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LA PARADOJA DE CROSSE.

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 La historia de la ciencia tiene también sus ribetes de surrealismo agridulce, de formidables meteduras de pata disfradas de aparente éxito apoteósico que, en un medio dominado a menudo por la superstición y la ambición de dominio teocrático, acaban pasando una desmesurada factura social a individuos cuya única falta fue experimentar en busca de la verdad sin contar con todos los datos precisos a causa de su precocidad en la investigación. Precisamente en ese ámbito se inscribe la peripecia científica y biográfica de Andrew Crosse (1784-1855) quien en 1836 realizó un experimento que iba a costarle muy caro a nivel personal: la supuesta creación de vida a través de la electricidad. Sí, exactamente al modo de un doctor Frankenstein real que actuaba no sobre una amalgama mal cosida de restos humanos recompuestos sobre una mesa de laboratorio sino a partir del agua.

Claro está que ni Crosse ni Frankenstein (el protagonista de la novela de Mary Shelley que no en vano le hizo alumno de la universidad de Ingolstadt) salieron de la nada, por el contrario eran hijos de su tiempo.

Todo empezó por casualidad en la segunda mitad de la década de 1770 en el laboratorio de Luigi Galvani que, como la inmensa mayoría de los científicos de la época, estaba vivamente interesado por el estudio de la electricidad que llevaba un siglo avanzando a gran velocidad. Haciendo un resumen ilustrativo podemos fijar los siguientes hitos: en 1660 Von Guericke descubrió las cargas eléctricas, en 1729 Gray hizo lo propio con la conductividad, en 1733 Du Fay determinó que existían dos tipos de cargas eléctricas, en 1745 Van Muschenbroeck inventó la llamada botella de Leyden, en 1752 Franklin, mediante su famoso experimento de la cometa y la llave demostró que los rayos eran fenómenos eléctricos e inventó de paso el pararrayos, en 1777 Coulomb, que dejaría a la posteridad la ley de su nombre y el concepto de momento magnético, inventaba la balanza de torsión para medir la fuerza electrostática entre dos cargas eléctricas.

En ese ambiente Galvani, inventor a la postre del proceso de galvanización, estaba investigando cuando se produjo el hecho fortuito de que uno de los alambres cargados de electricidad que había en su laboratorio cayera sobre el anca de una rana diseccionada que se encontraba cerca (en aquella época los investigadores solían ocuparse de campos diversos de la ciencia) produciendo la contorsión rítmica del amputado y difunto miembro.

El experimento, repetido varias veces con el mismo resultado y hecho público, puso en valor las teorías de un médico astracanesco que pululaba con gran éxito por la Europa de aquella época: el doctor Mesmer.

Mesmer (1734-1815), que como su émulo literario Víctor Von Frankenstein, había estudiado en la universidad de Ingoldstadt, publicó en 1766 un libro titulado De Planetarum Influxu In Corpus Humanum en el que estudiaba la influencia de la luna y los demás planetas sobre el cuerpo humano. El asunto no dejaba de ser resbaladizo ya que podía escorarse fácilmente hacia estudios más cercanos a la alquimia, la astrología y la magia, pero con todo se hizo famoso y pudo instalarse como médico de éxito en Viena ya en 1768 ganando lo suficiente como para apadrinar casi inmediatamente la carrera de un precoz Mozart a quien prestó los jardines de su casa para que representara su primera ópera, Bastian und Bastienne, estrenada ese mismo año cuando el compositor acababa de cumplir los doce .  Mozart conservaría su simpatía algo irónica por él el resto de su vida citándolo con cierto recochineo ,a él y a su piedra mesmérica, en su ópera Cosí Fan Tutte (1790) en la que un fingido doctor logra curar un falso envenenamiento usando precisamente la famosa piedra mesmérica.

La teoría de Mesmer era que la naturaleza de la vida consistía en la fuerza eléctrica que se almacenaba en el cerebro distribuyéndose a través de los nervios por todo el cuerpo. Según esto el origen de la enfermedad radicaba en la obstrucción de dicho flujo y el mejor medio curativo era el magnetismo, es decir: los imanes, la piedra mesmérica.

Durante una década, Mesmer ejerció en Viena como la máxima celebridad médica de su época convirtiéndose en una verdadera estrella. Y fue así hasta que tuvo un pequeño tropiezo, como no, con la iglesia católica. Resultó que vivía en Viena un famoso exorcista y curandero de fama no inferior a la del eminente médico. Lógicamente estaban destinados a encontrarse e incluso a colisionar. De hecho la colisión tuvo lugar en 1777 cuando Mesmer fue públicamente invitado a opinar sobre las andanzas del exorcista. El buen doctor lo hizo con tanta sensatez y erudición que terminó con la carrera del charlatán eclesiástico. Lógicamente la iglesia no iba a perdonarle semejante golpe y antes de concluir el año se las habían apañado ya para obligarle a dejar Viena.

Como era casi obligado, Mesmer se trasladó a París donde abrió consulta con tanto éxito pero muchísima más polémica que en Viena. A tanto llegó esta última que en 1785 el rey Luis XVI encargó a una comisión científica (en la que se amalgamaban luminarias tan dispares como Lavoisier, Franklin o Guillotin, el médico inventor de la guillotina) el estudio de sus teorías científicas y sus prácticas médicas. La comisión desprestigió ambas y Mesmer hubo de abandonar también París. El resto de sus días los vivió oscuramente pero no por ello desaparecieron sus seguidores ni sus teorías. El mesmerismo perduró hasta el punto de que uno de sus seguidores, James Braid, desarrolló a partir de las mismas nada menos que la técnica del hipnotismo.

De hecho, durante la época de la revolución francesa, era prácticamente una proposición comunmente aceptada por la comunidad científica internacional que la electricidad constituía la fuente de la vida y que a través de la misma podía crearse o devolverse. Más aún, retornada la paz, en 1818 el doctor Ure, de la universidad de Glasgow, hizo experimentos públicos con cadáveres de ajusticiados en los que demostraba a un asombrado y variopinto público como la aplicación de electricidad a los cuerpos recientemente fallecidos provocaba contorsiones, movimientos de las extremidades y muecas diversas. Cierto que el ajusticiado no volvía a la vida pero mientras la electricidad le atravesaba casi parecía que podía llegar a suceder si se le aplicaba la cantidad y el tiempo suficientes. Ese mismo año vería precisamente la luz la novela de Mary Shelley, subtitulada El Nuevo Prometeo.

En semejante ambiente se enmarcan los experimentos de Andrew Crosse.

En 1797, cuando contaba doce años, Crosse asistió a una conferencia científica en la que se trataba el tema de la electricidad. Desde entonces esta se constituyó en su pasión. Hasta tal punto fue así que antes de ingresar en Oxford ya había construido una botella de Leyden. A partir de 1807 se ocupó en experimentar sobre la electrocristalización en su casa de Fyne Court utilizando para ello el agua de una cueva cercana a partir de la cual y mediante la apliacación de una corriente eléctrica, lograba obtener carbonato de calcio cristalizado. En los años siguientes prosiguió sus experimentos en torno a la electrólisis, la construcción y mejoramiento de grandes pilas fotovoltáicas, la transmisión de la electricidad a largas distancias...hasta que en 1836 surgió el milagro.

Repitiendo una vez más la experiencia, ya para él rutinaria, de la electrocristalización pasando electricidad sobre muestras de agua obtenida de la gruta habitual observó, después de 26 días, que aparecían en los recipientes unos curiosos bichitos perfectamente formados que se movían, corrían y hasta se escondían si tenían la oportunidad. En los días siguientes estos insectos, surgidos aparentemente de la nada, se habían multiplicado. Crosse, entusiasmado, creyó a pies juntillas que había descubierto el secreto del origen de la vida. Lo comentó con sus amigos, la cosa trascendió, llegó a los periódicos, a las sociedades científicas...incluso otros famosos científicos como Faraday repitieron el experimento obteniendo resultados similares...el descubrimiento era, a todas luces, sensacional: por fin se conocía el secreto del origen de la vida.

Pero claro, no todo el mundo podía estar contento con semejante descubrimiento. Desde luego la iglesia anglicana no lo estaba en absoluto. Utilizando la táctica habitual de las sectas semitas, los clérigos y sus adléteres bien pensantes, comenzaron a gritar, a alborotar, a rasgarse furiosamente las vestiduras acusándolo de blasfemia por haber querido usurpar el lugar de dios en la creación. Sus vecinos que antes veían incluso con simpatía sus experimentos, guiados por sus pastores, comenzaron a retirarle el saludo, a insultarle, a intentar agredirle, a amenazarle de muerte...y estas amenazas procedían de todos los rincones de Inglaterra. La idea era que Crosse desmintiese el resultado de su experimento a pesar de que otros científicos lo hubieran repetido con éxito. Importaba poco si había descubierto el origen de la vida o no, lo único que importaba a los sectarios (y esta es una actitud recurrente) era que había desmentido a las escrituras, que presuntamente había demostrado la innecesariedad de dios y, consecuentemente, la futilidad de sus supuestos mandamientos lo que conducía a considerar a sus "siervos" como elementos superfluos de la sociedad que lo gobernaban todo sin aportar nada a cambio, puesto que el argumento divino quedaba del todo inhabilitado. En resumen: el experimento de Crosse dejaba a la iglesia, a cualquier iglesia, sin argumentos para seguir mandando y eso no iban a tolerarlo, aunque los resultados de su experimento fueran ciertos.

Claro está que Crosse, que había visto nacer de la nada, simplemente del agua calcárea de la gruta cercana a su mansión, y no una sino varias veces, formas de vida elementales pero reales y palpables, que había podido incluso identificarlas como pertenecientes al género de los ácaros, no estaba dispuesto a echarse atrás. Por el contrario se lanzó a defender las conclusiones ciertas de su experimento.

En 1836 la iglesia, y menos en Inglaterra, no podía ya quemar a nadie por sus opiniones o por oponerse a la ideología que pretendía imponer. Pero disfrutaba todavía de suficiente poder para actuar coercitivamente sobre los díscolos. Cierto día el pobre Crosse, como en algunas recreaciones cinematográficas de la novela de Frankenstein, vio aproximarse a su mansión de Fyne Court a una turbamulta de ciudadanos exaltados acaudillados por un clérigo furibundo. Es de suponer que se temió lo peor, acaso un linchamiento...pero tuvo suerte, la caterva de fervientes creyentes que asaltó su casa, seguramente frenada por las leyes vigentes, no buscaba arrebatarle la vida. Se contentaron con hacerle por la fuerza un exorcismo a él, a su casa y a sus instrumentos de trabajo. Luego se marcharon y no volvieron a dirigirle la palabra.

Crosse, como es natural, no cedió, se mantuvo en sus trece y pasó las dos décadas que le quedaban de vida encerrado en su casa, aislado, marginado, convertido en un ermitaño maldito, odiado y detestado por la victoriana y santa sociedad que le rodeaba y le consideraba una especie de anticristo o, en el más benigno de los casos, un a modo de sucio y pestilente mago negro capaz de realizar los más oscuros y blasfemos experimentos.

La represión sobre este pobre hombre de ciencia aunque incruenta fue tan contundente que nadie, ni los científicos que repitieron con éxito sus experimentos, osó defenderle. Podía haber descubierto el origen de la vida, la verdad última y absoluta, pero la represión eclesiástica había conseguido callarle la boca sin ni siquiera tener que matarle o encarcelarle formalmente. Y él, como un héroe del conocimiento y del progreso, supo mantener la verdad demostrada por un experimento varias veces repetido con el mismo resultado.

Lo triste del caso, la paradoja a la que se refiere el título de este artículo, es que Crosse, que indudablemente tenía grandísimos conocimientos sobre electricidad y un enorme mérito como científico, vivió en una época que desconocía la asepsia.

La ciencia siguió evolucionando y acabó descubriendo la vida microscópica y la necesidad de esterilizar las muestras para realizar cualquier experimento convincente. A la luz de los nuevos conocimientos resultaba evidente lo sucedido: Crosse, en su desconocimiento, no había esterilizado las muestras de agua extraída de la cueva, un agua en apariencia límpida pero que portaba los huevos de los ácaros que, siguiendo su ciclo normal de existencia, acabaron naciendo y desarrollándose en su laboratorio.

Lamentable paradoja y amargo fin para una vida y un trabajo meritorios.

Pero la lección importante en este caso, como en tantos otros, no es el hecho de que Crosse después de todo no descubriera el origen de la vida y el modo de generarla de la nada es que hubiera dado igual que lo hubiera hecho porque las fuerzas de la superstición, todavía poderosas en la sociedad, lograron acallarle y hubieran ocultado sus logros aunque fueran ciertos. Y es una lección que nos conviene tener en cuenta porque no estamos tan lejos de que, de nuevo, poderosas fuerzas fácticas sectarias (tenemos el islam radical, las sectas evangélicas, los creacionistas de distinta laya...) lleguen a poder acallar la voz de la ciencia imponiendo su propaganda teocrática. La amenaza de una nueva edad oscura acecha en el corazón mismo de nuestras sociedades supuestamente avanzadas. Es bueno que lo tengamos en cuenta.

NOTA.- la foto es de Proyecto Agua.

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Autor: Anónimo

Hola que buen aporte me gustó mucho casi creo que el carbonato de calcio crea ácaros jejeje...

Fecha: 22/04/2010 05:01.


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