya dotación cubriría el propio banco. Este primer premio lo recibieron, conjuntamente, el noruego Frisch y el holandes Tinbergen "por desarrollar y aplicar modelos dinámicos al análisis  de los procesos económicos" es decir: por estudiar los ciclos de expansión y recesión en los modelos económicos capitalistas en los que las crisis cíclicas son una necesidad estructural. Ya en 1863 Clement Jutglar había demostrado que las crisis no son fenómenos aislados sino parte de una fluctuación cíclica de la actividad bursatil e industrial debido a los intereses privados especulativos que buscan maximizar sus beneficios.

En otras palabras que desde hace siglo y medio se sabe con certeza científica que la crisis económica es parte de la estrategia de enriquecimiento del capital salvaje e incontrolado de modo que funciona mediante burbujas que acaban explotando y a través de maniobras desestabilizadoras destinadas a que unos pocos "tiburones" se lucren desmesuradamente provocando la ruina no solo de otros similares sino también la de países y sociedades enteras. Lo que llamamos crisis es un medio de concentrar aún más el capital y aumentar el poder de unos pocos en detrimento de todos. Es también un momento estratégico en el que el capital especulador aprovecha el poder que las estructuras económicas le otorgan (la posibilidad de aparentar un desplome económico mediante la manipulación de los mercados bursátiles y monetarios y la ralentización o parálisis de las actividades industriales) para debilitar las condiciones sociales y de trabajo del pueblo en beneficio de los poderosos. Con la excusa de la crisis (esperada y cíclica aunque nos la presenten como algo sorprendente y extraordinario) empieza a hablarse de "la necesidad" de reformar (precarizándolo) el empleo, de reducir prestaciones sociales...lo vemos cada día, no es preciso que trace el completo cuadro diagnóstico del mal que nos aqueja. Puedo decir en cambio que nos engañan. Ninguno de los recortes ni de los sacrificios que se nos exigen son realmente necesarios. Estamos viviendo una jugada, cíclica por cierto (y siempre picamos), en el que el capital especulativo se reestructura para fortalecerse (por cierto con dinero público) aprovechando la parafernalia montada por las bolsas, los gobiernos y los medios de comunicación para desmontar un poco más los estados y debilitar a los trabajadores, especialmente los europeos cuyo estado del bienestar, tolerado cuando la URRS era una amenaza, es ahora molesto para los "tiburones" financieros. Van a por él y a por nosotros. Con el capitalismo todos, también los europeos, tenemos mucho que perder. Desgraciadamente no nos damos cuenta de ello y seguimos quietos, callados, dejando que nos arrebaten aquello que nos pertenece y que debería ser un modelo exportable al resto del mundo. El sistema económico, para ser útil, debe exportar el estado del bienestar a los continentes desfavorecidos, no aceptar que la desprotección que estos sufren se traslade a Europa. Pero claro, nos dejamos engañar por torpes juegos de titiriteros que se aprovechan de nuestra ignorancia y así nos va...

La primera lección de los premios nobel de economía, y data ya de 1969, es que la crisis es una realidad estructural del capitalismo salvaje para recoger beneficios, deshacerse de competidores molestos y debilitar al pueblo (obreros, clase media...) en favor de unos pocos. Necesitamos, pues, cambiar el modelo económico y político para instaurar otro de economía real y estable al servicio del desarrollo armónico de la sociedad y dentro de un estricto conocimiento y respeto de los límites de nuestro planeta. Hay que terminar, mejor hoy que mañana, con el capitalismo y la democracia liberal y habilitar nuevos parámetros en los que economía y estado se pongan al servicio de los intereses generales y no sean instrumento de los de unos pocos especuladores.

En 1970 el premio recayó en el judío estadounidense Paul Samuelson, primero de los premiados relacionado con la Escuela de Chicago, centro difusor de la ortodoxia neoliberal que iba a convertirse en la ideología dominante del capitalismo asociada al neoconservadurismo político y moral dando origen al actual estado de cosas.

Después de la crisis de 1929 se impuso el punto de vista de Keynes que parte de una evidencia palmaria conveniente e interesadamente olvidada hoy por la ortodoxia neoliberal imperante: que el sistema capitalista, lejos de lo que teorizaban los primeros ideólogos liberales en el siglo XVIII, no tiende al equilibrio por sí mismo. Antes al contrario, la teoría básica del capitalismo clásico (y anticuado) que sin embargo han vuelto a imponer los seguidores de la Escuela de Chicago con las nefastas consecuencias que todos conocemos, que sostiene que la producción es la base de la prosperidad (a más producción, dicen, mayor demanda) es más idealista que real y en condiciones normales y objetivas pierde pie abismándose en las crisis propias de la superproducción típicas del capitalismo liberal. Se trata de una teoría objetivamente falsa y errónea pero impulsada por el gran capital porque tiende a perpetuar la permanencia y concentración de este en unas mismas manos y a fortalecer, con medidas políticas, la posición de los poseedores en detrimento del resto de la sociedad.

Pero la crisis de 1929 había demostrado sobradamente la ineficacia económica y social de la teoría clásica del liberalismo capitalista y había permitido el crecimiento de las economías fascistas corporativistas modeladas bajo la ideología destilada de la Rerum Novarum al tiempo que el comunismo demostraba su viabilidad en la Unión Soviética, de modo que, para salvaguardar su situación de poder, la oligarquía, adoptó temporalmente el punto de vista keynesiano incluso en los propios Estados Unidos.

Más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, con el ejemplo de la Unión Soviética funcionando a pleno rendimiento, los Estados Unidos, que ya habían impuesto el sistema de Bretton-Woods a nivel mundial, pensaron que el mejor modo de mantener su poder en Europa occidental era renunciando al fundamentalismo liberal y reconociendo lo evidente: que Keynes tenía razón al decir que el capitalismo por sí mismo tiende al desequilibrio y a concentrar el poder y los privilegios en unas pocas manos empobreciendo a las demás y diseñó el nuevo sistema económico de Europa bajo esas premisas.

Sostenía keynes que para perpetuar el capitalismo y con él la posición privilegiada de los oligarcas era preciso introducir en el sistema un factor corrector: el estado. Correspondía al estado asegurarse de la redistribución de parte de la riqueza generada y moderar el comportamiento natural del mercado para minimizar sino evitar, las crisis cíclicas. Fue bajo esa idea general tendente a la social democracia y en función de que la fuerza principal que vino a sostener la nueva dominación estadounidense en Europa fue la democracia cristiana, con un origen ideológico en el corporativismo, que se desarrolló el modelo del desarrollismo y del estado del bienestar en Europa con la intención política última de defender el capitalismo del avance comunista en la frontera más sensible con la URRS.

Pero en el fondo la errónea ideología del liberalismo clásico, que había modelado el modelo económico, político y social de los Estados Unidos desde el siglo XVIII seguía alentando con fuerza en este país e incluso había servido de base para diseñar el modelo de su dominio imperialista y económico en la conferencia de Bretton Woods de 1944. Aunque por motivos de interés estratégico los Estados Unidos fomentasen el keynesianismo en Europa, su ortodoxia ideológica seguía siendo el liberal-capitalismo clásico procedente del siglo XVIII y la Escuela de Chicago vino a convertirse desde mediados del siglo XX en su mayor centro difusor.

La crisis del petróleo de 1973, provocada en gran medida por los errores estratégicos de las grandes corporaciones multinacionales estadounidenses y por los errores de base del imperialismo anglosajón en Oriente Medio, permitió a los teóricos del capitalismo clásico, los ultraortodoxos de la Escuela de Chicago, levantar la voz contra el keynesianismo y empezar a acosarlo en un contexto de reacción ultraconservadora que llevaría a la involución neocon iniciada a comienzos de los años ochenta en los países anglosajones y que todavía padecemos. El premio nobel a Samuelson en 1970 fue un primer aldabonazo, bien que tímido, de ese resurgir de la ortodoxia capitalista asociada en lo político y social al neoconservadurismo y cuyo fin último es la desrregulación total, la eliminación del elemento corrector a sabiendas de que la tesis de que el libre mercado tiende al equilibrio es errónea y falsa para permitir, precisamente, el desequilibrio consecuente a la hegemonía del libre mercado: la concentración de dinero, poder y privilegios en unas pocas manos a costa de la mayoría de la población y con métodos de explotación de recursos insostenibles, anticuados e ineficaces pero ya consolidados y en poder de esas pocas manos de tal modo que su sostenimiento tiende a perpetuar el poder establecido.

El premio nobel de economía de 1971 vino a abundar en el fomento de la creciente ortodoxia neoliberal impulsada desde los Estados Unidos dentro de la cual el estado del bienestar consentido en Europa occidental tan solo era una anomalía de intencionalidad política destinada a desactivar el descontento social consustancial al capitalismo permitiendo el desalojo de la nueva potencia imperialista anglosajona por su rival, la Unión Soviética. Se concedió el premio a un judío ruso que en 1922 había abandonado la URRS instalándose en los Estados Unidos convirtiéndose en uno de los propagandistas de su ideología fundamentalista del liberalismo capitalista: Kuznets.

El tal Kuznets sostenía una tesis deliberadamente equivocada que se basaba en la teoría, también interesadamente errónea, del liberalismo clásico asumida por el neoliberalismo anglosajón de que el libre mercado, dejado a su albur tiende al equilibrio. Sabemos que sucede todo lo contrario, pero a las oligarquías capitalistas les conviene difundir la idea contraria. Kuznets trabajó en ese sentido sosteniendo la tesis básica de que el crecimiento económico basta para reducir la desigualdad social. Según él la generación de empleo y el aumento de la productividad conduce a salarios más elevados y a una mejor distribución del ingreso. Obviaba deliberadamente en su análisis una realidad reconocida científica y generalmente por los propios teóricos del capitalismo: el exceso de producción genera crisis periódicas y además, como demostró Keynes, no es la producción la que determina la demanda sino al contrario. Es más, el propio Keynes, en su análisis objetivo del capitalismo al que deseaba salvar, enseñaba que el crecimiento basado simplemente en el aumento de la producción sobre no utilizar plenamente los recursos disponibles a causa de un sistema anárquico e irracional de organización económica y productiva, tiende naturalmente a la depresión y al ralentizamiento económico al generar una tasa excesiva de interés asociada al crédito que genera la producción y una pérdida de poder adquisitivo de los salarios afectados, a pesar de crecer nominalmente, por una inevitable inflación. En otras palabras: que Kuznets no era realmente un técnico objetivo sino un propagandista de los intereses de las oligarquías capitalistas anglosajonas y el hecho de que recibiera el premio nobel en 1971, justo despuès de Samuelson, dejaba bien claro hacia donde tendía la ortodoxia política. No hacia un sistema racional y comunmente beneficioso de explotación de los recursos y distribución de la riqueza, sino todo lo contrario: a defender y mantener un sistema ilógico, asimétrico, despilfarrador y mal concebido que, sin embargo, permitía a unos pocos acumular riqueza y poder en detrimento de la mayoría social a nivel planetario. Ni que decir tiene que de aquellos polvos proceden los lodos que estamos tragando ahora. Conviene tenerlo muy en cuenta. Las cosas no son como son porque no puedan ser de otro modo sino porque tal y como están benefician a los que tienen la sartén por el mango.

En 1972 los premiados parecían imbricarse en un perfil más técnico y neutro que sus antecesores demostrando que a pesar de la creciente influencia del neoliberaismo americano todavía el estado de cosas en Europa permitía la pervivencia de la tendencia keynesiana. De hecho, en Bretton-Woods (1944) los ingleses trataron de imponer un modelo mundial keynesiano más racional y funcional que el neoliberal pero este no respondía a los intereses imperialistas de los Estados Unidos ni a la avaricia de sus élites motivo por el cual fue desestimado en beneficio de un sistema puramente neoclásico que todavía padecemos. Fue la primera batalla que el keynesianismo perdió frente al neoliberalismo, pero la necesidad de imponer en Europa un estado del bienestar obligó a los Estados Unidos a permitir la existencia de fuertes partidos social demócratas que habían renunciado a las doctrinas socialistas adoptando el liberalismo keynesiano que todavía en esa época, justo antes de la gran crisis del petróleo, disfrutaba de la suficiente vitalidad como para ser tenido en cuenta. Fue así como se premió al británico Hicks que sostenía, sin embargo, una evolución del keynesianismo tendente hacia la Escuela de Chicago asegurando que la economía se basaba en un equilibrio entre tres factores: dinero, consumo e inversión. De hecho, en 1980, ya con el mundo en pleno viraje hacia el binomio neoliberalismo-neoconservadurismo, abjuró de sus tesis keynesianas abrazando la ortodoxia imperante en un momento en el que el Tatcherismo comenzaba a dinamitar el estado del bienestar en Inglaterra y Reagan se hacía con el poder al otro lado del Atlántico. De todos modos, ya en 1972 hubo de compartir el premio nobel con otro judío norteamericano vinculado a la Escuela de Chicago: Arrow, que trabajó en la "demostración" sobre modelos matemáticos apriorísticos de la eficiencia del mercado que tiende por sí mismo y sin regulación hacia el equilibrio. Axioma que sabemos falso pero útil a los intereses de las oligarquías dominantes y que, precisamente por ese motivo, siguen vendiéndonos como realidad científica inapelable cuando no pasa de ser un dogma de la ortodoxia dominante destinado a mantener la concentración de poder, privilegios y riqueza en unas pocas manos. Concentración que se acrecenta con cada crisis cíclica, presentada al pueblo como episodio traumático y excepcional, habiendo llegado a crear una polarización tal que el núcleo duro de poder privado es en sí más poderoso que la mayor parte de los estados en los que opera estableciendo relaciones de dependencia colonial que subordinan los intereses públicos de la colectividad a los privados de esa pequeña élite ayudada en sus manejos, además, por los mecanismos irracionales de los mercados de valores que pueden manipular a sus anchas originando bajadas que acentúan virtualmente cualquier crisis sin que la economía real se vea en realidad afectada aunque sí, mediante la estretágica paralización de la producción, la situación de los obreros (entre los que deben incluirse, en el nuevo marco mundial, a las clases medias y, en determinada medida medias-altas). En otras palabras: la crisis se ha convertido en un instrumento de dominación colonial de un pequeño grupo de tiburones financieros que desde 1945 gracias al sistema económico establecido en Bretton Woods han ido ganando poder y haciéndose con el control mundial y todas las medidas y sacrificios que se exigen al pueblo, a los diferentes pueblos, son tan solo una cortina de humo para afianzar dicho control colonial e ir desmantelando el estado del bienestar para avanzar en la desrregulación, es decir: en un escenario en lo que el capital pueda hacer su santa voluntad y el pueblo quede desprotegido por completo y absolutamente dominado por el poder y los intereses privados.

Cuando nos hablan de paro inevitable, de la necesidad de bajar los salarios, de eliminar o reducir los servicios sociales, cuando se retrae el crédito como medida de "precaución"...simplemente nos están mintiendo. Las cosas no son así por necesidad. Lo son porque les conviene a unos cuantos que acentúan la crisis para afianzar su poder y atentar contra el interés público precarizando la situación de los trabajadores. El estado del bienestar del que disfrutó Europa desde la segunda guerra mundial fue una concesión estratégica por temor a la expansión de la influencia de la URRS, ahora solo podemos esperar una cosa del capitalismo dominante: que nos lo arrebate. Y solo podemos responder de un modo: quebrando el sistema neoliberal de Bretton Woods y creando una nueva realidad económica y social. Desgraciadamente nuestros gobiernos, nuestros sistemas políticos, no van a trabajar para nosotros en eso. El estado (incluyendo en ese concepto a la Unión Europea) no está a nuestro servicio sino al del capital internacional. Hemos visto en estos años con absoluta nitidez que las únicas medidas que se contemplan para solucionar la crisis son las propuestas por la ortodoxia neoliberal de la Escuela de Chicago: es decir socializar las pérdidas y privatizar el beneficio. Tenemos que hacer algo que vaya más allá de dar unos cuantos gritos en la calle, parar un par de días como protesta y cambiar de partido en el gobierno (todos son iguales y responden a los mismos intereses). Llegados a este punto la revolución, el cambio de sistema, no es ya cuestión de ideología sino de lógica e higiene.

nota.-La fotografía es de 1suisse.

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15/05/2010 11:25 disidenteporaccidente Enlace permanente. economía No hay comentarios. Comentar.

LOS CONSEJOS DEL FMI.

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El Fondo Monetario Internacional no es un oráculo infalible ni mucho menos una institución neutral cuyos consejos vayan efectivamente encaminados al beneficio común. Todo lo contrario, se trata de la más alta instancia ideológica del capitalismo radical y sus consejos solo buscan la imposición de dicha doctrina neoliberal (y neoconservadora) sobre el mundo. Es un a modo de inquisición del capitalismo salvaje angosajón, de soviet supremo de las multinacionales, que vela por la salvaguarda de la ortodoxia de los intereses de  las oligarquías mundiales capitaneando un bucanerismo constante e innoble contra los derechos de los trabajadores y el estado de bienestar.

El FMI es la consecuencia directa de los tratados de Bretton Woods en los que el capitalismo salvaje de la posteriormente llamada Escuela de Chicago apartó definitivamente al keynesianismo que los ingleses pretendían como norma rectora del gobierno económico mundial. Es decir: frente al pragmatismo objetivo de los ingleses que buscaban medios que rectificasen los desequilibrios del mercado se impuso el fundamentalismo liberal-capitalista americano profundamente apriorístico basado en la idea (falsa y estúpida) de que el mercado se regula solo. Ninguna de las medidas que determine o aconseje el FMI tienen otra finalidad que beneficiar la difusión de ese erróneo y nocivo fundamentalismo ideológico. No es, insisto, una agencia neutral sino un medio de imposición imperialista de los intereses de la oligarquía mundial sobre los derechos del común de los pueblos. También un órgano difusor de una doctrina obsoleta, anticuada e inviable, procedente del siglo XVIII y con mucho de connotación teocrática.

El FMI siempre hace que paguen los problemas los mismos: los pobres (que son todos aquellos que no pertenecen a las oligarquías subordinadas a la oligarquía mundial, y eso incluye a las clases medias y , aunque en su enorme estupidez no lo comprendan, también a gran parte de las clases altas locales) que pierden derechos y beneficios a cambio de que los verdaderamente poderosos sigan siéndolo e incluso aumenten su poder saliendo fortalecidos de crisis cíclicas que, con las medidas y políticas del FMI, solo perjudican a los pobres.

Conocemos el percal, lo hemos visto funcionar sin máscaras hace poco: la avaricia de los especuladores capitalistas causa la crisis, los estados se lanzan al rescate de los bancos, a los que inyectan miles de millones, los ejecutivos (salvo unos pocos que cometieron el error de estafar a otros más poderosos) se van de rositas, siguen cobrando pensiones millonarias, muchos de los orgullosos ejecutivos culpables de la crisis sacan pecho y presumen de cómo la provocaron mientras siguen ganando fabulosas sumas dedicandose a la especulación sin que ninguno de ellos sea despedido o vaya a la cárcel, las empresas de calificación crediticia (que se dejaron sobornar por las grandes multinacionales financieras contribuyendo a sus estafas estimulando la confianza de los inversores dando notas altísimas a empresas que poco después acabaron en la ruina) se lanzan a quebrar la resistencia de los estados bajando la nota de su crédito, se especula y se sigue especulando en la bolsa para empujar al abismo a los países periféricos del sistema europeo donde conviene acabar con el estado del bienestar implementado para evitar la difusión del comunismo durante la guerra fría y donde pretenden imponer la ortodoxia capitalista anglosajona que no deja de ser una forma de totalitarismo y es así como países como Rumanía se quedan sin hospitales y cómo en todas partes el estado del bienestar se adelgaza y los derechos de los trabajadores quiebran avanzando hacia el despido libre, la destrucción de seguros sociales, el acoso a las pensiones...

Dejar que el FMI nos diga el modo de salir de la crisis es lo mismo que contratar al lobo como pastor: pase lo que pase saldremos perdiendo.

El problema es que los estados han dejado de ser útiles para defender nuestros derechos, apenas son otra cosa que zombies parasitados por la ortodoxia liberal y los mecanismos económicos establecidos por ella en beneficio de la oligarquía mundial.

El estado tal como lo conocemos ha dejado de ser útil y legítimo, hay que destruirlo, desbordarlo y generar realidades nuevas. Lástima que la mayor parte de la población mundial (no digamos ya europea) es demasiado cobarde o estúpida para hacerlo. Son las propias ovejas las que aplauden al lobo o aceptan timoratas y enroscaditas en un rincón su tiranía golosa sobre el rebaño.

Así son las cosas. Nos van a quitar lo poco que tenemos y los culpables seremos nosotros mismos, por cobardes, por ignorantes, por borregos...miro a mi alrededor y solo puedo sentir desprecio.

NOTA,. la fotografía es de Roo Reynolds.

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BRONCA EN EL SENADO

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Asistimos ayer a todo un (lamentable cuanto ruidoso) espectáculo parlamentario en el senado español. El partido mayoritario de la oposición alborotando contra el presidente del gobierno mientras el partido de este le jaleaba a guisa de hinchada ferviente. Mucho ruido, pocas ideas, escasa educación y munición más que sobrada para los abundantes medios de comunicación y gran parte del populacho que visten la camiseta partidista (que no política) con furia cuasi futbolística, sin más reflexión. Como corresponde a un sistema canovista como el que padecemos en España vivimos ayunos de verdadera discusión política, de estadistas de altura, de una sociedad medianamente sensata e informada. Aquí no se discute, no se diserta, no se parlamenta: se grita. Basta con insultar y alborotar para fingir que se está haciendo política, cosa más que esperable en un país cazurro como este en el que Julio Anguita cavó su tumba política al pedir algo tan sencillo a sus potenciales votantes como que se leyesen su programa y pensasen sobre él. ¿Leer?...¿pensar?...¡por favor!...somos demasiado vagos, demasiado incultos (sí, también vosotros, la inmensa mayoría de los que tenéis una licenciatura o un doctorado y os créeis la crema intelectual de Europa)...carecemos de preparación. Aquí, en general, solo sabemos seguir embrutecidamente a nuestros equipos (sobre todo de futbol) o sumarnos borreguilmente a cualquier parcialidad (especialmente procedente del mundo del corazón: ¿acaso no está España dividida entre partidarios de Belén Esteban y de la Campanario como lo está entre madridistas y seguidores del Barça?...Parece ser que no damos mucho más de sí. Es triste, pero es así.

Sabemos gritar, pontificar en bares, seguir ciegamente al lider o los colores de nuestra preferencia...y poco más. Y luego nos llamamos ciudadanos, nos creemos cuanto nos cuentan y pensamos que cumplimos con la democracia y defendemos nuestros intereses votando periódicamente.  Así nos va.

Es por eso que quizá nos convenga parar mínimas mientes en lo que vimos ayer en el senado. Conviene que lo interpretemos adecuadamente para saber el terreno que pisamos. Quizá así nos dejemos arrastrar menos por el faccionalismo esteril y nos resulte más sencillo hacer pie en el piélago agitado que nos arrastra.

¿En definitiva que vimos realmente ayer, qué significó el ruidoso circo que escenificaron nuestros excesivamente bien pagados políticos?...

Vimos un gobierno implementando medidas impuestas desde los intereses oligárquicos extranjeros no encaminadas al beneficio patrio sino a las conveniencias del capitalismo internacional que aprovecha la tesitura para debilitar el estado del bienestar y los derechos del pueblo, aguantando el temporal sabedor de que una vez que la oligarquía capitalista internacional que maneja el cotarro consiga lo que persigue volverá el ciclo de aparente crecimiento que ellos podrán arrogarse como éxito propio para ganar las elecciones y vimos una oposición sin discurso (a fin de cuentas sabe y sabemos que las medidas a tomar no se toman en Madrid, que nos las dictan desde fuera mande quien mande y que ellos, concretamente, son un inmoral y mediocre caballo de Troya de esa oligarquía del capitalismo internacional) que trata de forzar unas elecciones cuanto antes en la certeza de que las podría ganar achacando la culpa de la crisis al actual gobierno y apuntarse como éxito propio el próximo e inevitable ciclo de crecimiento.

En otras palabras: que la democracia liberal parlamentaria, no solo en España, es tan solo un bonito escenario donde unos actores con poca vergüenza improvisan una comedia sin gracia con guiones escritos en otros lugares por autores desconocidos. La democracia liberal parlamentaria es apenas una cortina de humo que nos permite creernos dueños de nuestros destino cuando, en realidad, somos marionetas manejadas con hilos invisibles. Ningún cambio, ninguna mejora, nada que nos convenga puede salir de esa vacua representación que estúpida y erróneamente llamamos democracia. La democracia es otra cosa, y podemos conseguirla. El primer paso es no seguir participando en la comedia que ponen ante nuestros ojos. Pensadlo bien, torpes y desprevenidos ciudadanos, cuando regresen las elecciones. Votar es comulgar con ruedas de molino, creer cierta la representación fabulada que nos venden. Votar, lo diré sin ambages, es ser gilipollas. Hoy por hoy la verdadera democracia no está en las urnas, ni en el parlamento, tampoco la solución de nuestros problemas.

Urge dar un paso al frente, un puñetazo encima de la mesa. Nuestro futuro y el de nuestros hijos está en juego.

NOTA,- la fotografía es de Jaume D´Urgell

 

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