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PITÁGORAS, LA IDEA DE PECADO Y EL TOTALITARISMO

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 Pitágoras es famoso por su faceta de matemático y, sobre todo, por su teorema que absolutamente todos aprendimos en la escuela. Pero en vida su fama y su importancia tuvo mucho más que ver con la política, la filosofía, el sectarismo y un nuevo modo de entender la espiritualidad que tendría profundos ecos hasta nuestros días. Por ese motivo resultará interesante que dediquemos algunos párrafos a estudiar esa otra faceta, hoy más desconocida, de este personaje y analicemos sus motivaciones y consecuencias que, como digo, son de largo y profundo alcance prefigurando en gran medida nuestra época.

Pitágoras nació en un mundo en cambio y confrontación. Hasta el siglo VIII a.d. C. Grecia era un cúmulo de pequeñas comunidades agrarias dominadas por oligarquías locales que imponían su dominio y sus ideales al resto del pueblo. A partir de ese momento las cosas cambiaron: el comercio ultramarino se desarrolló, nació la polis y emergieron nuevas clases sociales que disputaron el dominio absoluto de los nuevos estados que estaban surgiendo a los aristócratas generando una larga sucesión de guerras civiles, exilios, tiranías...

En ese sentido la isla de Samos, patria de Pitágoras, no fue una excepción. Allí, durante la época arcaíca, el poder era de una clase oligárquica conocida como los geomoroi, los poseedores de tierras. Estos terratenientes controlaban el gobierno, la administración de justicia, la vida económica, todo mateniendo a quienes no poseían tierras sojuzgados y sin acceso a la ciudadanía.

Pero los geomoroi tenían un problema, común por lo demás a casi la totalidad de las comunidades griegas arcaícas: la falta de tierras. Mientras el cultivo principal fueron los cereales y su mercado principalmente interno, las diferentes aristocracias, campesinas, rústicas y no demasiado ricas, tuvieron suficiente con sus latifundios y con su acomodada vida de campesinos propietarios rodeados de aparceros miserables. Sin embargo la difusión del comercio fenicio lo cambió todo. De pronto el paisaje agrario de Grecia se transformó. Los cultivos verdaderamente rentables pasaron a ser la vid y el olivo y estos necesitaban, para desarrollarse, una evolución profunda en la organización del trabajo, del paisaje y hasta de los modelos de distribución. Surgió así la polis para concentrar la mano de obra y los recursos de las diferentes aristocracias vecinas y comenzó la navegación. No obstante estos cultivos, en sí mismos tan lucrativos para los terratenientes, presentaban problemas nuevos que resolver. Por un lado las tierras que se ocupaban en ellos se sustraían al cultivo de cereales y ello provocaba escasez en los suministros forzando a adquirirlos en mercados externos lo que se conseguía mediante  el necesario desarrollo del comercio ultramarino. Por otro generaba grandes excedentes de mano de obra que se canalizaron a través de la colonización, estrategia esta que permitía, además, conseguir nuevas tierras de cultivo desde las que importar el necesario grano a las metrópolis volcadas con el aceite y el vino. Pero, además, se percibió pronto que el crecimiento de la demanda y de los beneficios que esta generaba exigía una mayor producción y ello solo podía conseguirse con la adquisición de nuevas tierras lo que condujo, indefectiblemente, a nuevas guerras entre comunidades diversas.

Hasta entonces la guerra en Grecia, al menos desde el final de la era micénica, era la propia de la aristocracia: con pocos efectivos, ritualizada y sustentadora del prestigio personal de los aristócratas que en ella peleaban. Pero los nuevos cultivos y la aparición de la polis mutó la esencia de la guerra. Ahora ya no se luchaba por la gloria personal sino por el control y gestión de importantísimos recursos y vías de comercio. Se trataba de supervivencia y empezó a primar la eficacia sobre el lucimiento. Era preciso ganar las guerras a toda costa y para ello se revolucionaron las técnicas militares apareciendo el ejército hoplítico que englobaba no solo a los aristócratas sino a un elevado número de la población ciudadana que exigía, ya que defendía al estado, poder participar en su gobierno y en sus ventajas económicas. Las aristocracias, por lo general, cerraron filas en defensa de sus privilegios y los hoplitas sin derechos ciudadanos buscaron conseguirlos mediante la fuerza estableciendo tiranías que hiciesen saltar las antiguas constituciones oligárquicas en favor de una transición hacia otras democráticas. En todas partes y en todo tiempo la justicia social ha debido instaurarse por la fuerza frente a intereses oligárquicos que utilizaban el concepto de libertad para definir un régimen de explotación que beneficiaba en exclusiva a la oligarquía, ahora las cosas no son muy diferentes.

En Samos los geomoroi, la oligarquía terrateniente, necesitaba nuevas tierras para seguir enriqueciéndose y tenía puestos los ojos en la cercana costa de Anatolia. Pretendían arrebatarles las tierras a las poderosas ciudades de Éfeso y MIleto situadas frente a sus costas. Para entonces el sistema hoplítico se había extendido por Grecia aportando a los estados griegos una clara  superioridad militar sobre sus vecinos y los geomoroi habían planeado que el trabajo sucio se lo hicieran, precisamente, los hoplitas, los soldados del demos, del pueblo, que todavía carecían de derechos ciudadanos y que no iban a beneficiarse en nada de la adquisición de unas tierras que se repartirían entre los terratenientes dominantes. Eso, naturalmente, generó tensiones y enfrentamientos civiles potenciados, además, por una nueva fuente de riqueza. Ya dijimos  que el aceite y el vino necesitaban el desarrollo de una nueva red de distribución, los barcos dedicados al comercio ultramarino. Había que llevar los productos a los mercados donde pudieran venderse. En el caso de Samos el objetivo principal era básicamente Egipto.

Por supuesto, los únicos capaces de construir y armar barcos para el comercio ultramarino eran los propios aristócratas pero no todos se atrevían a hacerlo porque implicaba una gran inversión económica y un riesgo aun mayor que podía dar al traste con la riqueza y la posición disfrutada durante generaciones por una familia con un solo naufragio. De modo que eran pocos los que se atrevían a asumir el riesgo pero de estos los que tenían éxito representaban un porcentaje aceptable, suficiente para que cambiasen sus fuentes de financiación. Lo dificil era tener el primer barco, cuando se tenían dos o más, los riesgos de pérdidas por naufragio o piratería quedaban compensados por los réditos de los viajes exitosos permitiendo la acumulación de grandes cantidades de capital en contraposición con el parco enriquecimiento de los aristócratas exclusivamente dedicados a la agricultura. La mentalidad de quienes tenían éxito con el comercio cambió: ya no necesitaban una clase campesina sojuzgada sino artesanos, marineros, pilotos, agentes comerciales, es decir: una clase ciudadana libre y con derechos que se beneficiara con la ciudad y el comercio convirtiéndose en una masa solidaria con sus intereses privados. En otras palabras: la democracia.

Surgió así la stásis, el enfrentamiento político entre oligarcas y demócratas. Desde el principio los primeros llevaron las de perder. En primer lugar porque su complicado intento de utilizar a un ejército ciudadano cada vez más concienciado sobre sus derechos políticos para extender sus dominios latifundistas en el continente se vieron perjudicados por la aparición y expansión de poderosos estados en Anatolia, los lidios y más tarde los persas, en segundo lugar por el hecho de que Samos se convirtió muy pronto en una de las principales potencias marítimas griegas gracias al comercio con Egipto y hasta con Tartessos en el lejano occidente.

En muy poco tiempo los geomoroi pasaron de ser los amos de Samos a convertirse en una minoría poderosa pero contraria a los intereses de la mayor parte de los habitantes de la isla que, lógicamente, se sublevaron contra ellos para cambiar las cosas. Todo el siglo VI a. d. C fue en Samos una cerrada lucha entre los geomoroi y el resto del pueblo que buscaba cambiar las cosas mediante el establecimiento de regímenes de excepción que conculcasen la anticuada constitución oligárquica permitiendo el avance de un nuevo modelo social y político más avanzado: la democracia. De este modo llegó a comienzos de siglo la tiranía de Demoteles, derribado al cabo por los geomoroi, más tarde la de Siloson, también derribado por los geomoroi, hacia el 560 a.d. C. el hijo de Siloson, Eaces, había restablecido la tiranía pero fue derribado a su vez por los oligarcas. En 546 a.d. C. Polícrates, hijo de Eaces y nieto de Siloson, restableció la tiranía y convirtió a Samos en una talasocracia con absoluto dominio del mar expulsando definitivamente a los geomoroi y abriendo paso a una democracia que frustró la expansión de los persas por Jonia y el Egeo. El propio Polícrates murió asesinado por los persas en 522 a.d. C. y sus sucesores ya no fueron sino gobernantes en nombre del rey de reyes.

Pues bien, Pitágoras pertenecía a los geomoroi. Su mentalidad era la propia de un aristócrata defensor de un estado dirigido por una minoría poderosa a la que el resto de la población debía someterse casi en régimen de dependencia feudal cuando no de semi-esclavitud. A ese estado de cosas los oligarcas de toda Grecia lo llamaban libertad. Es sabido que Pitágoras tuvo que exiliarse de Samos cuando Polícrates tomó el poder, este hecho, sin duda, sirvió solo para amargarle y radicalizar su ideología.

Al inicio de su exilio Pitágoras, según afirman la mayor parte de sus biógrafos, viajó a Egipto y Babilonia. El primer destino era casi obligado. Los samios disponían de una gran población establecida en la colonia griega de Naucratis en el delta del Nilo y esta parecía una etapa casi obligada para cualquier samio que debiese organizar sus asuntos (económicos sobre todo) tras salir precipitadamente y por largo tiempo de su tierra. Es posible, incluso, que Polícrates tardase un tiempo en extender su influencia sobre la colonia samia de Naucratis y durante ese periodo los exiliados pudieran intentar reorganizarse allí. Pero es mucho más interesante su paso por Babilonia.

Esta ciudad, capital de un imperio en decadencia, cayó en poder de los persas en el año 539 a.d. C., unos seis años después del exilio de Pitágoras de Samos y unos seis años antes de su llegada Crotona, en el sur de Italia. Es difícil pensar que nuestro personaje decidiese viajar a una ciudad condenada y asediada, parece más lógico  que su interés se decantaría en mayor medida por el nuevo e impetuoso estado que estaba surgiendo en Asia Menor y que después de la destrucción del reino lidio amenazaba con expandirse por tierra jonia pudiendo influir, como de hecho acabó haciendo, en la propia Samos. Por lo tanto es  plausible pensar que si Pitágoras viajó a Babilonia sería después de su caída en manos persas y en el marco de una visita más amplia al naciente estado aqueménida.

En cualquier caso ese viaje resultó crucial para la conformación final de la filosofía de nuestro personaje que pudo entrar en contacto directo con dos ejemplos ideológicos de dominación que se le mostrarían como eficaces herramientas para la instauración y perpetuación de un régimen oligárquico.

Por un lado, en la propia Babilonia habitaban los judíos deportados del reino de Judá un par de siglos antes por la irresponsable conducta política de sus sacerdotes quienes obsesionados con establecer una teocracia monoteista que les permitiese regir todos los extremos de la vida pública y privada de quienes cayesen bajo su poder, habían causado la destrucción del estado y provocado la desgracia y la ruina de todo su pueblo. Sin embargo en Babilonia habían logrado mantener una férrea cohesión social basada en culpar al pueblo de lo ocurrido por no obedecerles ciegamente estando por ello en pecado y provocando la ira de su dios. Además, esa culpabilización del pueblo, esa extensión de la idea de pecado, iba acompañada por toda una serie de interdicciones sociales y morales arbitrarias que solo tenían sentido desde un punto de vista subjetivo basado en la superstición yahvista y una serie de rituales destinados a perpetuarlas. Se trataba, ni más ni menos, que de todo un ordenado sistema de control mental y social que ha pasado a nuestros días a través del cristianismo y que sigue cumpliendo su papel de permitir el dominio de los poderosos sobre el pueblo y de difundir la aquiescencia del pueblo a ese dominio mediante la idea de pecado y expiación convertida en un medio de lavado de cerebro colectivo desde la infancia. Pitágoras tomó buena nota de las hábiles, perversas y nauseabundas maniobras de los levitas y luego las transfirió al sur de Italia.

Por otro lado, el nuevo imperio, el pujante estado aqueménida, aunque se presentaba propagandísticamente como libertador y tendía a restablecer y patrocinar los cultos locales, portaba en su seno toda una ideología monoteista no muy diferente en su funcionamiento al fanatismo teocrático judío: el mazdeismo.

Zoroastro y el mazdeismo no surgen de la nada, como no surgió de la nada el budismo. En aquella época, la India tenía una gran influencia ideológica que se extendía a una amplia zona del Asia Central, especialmente en el solar del actual Afganistán, donde a lo largo de siglos se sucederían y entremezclarían numerosos pueblos que acabarían impregandos por las disquisiciones filosóficas hindúes de la época. De hecho el propio cristianisimo acabaría siendo deudor de las ideas que se desarrollaron en ese espacio privilegiado durante siglos.

Si lo miramos con deteniemiento, tanto el budismo como el mazdeismo son evoluciones y adaptaciones de la idea hinduista de dharma, esto es: ley natural. Ya en otros artículos hablamos, y volveremos sin duda a hablar, de lo que significó el iusnaturalismo para la teocracia cristiana que perdura, precisamente, a través de la presencia de este concepto en las leyes y la organización social. El dharma, la ley natural, es una forma de santificar el status quo establecido dando por sentado que las cosas son como son no por una evolución histórica sino por un orden inmutable, de este modo el sometido no lo es a causa de los intereses de los poderosos sino por deseo expreso de la divinidad lo que hace que cualquier atisbo de rebelión sea castigado como impiedad. La idea tiene tal fuerza enseñada desde la infancia que todavía hoy la India es uno de los países más inmovilistas y conservadores del mundo, y desde luego lo fue durante milenios...sin la idea de dharma jamás hubiera perdurado el sistema de castas, por ejemplo.

Pues bien, el budismo y el mazdeismo son adaptaciones de ese concepto de "ley natural" que vienen a cumplir idéntico papel de legitimación política, social y moral del sometimiento y la injusticia, razón por la cual no debe extrañarnos ni lo más mínimo que, sobre todo el budismo, fuera en todo tiempo y lugar protegido y apoyado por reyes y emperadores y que todavía hoy venga a cumplir el papel de fuerza conservadora de sociedades esencialmente basadas en oligarquías explotadoras de un pueblo sometido y sin conciencia de lo inmediato: la religión les enseña que las cosas son como deben ser y que si lo aceptan con mansedumbre quizá se reencarnen en un rico en su próxima vida. Tampoco debe extrañarnos el hecho de que los aqueménidas tuvieran como base ideológica el mazdeismo puesto que procedía de la misma ideología y venía a cumplir similar papel legitimador del poder establecido.

Resumiendo mucho, el mazdeismo viene a decir que existe un solo dios, Ahura Mazda, que es eterno, puro y única verdad del cual se deriva la Daena, el Orden Recto, la Ley Natural y Eterna y que el ser humano que no acepta esa ley natural e inmutable peca y es castigado. Tan sencillo como eso. Más tarde, como sucedió con el judaísmo y suele ser frecuente en las religiones monoteistas, el papel de un genio maligno identificado con lo material fue ganando peso hasta derivar en un sistema plenamente maniqueo.

Entre su exilio de Samos en 545 a.d. c. y su llegada a Crotona en 525 a.d.C. Pitágoras estuvo exiliado veinte años y, casi con toda seguridad, pasaría la mayor parte de ese tiempo en Asia, empapándose de los ejemplos expuestos y que, en gran medida, significaban para los griegos una gran novedad filosófica e ideológica, algo por completo extraño a sus elucubraciones pero no del todo ajeno a ellas puesto que podían aproximarse a la idea de dharma desde ciertas interpretaciones de la diké emanada de Zeus y que se encarnaba socialmente en la eunomía, el buen gobierno, que para la mentalidad de un oligarca sería siempre el modo de gobierno aristocrático que combatían los tiranos como Polícrates.

Es muy probable que la permanencia de Pitágoras en el territorio persa respondiese a la esperanza de que la propia dinámica política y expansiva de este imperio ayudase a la restauración del sistema oligárquico en Samos. En lugar de eso, lo que sucedió fue que Polícrates se alió con los persas para ayudarles en la conquista de Egipto de tal modo que todas las esperanzas de Pitágoras se esfumaron de la noche a la mañana. Algunos exiliados samios recurrieron a Esparta para que les ayudase contra la nueva alianza, él, en cambio, con más de sesenta años (edad avanzadísima para la época) y desencantado, decidió buscar nuevos horizontes y se embarcó para Italia instalándose como hemos dicho en la ciudad de Crotona, donde regía un rígido sistema aristocrático muy al gusto de la ideología de nuestro personaje. Sistema al que él contribuiría aportando las innovaciones ideológicas que había interiorizado en Asia.

Crotona, situada en la costa oriental de Calabria, era una ciudad pujante dirigida por una aristocracia poderosa y prestigiosa en toda la Hélade que mantuvo guerras contra sus vecinas Síbaris, Siris y Locris en aquel mismo siglo luchando por la hegemonía en la zona, que en ese mismo período tuvo tantos vencedores olímpicos como Esparta y que colaboró con las ciudades de la Grecia propiamente dicha en su defensa contra los persas durante las guerras médicas. No se trataba, pues, de un estado periférico y carente de importancia sino de uno dinámico y a la altura de los mejores y más afamados de la koiné helena a pesar de su situación geográfica. Además su clase dirigente parecía bien asentada y el régimen aparecía como una aristocracia agraria estable sin amenazas sociales aparentes. Los máximos peligros a los que Crotona se veía sometida procecían de sus peligrosos vecinos, las ya citadas ciudades de Síbaris, Siris y Locris y los cercanos pueblos italiotas (brutios, lucanos) que rodeaban su alfoz. Allí, por fín, Pitágoras, podía reencontarse con el mundo que añoraba, el que había conocido en el Samos de su juventud, y codearse con una clase dirigente que no solo compartía con él su ideología excluyente sino que, además, estaba dispuesta a escuchar lo que había aprendido en Persia.

La ciudad estaba gobernada por un senado (o gerusia, según se prefiera) de ancianos elegidos entre las familias de los latifundistas y de la que dependían magistraturas anuales restringidas en su desempeño a un pequeño puñado de oligarcas, no era necesario convencer a demasiada gente para establecer reformas tendentes a la conservación del status quo y él lo hizo con facilidad. Porfirio, en su Vida de Pitágoras, nos informa de que poco después de su llegada a Crotona estableció su escuela filosófica y, con permiso y apoyo del senado, "elaboró exhortaciones juveniles para los muchachos. y después lo hizo para los niños que acudían juntos a la escuela. A continuación para las mujeres."...

En principio las enseñanzas pitagóricas eran secretas, reservadas a la élite dominante convirtiéndose de este modo en una via esotérica de prestigio frente a los no iniciados (los dominados) que pasaban de seres explotados a la categoría de ignorantes excluídos de unas enseñanzas destinadas solo a los elegidos que, curiosamente, eran los dominantes que legitimaban su dominio precisamente por su conocimiento "especial"...El misterio, en todo tiempo y lugar, ha sido siempre un modo de control y sometimiento. Toda doctrina "mistérica" tiende a beneficiar a los poseedores del "saber" y a justificar  el sometiemiento de los demás mediante argumentos indiscutibles por desconocidos siendo cualquier intento de indagación o de desacato tenido por sacrilegio. No obstante, nada hay tan secreto que al final no se conozca y nosotros conocemos aceptablemente bien las doctrinas esotéricas del amigo Pitágoras.

A ver si nos suenan: sostenía que existía un dios único que mantenía el mundo unido en la justicia, una justicia divina expresada en el orden natural que era, precisamente, el que convenía a los oligarcas. Una ley divina y un orden indiscutibles dada su naturaleza sagrada previa y superior al ser humano. Este tenía ante sí dos caminos: la pureza y el pecado, dicho de otro modo: aceptar el orden "natural" y obedecer en la seguridad de llegar a disfrutar de una mejor reencarnación o no aceptarlo y convertirse de hecho en un sacrílego legalmente perseguible y al que aguardaban las peores penas de ultratumba o bien una reencarnación en algun ser considerado inmundo. Más aún: el camino de la pureza no solo exigía una obediencia total a la "ley divina" también una serie de prácticas ritualizadas propias de las técnicas de lavado de cerebro que encontraremos también (no podía ser de otro modo) en las religiones derivadas de la superstición semita (judaísmo, cristianismo, islam) y que tienen como finalidad última desarrollar un condicionamiento forzado en la mente del educando en quien se inculca un superego destinado a ejercer de guardian silencioso de la secta dentro de la propia mente, en otras palabras: inculcando la idea de pecado se asegura la sumisión del individuo al grupo mediante una técnica que puede tildarse propiamente de lavado de cerebro. Y ese lavado de cerebro destinado a perpetuar un sistema totalitario de control que asegure la sumisión social a unos valores que solo benefician a las elites dominantes en detrimento de los verdaderos intereses del pueblo, tiene mayor eficacia cuando se aplica a mentes sin formación previa, por eso Pitágoras elaboró en primer lugar adoctrinamientos para niños y jóvenes y por esa misma razón las sectas de origen semita siguen a día de hoy proclamando que quieren defender a los niños y los jóvenes e inmiscuyéndose directa e indirectamente en su formación: es el modo de perpetuar sus esquemas de poder y de asegurar el predominio de los intereses de las élites (siempre devotas y muy religiosas) sobre los verdaderos intereses del pueblo.

Pitágoras no tuvo un buen final.

La vecina y rival ciudad de Síbaris destruyó a la también rival y vecina ciudad de Siris. En Síbaris, como en Crotona, como en casi todas las ciudades griegas, existía una gran masa de desposeídos para quienes el reparto de tierras significaba la diferencia entre la miseria y una subsistencia aceptable pero los oligarcas de Síbaris se negaron a repartir las tierras entre los desposeidos a los que habían obligado a luchar por ellas, eso condujo a la aparición de una revuelta social y el establecimiento de una tiranía, la de Telis, que expulsó a los oligarcas de Síbaris como Polícrates había expulsado en su momento a los de Samos y procedió a repartir las tierras de Síbaris y Siris entre el pueblo hasta entonces sojuzgado. Naturalmente los aristócratas de Síbaris se refugiaron en Crotona y esta ciudad, su gobierno aristocrático, declaró la guerra a Telis de Síbaris. Con el tiempo este fue derrotado, la ciudad destruida y su población esclavizada. Después de eso Crotona disponía de sus propias tierras y de las arrebatadas a las ciudades de Síbaris y Siris pero su aristocracia, encabezada ya por el viejo Pitágoras, se negó a repartirlas entre el pueblo. Con ese reparto todos los habitantes de Crotona podían haber sido ricos pero los oligarcas optaron por repartir el pastel solamente entre las familias nobles.
Por supuesto hubo una revuelta que desbancó, al menos momentáneamente, a los oligarcas y Pitágoras hubo de exiliarse de nuevo. Esta vez se refugió en la ciudad de Metaponto donde murió oscuramente.

A pesar de lo cual el pitagorismo siguió alentando como doctrina dominante entre las clases oligárquicas del sur de Italia tanto griegas como italiotas para difuminarse más tarde con el dominio romano.

El pitagorismo resultó un interesante experimento de totalitarismo político-religioso que conviene estudiar porque nos permite un acercamiento desapasionado a un esquema que veremos repetirse más veces y que todavía padecemos.

Setecientos años después de la muerte de Pitágoras, un déspota alcanzó ilegítimamente el poder en el imperio romano mediante un golpe de estado y una cruel guerra civil, se llamaba Constantino, la historiografía cristiana sigue atribuyéndole el epíteto de grande. Para imponer su dominio dinástico sin contradicción y asegurar el dominio social de una clase de oligarcas sobre la mayor parte del pueblo recurrió a un esquema similar al de Pitágoras y procedente de las mismas fuentes: el cristianismo.

Hoy en día el cristianismo sigue siendo un problema, un obstáculo para el avance de la civilización, de la justicia y de la humanidad y para la libertad y la felicidad de los seres humanos (del mismo modo que lo son el judaísmo, el islam y el budismo, también el hiduismo) y sigue empleando los mismos medios para imponerse al conjunto de la sociedad. Hay que cambiar eso y el conocimiento es el mejor camino para conseguirlo.

Nota.- la fotografía pertenece a vcguinda.

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EL ISLAM EN EL ÁFRICA NEGRA

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 Que  el islam se encuentra en plena expansión al sur del Sáhara  y que de ello se deribarán consecuencias que afectarán a la integridad del mundo son hechos indiscutibles. Conviene, por lo tanto, analizar el fenómeno, tratar de comprender sus causas y anticipar sus efectos. A ello trata de contribuir, humildemente, el presente artículo.

Es preciso, ante todo, tratar de comprender por qué esta ideología, en principio árida y poco seductora, resulta tan atractiva para la población del África negra, qué aporta a las sociedades subsaharianas y de qué modo las transforma en relación con el resto del mundo y, en especial, con respecto a lo que llamamos mundo occidental.

No hay que olvidar a este respecto que las poblaciones negras durante siglos y en relación prácticamente con todos los restantes pueblos con los que entraron en contacto fueron sometidas y discriminadas. En todas partes un negro, cuando no un esclavo, era claramente el representante de sociedades atrasadas y despreciadas al que se ridiculizaba y explotaba por su falta de cultura y su marginalidad dentro del concierto civilizatorio. Todavía hoy las poblaciones de origen africano son en todas partes y por regla general las más pobres y explotadas. Es más: aun en la culta Europa tiene más credibilidad un rubio de ojos azules sin estudios que un negro, especialmente si procede de África, con tres doctorados. Es así, no merece la pena ruborizarse ni negarlo. Todos lo sabemos, los negros africanos también. Y de hecho es muy posible que cualquier europeo sin estudios tenga mayor cultura que un africano en sus mismas circunstancias, cuestión de riqueza y de efectividad del estado. A fin de cuentas Europa ha regido el mundo durante siglos y sigue conformando parte de su élite dirigente mientras que los países de África han seguido siendo colonias, escenario de guerras y campo de intereses económicos y políticos despiadados, incluso después de su independencia.

Frente a esa situación de hecho que puede avergonzarnos o no (y que si nos averguenza a menudo será, no es posible negarlo, solo como forma de hipocresía) y que todos conocemos a ambos lados del estrecho el islam se presenta como una ideología que porta en su mismo seno la igualdad racial. Se trata de un mito, una falsedad bien demostrada por la historia, pero que actúa con excelente eficacia desde el punto de vista propagandístico.

No debemos olvidar que en origen la motivación de Mahoma, más que religiosa, era de subversión social. Él pertenecía a la tribu de los Quraysíes, que dominaba el poderoso clan de los Omeyas, pero no era un Omeya. Por el contrario pertenecía a un linaje empobrecido, era un pariente pobre y marginado del poder que, después de enriquecerse mediante una boda de interés con una viuda rica veinte años mayor que él, buscaba emplear sus recién adquiridos recursos en desbancar el gobierno estatuido en su ciudad de origen: La Meca.

Consecuentemente el mensaje de Mahoma se dirigió en primer lugar a los sojuzgados y marginados de su ciudad natal captando entre ellos a Bilal, un esclavo negro previamente cristiano copto para el cual los delirios judaizantes del hijo de Abdallah resultarían a un tiempo más comprensibles que el universo politeista existente en La Meca del siglo VI (sobre todo teniendo en cuenta los elementos nestorianos que coadyuvaron a la ideología mahomética) y un medio de íntima rebelión frente a sus amos a los que, seguramente, debía despreciar como bárbaros. Es importante recordar que Bilal procedía casi con total seguridad del reino abisinio de Axum, equiparable en cultura, riqueza y civilización a Bizancio o Persia mientras que las tribus árabes no dejaban de ser nómadas del desierto o, en el mejor de los casos, pequeños estados periféricos apartados de los principales centros culturales del momento.

Sea como fuere, en la demagogia propia del islam radical siempre quedó como un hecho recordado y relevante la temprana conversión de un negro, Bilal, y la doctrina de que cualquiera, incluso un negro, podía convertirse en dirigente de la comunidad musulmana si demostraba ser buen musulmán. Era mentira y quedó demostrado muy temprano, en la batalla de Siffin (657) en la que el islam se dividió en tres grandes partidos: los sunnitas, partidarios del gobierno Omeya, los chíitas, partidarios de que la dirección del islam recayera en los descendientes de Alí, yerno y miembro del linaje de Mahoma, y los jarichíes, que defendían precisamente que "hasta un negro", si era buen musulmán, podía alcanzar el califato. Los otros dos partidos se encargaron de aniquilar a este tercero radical y el islam se estructuró, al menos inicialmente, como una sociedad estratificada en la que los conversos quedaban en situación de sometimiento con respecto a las diferentes tribus árabes convertidas en una cerrada aristocracia de sangre.

 Sin embargo el ideal demagógico derivado del recuerdo de Bilal y de los jarichíes perdura en el islam y aparece ante las poblaciones subsaharianas como un medio de reivindicación social frente a su evidente situación de sometimiento y discriminación con respecto a los pueblos colonizadores. Un dominador jamás considerará como igual a un dominado aunque le imponga su propia religión. En cambio, a lo largo de los siglos XIX y XX los árabes y otros pueblos musulmanes han sido hermanos de sometimiento de los negros africanos, incluso en el XXI el islam se presenta como una vía de revancha frente al dominio occidental. No debe olvidarse a este respecto que, sin ir más lejos, Bin Laden vivió una década en Sudán (en árabe literalmente el "País de los Negros") antes de refugiarse definitivamente en Afganistán. Y eso es un factor de tremendo peso.

Pero hay más.

No puede olvidarse que la introducción del islam en el África negra coincide con un momento de auge económico y hasta de repunte político del que los africanos pueden sentirse orgullosos.

A partir del siglo VIII, con toda la fachada mediterránea de África ocupada por los musulmanes, se activó el comercio a través del Sáhara. Previamente, y al menos desde finales del imperio romano, las poblaciones bereberes habían sido elementos reluctantes a las ciudades costeras. En la costa estaba Roma, más tarde los vándalos y los bizantinos, elementos extraños frente a los que los bereberes se mostraron siempre como enemigos irreductibles. Por lo menos desde el siglo II los bereberes se dedicaban a saquear los predios de las potencias costeras y a desgastar sus fronteras pero no mantuvieron, por lo general, ningún contacto pacífico duradero con ellas. La aparición del islam cambió esa relación con la costa.

Los bereberes vieron en el avance musulmán un medio de liberarse de la presión ya secular del mundo romano en la costa y, aunque se resistieron durante décadas al avance islámico a menudo dirigidos por aristocracias bereberes paradójicamente bien asentadas en el mundo romano, acabaron pactando con los invasores que aspiraban a extenderse hacia occidente desde Egipto poniendo en manos de estos no solo los campos, también las grandes ciudades costeras. Por primera vez en el siglo VIII los puertos del Mediterráneo africano y las tribus bereberes pertenecieron al mismo mundo, a la misma unidad política. Ello intensificó, diversificó e hizo más lucrativo el comercio a través del Sáhara de modo que las rutas transitadas desde hacía, quizá, milenios por los bereberes adquirieron una verdadera importancia. Los pequeños estados del centro de África ya no comerciaban con pobres nómadas que en el mejor de los casos traían el producto de sus ocasionales botines adquiridos en las fronteras romanas para intercambiarlo por productos de primera necesidad, ahora, por mediación de esas tribus, comerciaban directamente con el Mediterráneo y podían exportar con no poco beneficio sus materias primas (oro, sal, marfil)...ello contribuyó al aumento de la riqueza y a una lucha por el control de las rutas y puntos de comercio y el control de recursos que acabó generando la aparición de un estado, el Imperio de Ghana (s VIII), en el que el islam, con la creciente influencia tanto de bereberes asentados dentro de sus fronteras como de sus relaciones políticas y comerciales, que llegaban hasta la Córdoba califal, se convirtió en un elemento fundamental de modernización si como modernización entendemos el cambio de conciencia que permitió el asentamiento de un estado imperial basado en el comercio donde previamente existían pequeños estados anclados en la agricultura de supervivencia.

Naturalmente, esa implicación en el mundo musulmán tuvo sus consecuencias. Una, social, de primer orden: la penetración del islam en el África negra occidental (en la oriental penetró directamente a través de los estados comerciales musulmanes de origen árabe asentados en sus costas desde Djibouti a Zanzíbar), otra, política, esperable: en 1076 los almoravides, que aspiraban a extender su rigorismo islámico por todo el universo musulmán desde el Tajo al Níger, destruyeron el Imperio de Ghana en su afán de conquistarlo. No pudieron retenerlo durante mucho tiempo. Los almoravíes cayeron frente a los almohades y en el antiguo solar de Ghana (no confundir con las fronteras del actual país del mismo nombre) surgieron una serie de pequeños reinos que comenzaron a luchar por la hegemonía.

Hacia el 1140 se impuso como nueva potencia hegemónica el reino de Kainaga, radicalmente antiislámico, que impuso su dominio durante un siglo.

Finalmente hubo una revuelta dirigida por Sunjata, miembro del clan Keita, uno de los más poderosos del pueblo mandinga, en la práctica emparentado con los soninké que habían forjado el Imperio de Ghana. Los Keita eran musulmanes, presumían de descender de Bilal de quien decían no era etíope sino mandinga.

En 1235 Keita Sunjata derrotó al reino de Kainaga en la batalla de Kirina estableciendo el Imperio de Malí, estado profundamente islámico que alcanzó gran reputación en todo el islam a raíz de la peregrinación a La Meca de alguno de sus soberanos.

De hecho Mali se convirtió en un país casi legendario en todo el mundo debido a su riqueza. El establecimiento del nuevo estado vino acompañado por el descubrimiento y la explotación de nuevas minas de oro de tal importancia que permitieron que en la Europa cristiana de la época, concretamente en Florencia, empezara a acuñarse moneda de oro por primera vez desde hacía más de quinientos años. Naturalmente ese mismo oro se hizo correr a lo largo y ancho del mundo musulmán de modo que Malí se convirtió pronto en una potencia islámica, país al que muchos sabios musulmanes encaminaban sus pasos para ser magníficamente recompensados y tratados por sus soberanos negros que eran aclamados en Alejandría cuando decidían peregrinar a La Meca.

El Imperio de Mali, en la práctica más grande que la Europa occidental, alcanzó tal riqueza y tal altura intelectual que uno de sus soberanos, Sunjata II, estuvo a punto de descubrir América doscientos años antes que Colón. Cometió dos errores cuando decidió explorar "lo que había al otro lado del mar": no elegir bien la estación y comprometer demasiados recursos en el intento. Lanzó al mar doscientas naves que fueron hundidas por una tormenta desbaratando de este modo definitvamente sus planes de exploración.

En 1324 el Imperio de Mali se anexionó la ciudad de Tombuctú, fundada trescientos años antes por los bereberes (tuareg) y profundamente musulmana, y la convirtieron en una metrópoli islámica a la altura de Alejandría, Córdoba o Bagdad con numerosas y afamadas mezquitas y cientos de madrasas. Era, y sigue siendo, una ciudad de adobe pero la leyenda, especialmente extendida en la Europa cristiana, todavía dependiente del oro mandé y sin acceso a la misma, decía que sus palacios y mezquitas eran de mármol y sus cúpulas de oro y ese espejismo de esplendor se mantuvo hasta que bien entrado el siglo XIX pudieron llegar a ella los primeros exploradores europeos.

Con el Imperio de Malí y la fama internacional de Tombuctú, por primera vez contó África occidental con un estado considerado igual e incluso superior por el resto de las naciones y lo suficientemente prestigioso como para convertirse en leyenda.

El imperio desapareció hacia 1560 y los marroquíes conquistaron Tombuctú en 1591. El esplendor había desaparecido, pero quedaba el recuerdo y el orgullo y ese orgullo está todavía estrechamente vinculado a su esencia islámica. Tampoco hay que olvidar esto.

Más tardiamente y más al sur, las razones para la expansión del islam fueron otras. Detallados estudios etnográficos dejaron al descubierto que los dioses sobre los que se construyeron el vudú, la macumba, el candomblé y otras religiones americanas de origen yoruba a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII son prácticamente desconocidos en África. Ello se debe a que los seguidores de los distintos cultos mantuvieron a lo largo de esos siglos constantes enfrentamientos entre sí con el resultado de que los derrotados, cuando escapaban a la muerte, acababan siendo vendidos como esclavos a las potencias coloniales. Por lo tanto el islam, antes de la penetración europea y su lógica consecuencia: la introducción del cristianismo, representaba en toda la costa occidental de África hasta el ecuador y aún más abajo  un factor de estabilidad en los pequeños estados de esa zona que venía, además, a socavar el poder casi absoluto del que disfrutaban los sacerdocios animistas a menudo reducidos a la simple condición de coactivas teocracias hechiceriles. Es cierto que también pesó en esa difusión la migración de pueblos de idioma bantú que se abrieron paso hacia el sur buscando nuevas tierras para sus ganados y creando nuevas realidades políticas pero no debe desdeñarse ese factor de estabilización y hasta pacificación que el islam representaba en muchas partes del África animista. Papel que sigue jugando. Las supersticiones preislámicas no han desaparecido y han acabado mezclándose tanto con el islam como con el cristianismo pero ambas religiones sirven de oposición ideológica a la ideología de los brujos y de elemento de unión social frente a la anarquía violenta generada por los diversos cultos animistas. Adoptan, por lo tanto, un papel liberador y tranquilizador frente a cultos ancestrales basados no en la moral sino en el poder con una ventaja expansiva a favor del islam por causas ya explicadas en este artículo.

Pero, sobre todo, la popularidad del islam responde a un factor mucho más prosaico y con consecuencias de más largo alcance de cara al futuro general de la humanidad. Actualmente el principal factor de modernización y revolución tanto en África como en todo el tercer mundo es la liberación de la mujer. Se trata de un proceso que está cambiando el mundo de raíz y que viene a subvertir las relaciones de poder dentro de las sociedades tradicionales abriendo caminos hacia sociedades más justas, más igualitarias y más evolucionadas. La importancia de ese cambio para el avance de la civilización es capital y potenciarlo es una obligación ética para todo aquel que defienda la evolución del ser humano y sus sociedades como principal exigencia moral de la humanidad. Pero, naturalmente, las cerradas sociedades tradicionales perciben este necesario avance como una amenaza que afecta especialmente al poder detentado durante milenios por los hombres que, en África, tienen mucho que perder con el cambio. La liberación de la mujer no solo pone en entredicho su papel de amos patriarcales de las féminas de sus parentelas, también les obliga a afrontar responsabilidades que hasta ahora han delegado en ellas. Sin ir más lejos, en la mayor parte de las sociedades africanas el peso del trabajo recae desde siempre en la mujer mientras que las ocupaciones del hombre se limitan a vegetar con el cuidado de los rebaños, o divertirse con el ejercicio de la caza o de la guerra. Liberar a la mujer de su estatus de quasi esclavitud es obligar al hombre a trabajar y tomar responsabilidades que ahora no recaen sobre él. Más aún: le priva de utilizar a las mujeres de su parentela como moneda de cambio, medio de ascensión social o de mejora económica y la pérdida de este fácil recurso económico tampoco es contemplada con simpatía.

Sin embargo el islam, con toda su carga de reivindicación social frente al mundo occidental colonizador, fomenta además la perpetuación de los esterotipos tradicionales manteniendo el sometimiento de la mujer, su estado de práctica esclavitud, su condición de recurso económico y de mano de obra gratuita que permite al hombre seguir llevando una vida poco activa propia de un tiranuelo familiar obedecido y temido y contra el cual es inútil rebelarse. El islam en todas partes, pero muy especialmente en el África negra, es un factor de sometimiento de los débiles, sobre todo de las mujeres, que se opone a los necesarios avances de la sociedad. Por este motivo su avance representa una grave preocupación y un reto moral a la humanidad en su conjunto...y la cosa se complica si tenemos en cuenta que África ya no está tan solo al sur del estrecho, ha llegado a Europa (al igual que el islam de otros muchos rincones) y lo ha hecho con toda su carga ideológica contraria a la modernización, a la justicia y a lo que representa la moderna civilización y sus exigencias morales. ¿Seguiremos cruzados de brazos con la fácil excusa de la libertad religiosa, el respeto a las particularidades culturales y el temor a ser tachados de racistas o asumiremos nuestras obligaciones morales?...Deberíamos hacer esto último, pero las democracias liberales en las que nos movemos y sus ideologías son instrumentos obsoletos que ya no nos sirven para hacer frente a los retos que nos depara el siglo XXI, a pesar de lo cual siguen sirviendo a los intereses de las oligarquías que las impusieron, no cabe demasiada esperanza de conseguir un cambio inmediato, el salto cualitativo que necesitamos para solventar los problemas actuales. Seguiremos cruzados de brazos, felices en nuestra fatua autocomplacencia, hasta que ya no haya remedio. Al menos eso me temo.

Nota.- La fotografía es de gbaku.

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BROOKE SHIELDS Y EL FUNDAMENTALISMO CRISTIANO.

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Iba a ilustrar este artículo con una imagen del Cupido Triunfante de Caravaggio pero no he podido hacerlo por una simple cuestión de derechos (por cierto, no deja de ser curioso que cuarenta tipos hagan la misma fotografía desde el mismo ángulo y con la misma iluminación y todos se crean únicos y pretendan cobrarla), no importa: el lector, si no la conoce, podrá encontrar fácilmente esa imagen. Viene a cuento porque este magnífico cuadro de 1608 sería hoy considerado pornografía infantil, de hecho no dudo que tarde o temprano nos enteraremos de que la toman con él o con cualquier obra parecida esos puritanos, esos pervertidos fundamentalistas cristianos (o musulmanes, tanto da) de mente enferma y vocación totalitaria que en todo ven suciedad y pecado y que tratan, con la excusa de proteger a la infancia, de imponer su estúpida y dañina moral al conjunto de la sociedad.

Ahora han vuelto a tomarla con Brooke Shields. Imagino que el lector estará ya enterado a estas horas de lo sucedido en la galeria Tate Modern de Londres en relación con un desnudo de la actriz tomado cuando tenía diez años y que, por cierto, lo recuerdo bien, en su momento, en España, se publicó sin alharacas ni dramas en una revista tan poco sospechosa de pedofilia como el Pronto.

Ya los responsables de la galería habían tomado sus medidas asesorándose con abogados (algo muy necesario en un mundo en involución como en el que vivimos en el que David Hamilton ha estado a punto de ser encarcelado por sus fotografías de hermosas adolescentes, en el que Barry Pringles ha de esconder cuidadosamente, miren sino su página web, los trabajos que hizo en los setenta o en que las fotografías que Jacques Bourboulon le hizo a Eva Ionesco cuando tenía once años y se publicaron en la portada de la edición italiana de Playboy allá por 1976 o 1977 podrían llevar a la cárcel a quien guardase aquel ejemplar) y relegando la polémica fotografía a una habitación solitaria cerrada y con advertencias en la puerta sobre el grave dilema moral que podría presentarse al osado que cruzase aquel umbral del pecado, el vicio y la pederastia. a pesar de ello las asociaciones británicas de protección de la infancia han clamado al cielo, nunca mejor dicho, acusando a esos prudentes responsables de incitar a la difusión de la pornografía infantil y de promocionar el vicio solo para conseguir publicidad en los periódicos (cosa que, bien mirado, han hecho ellos mismos)...

Claro, la inmensa mayoría de mis lectores estará frunciendo el ceño pensando que voy a posicionarme en contra de la defensa de los menores. Se equivocan. Pero desde luego hay que poner coto a los censores que con la excusa de acabar con la pornografía infantil buscan en realidad imponer su pacata idea de la moral a una sociedad que solo sin ellos estaría completamente sana.

Para empezar hay que convenir en una verdad obvia: si se considera obscena la desnudez es simplemente porque se parte de la idea de que lo relacionado con el cuerpo es pecado y por lo tanto inmoral. Ahora se ataca la desnudez infantil con la excusa de proteger a la infancia (estos mismos que ahora gritan fueron los que arremetieron contra la portada de Virgin Killer de los Scorpions hacièndola de paso más popular) pero si les dejamos ganar batallas estúpidas el resultado final será el que vemos en los países musulmanes. No hay diferencia entre la moral sexual y referente al  cuerpo entre el integrismo cristiano y el islámico. La diferencia radica en que en Europa, desde siempre, el paganismo fue dificil de vencer y su moral basada en la naturaleza y no en la idea de pecado todavía nos alumbra y nos guía a pesar de los ataques constantes de esos activos y peligrosos sectores oscurantistas que pretenden devolvernos a la edad media donde ellos dominaban, imponían la moral y las leyes torturando y quemando a diestro y siniestro para barrer toda oposición. No podemos permitir que eso suceda.

Desde 1976 estamos en regresión.

Comenzó todo cuando un obispo francés, encabezando una de esas asociaciones familiares defensoras de la moral y las buenas costumbres, la emprendió contra una película (L´Essayeusse), en la que por cierto no aparecen menores, logrando que el gobierno hiciera quemar todas las copias de la misma (afortunadamente alguna se salvó, la película, es cierto, no vale gran cosa pero se ha convertido en todo un símbolo del ánimo inquisitorial cristiano y de los peligros de las movilizaciones de estas turbamultas sectarias amparadas en buenas palabras pero que ocultan el peor y más terrible de los integrismos).

Luego empezaron a llegar leyes sobre edad de consentimiento y contra la pornografía infantil en Francia, en Inglaterra y, claro está, en Estados Unidos, donde desde 1978 los sectores del extremismo evangelista (diré que no hay evangelismo moderado) iniciaron toda una cruzada por la protección de la infancia.

No se me malinterprete: cualquiera que viole a un menor o que lo explote sexualmente debe ser castigado con la máxima dureza. A lo que me opongo es a permitir que con la excusa de proteger a los menores la caverna semita (cristianos, judíos, musulmanes) impongan su estrecha moralidad al resto del mundo. Se trata en última instancia de algo de lo que hemos hablado mucho en este blog, y de lo que seguiremos hablando: el imbuir en los jóvenes la idea de pecado para poder controlarlos cuando sean adultos.

Frente a eso hemos de recuperar la idea de que el cuerpo no es pecaminoso ni malo sino parte misma de nuestra naturaleza y que su exhibición no tiene connotaciones morales ni necesariamente sexuales. También, y es importante, que el sexo tampoco es pecaminoso ni malo y que no puede disociarse de la naturaleza humana a ninguna edad. Los niños no son seres inocentes a los que acecha el pecado sino ignorantes a los que educar. Y hay que educarlos con naturalidad para que en su edad adulta sean seres libres, felices, responsables y sin ataduras a enfermizas morales que todo lo ven sucio, oscuro y perverso. Para ello es preciso tomar conciencia y combatir denodadamente los intentos de censura social y de coacción de esos grupos fundamentalistas que solo buscan imponer su totalitarismo teocrático al conjunto de la sociedad.

Hay que retornar al espíritu de libertad de los setenta.

Libertad u oscurantismo, esa es la cuestión. Y, como siempre, para ser libres hay que saber.

¿Por qué en los setenta podían hacerse fotografías o películas que ahora se consideran pornografía infantil?...¿Era porque los porros nublaban la mente de la gente, porque los pervertidos se hicieron con el poder, porque se confundió libertad con libertinaje?...No, la causa última fue que el concepto de "normalidad" esgrimido por la todavía influyente y siempre nociva Asociación Psiquiátrica Americana entró en crisis y con él el concepto de parafilias. Piénsese, por ejemplo, que en 1973 esta augusta asociación hubo de admitir que la homosexualidad no era una enfermedad mental ni una perversión sexual.

¿Pero de donde venían esas ideas?...

El siglo XIX , contra lo que pueda parecer, fue una centuria de consolidación social del puritanismo protestante a nivel mundial. Recuérdese la moral victoriana, o repárese en el hecho de que de pronto el colorido en la vestimenta propio de los siglos anteriores fue sustituido por el negro cerrado de los puritanos. En ese contexto, y como la idea del infierno parecía no asustar ya a nadie, los censores se revistieron de prestigio universitario y aparecieron los psiquiatras que tenían como misión imponer como normalidad lo que el puritanismo consideraba como tal, proscribiendo cualquier otra posibilidad. El más conspicuo de estos profesores integristas fue un austriaco apellidado Van Krafft-Ebbing que en 1886 publicó en latín (para que no pudiera ser leído por el vulgo su peligroso contenido) un libro titulado Psycopathia Sexualis en la que se hacía un repaso por todas las practicas sexuales conocidas determinando que todas eran perversiones salvo el sexo dentro del matrimonio, en la postura del misionero y procurando que la mujer no gozara demasiado. Esa fue la levadura que sirvió para el fermento de la ideología de la Asociación Psiquiátrica Americana y de otras igual de conservadoras que durante prácticamente un siglo prescribieron fármacos, electroshocks, internamientos y cárcel para los enfermos inmorales y pervertidos que se masturbaran, que se acostasen con otros de su mismo sexo, que gustasen del sexo en grupo...que hiciesen cualquier cosa que no fuera sexo dentro del matrimonio, sin imaginación y procurando que la mujer no gozase.

Por supuesto siempre hubo corrientes disidentes y lograron ir imponiéndose a lo largo de los sesenta. A comienzos de la década de los setenta las ideas heredadas de Van Krafft-Ebbing estaban ya arrumbadas al olvido y completamente desprestigiadas. Pero los ultraconservadores de todo el mundo, pero muy especialmente los del ámbito anglosajón, no estaban dispuestos a tolerarlo. Se sublevaron y contra toda razón ,con el apoyo de sus gobiernos, en el transcurso de la llamada Revolución Conservadora (que todavía padecemos) retomaron esas ideas y volvieron a imponerlas al mundo mediante estudios y más estudios psiquiátricos, sociales, psicológicos que se presentan como científicos y tan solo son ideológicos. De hecho toda la bibliografía emanada de esos centros de poder a través de universidades debe ser recusada desde la perspectiva de la ciencia objetiva y de la verdad en todo lo que tiene que ver con la educación, la psicología y la psiquiatría, también muy a menudo con la medicina. Mienten y lo hacen conscientemente para imponer su modelo de moral. Es misión de la parte sana de la sociedad retomar el control ideológico del devenir de la especie y encauzarla por el buen camino de la libertad, la razón y la sensatez. Cualquier claudicación en ese sentido es culpable y contribuye al fortalecimiento de la teocracia encubierta que van imponiendo, soterradamente y con alharacas demagógicas, las asociaciones defensoras de la moral, las buenas costumbres y la infancia. Asociaciones que, estudiadas de cerca siempre, y digo siempre, son ramificaciones de sectas semitas (cristianas, judías, musulmanas) próximas al radicalismo integrista.

Va siendo hora de acabar con la censura moral referida al cuerpo o la sexualidad sea esta ejercida por el estado, por las empresas privadas (piénsese en Walmart o Blockbuster, sin ir más lejos) o por asociaciones minoritarias que se pretenden falsamente portavoces de una mayoría moral inexistente: la mayor parte de la sociedad, al menos en los países civilizados (y por eso lo son) está con la libertad y la naturalidad, no con la represión por muy disfrazada de protección a la infancia que se presente.

Naturalmente que la infancia y la juventud deben ser protegidas pero ello no es equivalente directo a imbuirle la moral del fanatismo cristiano, todo lo contrario. Los verdaderos corruptores no solo de la juventud sino de la sociedad toda son los integristas del oscurantismo semita (y repito, aunque debería ser ya evidente: cristianos, judíos y musulmanes, no tiene aquí el término semita un sentido racial).

Brooke Shields tuvo la desgracia de convertirse en la imagen visible de la liberalización sexual e iconográfica en torno a la infancia en los Estados Unidos y por este motivo los fanáticos la tomaron con ella haciéndola víctima de una persecución que todavía la acosa. Comenzó todo cuando protagonizó una excelente película de Louis Malle que les recomiendo ver (ahora que todavía no la han prohibido): The Pretty Baby, traducida al español como La Pequeña, en la que representaba a una prostituta de doce años de Nueva Orleans. En la película hay un par de escenas de desnudo y eso provocó un huracán en plena cruzada contra la llamada pornografía infantil de las sectas más radicales del evangelismo (esa plaga deleznable que es tan perniciosa para la humanidad como los talibanes). Hubo un tremendo escándalo y, finalmente, la película se salvó de ser prohibida por los pelos. Pero los fanáticos, en su línea habitual, continuaron persiguiendo a la pobre chica hasta prácticamente acorralarla. Después de La Pequeña se escandalizaron ( y llamaron incitación a la pederastia y la pornografía infantil) la campaña publicitaria que realizó para Calvin Klein, y la volvieron a montar con El Lago Azul, y así constantemente durante lustros.

En 1981, con Reagan en el poder, el gobierno de los Estados Unidos, además de proclamar el Año Nacional de la Biblia, lanzó una campaña por la pureza y la abstinencia sexual de la juventud que continuó con muchos medios estatales, gran ruido propagandístico  y enormes fracasos reales (es estúpido ir contra la naturaleza) durante las presidencias de Bush, Clinton, Bushito y supongo que continuará bajo Obama. En tiempos de Bush hijo esas campañas pretendieron involucrar en la abstinencia incluso a solteros de treinta años...todavía hoy empresas que tienen entre sus objetivos la promoción de la moral cristiana más integrista (tal Disney, que promociona los anillos de pureza a través de sus artistas punteros como los Jonas Brothers o Hanna Montana) siguen apoyando esas campañas. En ese caldo de cultivo continuó el acoso contra Brooke Shields a la que acabó instrumentalizándose, como se hizo con otras figuras señeras de la liberación sexual de los setenta casi siempre captadas por sectas evangelistas, poniéndola al servicio de la nefasta propaganda de la abstinencia.

Con treinta años cumplidos, supongo que para que la dejaran en paz y buscando rehabilitar su imagen en una sociedad cada día más dominada por los fanáticos cristianos, Brooke Shields firmó un libro en que afirmaba hipócritamente haber llegado virgen al matrimonio y daba a las chicas todo un repertorio de recetas para conseguirlo...¿tendré que decir más?...

Resumiendo: no debemos dejarnos engañar. No se trata en el escándalo de la galería Tate Modern de Londres ni en otros similares de proteger a la infancia sino de imponer una determinada moral basada en la idea de pecado cuyo sentido último hemos estudiado en estas mismas páginas (Pitágoras, la idea de pecado y el totalitarismo) y que lejos de resultar beneficiosa para los niños y los adolescentes y la sociedad en su conjunto tiene efectos perversos por una razón muy sencilla: la inadecuación a la realidad de unas ideas basadas en la superstición y no en la razón y el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza animal. No somos creación de ningún dios, sino fruto de la evolución. No le debemos nada a ningún ente superior, somos libres.

¿Hay que proteger a los niños?...Por supuesto, pero en primer lugar de sus grandes corruptores: los difusores de la idea de pecado y de la moralidad enfermiza a ella asociada.

NOTA.- La fotografía es de Glauco Umbelino.

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02/10/2009 17:52 disidenteporaccidente Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

UNAS PALABRITAS SOBRE LA UNIÓN EUROPEA

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Estamos de enhorabuena porque el Tratado de Lisboa ha sido aprobado en el segundo referendum celebrado ad hoc en Irlanda...no, estoy siendo sarcástico. No podemos alegranos de una noticia así y mucho menos de que semejante proyecto avance.

En primer lugar ya ha quedado absolutamente claro que los impulsores del mismo (los políticos al servicio de las élites beneficiarias de las reformas que comporta) no van a aceptar ningún no por respuesta. Han trazado el camino que beneficia a sus verdaderos amos y no van a dejar que el pueblo les agüe la fiesta. Las consultas populares, como en las mejores dictaduras, son tan solo un adorno para decisiones previamente tomadas. Por lo tanto se las amañará del modo que se considere más oportuno: bien repitiéndolas hasta la saciedad tras las consabidas campañas de desinformación y propaganda, bien, como sucedió en España, mostrando textos mutilados de un tratado que nunca se expone completo a la opinión pública y que, en cualquier caso, es sabido, el votante, aborregado como pocos, no va a leer (el voto en España se nutre de los forofos empecinados en una camiseta partidista del mismo modo que de una futbolística y de estúpidos que se consideran responsables y fluctuan absurdamente en una indefinición ideológica que creen centrismo y es ignorancia manipulable), o bien, simplemente, dejando la decisión a los parlamentos como foros de expresión nacionales.

El problema de base radica en que ni los estados nacionales surgidos de la Segunda Guerra Mundial ni mucho menos las instituciones europeas construidas por ellos son expresión de la soberanía popular sino de los intereses coloniales de los Estados Unidos.

Todos, absolutamente todos los regímenes de los países que integran la Unión Europea, son fruto del orden establecido en la posguerra por los Estados Unidos. Estos buscaban una Europa occidental capitalista y liberal en lo económico y conservadora en lo ideológico y así la construyeron entre 1945 y 1950. Allí donde la guerra dejó poderosos movimientos izquierdistas (Italia, Francia) se maniobró para aislarlos y se diseñaron redes golpistas destinadas a disolver las supuestas democracias si la izquierda verdadera llegaba al poder (piénsese, sin ir más lejos, en la Red Gladio y en otras muchas similares que se establecieron a lo largo y ancho de Europa). En todas partes se promocionaron los partidos democrata-cristianos y estos se encargaron de legislar, junto con los liberales, a favor de los intereses coloniales: liberal-capitalistas en lo económico, conservador en lo ideológico.

Allí donde surgía un movimiento obrero fuerte, por ejemplo en la RFA a comienzos de los años cincuenta del siglo XX, se le quebraban las rodillas directa o indirectamente. En el caso de Alemania se recurrió a la inmigración de españoles, italianos y turcos para disolver la unidad de acción del proletariado alemán y llevarles una competencia de esquiroles potenciales que anulasen sus posibilidades estratégicas de huelga. Se consiguió ,de paso, resolver los problemas económicos de regímenes como el franquista, fieles a los Estados Unidos, que de este modo pudieron perpetuarse. En el caso de la Inglaterra de finales de los setenta se procedió a medios más expeditivos y violentos: la contundente acción policial contra los manifestantes, cierres patronales, prolongación artificial de las huelgas para agotar las cajas de resistencia sindicales...Nada en la Europa posterior a 1945 podía oponerse a los intereses de las élites capitalistas, y seguimos igual.

Los estados europeos que integran la Unión Europea eran de facto ilegítimos cuando se constituyeron a partir de 1945 o se convirtieron en tales cuando aceptaron las ideas y las leyes vigentes en la UE. Y son ilegítimos por un hecho muy simple: están al servicio de los intereses de dominio colonial de una potencia extranjera a la que apoyan determinadas oligarquías locales, no al servicio de los verdaderos intereses del pueblo. De hecho reto al lector a examinar detenidamente el devenir social y legislativo de cualquiera de estos estados y señalar alguna tendencia que no sea favorecer precisamente los intereses coloniales de los Estados Unidos y de sus élites adictas. Se lo demostraría yo mismo pero ello requeriría mucho más espacio del prudente en un artículo de blog.

Desde el principio el capitalismo liberal necesitó de amplios espacios económicos en los que operar para poder mover libremente sus cúmulos de capital especulativo (la economía liberal capitalista es siempre más especulativa que real) y las masas trabajadoras allí donde más les conviniera. De ahí que enseguida, una vez establecido el dominio estadounidense, se procediera a dar un impulso al "europeismo" entendido al modo del imperio: libertad para especular y explotar, sustitución de la conciencia social por el consumismo y promoción de las ideas más conservadoras posibles en materia social, ideológica y moral. Eso fue y eso sigue siendo la Unión Europea.

Por ese motivo el proyecto impulsado por el Tratado de Lisboa ni representa la legitimidad emanada de los pueblos de Europa (por muchos referendums amañados que se hagan) ni será útil a los europeos. Su función es seguir permitiendo el dominio colonial estadounidense y el social e ideológico de las élites locales adictas. Todos los demás saldremos perdiendo en libertad, identidad y capacidad económica. No se olvide a este respecto que la ideologia del Tratado de Lisboa es exactamente la misma que defiende la globalización y con ella las deslocalizaciones y la llegada masiva de inmigrantes destinadas a ejercer identicas labores que los españoles, los italianos y los turcos en la Alemania de los cincuenta. Con la Unión Europea perdemos todos y solo ganan las multinacionales.

 ¿Necesitamos una Europa unida?...Por supuesto, pero ha de ser una Europa del pueblo y para el pueblo, basada en valores de libertad, progreso, solidaridad, identidad cultural y acción social. Una Europa que no tenga a Carlomagno como referencia histórica, cuya enseña no sea una alusión a la Inmaculada Concepción y cuya santa patrona no sea la heredadera de un reino (Polonia) que hizo convertirse al último soberano pagano del continente (el gran duque Jagellon de Lituania) para compartir su trono como consorte.

No alargaré más este artículo. Avanzada de urgencia la opinión, pospondremos para mejor momento la reflexión en profundidad.

NOTA.- La fotografía es de Iontxu, representa a Carlomagno.

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HIPATIA Y LOS MÁRTIRES PAGANOS

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 Lo que llamamos historia cristiana se basa sobre todo en la mentira y la propaganda. Desde el mismo intento de hacer pasar por históricos libros como los evangelios, que son simples recopilaciones folklóricas relativas al mito de la existencia de Jesucristo y que ya en el siglo III el médico Celso, enfrentado a los propagandistas de las sectas cristianas en defensa de la civilización pagana, definió acertadamente como "invenciones" demostrando que los cristianos los corregían y cambiaban a conveniencia cuando sus detractores les hacían notar sus contradicciones y sus estupideces (y aun así siguen siendo contradictorios y estúpidos) hasta las últimas y más recientes producciones "historiográficas" con refrendo universitario que siguen enfangadas en la misma trayectoria de la mentira propagandística propia de estas tan peligrosas como poderosas sectas.

Sé que muchos católicos y miembros de otras sectas numerosas se ofenderán por el hecho de que yo denomine a las organizaciones a las que pertenecen como sectas, pero no existe otro apelativo posible. Estas asociaciones parten de la superstición, atentan contra la razón, la libertad y el progreso, son fanáticas y tienen como objetivo último la imposición de un totalitarismo teocrático al que pretenden someter toda la sociedad. Así las cosas, numerosas o no, mayoritarias o no, solo pueden ser tenidas por lo que han sido siempre: sectas. Y sectas nocivas, peligrosas para la salud mental de sus miembros y la evolución moral y social de la humanidad. Por lo tanto, como este es un foro de libertad y un reducto dispuesto a concienciar del principal deber moral del ser humano como individuo y como colectividad: dejar atrás sus estadios primarios (de los que surge la superstición semita) y avanzar con paso firme hacia formas superiores, jugar en definitiva a favor de la evolución y no como elementos involucionistas, mantendré el vocablo aun a sabiendas de que incluso amigos míos a los que aprecio se molestarán por él.

De hecho, la finalidad última de este artículo es recordar que las sectas cristianas fueron desde su origen  destructivas y que entre sus estrategias de expansión y dominio se contaron siempre la mentira, la estafa y el terrorismo.

La historiografía confesional y mucha de la aparentemente neutral vende la idílica imágen de unos pobres cristianos bondadosos y amables, únicamente interesados por el bien de la humanidad y por cantar alabanzas a su dios perseguidos por unos perversos paganos que no podían soportar su elevación moral y que llenaron los tres primeros siglos de existencia de ese grupo de mártires y sangre. Venden también que el cristianismo se impuso por ser una "religión y una forma de civilización superior" y que la gente se convertía libremente porque ello suponía una mejora en su vida. Todo mentiras.

Si las sectas cristianas estuvieron alguna vez bajo el escrutinio de las autoridades romanas se debió a sus propias actividades: captaban incautos, les hacían donar a la comunidad (esto es: a sus dirigentes) todas sus posesiones y luego, bajo el nombre de monjes, los retenían en sus posesiones como fuerza de trabajo gratuita, haciéndoles ayunar y mortificarse mientras cantaban himnos, escuchaban las alocuciones de sus líderes y trabajaban de sol a sol en su beneficio. Es decir: el prototipo típico de cualquier secta destructiva. Hoy por hoy cualquier asociación que se comportase de ese modo no tardaría en ser desmantelada por la policía en bien del conjunto de la sociedad. Pero no quedaba ahí la cosa. Los cristianos se jactaban de odiar el mundo y a la humanidad y conspiraban constantemente por destruir la sociedad que les albergaba. En todo el oriente imperial se dedicaron desde muy pronto a conspirar contra Roma con el enemigo persa y, además, se sumaron a todas las insurrecciones judías (en origen no eran sino ramas del judaísmo) que muy a menudo derivaban en asesinatos masivos de paganos (como sucedió en Chipre o en Cirene en el siglo II donde los judíos y los cristianos aniquilaron a toda la población, centenares de miles de personas, no yahvista y saquearon y destruyeron cuantos templos y bibliotecas encontraron a su paso) o en atentados directos contra el estado y la sociedad siendo el caso más conocido el incendio de Roma en tiempos de Nerón. La propaganda posterior de la secta triunfante atribuyó el mismo a este emperador pero sabemos por fuentes independientes que durante y después del incendio no solo admitieron ser los responsables del mismo, también presumían de ello. El terrorismo, hay que insistir, ha sido siempre un elemento básico de las sectas cristianas en sus campañas por conseguir y mantener el poder. ¿Qué fue la inquisición sino terrorismo de estado para combatir a los disidentes? ¿Qué, por ejemplo, la guerra civil española de 1936 sino una "santa cruzada" para exterminar a sus detractores?...

También son muy propensos a la propaganda y a la mentira, utilizando muy especialmente (y en esto no son muy diferentes de sus ancestros judíos) el victimismo.

Fue así como se sacaron de la manga toda esa fábula de los pobres mártires cristianos que todavía esgrimen como supuesta verdad histórica para beneficiar su imagen. Pero se trata de una mentira. No estoy diciendo que hubiera menos mártires de los que ellos cuentan o que muchos de los santos mártires del santoral sean pura invención. Digo que no hubo mártires cristianos. Afirmarlo es mentir y hacerlo conscientemente.

Mentía conscientemente Eusebio de Cesárea, llamado "historiador" por los cristianos, cuando escribía sobre los supuestos mártires, sus supuestas torturas y los supuestos milagros acaecidos durante los martirios. Publicó sus fábulas cuando ya el cristianismo estaba haciéndose con el poder y los paganos le pidieron que mostrara pruebas de lo que decía. Naturalmente no pudo hallar ni un solo acta en los archivos imperiales o locales porque contaba mentiras, de modo que se excusó diciendo que Diocleciano había hecho quemar aquellos papeles por verguenza, papeles oficiales de procesos públicos al servicio de una autoridad legítimamente constituída...se comprenderá la endeblez de la excusa. Pero ya que no había papeles, le pidieron que presentara testigos de hechos acaecidos hacía menos de veinte años y que decía en algunos casos haber sido observados por setenta mil personas...solo pudo aportar uno, y era criado suyo. Nunca hubo una sola prueba de los martirios cristianos porque jamás existieron. Y eso lo llegó a reconocer hasta el propio papa San Gregorio I, que en el siglo VI quiso reunir documentación y no encontró nada.

Hubo, eso sí, cristianos culpables de traición, de robo, de estafa, de actos terroristas que evidentemente cayeron bajo la justicia imperial. Pero no eran mártires, eran delincuentes...y de los más peligrosos.

 De lo que no suele hablarse (ya la historiografía cristiana durante siglos de dominio omnímodo se encargó de echar tierra sobre el asunto) es dela  inmensa cantidad de mártires paganos que sufrieron torturas y muerte bajo las turbas cristianas que no se diferenciaban en mucho de los actuales talibanes, y eran mirados con idénticos ojos que nosotros miramos a estos por la gente sana y normal de aquella sociedad en decadencia precisamente a causa del avance del cristianismo.

No se debe olvidar a ese respecto que el triunfo del cristianismo supuso la prohibición del teatro, de la música, del deporte, de la higiene (eso de frotarse el propio cuerpo desnudo solo podía ser pecado)...la edad oscura subsiguiente a la caída del imperio romano no es obra de los bárbaros sino de los cristianos.

Durante siglos este aspecto violento de la imposición del cristianismo ha quedado silenciado y nadie, o muy poca gente, tiene una noción clara de esos cientos de miles, por no decir millones, de mártires paganos torturados y asesinados por los cristianos (encabezados por cerriles individuos oscurantistas, sanguinarios y fanáticos que ahora conocemos con el apelativo de santos). En estos días, con el estreno de la película Ágora de Alejandro Amenabar parece que este espinoso asunto sale tímidamente a la luz aludiendo, como excepción, al asesinato de Hipatia y la destrucción de la biblioteca del Serapeum de Alejandría. La oportunidad es excelente para informar al público, de modo necesariamente somero, de la verdad histórica, de como se impuso el cristianismo y de la cantidad de mártires paganos (esto es: no seguidores del fanatismo teocrático cristiano y sí de la civilización y el racionalismo de la sociedad helénica) que bañaron con su sangre Europa, Asia, África y varios siglos.

Hagamos un breve repaso de aquellos terribles acontecimientos.

La película aludida mezcla dos sucesos separados algunos años en el tiempo. Por un lado la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, llevada a cabo por un motín de monjes exaltados dirigidos por su patriarca, el obispo Teófilo, en el año 391. Y no puede considerarse un hecho aislado. Ya para entonces otro grupo de monjes fanáticos habían asaltado, incendiado y destruído la igualmente importantísima biblioteca de Antioquía asesinando a quienes encontraron en su interior y el propio papa San Gregorio I incendió a finales del siglo VI las dos más importantes que quedaban en Roma: la del Capitolio y la del Palatino. Otras de las falsas medallas que suelen colgarse los propagandistas cristianos es la de haber salvado la cultura antigua, es mentira: durante siglos se dedicaron únicamente a atacarla y destruirla. Empezaron quemando bibliotecas y asesinando filósofos e intelectuales paganos y siguieron a lo largo de los siglos hasta llegar al IX con las órdenes de Alcuino de York para destruir las obras supervivientes de Safo y Ovidio. Si algunos libros del pasado helenístico sobrevivieron se debió a dos factores: o servían a la propaganda cristiana o el celo de algunos elementos privados pagaron espléndidamente su copia a los monasterios que eran, después del siglo VI, los únicos centros con copistas especializados. Copistas al servicio de la reproducción de textos religiosos pero que representaban una excelente fuente de ingresos alquilados a particulares aunque fuera para copiar obras reprobadas y prohibidas.

El segundo caso que trata la película es el asesinato de Hipatia, astrónoma, matemática y filósofa pagana, defensora de la razón y contraria al fanatismo, que en 415, bajo la inspiración del nuevo patriarca de Alejandría, San Cirilo, sobrino de Teófilo, fue abordada en la calle por un grupo de monjes fanáticos, arrastrada a la catedral de la ciudad, desnudada, golpeada y descuartizada viva con ostraka (trozos de teja) y su cadaver quemado en las puertas de dicha catedral. Tampoco fue este un caso aislado.

 Hagamos un pequeño repaso de hechos puramente históricos.

Cabría decir que el primer motín exclusivamente cristiano que afectó al orden público y a la vida de ciudadanos no seguidores de esa religión en Alejandía se remonta al año 284 y que en lo sucesivo fueron muy frecuentes. Hay que decir también que estas revueltas no procedían exclusivamente de la masa sino que a menudo eran inspiradas por los propios jefes de las diferentes facciones que, una vez legalizado y protegido por el imperio el cristianismo, llegaron a protagonizar algaradas verdaderamente graves para defender sus intereses personales. Podría adjuntar una larga lista de ejemplos, pondré solo unos pocos ilustrativos. A saber: en el 366 San Dámaso aspiraba al obispado de Roma pero resultó elegido uno de sus rivales: Ursicio. El santo, sin pensárselo dos veces, reunió a sus seguidores e irrumpió en la basílica en la que estaban consagrando a Ursicio, que logró huir por los pelos, y disolvió la asamblea por las armas. Murieron casi trescientas personas pero San Dámaso consiguió el obispado de Roma y la santidad. Poco después, en Milán, para evitar altercados similares, las autoridades enviaron a la basílica de la ciudad una fuerza armada dirigida por el pagano Ambrosio. Este cercó el edificio y se hizo elegir obispo de Milán, con el tiempo y gracias a imponer su voluntad contra el emperador Teodosio al que obligó a hacer penitencia delante de la basílica de Milán, se convertiría en San Ambrosio. En Constantinopla los hechos alcanzaron, si cabe, mayor gravedad. En 341, aprovechando que el emperador se encontraba fuera de la ciudad, Pablo el Confesor,  encabezando una turbamulta furiosa de monjes egipcios, dio un golpe de estado eclesiástico para hacerse con el patriarcado de Constantinopla y, de paso, con el control de la capital imperial de oriente. El emperador envió algunas fuerzas mandadas por Hermógenes para poner orden y el buen patriarca, sirviéndose siempre de sus monjes tumultuarios, las atacó y las derrotó asesinando a Hermógenes. Al año siguiente el propio emperador, con todo su ejército, desatendiendo la frontera persa, hubo de volver a Constantinopla y conquistarla como si se tratara de un estado enemigo. El patriarca usurpador huyó a Roma para regresar en 346 y en esta ocasión mantuvo sublevada la capital imperial de oriente contra el emperador, cristiano, durante cuatro años. No fue el único, en 379 otro clérigo ambicioso, Máximo el Cínico, aprovechando la enfermedad del emperador Teodosio, se hizo con el patriarcado y la ciudad. Para su desgracia Teodosio se recuperó y como sus antecesores antes que él, dirigió hacia allí su ejército recuperando una capital que por tres veces le habían arrebatado los cristianos a los que él protegía.

Y estos no son casos aislados. El tumulto, el asesinato, el saqueo, la sublevación eran el comportamiento normal de los dirigentes de las sectas cristianas.

El cristianismo, como no podía ser de otro modo, permaneció prohibido durante mucho tiempo. Solo alcanzó tolerancia gracias a los intereses de un tirano despreciable y sanguinario (llegó a asesinar a toda su familia, incluyendo hermanos, esposas e hijos) llamado Constantino y apodado el Grande por la historiografía cristiana.

El siglo III había sido muy difícil para el imperio. Marco Aurelio quebró el sistema de emperadores electivos que había aportado estabilidad y prosperidad al imperio para imponer su propia dinastía, lo que encumbró a su hijo Commodo (exacto, el de Gladiator) e indujo a un golpe de estado para acabar con la tiranía de este. Ello dio origen a medio siglo de golpes y contragolpes que terminaron con el eficaz gobierno de Diocleciano que logró imponer la Tetrarquía, una forma de retorno al sistema de emperadores no dinásticos en el que el puesto no se consideraba patrimonial sino de servicio público. Los augustos dejaban el cargo pasado un tiempo y lo cedían a sucesores elegidos en virtud de sus méritos y experiencia.

Constantino era el hijo de uno de estos augustos temporales que habían ascendido por sus propios méritos a la cima del estado y no tenía ninguna posibilidad de conseguir algo similar, de modo que se sublevó militarmente e inició una larga guerra civil que le convirtió en tirano único del imperio. Ni la ley ni la moral le respaldaban y mucho menos garantizaban la supervivencia de su dinastía, para conseguir respaldo y continuidad recurrió a dos estrategias: el asesinato indiscriminado y la alianza con los cristianos que justificaban su ilegítima entronización diciendo que era voluntad de dios, un designio divino que solo los impíos podían discutir. Consiguieron de este modo hacerse con el poder y una patente de corso imperial para hacer lo que les viniera en gana.

Tanto es así que apenas unos años después de proclamarse el Edicto de Tolerancia de Milán (año 313) que hacía del cristianismo una religión legal, los monjes cristianos, encabezados por su obispo, asaltaron, saquearon e incediaron el templo de Apolo en Dídima torturando y asesinando impunemente a cuantos sacerdotes y fieles paganos encontraron en él. No tardaron en hacer lo mismo en el enclave sagrado del Monte Atos donde dejaron una guardia armada que es el origen de la actual acumulación de monasterios cristianos en ese enclave. Había comenzado la matanza, ya no se detendría.

En 326 asaltaron del mismo modo y destruyeron (con igual resultado de saqueo, torturas y asesinatos) y a instigación de Santa Elena, madre de Constantino, cristiana y, como tal, furibunda fanática, el templo de Asclepio en Aigai y el de Afrodita en Jerusalén. En 330, para decorar Constantinopla, Constantino saqueó los templos paganos. En 335 se decretó formalmanente la persecución de todos los "helenistas" esto es: los ciudadanos no cristianos que eran la mayoría de la población y ello dio alas a los sectarios cristianos para sus desafueros sangrientos, que alcanzaron a figuras relevantes como el filósofo Sopatro. En 341 se decretó la crucifixión de todos los "adivinos y magos" lo que equivalía a decir los sacerdotes de las religiones no cristianas e incluso de filósofos. En 353 se condenaba a muerte a quienes "sacrificaran a los ídolos" y al año siguiente se decretaba el cierre definitivo de los templos paganos y el establecimiento en sus cercanías de fábricas para convertir en cal el mármol de los edificios y de las estatuas. De paso se decretó también la ejecución de todos los sacerdotes paganos y en 359 se creó en Escitópolis un campo de concentraciòn y exterminio en el que se encerró a paganos procedentes del todo el imperio y que muy pocos lograron abandonar con vida. Mientras tanto los obispos fueron exentos de comparecer ante tribunales civiles y ello les permitió organizar y encabezar tumultos como los de Alejandría a lo largo y ancho de todo el imperio. Por ejemplo en  el 336 dos obispos que llegaron a santos: San Máximo, obispo de Tréveris, y San Atanasio, obispo de Alejandría, exiliado en ese momento por uno de tantos golpes armados dentro de su diócesis, dirigieron a una multitud exaltada de monjes y fieles contra el recinto sagrado de Altbactal en Tréveris que contaba con cincuenta capillas, un teatro y un santuario de Mitra y lo saquearon e incendiaron sin ahorrar muertes ni torturas a quienes pretendieron defenderlo. Esta práctica fue tan frecuente que aburriría al lector señalando todos los casos que conocemos.

Solo diré que a veces la cosa les salía mal a los obispos, como le sucedió en el 400 a otro obispo que llegaría a santo: San Vigilio de Trento, que dirigió la habitual turba de monjes asesinos para destruir una estatua de Saturno situada en los campos cercanos a su ciudad y acabó lapidado por los campesinos que la adoraban. Algo parecido le sucedió siglo y medio después a San Galo, tío de Gregorio de Tours, que asaltó y destruyó los santuarios paganos de Colonia provocando una reacción tal en la población pagana, todavía numerosísima entonces, que solo la intervención de las tropas del rey franco Teudeberto de Austrasia le permitió salvar la vida. Para entonces hacía ochenta años que había terminado el imperio romano de occidente pero la represión cristiana y sus asesinatos y coacciones continuaban.

En todas partes los monjes se instalaban en templos paganos (San Pacomio en uno de Serapis en Egipto, San Benito en uno de Apolo en Italia...) para impedir que continuase el culto, en el imperio de oriente se decretaba en 542 la confiscación de tierras y bienes a los paganos, tierras y bienes que se entregaron a la iglesia para que erigiera monasterios, en 580 se lanzó una nueva persecución contra los paganos que afectó incluso a gobernadores provinciales como Anatolio, gobernador de Siria, que fue empalado en el circo de Constantinopla y, estando todavía vivo tras varias horas de suplicio, despedazado por las fieras todo ello para regocijo del patriarca y sus fieles.

En occidente los concilios seguían legislando contra los paganos. Todos sin excepción, y hasta bien entrado el siglo VIII (por ejemplo uno de los últimos de Toledo celebrado en 695), ordenaban que los obispos debían destruir los santuarios paganos de sus diócesis y que las fuerzas de los nuevos reinos bárbaros debían apoyarlos y, de paso, continuaban legislando para establecer su dictadura sangrienta. Por ejemplo, el concilio de Macon en 585 ordenaba que se arrebataran los bienes de quienes no acudieran a misa los domingos y los "culpables" fueran, además, azotados públicamente.

...Y así continuamente durante siglos. Recordaré para terminar este artículo que ya se extiende demasiado el glorioso día para la cristiandad en el que Carlomagno hizo decapitar, e insisto: en un solo día, a 5000 sajones paganos que se negaban a bautizarse. Fue en el año 782 y desde el 313 no habían dejado de sucederse ni un solo año asaltos, saqueos, robos, asesinatos, coacciones y todo tipo de actos salvajes y terroristas protagonizados por los talibanes cristianos contra la población, más sana y numerosa, de la ecumené pagana. Y, por supuesto, esos actos no concluyeron en 782.

Puede afirmarse, entonces con total respaldo de los hechos históricos, lo que se afirmaba al principio de este artículo: las sectas cristianas son peligrosas organizaciones que proceden de la superstición más absurda y retorcida y defienden el totalitarismo teocrático usando para imponerlo y desde siempre todo tipo de métodos ilegítimos comenzando por la mentira y acabando por el terrorismo. Organizaciones sectarias incompatibles con la libertad y el progreso que deben ser despreciadas y combatidas aunque el número de sus seguidores sea elevado e incluso mayoritario. La democracia, por mucho que se empeñen algunos, no es una cuestión de mayorías sino de actitud. Pensemos, para tener una visión más objetiva, en Irán...allí se vota regularmente, ¿pero es la república islámica, cualquier repíblica islámica, una democracia?¿es compatible con la libertad, la felicidad y el progreso?...para conseguir una verdadera democracia, defender la libertad y el progreso humano es preciso destruir la república islámica y eliminar la influencia de los clérigos chiitas en la sociedad. Exactamente lo mismo sucede con los cristianos. El cristianismo en todas sus formas es incompatible con la verdadera democracia y, desde luego, con la civilización.

Hay que ser consciente de ello y saber que  aceptar sus posiciones ideológicas o incluso adoptar una postura neutral es sinónimo de complicidad con los crímenes de estas sectas y apoyar la involución humana vulnerando de este modo la principal exigencia moral de la humanidad: el progreso hacia formas superiores de conciencia personal y organización social.

PD.- Recomiendo al lector la lectura de Historia Criminal del Cristianismo, excelente trabajo historiográfico publicado por Karlheinz Deschner en 1970. Y me gustaría recordar que la públicación de este documentado y extenso trabajo todavía no superado, le valió enfrentarse a un juicio por difamación a la iglesia en 1971 (que ganó) seguido de una sorda y sórdida persecución contra él y su trabajo por parte de esas mismas sectas que continuan siendo totalitarias, terroristas y contrarias a la libertad y la civilización.

Nota.- la fotografia es de Mharrsch. Estatua de Serapis, uno de los dioses salvadores que copiaron los cristianos para inventarse su Jesucristo.

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06/10/2009 14:20 disidenteporaccidente Enlace permanente. historia No hay comentarios. Comentar.

"TRADICIONES" FRANQUISTAS

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El 12 de octubre es siempre una fecha que invita a la reflexión, especialmente si se vive en la ciudad de Zaragoza.

Podría uno meditar en semejante fecha sobre el concepto de Hispanidad sus implicaciones y sus límites reales, sobre la celebración del Día Nacional con bonitos desfiles que satisfacen sobre todo las espectativas de un determinado y muy concreto segmento de la población, el que aplaude con fruición a la legión y la guardia civil más por lo que representaron en el pasado que por lo que representan hoy en día, sobre...mil cosas.

Pero viviendo en Zaragoza, como he dicho, el 12 de octubre es un día en el que uno, en cuanto sale a la calle, no deja de encontrarse con conocidos ataviados con el traje típico que acuden o vuelven de la ofrenda muy ufanos y con menos devoción que absurdo convencimiento de haber participado en un acto inmemorial que define como absoluto la identidad de aragoneses y zaragozanos.

En Aragón, y muy especialmente en Zaragoza, el pilarismo es una enfermedad social rayana con el fanatismo más injustificable que anula el entendimiento abocando a un acriticismo obsceno y despreciable basado simple y llanamente en la ignorancia y, lo que es peor, en el absoluto desconocimiento de nuestra historia más reciente.

Si el problema fuera solamente local probablemente no lo trataría pero en esto Aragón y Zaragoza no son una excepción sino un ejemplo extrapolable al resto de España y tan espectacular que resulta fácil de estudiar y comprender. Reflexionando sobre las "tradiciones" regionales (y regionalistas) de Aragón podremos comprender mejor un fenómeno que afecta a toda España.

 Lo primero que hay que explicar son las comillas con que acompaño la palabra tradiciones. Es sencillo: la gente olvida pronto y tiende a considerar antiquísimas costumbres completamente extrañas a su cultura que tienen una fecha de inicio cercana y responden a unos intereses políticos e ideológicos muy claros. En la mayor parte de los casos estas "tradiciones" no son anteriores al final de la guerra civil y tenían como función apuntalar la triunfante ideología del nacionalcatolicismo. Si nos referimos a la ofrenda de flores de Zaragoza hay que recordar que surgió en fecha tan tardía y significativa como 1958 momento en el que también estaba desarrollándose y potenciándose otra tradición paralela igualmente sobredimensionada, aplaudida y considerada "inmemorial" en nuestros días: las procesiones de semana santa. En ambos casos se recurría a modelos externos (en el caso de la ofrenda se copiaba la de Valencia, en el de la semana santa trataba de copiarse la de Sevilla con la incorporación de elementos del Bajo Aragón y la transformación radical del único elemento verdaderamente zaragozano del batiburrillo creado: la procesión del santo entierro) y hay que explicar que ninguna de estas "tradiciones" son inocentes. Por el contrario cumplían y cumplen un papel fundamentalmente propagandístico destinado a falsear la historia reciente de Zaragoza y Aragón y, por lo tanto, a prestigiar el papel de determinadas instituciones e ideologías que se erigen así en portavoces únicos de un "pueblo" que jamás existió tal y como estas tradiciones inventadas y potenciadas por el franquismo pretenden.

Algunos me dirán que ese origen ya no importa, que las cosas han cambiado, que vivimos en una democracia, que incluso el sentido último de las celebraciones es diferente...pero se trata de argumentos erróneos cuando no falsos. El hecho es que mientas se mantengan estas supuestas tradiciones se estará perpetuando su valor propagandístico y que una verdadera democracia debe crear sus propios modelos de expresión independientes de la influencia del sectarismo católico en la sociedad, influencia que se ejerció, no lo olvidemos nunca, por la fuerza y con una clara función de control y explotación social. En ese sentido nada hay más insultante y estúpido que los funerales de estado sigan adscritos al rito religioso católico y que la excusa para ello sea que no se tiene otra referencia...insisto: una verdadera democracia debe crear y difundir sus propias tradiciones y ser consciente siempre de qué ideologías y actitudes son incompatibles con el progreso humano hacia la libertad y la justicia y por lo tanto con la democracia. El cristianismo en todas sus formas (incluida la del liberal capitalismo) es una de esas ideologías.

Centrándonos de nuevo en el ejemplo zaragozano será bueno que lo estudiemos con perspectiva histórica para comprender mejor lo que pretendemos decir.

Para empezar, ya el auge del Pilar en el siglo XVII resulta problemático desde un punto de vista puramente ideológico pues responde al interés de la Casa de Austria de oscurecer a la Seo del Salvador, verdadero centro de la monarquía foral aragonesa, favoreciendo un primitivo centralismo antiforalista bien explicitado en la invasión de los tercios castellanos enviados por Felipe II de Castilla (I de Aragón) en 1591 con el único fin de aplastar la vida foral del reino expresada en las acciones de su justicia mayor, Juan de Lanuza. Nunca fueron los Austrias partidarios de respetar las libertades del reino de Aragón, pretendieron siempre someterlo a Castilla y extender a él el naciente absolutismo real surgido en aquel reino tras la victoria sobre las Comunidades. Además, ese interés se unía a los intereses contrarreformistas de una iglesia católica que había visto asesinar a un inquisidor mayor en el templo del Salvador y buscaba, aparte de oscurecer semejante hecho, inventar una nueva tradición religiosa que despertase el fervor popular y justificase como inmemorial una presencia, un poder y un control social que era mucho más reciente de lo que se podía pretender.

Una de las más frecuentes y arteras estrategias de las sectas semitas (cristianas, musulmanas y judías) es negar la historia, manipularla y reinventarla a su conveniencia. Con la tradición de la venida de la Virgen a Zaragoza en ayuda de Santiago la iglesia negaba un hecho histórico evidente: la tardía cristianización de todo el occidente europeo y especialmente de Zaragoza inventándose una comunidad cristiana donde no existió hasta varios siglos después, y conseguía de paso legitimar las leyendas relativas a Santiago (lo que favorecía la castellanización del reino en detrimento de la anterior preponderancia de San Jorge y la política antiforal de los Austrias) al tiempo que hacía olvidar hechos de la propia historia eclesiástica que perjudicaban gravemente las intenciones del nuevo propagandismo tridentino de la iglesia triunfante empezando por la certeza de la impopularidad de la inquisición expresada en el asesinato de Pedro de Arbués en la Seo y acabando por la dependencia feudal de muchos de los templos zaragozanos fuera a la sede episcopal de Huesca (sin ir más lejos la Basílica de Santa Engracia estuvo bajo el dominio del obispo oscense hasta finales del siglo XX) o de señores laicos (la propia iglesia de Santa María, más tarde del Pilar, que fue un templo mediocre y humilde hasta su reconstrucción barroca, había sido la iglesia particular de los vizcondes de Bearn).

De modo que ya el auge del Pilar fue un invento barroco apoyado con todo tipo de gestos propagandísticos (fastuosa reconstrucción, entierro del corazón del infante Baltasar Carlos) y fraudes (tal el supuesto Milagro de Calanda) puestos al servicio de una monarquía centralista y de una iglesia que aspiraba a la renovación de su dominio.

La manipulación continuó con los Borbones. Tras los Decretos de Nueva Planta estaba claro que el recuerdo del pasado foral e independiente del Reino de Aragón era plenamente subversivo. Era preciso seguir oscureciendo la Seo del Salvador y potenciando el papel del Pilar y de la ideología a él asociada.

Tal política alcanzó su cénit durante la restauración absolutista de Fernando VII (1814-1833) en la que la explicación oficial de lo ocurrido en Zaragoza durante los sitios de 1808 y 1809 vinculaba interesadamente el patrioterismo con la devoción pilarista estableciendo definitivamente el mito interesado del "buen" aragonés como patriota (esto es: afecto al orden establecido), devoto (especialmente del conveniente culto pilarista) y quintaesencia de los valores conservadores.

Pero la realidad era muy distinta y la identidad cultural y social del campesino aragonés y de las clases no privilegiadas de Zaragoza era otra muy distinta y, desde luego, muy poco afecta a los planteamientos ideológicos del orden establecido.

 Podríamos retrotraernos al ya mencionado asesinato de Pedro de Arbués, inquisidor mayor de Aragón, en 1485, o las alteraciones del reino en 1591, a la confabulación independentista del duque de Híjar o el apoyo al golpe de Juan José de Austria en el siglo XVII o a la decantación del reino en favor del pretendiente Carlos de Austria en detrimento de Felipe de Borbón durante la guerra de la Sucesión a comienzos del XVIII como muestras inequívocas tanto de la personalidad histórica del reino como de su oposición a la estructura de poder centralista que estaba creándose en torno a la monarquía castellana, pero para comprender mejor la naturaleza social de la confrontación cultural e ideológica que queremos poner de manifiesto iniciaremos nuestro análisis en el motín de broqueleros que tuvo lugar en 1766.

Por esa época la distribución de pan en la capital aragonesa estaba en manos de unos pocos especuladores estrechamente vinculados a los terratenientes del valle del Ebro (entre los que destacaba la iglesia católica) que forzaban a la miseria a miles de aparceros y maniobraban de modo que los precios dentro de la ciudad crecieran sin necesidad para obtener mayor beneficio. En 1766 tal política llevó a la desesperación a campesinos y clases menestorosas de la ciudad que se lanzaron al asalto de los silos donde se guardaba el grano racionando su venta para crear desabastecimiento de los mercados y subir artificialmente los precios. La revuelta fue pronto reprimida por medios privados, gracias a la movilización de una serie de hacendados complicados en el turbio negocio que en muchos casos fueron ennoblecidos por su actuación y que serían más tarde partícipes en la defensa de Zaragoza frente a los franceses. Aparece así por primera vez en la historia de Zaragoza una clase social, la burguesía, que iba a alcanzar la culminación de su poder durante el siglo XIX con el afianzamiento del régimen liberal y que nunca iba a destacar precisamente ni por su ilustración ni por su afán de justicia social o progreso moral.

El fracaso de las masas en el motín de los boqueleros mantuvo la situación de especulación, explotación y miseria no solo en Zaragoza sino en todo el valle del Ebro de tal modo que a finales del siglo XVIII toda esta zona estaba repleta de campesinos y artesanos sin recursos, compelidos a la mendicidad por la situación política. Esta masa encontró algún alivio merced a la construcción del Canal Imperial que en primera instancia garantizó numerosos jornales y sirvió más tarde como medio de colonización para convertir en pequeños propietarios a muchos de aquellos jornaleros desheredados. A pesar de lo cual en 1808 el problema de la mendicidad y de la extrema pobreza estaba muy lejos de resolverse en Zaragoza y el flamante general Palafox (embarcado en una guerra feudal contra los Pignatelli tanto como en un lance patriótico e ideológico) solucionó el problema durante los sitios del mismo modo que la oligarquía venía haciéndolo en las últimas décadas: con la simple y llana expulsión de menesterosos de la ciudad.

Ese mismo campesinado emergió con fuerza después del restablecimiento del antiguo régimen en 1814 iniciando una lucha contra el dominio feudal que en muchos casos era la continuación de una oposición ya secular.

El establecimiento del régimen liberal y las sucesivas desamortizaciones sirvió para darle la puntilla a la clase nobiliaria aragonesa y permitir el ascenso de esa burguesía que ya había aparecido en 1766 y con intereses políticos y económicos muy claros. Era una clase que había tomado conciencia de su poder e importancia en la última parte del siglo XVIII pero muy especialmente durante los sitios de 1808 y 1809 que ahora reclamaban como propiedad exclusiva en estrecha colaboración con la iglesia. Desde muy pronto los verdaderos hechos históricos fueron deformados para crear un cuento de hadas que ponía en el centro de la acción a esa burguesía, a sus intereses y a su definición ideológica que pasaba por la exaltación de la devoción pilarista en tanto en cuanto esta legitimaba sus aspiraciones y daba carta de naturaleza a los valores sociales que a ellos les convenían, los ya dichos de identificar al "buen" aragonés como un labrador de orden y devoto de la virgen del Pilar cuando la realidad cotidiana era la lucha titánica del campesinado del valle del Ebro por librarse de la miseria y de la explotación que estas clases perpetuaban incluso con mayor dureza que los nobles. La explotación capitalista siempre fue mucho más salvaje, extrema e incivilizada que la feudal y es bueno recordarlo.

Fue así como a lo largo del siglo XIX se desarrolló toda una mitología pseudofolklórica en directo contraste con la realidad social que avanzaba por caminos muy diferentes vinculados a la lucha campesina y obrera dentro de las nuevas tendencias internacionales del movimiento obrero.

Grosso modo y con ánimo de no prolongar demasiado este artículo conviene que señalemos una serie de acontecimientos claves que definen exactamente la identidad cultural e ideológica del pueblo aragonés en aquellas décadas que abarcan desde el final de las guerras carlistas hasta el estallido de la guerra civil. Es preciso recordar que en 1871 se fundó en Zaragoza la Federación Obrera, adscrita a la AIT, que en 1872 se celebró en esta ciudad el II Congreso Obrero Español, que en 1890 se asentó en ella una poderosa rama de la UGT, que en 1920 fue escenario de una fallida sublevación anarquista, que en 1923 su arzobispo, el cardenal Soldevila, principal cabeza visible de la repugnante ideología de explotación y dominio de la burguesía, fue ejecutado por luchadores anarquistas, que en 1922 y 1936 se celebraron congresos nacionales de la CNT en Zaragoza, que en esta ciudad hubo huelgas generales en 1890, 1891, 1909, 1911, 1917, 1918, 1931 y 1933...

En resumidas cuentas: que la verdadera naturaleza ideológica y cultural del pueblo aragonés, y muy especialmente de las clases bajas zaragozanas tenía muy poco que ver con ese folklore rancio y conservador desarrollado por la iglesia y los ricos en torno a la jota, la virgen del Pilar y un patrioterismo zafio que exaltaba los intereses de las clases pudientes tratando de captar el ánimo de las clases bajas.

Frente a eso las clases dominantes (la burguesía ya aludida, no por liberal menos conservadora, y la iglesia) fueron tomando posiciones y generando todo un folklore falso que servía para imponer los valores que le convenían a la totalidad de la población. Podemos señalar como hito reseñable la elevación a los altares del inquisidor Pedro de Arbués en 1867. Pero la reacción de esos elementos oligárquicos no se limitaba solo a hechos simbólicos, trascendía a otros efectivos que se dejaban sentir día a día. Por supuesto el más evidente es el de la represión constante ejercida por la guardia civil y  la ideologización de las masas a través de una enseñanza monopolizada por la iglesia. Pero también ejercida a través de actos institucionales como el II Congreso Nacional Católico (1890), la introducción de asociaciones destinadas a encuadrar a las masas ideologizadas como la Acción Social Católica (1902), el Sindicato Central de Aragón (1909), la implantación de los Propagandistas Católicos (1918) o de las Juventudes Obreras Católicas (1933) y, por supuesto, el intento de control financiero de la comunidad a través de la Caja de la Inmaculada (1905). Además, estas facciones oligárquicas tenían una ideología muy definida derivada de la encíclica Rerum Novarum (1893) que dibujaba una organización social prácticamente igual a la que impondría el franquismo después de 1939. En esta organización se mantenían las estructuras piramidales de dominio en las que los pobres y los sojuzgados (por ejemplo las mujeres), como buenos cristianos, debían asumir su papel subordinado con resignación y buen humor sin tratar nunca de subvertir el orden.

Durante décadas existió ese antagonismo entre la realidad social, ideológica y cultural y las pretensiones de dominio y de imposición de su mitología folklórica popular (que abarcaba desde las fantasías bíblicas al efectivo pseudofolklore que promocionaban a través, entre otros medios, del cine) de las clases oligárquicas que eran una sola cosa con la iglesia católica.

El antagonismo se resolvió con un golpe de estado, una guerra civil y cientos de miles de asesinatos llevados a cabo por la oligarquía y sus manos ejecutoras (determinada parte del ejército y de la guardia civil) con la evidente bendición de la iglesia. A partir de 1939 el nacionalcatolicismo había triunfado y lo demostró sacándose de la manga tradiciones apócrifas procedentes del pseudofolklore rancio y conservador que llevan décadas promocionando y cuya simple existencia sirve para eclipsar la verdadera naturaleza del pueblo antes de 1936 y hacer creíbles las mentiras, las manipulaciones históricas, de esos grupos oligárquicos todavía excesivamente poderosos.

La llamada transición no cambió nada. El motivo es muy simple: el régimen de 1978 no venía a restablecer los intereses del pueblo sino la continuidad de la monarquía parlamentaria interrumpida por situaciones de excepción desde el golpe de estado del General Primo de Rivera en 1923. Se trataba, en realidad, de volver al turnismo caciquil y bicameral de la constitución de 1876 con el PSOE ocupando el lugar del partido liberal y los conservadores agrupados en otro gran partido a la sazón heredero directo de la ideología franquista. Se añadieron unos pocos aggiornamientos y se aprobó una constitución nueva que venía a esconder la misma estructura social que cimentaba el régimen canovista.

La constitución de 1978 es tan solo un medio de dar continuidad al predominio de las oligarquías liberal-capitalistas que tomaron el poder en 1833 y que alentaron la sublevación de 1936 para derrotar a la otra parte de España, las masas oprimidas, sojuzgándolas definitivamente a sus esquemas de dominio y a sus ficciones ideológicas. Tal es la razón última de que medios propagandísticos tan eficaces y llamativos como la ofrenda de flores o las procesiones de semana santa sigan manteniendo el apoyo institucional y mediático: conviene así a determinados círculos de poder. Pero no dejan de ser "tradiciones" franquistas destinadas a perpetuar los esterotipos pseudofolklóricos de profundo matiz religioso apartando al pueblo de su verdadera entidad, historia y naturaleza.

Es bueno que lo sepamos. Y que seamos conscientes de que estos actos son absolutamente incompatibles con una verdadera democracia. Su origen ideológico y su función propagandística lo impiden de facto.

 

NOTA.- la fotografia es de Oscar Galván.

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18/10/2009 20:03 disidenteporaccidente Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LA ABUELA DE PACO EL DIENTES

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Detesto salir durante las fiestas del Pilar. Está todo lleno, sucio y carísimo. Por este motivo, cuando no puedo ausentarme de la ciudad en fechas tan molestas, recurro al enclaustramiento como método de relajación y sosiego. Me encierro en casa nueve o diez días y luego retomo la actividad normal cuando retorna la normalidad. Pero a veces hay que hacer excepciones. Este año se han concatenado tres motivos poderosos para obligarme a soslayar mi costumbre. En primer lugar la amabilidad de unos amigos que planearon una cena (y reservaron mesa en junio, por lo menos) contando conmigo y a los que no podía dejar tirados, en segundo la nostalgia de otro amigo que ya he nombrado aquí, C-la Nuit, varado por motivos profesionales en Barcelona sin posibilidad de escaparse ni en el puente ni en el segundo fin de semana, y que me decía, vía messenger, que aprovechase las oportunidades que luego la imposibilidad de los actos crea arrepentimiento. Él también se quejaba del Pilar cuando vivía en Zaragoza pero este año, alejado de la ciudad, echa de menos las fiestas. Claro que esa nostalgia era esperable en un tipo como mi amigo, que por un lado adora la noche y la fiesta (hay que leer sus novelas para comprenderlo con absoluta claridad) y por otro acaba de escribir una novela (en periodo de reposo y maduración) ambientada precisamente en esta ciudad, con todo el muy tuno logró conmoverme e inclinarme a no dejar plantados a mis amigos de la cena. Pero sobre todo, debo confesarlo, el motivo último de mi salida fue la certeza de que a la cena acudiría cierta chica que acaba de romper con su novio y que siempre me interesó. Esa fue la tercera, y más importante causa que me llevó a quebrar mi costumbre de hibernación pilarista. Me consta que nunca le fui indiferente y había que intentarlo.

Resumiendo mucho y sin entrar en pormenores, la noche fue un absoluto fracaso. Como suponía estaba todo lleno, atestado de patanes ruidosos y garrulos (recuerdo especialmente a uno provisto de un tambor de plástico con el que topé en varias ocasiones), sucio y carísimo...no se podía uno sentar en ningún lado ni tampoco, en muchos sitios, oscilar levemente estando de pie. Como se dice vulgarmente: de bote en bote, tanto la calle como los locales. Para colmo la chica a la que me refería vino acompañada por su amiga la fea...la más fea sin ningún lugar a dudas y alejada por completo del tópico de la amiga simpática...esta era fea, sosa y pesadísima. No se separaba de nosotros ni por casualidad. Solo, ya avanzada la madrugada, hubo un momento de esperanza. En no se qué garito a alguien se le ocurrió hacer sonar canciones de Raffaella Carrá y estas tuvieron un efecto inusitado en nuestra carabina: se le iluminaron los ojos (hasta entonces expresivos del más profundo fastidio y la más absoluta indiferencia), empezó a rugir, a soltar carcajadas, relinchar (literalmente) y a dar alocados y desmadejados saltos que pretendían ser danza.

Tras la sorpresa inicial, reaccioné con celeridad. Tomé suave pero firmemente del brazo a mi acompañante y la arrastré decidido hacia la puerta del local. La chica me seguía el juego y sonreía traviesa. Desgraciadamente la feísima fue más lista que yo. Se percató del movimiento táctico con el rabillo del ojo y maniobró de tal modo que sus esperpénticos brincos danzarines la condujeron al lugar exacto de bloquearnos el camino cuando nos encontrábamos a tres pasos escasos de la puerta.

-¿Os váis?-preguntó maliciosa.

-Hace  mucho calor aquí.- Le respondió su amiga.

-Y hay mucha gente.- apostillé yo.

-Es verdad.- concedió nuestra inseparable.- Yo también estoy hartándome...

Y se vino con nosotros.

Durante algunos minutos caminamos los tres juntos entre la multitud, en silencio. Mi acompañante con esa mueca de fastidio casi infantil que realza tanto la belleza de su rostro, la feísima con cierto rictus de cruel satisfacción. Yo meditando sombríamente nuevos ejercicios de fuga.

Fue entonces, en esa tesitura, cuando creí reconocer entre la multitud a Paco el Dientes. En condiciones normales no le hubiera prestado mayor atención, incluso hubiera mirado para otro lado. Coincidimos hace años en el instituto y aunque tuvimos un trato correcto y relativamente habitual nunca fuimos tan amigos como para que recuerde su apellido, tan solo su mote.

 No creo que sea preciso que explique el origen del mismo. Diré sin embargo que los años, una incipiente calvicie y algunos kilos de más no han disimulado el tamaño de su piezas dentales que, concretamente las superiores, siguen sin dejarle cerrar la boca del todo.

El hombre estaba triste, cariacontecido, con la espalda reclinada sobre la pared junto a un garito de aire caribeño. Vi en él una oportunidad (no sabía exactamente de qué modo, improvisaría) de librarme de nuestra pesadísima carabina y me abalancé  a sus brazos saludándolo con el mayor de los afectos. Paco se sobresaltó ante mi entusiasmo y  casi se sintió desbordado a causa de mi énfasis...pero creo que se alegró de verme aunque hiciera lustros que no nos encontrábamos. Necesitaba hablar con alguien y yo le llegué como llovido del cielo.

-¿Qué te pasa, tío?- le pregunté.- Te veo como tristón.

-Mi abuela.- suspiró.

-Pobre, era ya tan mayor...

-Noventa y cinco años.

-Es ley de vida...

Me miró con un destello de furia contenida mezclada con esperanza antes de negar con la cabeza.

-No, si no se ha muerto.- Respondió.

-Ah...-No supe qué decir.

-A la vejez viruelas...

Mis dos acompañantes, que hasta entonces se habían mantenido prudentemente alejadas de nosotros pero no tanto como para no escuchar nuestra conversación, se aproximaron curiosas y sin recato al escuchar esta última afirmación de Paco el Dientes. Yo me temí lo peor, algún lance de incómodas confidencias, y busqué el modo de huir. Era demasiado tarde. Paco necesitaba alguien con quien desahogarse y las chicas se colgaron de mis brazos sujetándome con fuerza para no perder ripio de lo que aquel individuo me contaba.

Todo comenzó hace quince años, cuando la buena mujer enviudó. Pasó dos años malísimos, bordeando la depresión, cosa lógica después de más de medio siglo de matrimonio. Al cabo, cumplidos los ochenta y dos, el esfuerzo de sus hijos y de sus nietos consiguió que empezara a salir. Dió en frecuentar un centro de día para la tercera edad en el que se pasaba las horas jugando a las cartas. Llegó a convertirse en una verdadera experta en el guiñote, la perejila, las siete y media y el rabino francés. Eso la animó y, pasados los ochenta y cinco, comenzó a apuntarse a los viajes del imserso. En ellos, junto con el arte del baile, se reencontró con el del coqueteo y empezó a tener sus primeros novietes, todos señores en edad provecta. Después del segundo comenzó también a salir de noche por Zaragoza. A estas alturas la complacencia inicial con la que su familia observaba sus diversiones comenzó a transformarse en preocupación. Doña Reme, que así es su gracia, se pulía la pensión en la primera semana de mes, sacaba luego dinero de su cuenta de ahorros cuyo montante descendía alarmantemente (sobre todo para los hijos que pensaban en heredarla) y dejó de ser fácil localizarla. Ella decía que estaba viviendo una segunda juventud, sus descendientes preferían sospechar que chocheaba. Pero lo peor estaba por llegar y le tocó vivirlo al pobre Dientes.

Llevaban una semana sin saber de ella, Doña Reme no respondía a sus teléfonos, ni al fijo ni al móvil, de modo que los padres de mi antiguo compañero de instituto le encargaron que se pasara por su casa para asegurarse de que nada malo le había sucedido. Conservaban una llave del piso desde los tiempos en que vivía deprimida y Paco el Dientes, después de llamar varias veces al timbre, decidió abrir con ella y entrar en el piso. Oyó, ya en el pasillo, algunos confusos ruidos en la habitación de su abuela y se dirigió hacia allí. Todavía no se ha recuperado del trauma producido por lo que vio.

Doña Reme estaba en la cama, acompañada por un enorme y musculoso mulato que no había cumplido los treinta, ambos desnudos, en evidente actitud de haber dedicado horas y horas al sexo desbocado y esnifando, justo en ese momento, dos rayitas de un polvo blanco que el Dientes teme fuera cocaína. 

El pobre quedó petrificado, su abuela, sin molestarse en cubrirse, le miró casi con desdén antes de decirle:

-Mira que sóis pesados...¿no podéis dejarme vivir mi vida en paz?...

El Dientes no respondió. La anciana le señaló al mulato que aún estaba rascándose la nariz con satisfacción evidente y le dijo:

-Este es Mualdo, mi nuevo novio.

Paco atinó apenas a torcer la comisura izquierda de la boca dibujando una estrafalaria mueca que quería ser sonrisa y emitó un sonido gutural e ininteligible a guisa de saludo. El mulato sonrió y le ofreció una rayita. El Dientes juraba que nunca antes había consumido coca, pero de todos modos la aceptó, necesitaba urgentemente estímulo.

Acto continuo dio media vuelta, se marchó y tardó varias horas en ir a casa de sus padres, no sabía como explicarles su hallazgo.

-Y desde entonces todo ha ido a peor.- concluyó Paco el Dientes- Dicen que se quieren, viven juntos y despilfarran a manos llenas...se pasan el día de juerga y, cuando no, en el catre...dándole.

-Bueno, deja que la mujer disfrute, para lo que le queda...- intervino mi acompañante, la guapa, conteniendo a duras penas la risa. El Dientes la miró como si hasta ese momento no se hubiera percatado de su presencia y, tras unos segundos de incómodo silencio, continuó su relato: habían querido inhabilitar a Doña Reme convencidos de que padecía algún tipo o grado de demencia senil pero la jodida vieja (utilizo las palabras de su nieto) les había ganado el juicio. A todos los efectos legales se la consideraba cuerda y en perfecto uso de sus facultades mentales.

-Y lo peor de todo es que una vez que salgo...

El Dientes empieza ya a tener una edad, se está formalizando, incluso esta casado y tiene hijos, pero con la excusa de las fiestas del Pilar se tomó un permiso para salir con sus amigotes. Había sido una buena noche hasta que en aquel antro con música cubana se encontró a su abuela y a su novio, bailando salsa a todo ritmo. Tal contingencia le había desarbolado y se encontraba ahora, abandonado por la riada de la vida, abismado en la contemplación de su desgracia en el quicio mismo del local donde su abuela reinaba como  ama de la pista.

-No será para tanto.- Aventuré. El Dientes me miró con desesperación y  señaló sin abrir los labios hacia el interior. No tuve opción, mis acompañantes, que seguían colgando de mis brazos, me arrastraron y, en efecto, allí estaba Doña Reme, toda huesos, maquillaje y arrugas, embutida en un vestido rojo bailando con un enorme y joven mulato con traje blanco. Todo el mundo les jaleaba y ellos ni daban muestras de agotamiento ni escatimaban las de amor y pasión. Mis acompañantes reían y aplaudían encantadas. Detrás de mí sono una voz apagada, casi de ultratumba:

-¿Te das cuenta?...

Era el Dientes, le acompañé en el sentimiento poniéndole la mano en el hombro.

Justo en ese instante Doña Reme reparó en su nieto y vino a saludarle. El pobre quiso eclipsarse pero no le dio tiempo. Es más: tuvo que presentarme como amigo suyo. La anciana me plantó un beso en cada mejilla y me presentó a su novio, que apretó mi mano con fuerza casi excesiva. Mis acompañantes, encantadas con el espectáculo, se presentaron por su cuenta y propusieron continuar la juerga todos juntos. Las miré casi con odio y enseguida con esperanza a los dos tortolitos. No hubo suerte, aceptaron la propuesta.

Lo que restaba de noche nos dedicamos a deambular por la ciudad en fiestas. La parejita feliz, exultante y derrochando alegría, simpatía y ganas de divertirse. Mis acompañantes alborotadas como si hubieran encontrado un circo ambulante. El Dientes y yo detrás, arrastrando sombríamente los pies y buscando el modo de separarnos del grupo sin quedar mal.

Después de lo que pareció una eternidad comenzó a amanecer. Fue entonces cuando a Doña Reme se le ocurrió que sería divertido acudir a las vaquillas.

No aguardé ni un segundo más. Acabábamos de salir del último local, estábamos en la calle. Me di a la fuga sin despedirme ni dar explicaciones.

18/10/2009 20:04 disidenteporaccidente Enlace permanente. cosas que pasan No hay comentarios. Comentar.

METERLA DOBLADA

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Es curioso como las expresiones pueden vaciarse de significado cuando pasa el tiempo y la realidad que las genera cambia. Lo que un día fue una expresión coloquial entendida por todos pasa a convertirse en una frase hecha cuyo exacto sentido se olvida perdurando tan solo el figurado. En este caso puede aseverarse que las metáforas perduran infinitamente más que las realidades.

Es curiosa también la fascinación que causa el recuperar el origen de esas frases hechas, de esas locuciones incorporadas al habla cotidiana desde un pasado lejano, ya olvidado. Yo, al menos, me confieso presa constante de esa fascinación que, naturalmente, no podía ser de otro modo, ha de plasmarse en estas páginas con tanto de silva de varia lección cuanto de ámbito público de reflexión personal.

Y llevado del más puro azar comenzaré está sección con la locución enunciada en el título. El motivo es sencillo, intrascendente pero suficiente para propiciar estos párrafos. Una conversación, una amiga que interpreta, como tanta gente, el sentido de la frase hecha en un plano equivocado...y mi eterna obsesión por encontrar el origen y la verdadera naturaleza de todo lo que me rodea en concatenación con mi antigua afición a la esgrima, al lenguaje y a la historia en todas sus facetas, también la militar y la puramente pendenciera de los bajos fondos.

En estos días en los que, a pesar de la creciente hipocresía,o quizá a causa de ella, vivimos obsesionados por el sexo sucede que en cuanto algo hace referencia a cualquier tipo de introducción o penetración centramos inmediatamente nuestra mente en el aspecto genital. Eso mismo le sucedió a la amiga a la que me refería líneas arriba. La expresión le sonaba mal al tiempo que extraña: su amplia (y casi por completo disimulada) experiencia no le permitía concebir como real lo que imaginaba. Dicho de otro modo: no tenía muy claro como un hombre podía meterla doblada en ningún lugar, menos aun donde cabría esperar.

No es la primera vez que me tropiezo con este malentendido y me parece interesante desentrañarlo.

En realidad la expresión "meterla doblada" no pertenece al ámbito sexual sino al de la esgrima, especialmente la parda, aquella de la que hacían gala los hampones de peor calaña de los barrios bajos del renacimiento y, muy especialmente, del barroco.

Durante mucho tiempo, siglos, la espada fue una prerrogativa privativa de los nobles. Más tarde las cosas cambiaron y su uso se hizo extensivo a amplios sectores sociales con la aparición de grandes ejércitos mercenarios en el tránsito entre el final de la edad media y el comienzo del renacimiento. Tal circunstancia unida al crecimiento imparable de las ciudades y a la concentración de una población variopinta que abarcaba desde el noble más encumbrado y el comerciante más adinerado al mendigo más miserable en toda una gradación de tipos y situaciones que no dejaban de incluir, merced a las enormes bolsas de pobreza, innumerables tipos de hampones a menudo con pasado e incluso presente o futuro militar hizo que la espada se popularizara como elemento propio de la vestimenta masculina.

Fue así como los lances de espada se multiplicaron por toda Europa y ya no eran siempre duelos entre caballeros. Antes al contrario, en un elevado número de casos, la pelea incluía al menos una facción de los contendientes procedentes del lumpen y sin otro objetivo que una victoria fácil, rápida, con el menor peligro posible. Las normas de buena educación y de honor contaban menos que el resultado. Y eso condujo a la introducción de innovaciones en el tiro popular de espada que venían a vulnerar sin respeto ninguno antiguas convenciones caballerescas.

Cualquier arma blanca alcanza su máxima eficacia cuando se esgrime justo delante del cuerpo del tirador adquiriendo en esa posición una doble función ofensiva y defensiva. Tal certeza es sin duda el origen del florete que obliga a un combate de punta evitando los tajos y es muy posible, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, que se desarrollase como arma de duelo. Sea como fuere, mientras un tirador tiene el arma delante de sí y a la altura del pecho o el rostro de su oponente, puede decirse que está cubierto, protegido...su contrincante solo puede atacarle con garantía de éxito y sin demasiado riesgo de ser herido a su vez cuando modifica la posición sea voluntariamente (para atacar levantando el brazo para lanzar un tajo) o forzado por la habilidad de su oponente. El arte de la esgrima consistía precisamente en eso: en atacar sin ofrecer blanco fácil al contrario y en forzar sus errores sin dejarle aprovechar los propios. Así las cosas, un duelo entre caballeros, educados desde la cuna en el arte de manejar la espada, adquiría una elevación técnica y una precisión de movimientos digna del mejor ballet.

Sin embargo los rufianes que adquirían el hábito de la espada en una edad más tardía y poseían por ello menos habilidad técnica no viéndose impelidos, además, a respetar determinadas reglas sociales que podían afectar a una reputación social de la que carecían. Interesados sobre todo en la eficacia de sus golpes y en acabar con los lances antes de llamar la atención de vecinos y autoridades inventaron pronto atajos que facilitaran sus intenciones. De este modo, si su oponente cerraba bien su defensa delante de sí, ellos saltaban a un lado, fintaban y trataban de buscar un flanco descubierto agachando el cuerpo y acometiendo de abajo arriba. Técnicamente tal acto era una herejía y moralmente una canallada, pero extraordinariamente efectiva para sorprender la buena fe o la falta de malicia del contrincante. Esta técnica se llamaba precisamente: meter la espada doblada (desde un flanco y oblicuamente desde abajo en sentido ascendente). El tirador descuidado que se dejaba sorprender así salía perjudicado del lance, muerto incluso, y podía considerarse engañado y burlado. Tal es el origen de la expresión que da nombre a este articulito.

 

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BRUNEGILDA, UN CULEBRÓN DEL SIGLO VI

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 El tránsito entre la antiguedad tardía y la plena edad media, en definitiva entre la agonía del imperio romano y el afianzamiento del carolingio, fue una época agitada, convulsa, llena de alternativas políticas, militares y hasta religiosas que resulta por ello profundamente apasionante aunque, por desgracia,  muy poco conocida para el gran público.

El resultado más evidente de aquellos siglos azarosos y terribles es su efecto sobre las biografías de quienes tuvieron que vivirlos. Pocas vidas hay de los siglos IV al VIII que no resulten apasionantes. Es cierto que solo conocemos un puñado, el de los grandes personajes que dejaron huella en las crónicas, pero basta esa relativamente pequeña muestra para situarnos ante un panorama susceptible de causar viva impresión en el lector moderno y de entusiasmarle con peripecias biográficas dignas de figurar entre las grandes aventuras y los mejores dramas que podamos evocar. Ese es el motivo por el cual en estas páginas dedicaremos un espacio a recordar algunas biografías de personajes destacados de aquellas épocas en la seguridad de que el moderno lector encontrará, además de un mundo que desconoce y que le entusiasmará, el placer profundo de las buenas historias. Y que nadie se equivoque, no se limitarán estas semblanzas a constituir un catálogo de batallas y egregios guerreros...las crónicas de esos siglos hablan también de grandes mujeres cuyas vidas nada tienen que envidiar en profundidad y emoción a las de sus coetáneos. Nos ocuparemos también, quizá sobre todo, de ellas.

De hecho vamos a iniciar esta serie con la vida de una mujer extraordinaria, arrojada por las circunstancias a un mundo hostil y despiadado en el que supo defenderse con valor y determinación a pesar de su derrota final. Nos referimos, claro está, a la dama que da título a este artículo: la reina Brunegilda.

 Después de la derrota en la batalla de Vouillé (507) el reino visigodo sufrió casi setenta años de profunda crisis. De la noche a la mañana perdió a manos de los francos (apoyados por bandas de fanáticos católicos encabezados por sus obispos que se echaron al campo en toda la Aquitania para perseguir y asesinar a los odiados godos arrianos) la práctica totalidad del territorio que poseían en las Galias incluida su capital, Toulouse. Tan solo pudieron hacerse fuertes en la Narbonense y eso en medio de una gran confusión y con la amenaza cierta de ser aniquilados por completo. Alarico II, el rey, murió en la batalla. Tenía un heredero legítimo, Amalarico, habido de una hija de Teodorico el Grande de los ostrogodos, era, pues, a la vez descendiente de los Baltos y de los Amalos, las dos grandes familias de la realeza goda, pero todavía un niño y el reino necesitaba un buen general al frente del ejército por eso, mientras un grupo de visigodos reconocía al niño como heredero, otro más numeroso, que contaba además con la legitimidad de controlar el tesoro real, optó por elegir como rey a Gesaleico, hijo ilegítimo del difunto rey, ya adulto. El asunto de la ilegitimidad en ese momento no revestía especial importancia, los usos morales y legales impuestos por el cristianismo todavía no se habían asentado y primaban en los reinos germánicos las leyes consuetudinarias. El hijo de un rey era hijo de rey y candidato al trono aunque su padre no hubiera contraído matrimonio canónico con su madre. La misma madre de Amalarico era hija ilegítima, según los criterios cristianos, de Teodorico pero no por ello la filiación amala del joven príncipe era menos efectiva, prestigiosa y brillante.

Gesaelico, en una situación angustiosa, con más de la mitad del reino perdido a manos de los francos y con lo que le quedaba poco seguro, se aplicó de inmediato a minimizar los efectos de la terrible derrota sufrida en Vouillé. Cruzó los Pirineos para establecer su capital en un lugar más fácilmente defendible: Barcelona, y desde allí organizó la resistencia. No fue sencillo, los francos presionaban con fuerza en Aquitania y el valle del Ebro distaba mucho de estar pacificado. No hacía mucho (496) un noble hispanorromano, Burdunelo, había dirigido una sublevación con centro en Zaragoza que persistió más o menos activa hasta prácticamente la derrota de Vouillé. En 504 Alarico II había tenido que presentarse en Zaragoza para tranquilizar los ánimos y hacer sentir su poder y todavía en 506 la rebelión persistía, dirigida por otro hispanorromano, Pedro, en Tortosa. Mientras tanto parte de la Bética escapaba el control de los godos y los suevos, en el noroeste de la península, se preparaban para sacar partido de la situación. Pero lo peor de todo era la oposición de los partidarios de la entronización de Amalarico manejados desde Rávena por el abuelo de este, Teodorico el Grande. Así las cosas, Gesaleico hubo de ejecutar a varios nobles de los que le rodeaban solo para ser asesinado a su vez por el duque Ibbas cuando regresaba de África donde había viajado para recavar el apoyo de los vándalos contra los francos.

Fue así como en el 511, asesinado Gesaleico, llegó al trono visigodo Amalarico, niño todavía. Bien mirado se trataba de una baza para la supervivencia mejor que la de su hermanastro. Mientras que aquel solo contaba con su valía personal y militar, este facilitaba la protección del poderoso reino ostrogodo. El precio era perder la independencia pero no estaba mal a cambio de asegurarse la supervivencia.

Una vez en el trono su nieto Amalarico, Teodorico el Grande asumió la regencia de lo que restaba del reino visigodo ejerciéndola a través de la prefectura del pretorio de Arlés (a la que legalmente debían obedecer también los francos de Clodoveo) y de gobernadores presenciales.

Quince años, hasta la muerte de Teodorico en 526, se prolongó aquella sumisión al reino ostrogodo. No fue un periodo sencillo. El ostrogodo y su administración impusieron un durísimo régimen fiscal extremadamente oneroso y postergaron a la nobleza visigoda en la toma de decisiones. Ello provocó el descontento de grandes sectores que fueron conformando un partido nacionalista partidario de la independencia y que en momentos de gran tensión llegó a tomar medidas extremas como el fallido atentado contra el prefecto del pretorio de las Galias, Liberio, que estuvo a punto de morir asesinado por ellos y que más tarde dirigiría la invasión de Hispania por las tropas bizantinas.

Muerto Teodorico, Amalarico se hizo con el control efectivo del reino mientras que en Italia su primo Atalarico, bajo regencia de su madre Amalasunta, hacía lo propio con el reino ostrogodo.

La presión franca continuaba y se tomó como medida conciliatoria un matrimonio de estado, un enlace dinástico del rey con una princesa merovingia que asegurase la paz. Así se hizo, pero existía un problema grave: la religión. Los francos eran católicos desde hacía un cuarto de siglo y su alianza con la iglesia católica desde la traición de San Remigio contra Flavio Siagrio en Soissons les había rendido muy buenos beneficios, razón por la cual habían cedido al fanatismo de los obispos galos y a sus ansias de cruzada antiarriana contra los godos. La princesa que llegó de los francos era una fanática que se negaba a abjurar del catolicismo, ello generaba un grave problema político porque la unidad goda se basaba, precisamente, en el arrianismo. De modo que la presión sobre la princesa merovingia para que abjurara y abrazase la religión de estado visigoda no cesó de crecer...ella se quejó a sus hermanos, los herederos de Clodoveo, y estos tuvieron la excusa perfecta para intervenir de nuevo contra los visigodos. Resultaba evidente, ya a esas alturas, que el matrimonio lejos de ser una ocasión de paz había sido una trampa de los francos para poder acabar de destruir el reino visigodo. Amalarico dejaba de ser una garantía política de supervivencia y pasaba a convertirse en una amenaza para la supervivencia del reino. La respuesta de la nobleza no se dejó esperar: en 531 fue asesinado.

Amalarico no tenía hijos, tampoco familiares cercanos. Era el último de los Baltos, la dinastía en torno a la cual se había conformado el pueblo visigodo en tiempos de Alarico I. Su muerte sumía al reino en una crisis institucional gravísima. Se había terminado con la dinastía legítima y no había un repuesto claro. Mirar hacia Italia no era una solución. Los visigodos no querían repetir la experiencia de la regencia y, además, los Amalos pasaban por graves problemas políticos. Atalarico seguía siendo un niño bajo regencia de su madre Amalasunta cuya posición política y su amistad con Constantinopla no era bien vista por la nobleza ostrogoda poniendo al reino al borde de la guerra civil. Los ostrogos estaban dejando rápidamente de ser el poderoso pueblo que habían sido en vida de Teodorico.

La respuesta a los problemas del reino visigodo debía proceder de sus propias filas. Pero nadie era lo suficientemente poderoso ni prestigioso para llenar el hueco dejado por la dinastía desaparecida. Finalmente asumió el poder Teudis, un ostrogodo que había gobernado el reino durante la regencia de Teodorico y que en ese periodo había contraído matrimonio con una noble hispanorromana probablemente natural del valle del Guadalquivir, quedándose a vivir en Hispania, casi con toda seguridad en Sevilla, ciudad que se convirtió a partir de 531 en un a modo de capital oficiosa de los visigodos.

Teudis, que contaba con el prestigio procedente de su anterior etapa de gobierno, no contó sin embargo con recursos públicos para desarrollar su nueva labor regia. Antes al contrario, hubo de sustentar su poder en un ejército privado de 2000 hombres sostenidos con los recursos de su mujer. Gobernó así hasta 548.

En 541, los francos, aprovechando la debilidad en la que seguía el reino visigodo, cruzaron los Pirineos y avanzaron por el valle del Ebro. Llegaron a conquistar Pamplona pero Teudis los frenó en las blancas murallas de Zaragoza. Cuando se retiraban por Roncesvalles, Teudiselo, hijo de Teudis, les tendió una emboscada similar a la sufrida en 778 por Carlomagno y les infligió una derrota lo suficientemente severa como para impedir nuevas invasiones en los años siguientes.

Muerto Teudis, su hijo Teudiselo le sucedió de manera automática pero un sector de la nobleza visigoda no estaba dispuesto a tolerar el establecimiento de una dinastía procedente de Teudis. De modo que Teudiselo fue asesinado en su palacio de Sevilla al año de subir al trono (549).

Surgía de nuevo el problema sucesorio. Por lo pronto el trono recayó en Agila, cabecilla del sector contrario a Teudiselo. Otro grupo adicto a este se sublevó en Córdoba, en 550 Agila se dirigió contra esta ciudad sufriendo una severa derrota en la que perdió un hijo y el tesoro real. Huyó a Mérida, donde se hizo fuerte, y en Sevilla fue elegido rey uno de los nobles de la facción de Teudiselo: Atanagildo. Iniciándose una guerra civil entre ambas facciones que se prolongó hasta 554.

En esta guerra los bizantinos, encabezadas sus tropas por Liberio, el antiguo prefecto del pretorio de Arlés casi asesinado por los visigodos nacionalistas, apoyaron a la facción de Atanagildo contra la de Agila pero enseguida se hizo evidente que su verdadera intención, como había sucedido en África y empezaba a suceder en Italia, era destruir los reinos bárbaros y recuperar la unidad del imperio romano. Ello obligó a la conciliación de las facciones. Agila fue asesinado por los suyos que reconocieron a Atanagildo como rey y este, con todos los godos unidos, dirigió sus armas contra sus antiguos aliados bizantinos luchando por arrebatarles el territorio que habían ido conquistando durante los años que le habían apoyado.

Y es aquí donde entra en danza la protagonista de nuestro artículo: Brunegilda.

La situación política de Atanagildo era muy comprometida, rey sin legitimación dinástica, enfrentado a sus antiguos aliados bizantinos y con la nobleza dividida en facciones no necesariamente amistosas entre sí y leales a su persona, necesitaba poderosos aliados extranjeros para asegurar su permanencia en el trono (y de paso su vida y la de su familia). Y había muy pocas opciones entre las que elegir. El reino vándalo de África había desaparecido bajo el impulso bizantino veinte años atrás, el ostrogodo acababa de seguir su misma suerte tras la derrota de su último rey, Teya, en Monte Lactario (553) frente a los bizantinos...solo los francos quedaban como reino poderoso y dinastía asentada. A ellos tuvo que recurrir en busca de alianza.

La dinastía merovingia, que regía los destinos francos, era mucho más nueva que las de Baltos y Amalos pero a mediados del siglo VI era mucho más prestigiosa por la sencilla razón de que les había sobrevivido atesorando cada vez más poder y forjando un reino extenso y reconocido por Bizancio. No hay que olvidar que Clodoveo detentó el consulado en 507 y desde entonces el prestigioso título romano de Patricio les pertenecía a él y sus descendientes por derecho propio. Muerto Clodoveo en 511 su reino se dividió entre sus hijos pero con el tiempo volvió a reunirse en la persona de uno de ellos: Clotario I que en sus cincuenta años de reinado (511-561) tuvo tiempo suficiente para ir heredando de diversos modos las partes de sus hermanos. Sin embargo también él repartió el reino entre sus hijos.

Surgieron de este modo cuatro estados merovingios: Neustria, en la que reinó Chilperico I; Borgoña, en la que reinó Gontrán; París-Aquitania, que heredó Cariberto I y Austrasia en la que reinó Sigeberto I.

Atanagildo tenía dos hijas: Brunegilda y Galsvinta y pudo acomodarlas a ambas en sendas bodas con reyes merovingios.

Brunegilda casó con Sigeberto I de Austrasia y Galsvinta, poco después, con Chilperico I de Neustria. Por supuesto ambas abjuraron convenientemente del arrianismo paterno y abrazaron el catolicismo de sus maridos.

Brunegilda causó buena impresión en el reino de los francos. El obispo y cronista Gregorio de Tours, que la conoció personalmente, nos la describe como joven de modales elegantes, hermosa figura, honesta y decente en sus costumbres, de buen consejo y agradable conversación. Nada hacía suponer las terribles experiencias que la aguardaban en su largo periplo franco.

La muchacha tenía unos once años cuando su padre Atanagildo llegó al trono en 554 y contrajo matrimonio en 565, a una edad bastante avanzada para la época. Suele decirse que nació en Toledo dando por sentado que esta ciudad era ya la capital de los visigodos pero eso no sucedió hasta el reinado de Leovigildo de modo que es más probable que viera la luz en la corte de Teudis, en Sevilla. Tras su boda se estableció en Metz, capital de Austrasia.

En 566 fue su hermana Galsvinta la que viajó a Francia, concretamente a Soissons, capital de Neustria que se trasladaría a París al año siguiente.

Chilperico I de Neustria estaba casado con una noble franca, Audovera, con la que tenía cuatro hijos. No obstante la alianza con los visigodos era una excelente baza política y no dudó en repudiar a su primera esposa para contraer matrimonio con Galsvinta, lo que no hizo fue dejar a su amante Fredegunda.

Fredegunda tenía entonces unos veintidos años, procedía de la región de Picardia y había entrado en la corte como criada labrando su futuro de un modo bastante clásico: seduciendo al rey. Al parecer podía competir en hermosura, sino en educación, con las hermanas visigodas y no estaba dispuesta a dejarse arrebatar la ventajosa posición adquirida a través de sus relaciones amorosas con Chilperico. Eso, naturalmente, creó tensiones entre la nueva esposa del rey y su amante, que no se caracterizaba precisamente ni por su bondad ni por su dulzura de caracter. La situación se enrareció rápidamente y Galsvinta no tardó en quedarse sin triunfos.

567 fue un año decisivo. Cariberto, rey de París- Aquitania, murió y su jugosa parte del reino pasó a su hermano mayor, Chilperico de Neustria, que se convertía así en el más poderoso y rico de los tres hermanos supervivientes. Si la soberbia y la ambición de Fredegunda eran antes grandes, con la nueva adquisición se hicieron desmesuradas. Galsvinta trató de desalojarla de la corte pero la antigua criada era la amante elegida libre y apasionadamente por el rey mientras que ella contaba solo como una baza política. Como mujer tenía su atractivo, pero no podía competir con Fredegunda. Visto lo cual decidió lanzar un òrdago monumental: rompió con Chilperico y decidió regresar a Hispania. Tuvo mala suerte, por el camino se enteró de que su padre acababa de morir. Atanagildo no tenía hijos de modo que el nuevo rey no sería hermano, ni siquiera pariente suyo. Estaba sola en el mundo, tan solo podía contar con el apoyo de su hermana Brunegilda cuya situación era ahora tan quebradiza como la suya. Por si fuera poco, las dudas de la nobleza en torno a la elección del nuevo rey volvieron a amenazar de extinción al reino visigodo y Gontrán de Borgoña, otro de los hermanos reyes merovingios, se atrevió a atacar a los visigodos llegando a conquistar la importantísima ciudad de Arlés (sede oficial de la prefectura del pretorio de las Galias desde 407). Tal circunstancia decidió las cábalas sucesorias. El ejército godo se concentró en la Narbonense y Liuva, dux de dicha provincia, con el apoyo del mismo, fue elegido como rey. Estaba casado, de modo que no podía contraer matrimonio con la viuda de Atanagildo (la madre de Brunegilda y Galsvinta) buscando una continuidad dinástica más o menos legitimista. Fue su hermano Leovigildo quien casó con ella pasando de inmediato, como rey adjunto, a poner orden en Hispania. Todo ello no benefició en nada a Brunegilda y Galsvinta, abandonadas a su suerte.

Galsvinta ya no tenía ningún valor político, ni siquiera tenía hijos (su hermana Brunegilda, en Metz, empezaba a tenerlos precisamente ese año de 567 y seguramente eso fue la que la salvó de compartir su destino) y Chilperico no tenía ningún motivo para seguir casado con ella, menos aun teniendo en cuenta la situación de extrema debilidad que padecía el reino visigodo. Por lo tanto se dejó convencer por Fredegunda y acabó asesinando a la joven visigoda. Nació en ese instante un odio mutuo e inextinguible entre Brunegilda y Fredegunda, un odio que iba a marcar la historia de la dinastía merovingia durante el medio siglo siguiente.

Desde el primer instante Brunegilda, respaldada por su condición de madre de hijos sanos y el cariño (sino el amor) que había sabido granjearse de su marido, exigió de este, Sigeberto I de Austrasia, que vengase el asesinato de su hermana. El rey de Metz se mostró reticente a iniciar una guerra contra su hermano, el rey de París. Siguiendo la costumbre germánica, intentó llegarse a un acuerdo económico. Chilperico I entregó a Brunegilda una serie de ciudades en Aquitania (entre ellas Burdeos) que debían servir como pago de la contraída guerra de sangre. Momentáneamente pareció que iba a evitarse la guerra. Pero Fredegunda siguió intrigando y en 575 consiguió que su ya marido (muerta Galsvinta ella contrajo matrimonio con el rey de Neustria convirtiéndose legalmente en reina) invadiera las ciudades que había entregado a Brunegilda. Naturalmente Sigeberto I se vio forzado a actuar en defensa de los intereses de su esposa y estalló la guerra civil.

Sigeberto I avanzó victorioso por el reino de Neustria, incluso llegó a ocupar la capital, París, mientras Chilperico I huía sin poder hacerle frente (en el intento de conquista de las ciudades antecitadas su ejército había sufrido una severa derrota que  incluso le costó la vida a su hijo mayor: Teodeberto) y parecía tenerlo ya todo perdido. Pero entonces intervino Fredegunda del modo que mejor se le daba hacerlo: mandó sicarios que asesinaron a Sigeberto I con lo cual su ejército se desbandó puesto que el único  hijo  varón del rey muerto, Childeberto II, era todavía un niño.

Brunegilda quedó abandonada de los austrasianos en París. Logró hacer huir a su hijo, el aludido Childeberto II, que fue coronado rey en Austrasia pero ella y sus dos hijas, Clodosinda e Ingunda, tuvieron que quedar en París cayendo en manos de Chilperico I y Fredegunda cuando regresaron a su capital.

No debe extrañarnos que la nobleza austrasiana abandonase a su reina en manos de sus enemigos llevándose a un rey necesitado de tutela (Childeberto II era un niño de apenas seis o siete años) y librándose de la regente natural su madre, por otro lado una advenediza visigoda sin grandes apoyos al sur de los Pirineos a la que despreciaban por mujer y por extranjera, se garantizaban el crecimiento de sus respectivos poderes y patrimonios en detrimento de los intereses reales. De hecho, toda la vida que le restaba a Brunegilda iba a ser una lucha contra el ascenso político de la nobleza austrasiana que acabaría encumbrando a los Pipínidas, estrechamente aliados con la iglesia católica.

Abandonada en París con sus dos hijas y caída en manos de su más feroz enemiga, la suerte de Brunegilda parecía definitivamente echada. Tuvo la fortuna de no ser ejecutada de inmediato. En lugar de eso se la encerró en un monasterio de Ruán. En realidad eso solo significaba un aplazamiento de su condena, se trataba de una jugada política ya antigua y muy conocida: esperar a que se calmasen los ánimos, a que el triunfador limpiase de seguidores del derrotado el horizonte y entonces aquel moría oscuramente en su encierro monástico de "enfermedad". De modo que la situación de Brunegilda en aquel 575 no podía ser más desesperada. Pero tuvo suerte.

Los hijos de Audovera, la primera esposa de Chilperico I, odiaban a Fredegunda tanto o más de lo que pudiera hacerlo Brunegilda y uno de ellos, Meroveo, decidió aprovechar la ocasión para asestar un golpe familiar, político y militar a su padre. No se trataba tampoco de nada nuevo, hacía apenas quince años que Cram, uno de los hijos de la segunda esposa de Clotario I, hermanastro por tanto de Sigeberto, Chilperico y Gontrán, se había sublevado contra su padre en Aquitania y Bretaña. Acabó derrotado y muerto, pero no sin antes tener opciones de triunfo.

La acción de Meroveo representó toda una sorpresa: se presentó en Ruán con un grupo de fieles, liberó a Brunegilda, en la práctica su tía, e hizo que el obispo de la ciudad, Pretextato, les casara. Él tenía diecisete años, ella treinta y dos...les unían la política y el odio común a Fredegunda pero parece que no dejó de existir entre ellos atracción, pasión y quien sabe si amor arrebatado. Brunegilda era una mujer hermosa, culta y agradable capaz de despertar la pasión de cualquier jovencito de sangre caliente.

Sea como fuere, las fuerzas vivas del reino se pusieron enseguida en marcha contra el nuevo matrimonio. Por un lado en Neustria la acción de Meroveo solo podía interpretarse como una insurrección en toda regla. Sublevación que quizá su padre podría llegar a perdonar pero en modo alguno Fredegunda. Por otro, en Austrasia, nadie quería ver a Brunegilda respaldada por un príncipe merovingio regresando al reino para asumir la regencia de su hijo. Pero quien verdaderamente desenterró el hacha de guerra fue la iglesia católica. En aquellos tiempos las costumbres sociales que propugnaba el cristianismo basándose en su absurda y despreciable moral no se habían asentado en la sociedad, cosa que los furibundos y fanáticos obispos y abades del momento no podían soportar ni tolerar y aprovecharon la debilidad de Brunegilda para saltarle a la yugular en un asalto feroz al poder en el que pretendían, como siempre hacen, imponer sus puntos de vista sociales y morales al conjunto de una sociedad que ni los necesita ni gana nada adoptándolos. Lo que le restaba de vida a nuestra reina iba a ser también una guerra sin tregua contra las aspiraciones totalitarias de la iglesia franca. 

Obispos y abades, recurriendo a la biblia, se rasgaron las vestiduras proclamando a los cuatro vientos que aquel matrimonio aunque lo hubiera efectuado un obispo (obispo que pagaría cara su osadía siendo asesinado por Fredegunda) era de hecho un abominable incesto. La idea convenía políticamente tanto en Neustria como en Austrasia y en ambos reinos la nobleza y la realeza se hicieron eco del griterío cristiano. Meroveo y Brunegilda se convirtieron en apestados sociales, en prófugos odiados y perseguidos con saña.

Chilperico I de Neustria hizo anular el matrimonio, con lo cual ambos cónyuges incurrieron además en la falta de concubinato (que entonces no tenía mayor importancia salvo para la estúpida moral eclesiástica que en este caso se convirtió en la voz de toda la nación franca por evidentes intereses políticos). De todos modos Brunegilda logró ser acogida en Austrasia no así Meroveo que, rechazado por la nobleza de ese reino, hubo de retornar a Neustria donde, apresado por su padre, fue tonsurado y encerrado en un monasterio. Ya sabemos lo que eso significaba, él también, así que se escapó del mismo en 577 y acabó suicidándose al verse acorralado y a punto de caer en manos de Fredegunda.

Obviamente, una vez en Metz, Brunegilda reclamó la regencia sobre su hijo Childeberto II pero la nobleza austrasiana se negó a concedérsela. Tras sufrir un atentado por parte de sicarios de Fredegunda que pudieron llegar hasta ella sin que la nobleza de Austrasia hiciera nada para impedirlo, Brunegilda tuvo que refugiarse en Borgoña, en el reino de su cuñado Gontrán, que tenía su capital en Orleans. Durante su estancia allí pudo ganarse el favor y la alianza de este y, con esa garantía, regresar a Austrasia, a Metz, donde asumió por fin la regencia de su hijo en detrimento de la levantisca nobleza. Más aun en 577, y habida cuenta de que Gontrán carecía de hijos vivos, consiguió que nombrase como heredero de su parte del reino a su hijo: Childeberto II, lo que significaba un fuerte golpe político tanto para la nobleza austrasiana como para los intereses de Neustria que dejaría así de ser el reino merovingio más fuerte. Por si fuera poco, en 579, casó a su hija Ingunda con Hermenegildo, hijo del rey visigodo Leovigildo que, como sabemos, había casado con su madre a la muerte de Atanagildo. Ya no estaba sola y aislada en el concierto de las naciones germánicas. En apenas cuatro años había pasado de estar despojada y a las puertas de la muerte a convertirse en toda una potencia política dentro del universo merovingio.

Pero la nobleza de Austrasia seguía conspirando contra ella y en cuanto Childeberto II cumplió los trece años le convencieron para que asumiera personalmente el gobierno del reino expulsándola de la regencia. Corría el año 583.

Al año siguiente los acontecimientos se precipitaron en Neustria. El matrimonio de Fredegunda con Chilperico I se había convertido en un obstáculo para la ambición de la antigua criada convertida en reina. Ella quería ahora todo el poder y, a ser posible, acabar con su antigua enemiga: Brunegilda. Juntó sus dos deseos en uno y asestó uno de sus típicos golpes: asesinó a Chilperico I asumiendo la regencia del hijo que habían tenido en común y que todavía era joven para reinar, Clotario II, y culpó a Brunegilda del crimen mandando de nuevo sicarios para "vengar" la muerte de su difunto esposo. Una vez más la visigoda supo salir viva del atentado que se repitió dos años después, en 586, cuando Fredegunda trató de asesinar no solo a Brunegilda sino también a su hijo, Childeberto II, y al primogénito de este, el que sería Teodoberto II.

Pero el enemigo no estaba solo en París, en la misma Metz, el poder y la vida de Brunegilda y su familia se veían amenazados. En 587 la reina hubo de frenar las maniobras golpistas de la nobleza austrasiana haciendo asesinar a varios duques. A largo plazo el contragolpe supuso una mala decisión: no solamente la hizo más impopular además la eliminación de aquellos conspiradores abrió el camino a otros mucho más peligrosos: Pipino de Landen y su consuegro, el obispo Arnulfo de Metz, que llegaría a santo de la iglesia católica. Pero, de momento, la reina no podía hacer otra cosa.

La tensión siguió creciendo entre Austrasia y Neustria pero la paz se mantuvo hasta el 593. Ese año murió Gontrán, su parte del reino pasó a Childeberto II de Austrasia, el hijo de Brunegilda, y este, convertido en el rey más poderoso del ámbito merovingio, atacó  de inmediato a su primo Clotario II de Neustria. Tres años se prolongó la guerra, hasta que Fredegunda logró envenenar a Childeberto II en 596.

Esta vez Brunegilda, que había eliminado a parte de la facción levantisca de la nobleza austrasiana en 587, no tuvo dificultades para hacerse con la regencia de sus dos nietos: Teodoberto II, que heredó Austrasia, y Teodorico II, que heredó Borgoña. Tuvo además la suerte de que Fredegunda murió en 597 dejando desamparado a su hijo de trece años, Clotario II. Brunegilda trató de destronarlo, pero falló en el intento.

La guerra entre Austrasia- Borgoña y Neustria se reavivó y continuó en los años siguientes.

Corría el año 599 cuando Pipino de Landen y el obispo (San) Arnulfo de Metz, pudieron dar por fin un golpe contra la regente. Se apoderaron de Teodoberto II y Brunegilda hubo de huir a Autun, la nueva capital de Borgoña, con su otro nieto, Teodorico II. La regencia de Austrasia quedó en manos de la nobleza y la de Borgoña continuó en manos de la visigoda.

La nobleza austrasiana, nueva dueña de la situación, hizo que Teodoberto II firmara la paz con Clotario II de Neustria que pudo así concentrar todas sus fuerzas contra Borgoña. Mientras tanto en Autun la iglesia católica seguía su campaña contra Brunegilda.

No hemos de olvidar que esta era, originariamente, arriana y que ello implicaba una mentalidad más abierta y más en consonancia con las costumbres consuetudinarias del mundo germánico en clara contraposición a la moral y el derecho que los católicos intentaban imponer sobre la sociedad. Consecuentemente, obispos y abades tenían a Brunegilda en su punto de mira, necesitaban destruirla, para introducirse en su corte hasta entonces libre de molestas y gazmoñas influencias y someterlas a sus delirantes dictados. Desiderio (que también llegó a santo), obispo de Autun, fue quien se erigió en punta de lanza de ese asalto eclesiástico al poder insultando desde el púlpito domingo sí y domingo también a Brunegilda y las costumbres que regían en la corte de su nieto Teodorico II (en Austrasia, donde los intereses de Pipino de Landen caminaban de la mano del obispo Arnulfo de Metz, ya se había impuesto la dictadura eclesiástica desde la expulsión de Brunegilda) y contó entre sus aliados a verdaderos ingratos como un abad que también llegaría a santo: Columbano el Joven, desarrapado monje escocés acogido y protegido en Francia que se negó a bendecir a los bisnietos de Brunegilda porque su padre no estaba casado por la iglesia con su madre...claro que no se atrevió a hacerlo antes de que el rey de los longobardos, Agilulfo, se convirtiese al catolicismo y le llamase a su reino para dirigir el cotarro eclesiástico.

En 612, Brunegilda incitó a su nieto Tedorico II a que atacase a su hermano Teodeberto II, convertido en una marioneta en manos de la nobleza austrasiana y de la iglesia católica. Este fue facilmente derrotado, tonsurado y encerrado en un monasterio donde, naturalmente, murió aquel mismo año. Al  siguiente el audaz golpe de Brunegilda fue contrarrestado, no se sabe a ciencia cierta si por el destino o por alguna trama oculta. Sea como fuere el caso es que Teodorico II murió a su vez en 613, obligando a Brunegilda a luchar de nuevo por una regencia, en este caso la de su bisnieto Sigeberto II.

Fue derrotada. Pipino de Landen y (San) Arnulfo de Metz le arrebataron la regencia y se vendieron a Clotario II de Neustria permitiéndole invadir el reino. La reina, con todo perdido, trató de huir al otro lado del Rin, donde las tribus alamanas sometidas a los francos tenían un enemigo común con ella: la iglesia católica empeñada en cristianizarlos con sus métodos habituales: torturas, asesinatos...no pudo llegar. La propia nobleza austrasiana le dio caza y la entregó al hijo de Fredegunda.

Este hizo que la torturasen cruelmente durante tres días, la paseó luego desnuda a lomos de un camello para someterla a las burlas de su corte y acabó ordenando que fuera desmembrada viva atada a cuatro caballos. Tal fue el final de esta extraordinaria mujer.

NOTA.- la fotografía es de Antiquité Tardive.

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26/10/2009 01:32 disidenteporaccidente Enlace permanente. historia No hay comentarios. Comentar.